Capítulo 7 1
Lina Dimettri
Abro los ojos y no reconozco dónde me encuentro. Lo que sí reconozco es el dolor por todo el cuerpo. Tengo el miedo aferrado a la garganta. Un grito en el pecho intentando liberarse. Recuerdo haber salido despedida con el coche, sin control.
Me aferro a la cama, a las sábanas y levanto la cabeza para ver a dos chicas dormidas en la cama contigua.
De repente, un hombre alto y fuerte aparece por el pasillo.
No es Alasdair, es Alek Sant Delphi. Se detiene en el marco de la puerta con un vaso de agua en la mano y tengo un muy mal presentimiento.
—Lina —se acerca rápido a mi cama—. ¿Cómo te encuentras?
Este hombre es estoico a rabiar, o sea que lo de reflejar emociones en su rostro no es que sea lo suyo precisamente. Así que ver toda esa preocupación en sus ojos se me hace rarísimo.
—Bien. Dolorida, pero yo siempre tengo dolores. Estoy hecha una anciana.
Espero que se ría, pero no lo hace.
—¿Quieres un poco de agua?
—Te daría un riñón a cambio, sí.
Nada, que no hay risa. Ni siquiera una sonrisa por lástima.
Me bebo el vasito de agua como un alma despiadada, puesto que es muy probable que se lo hubiera traído para él. Sus ojos cada vez están más tristes y me mira, no sé, como si le estuviera poniendo en un apuro.
—¿Por qué tienes esa expresión? ¿Me he quemado la cara? Porque no me duele. ¿Hay un espejo por aquí o algo que pueda…?
—Koven se ha ido.
No me gusta el tono solemne con el que lo dice, como si estuviera dictando una sentencia. Como si acabaran de empujarme al fondo del mar con dos bloques de cemento atados a las piernas y a él lo hubieran obligado a mirar.
—¿A dónde?
—Se ha ido, Lina.
Esas cuatro palabras suenan con eco y se solapan con el silencio que las sigue. Agradezco el espacio, pero no me ayuda a entender nada. Nada que quiera entender.
—¿Por qué?
—Deberías hablarlo con él.
Me ahogo un poco dentro de mis pulmones.
Intento buscar refugio, pero no encuentro nada.
—Pero estoy en el hospital. He tenido un accidente. Lo he tenido, ¿verdad? —Miro la venda blanca que cubre mi antebrazo y la mancha roja que demuestra que ahí debajo hay una buena herida.
—Sí. Koven ha estado aquí, Lina, todo el tiempo él solo… se ha marchado hace una hora.
—¿Pero por qué?
Aprieta los dientes y me mira como si le estuviera estrujando el bazo. No me lo va a decir, es evidente que la lealtad que le tiene a Alasdair es mucho mayor que la que me tiene a mí. En ese momento, Keira y Darcy se despiertan.
—Estás despierta —murmura Keira que se baja tan rápido de la cama que por poco se come el suelo. Por suerte su marido tiene buenos reflejos y la sujeta al vuelo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras?
Me coge la mano y me mira las marcas como si le dolieran en sus propias carnes. Nunca me había fijado en lo grandes que tiene los ojos, pero ahora que están llenos de lágrimas me atrapan y me conmueven sin dejarme escapatoria.
Empiezo a decir que estoy bien, pero la figura petrificada de Darcy a un lado de la habitación se queda con mi atención. Hace que mi corazón se salte tres latidos cuando decide sonreírme, pese a lo que le tiemblan los labios.
—La F1 es mucho más salvaje de lo que pensaba.
—Solo un poco. —Asiento y extiendo un brazo al tiempo que con el otro tiro de Keira para invitarla al abrazo.
Después de un breve momento con mis amigas, vinieron algunas enfermeras y médicos para echarme un vistazo y hacerme algunas pruebas más.
El personal médico ha tenido la amabilidad de no decirme que somos unos exagerados y que deje de ocupar una cama que hay gente que lo necesita de verdad, pero estoy segura de que lo piensan. Me da que los cinco puntos de mi abdomen son lo único que me salva.
Al volver a la habitación, Darcy me ayuda a tumbarme. Estoy hecha un trapo y me siento peor que eso. Keira y Alek han ido a por algo de desayunar aunque no son ni las seis de la mañana.
—¿Dónde está, Darcy?
Aprieta los labios. Por primera vez en toda nuestra amistad, mi mejor amiga no parece dispuesta en contarme lo que sabe.
—¿Se encontraba mal? ¿Se ha puesto enfermo? A veces le pasa. ¿Es eso? Por favor, dime si…
—No, no es eso. Se ha ido. Pero no va a dejar de ser tu entrenador —se apresura a decir.
Es evidente lo que no dice. Es fácil leer entre líneas cuando la franja está subrayada con entusiasmo.
—¿Puedes pasarme mi teléfono? —pregunto y ella enseguida me lo da. Se arrepiente cuando ve que abro internet y me busco—. Dios mío.
—No las mires —pide, pero tengo que hacerlo aunque sienta ganas vomitar.
Las imágenes son escalofriantes. Más que eso, son horribles, dignas de pesadilla. Y soy tan egoísta que ni siquiera me percato en que no soy la única que tiembla al verlas.
Cierro los ojos con fuerza queriendo volver el tiempo atrás, tratando de no sentir que esto me está desbordando. Bloqueo el móvil y lo tiro en la cama.
—Es normal que tengas miedo —me acaricia el pelo—. Yo también lo tendría.
—No, no lo es, Darcy. ¿Cómo va a darme miedo pilotar? Pero si es para lo que he nacido.
—Has tenido un accidente muy… —su cara pierde un poco de color—, pero al final no ha sido nada. Estoy segura de que vas a poder librarte de este miedo y yo te voy a apoyar. A menos que decidas escoger otro camino más tranquilo. En cualquier caso, yo te apoyo.
La veo contener las lágrimas una vez más y dejo de pensar en mí misma durante dos segundos.
—¿Fue muy horrible de ver?
—No, tranquila, apenas… las pantallas no… Nada.
—Darcy.
—Lo fue. Te chocaste tan fuerte, Lina, y tan rápido. Las llamas estaban por todas partes. Nunca en toda mi vida he tenido tanto miedo.
—Lo siento mucho. El mono ignífugo protege mucho más de lo que parece.
No parece que nada pueda calmarla. Es como un cervatillo asustado frente a los faros de un coche. La rodeo y la estrecho entre mis brazos.
En cuanto tengo un momento a solas le escribo los mensajes más crueles, furiosos y cargados de violencia que se me ocurren.
Alasdair
Lina
Me ha puesto triste no verte aquí al despertar.
Alasdair
Tengo trabajo, ahora no puedo hablar.
Lina
Vale.
Estoy bien.
Cuándo puedo llamarte?
No responde.