Capítulo 5 5
Lina Dimettri
Lo sucedido vuelve a mí en flashes.
Escucho la voz de Loïuan en pánico. George en shock.
La firme y segura de Alasdair intentando darme un ancla.
Las cámaras grabándolo todo. La gente de al rededor mirándome como si fuera un interesantísimo animal del zoo.
El intenso y lacerante espasmo, los latigazos que caían sobre mis nervios como rayos…
Hace diez minutos que mi episodio ha acabado, pero el sudor frío cada vez es más abundante.
—¿Tú lo sabías? —brama Lucian en una sala privada en la que hay un par de enfermeras, Alasdair, él y yo.
—Cálmate.
—¿Lo sabías?
—Sí, claro que lo sabía.
Lucian se acerca hacia mí y parece muy capaz de llegar a las manos. Estoy bastante segura de que lo único que le frena es la torre de piedra que se alza a su espalda.
—Mentiste en los exámenes médicos. Debería demandarte y dejarte sin nada.
—No mentí, solo oculté mis crisis. El resto del tiempo estoy bien. ¡Te lo juro!
Lucian quiere dejarme sin correr mañana. Está hablando de echarme de Leik-GP de hecho, y con los gritos que da, estoy segura de que el resto del equipo lo está oyendo todo.
Noto como se me empiezan a hinchar los párpados.
—Ahora todo el mundo está hablando de esto. —Lanza el puño contra la pared y Alasdair vuelva a posicionarse a mi lado, es más que evidente que está muy dispuesto a impedir que me toque.
Mi intranquilidad crece por momentos. Una pelea no me acerca más a la posibilidad de correr mañana.
—Eres impredecible físicamente.
—Sus episodios le avisan, ya te lo he dicho —interviene Alasdair en tono firme—. No es como un ataque de epilepsia, no es repentino.
—Podría perder el control, Koven.
—¡No! Siempre tengo tiempo de llegar a alguna parte, empieza con un dolor de cabeza.
—¿Y si es así por qué te has quedado ahí fuera y has tenido uno delante de las putas cámaras? —brama.
—Quería celebrar la pole. He sido estúpida, me he confiado. No debí ignorar las señales. Lo siento.
—Eres un lastre.
—Vuelve a decir algo así y te juro que te recoloco los dientes.
—¡Alasdair! —grito cuando lo coge de las solapas del traje.
—Vamos a calmarnos todos un momento —Brutus entra en la sala y cierra la puerta tras de sí—, se os oye desde fuera y los de la prensa son como pirañas. ¿Queréis empeorar las cosas?
—Lo siento, Lina. No quería llamarte lastre. Me disculpo, no ha estado bien —dice recolocándose la corbata mientras recupera el aliento.
—No, no lo ha estado —gruñe Alasdair, cual lobo feroz que aún no ha terminado de morder.
Quiero estrangularlo y besarlo a la vez. Mi cuerpo va empequeñeciendo con cada segundo que pasa y parece ser que me ha salido un guardaespaldas.
—Solo quiero proteger al equipo. El trabajo de todos. Y la vida del resto de pilotos, joder, y la tuya, Lina —dice Lucian, demasiado tranquilo de repente como para no alterar todos mis nervios.
—Puedo correr —insisto con un hilo de voz, rezando porque no haya tomado una decisión todavía—. De verdad.
Por favor, que no me quite esto.
He nacido para pilotar.
Es lo único que tiene sentido para mí.
—Mira, eso lo dictaminarán los médicos después de que vean todos los informes de Ferra…
—Ferrinol.
—Sí, de ella. —Lucian se larga a por el personal médico o quizá a beber, no lo sé.
Para romper a llorar no necesito ayuda de nadie, así que es lo que hago.
Odio que Hendrix deje que Mikel nos acompañe al hospital y más todavía que esté presente mientras hacen lo que quieren conmigo. Lo va a disfrutar y me cabrea, aunque no sé si lo prefiero a las miradas de lástima que me lanzan Brutus, JJ y George.
Metida en una sala de paredes blanca, tengo un déjà vu de cuando perdí la F1 y a mi madre a la vez.
Es como volver a despertar en una cama de hospital para descubrir que mis dos mayores miedos se han hecho realidad y ahora vivo en una pesadilla.
El pánico se me agarra a la traquea y me cuesta hasta respirar.
—No te pongas nerviosa —dice con amabilidad el doctor de avanzada edad que no para de mirarme las piernas como si fueran la tierra santa que se ha pasado la vida buscando.
