Capítulo 8 2
Lina Dimettri
—Alasdair. —El corazón me da tres saltos mortales y luego me estalla en pedazos.
—Pero si lo hago, pierdes tu sueño. Si me voy de Leik-GP, pierdes tu sueño —me atrae hacia sí con violencia—.
¿Qué no te quiero? Si te quisiera un poco más ya estaría muerto, Dimettri.
No queda nada para mí, ni un resquicio. Soy solo tuyo, tu puto perro.
Así que úsame a tu antojo. Pero no te atrevas a decir que no te quiero cuando he dejado claro que es lo que mejor se me da.
Me alzo sobre mis puntas, me aferro a sus hombros y tiro de él hasta estampar mi boca contra la suya. El beso es salvaje, animal, violento. Un choque de lenguas, una conquista, una pelea en la que solo puede haber un ganador.
Separo bien los labios para dejarle entrar y él se hunde en mí con la posesividad que me ha mantenido en vela tantas noches.
Sus manos me buscan y mis piernas acaban alrededor de su cintura mientras nos movemos el uno contra el otro con un deseo propio de unas bestias.
Y es su sabor, es él, nada ha cambiado, sigue siendo todo cuanto ansío tener.
Gruñe mi nombre con una malicia que hace que mi clítoris tiemble de placer.
Un manantial nace entre mis piernas y sé que si sigue follándose así mi boca voy a correrme aquí y ahora.
Me mueve y me aplasta ejerciendo una deliciosa presión con su polla en mi sexo y casi no tengo fuerzas para tirar de su pantalón.
Es una mala idea. Podría vernos cualquiera.
—Fóllame —jadeo—. Por favor. Te quiero dentro de mí.
El sonido animal profundo y gutural que emana de su garganta me vuelve líquida, así que estoy más que lista para recibir su primera embestida cuando su erección se abre paso entre mi humedad.
—Abre más las piernas.
Me muerdo el labio para no gritar. Solo le ha hecho falta bajarse un poco el pantalón y hacer a un lado el mío. Su polla me dilata a pesar de que no hay espacio suficiente y mientras tanto su lengua está por todas partes haciéndome maldades que no puedo soportar.
—Joder —me muerde, me besa, me come y entonces susurra—: Tu cuerpo me reconoce mejor que tú.
—Ni lo sueñes —le clavo las uñas con tal de aferrarme a él, palpito sin freno y me deshago a su antojo mientras resbala dentro y fuera de mí.
Me corro como una avalancha, un volcán y un tsunami. No reconozco lo que me hace mientras grito su nombre contra su cuello.
—¡Alasdair!
Mi orgasmo se estira como un chicle al ver que todos sus músculos se tensan al quedarse muy quieto y romperse contra mí. Me sostiene como si fuera lo único que lo mantiene con vida. Siento cómo su semen me empapa y me llena igual que él.
Busco su boca, pero esta vez me niega el beso.
—No. —Me aprieta el cuello sujetándome por la nuca, pero su pulgar es dulce al resbalar por mi garganta y su mirada, vulnerable—. No puedo.
—Por favor —le hundo los dedos en el pelo y vuelvo a besarle porque es el mejor argumento que tengo.
Nuestros cuerpos vibran a un mismo ritmo, ni siquiera él puede negar lo evidente. Me besa inhalando con fuerza. Con la misma con la que separa nuestras bocas.
—No —gruñe y me freno porque soy fan del consentimiento.
—Vale —musito al borde de las lágrimas, del segundo orgasmo, de morirme.
—No puedo estar a tu lado así y protegerte. Ya lo he demostrado.
—El accidente no fue culpa tuya. Y es probable que Lucian mande matar al culpable cuando lo encuentre, creo que es un tío turbio. —Rozo su mandíbula con la nariz porque aunque no quiero saltarme sus normas, necesito el contacto.
Me da que él también. Todavía está dentro de mí y siento cómo se está poniendo duro otra vez.
—Esto ha sido un error —dice antes de arrancarse de mí.
No sé a quién de los dos le duele más, pero el nudo en mi garganta va ganando terreno.
—Llámalo como quieras, pero no harás que me arrepienta —digo y sigue alejándose de mí—. Y para que conste, yo también te quiero.
Se marcha, pero lo oye.
Estoy segura de que lo oye.