Igual que Alasdair me hace sentir preciosa pese a mis muchas marcas y cicatrices, este hombre me hace sentir sucia. Lo cual no me ayuda en absoluto a confiar en él.
Lucian hace muchas preguntas y no parece satisfecho con las respuestas.
Mis pulsaciones siguen subiendo hasta que Alasdair me coge de la mano y arrastra un taburete hasta mi camilla. Me preocuparía por las apariencias si no fuera porque JJ parece querer cogerme la otra. Y Brutus. Tal vez incluso George.
Si Ferrinol no dice ciento catorce veces que mi cuerpo dará señales de aviso cinco o diez minutos antes de sucumbir al episodio, no lo dice ninguna. La videollamada se eterniza. Llegan un par de médicos más, cinco en total y deciden que van a tocarme un poco las narices.
Hendrix quiere ver si hay alguna posibilidad de que la irritabilidad de mis nervios se active.
Digamos que me hacen un pelín de daño.
Lucian y Alasdair son los únicos que se quedan a verlo, Brutus y los demás salen casi indispuestos. Me sorprende que Mikel no se quede a regodearse, al parecer tiene un estómago sensible.
Que Ferrinol esté cuarenta minutos en videollamada con nosotros es muy amable por su parte. Sobre todo teniendo en cuenta que la sabiduría innata con la que nacieron estos doctores los vuelve un poco sordos.
—La presión en el nervio ciático y la cadera no es en absoluto necesario y tampoco recomendable —repite Ferrinol.
—¿Puede hacer que tenga más episodios? —pregunta Alasdair.
—Tú cierra la boca, estás aquí de oyente —dice Hendrix muy cortante.
Sé que Alasdair quiere sacarme de aquí y mandar a tomar por culo la F1. Es una de las razones por las que casi me da un ataque de pánico cuando todavía estábamos en el circuito. Y también es la única razón por la que la nariz de Lucian no está sangrando como una fuente.
—No es que queramos provocarle un episodio por gusto —dice uno de los doctores—, es solo que queremos estudiar dónde están sus límites.
—Aunque ver un episodio en directo sería revelador —suelta otro con una desbordante empatía.
—Lo tienes en internet —gruñe Alasdair con puro desprecio.
—Siento cómo han salido las cosas, Lina. Cualquier cosa que necesites, me tienes aquí —oigo decir a Ferrinol después de que Hendrix coja el móvil y diga que ya no la necesitamos para nada.
—Estoy bien —le digo a Alasdair, que se va a partir la mandíbula de tanto apretarla.
La realidad es que no lo estoy. Nunca he sentido semejante nivel de terror y estoy tan empapada en sudor que me voy a quedar sin lágrimas que llorar.
Le acaricio la mano y si no fuera por la mirada penetrante y oscura de Lucian, se la besaría.
Las pruebas son variadas y con todo tipo de instrumentos.
Pero lo peor es lo más sencillo. Me mueven las piernas en ángulos anormales, pero es la rotación de cadera forzada, eso es lo que me lleva al puto infierno.
¿Y si me quedo así? ¿Y si este dolor no desapareciera nunca?
¿Y si tocan donde no deben y acabo peor de lo que estoy?
La locura ha debido ahogar todo mi raciocinio porque aun así no pido a nadie que pare.
Pasan veinte minutos. Treinta. Me estoy volviendo loca reviviendo dolores pasados, pesadillas que se entrelazan con el presente y me plantean un futuro espantoso. Por eso, llegado un momento, se lo pido.
—Vete, Alasdair.
—¿Qué?
Un médico húngaro me tiene cogida la planta del pie y noto un cosquilleo desde el tobillo hasta el cuello que augura cosas muy malas. Es como si todas las operaciones se volvieran recientes. Sé que el miedo está jugando un papel importante en esto, pero lo dejo campar a sus anchas.
—Sal de aquí, por favor.
—No.
—Por favor, me lo estás poniendo más difícil.
Si estás tú, tengo que hacerme la fuerte. Por favor, vete.
Como si oyera la voz de mi mente, Alasdair lo hace.
Me da lo que necesito pese a que es lo opuesto a lo que necesita él.
Me pregunto si alguna vez será egoísta, porque conmigo no lo es nunca.
No desde la primera vez que tuvo que elegir entre cumplir su promesa y alejarse de las pesadillas de la muerte de Marcus Torrent o nadar en el infierno con tal de ayudarme a mí.
En cuanto cierra la puerta me permito demostrar hasta qué punto me duele y dejo salir hasta el último de mis gritos contenidos.