38 Kaia
KAIA
Todo pareció congelarse: los sonidos, las voces, mi sangre.
Mi corazón latía de forma errática y resonaba en mis propios oídos. Me dejé caer sobre River, coloqué ambas manos sobre la herida e intenté apretar para frenar la hemorragia, pero mi cuerpo temblaba demasiado para hacerme caso.
Sus ojos estaban clavados en los míos, como si quisiera memorizar mi rostro.
Ahogué un sollozo cuando la sangre corrió entre mis dedos y llegó hasta el suelo. Quise aumentar la presión, traté de hacerlo, pero no había forma de detener aquello.
—No, por favor, no me dejes ahora —susurré rota de dolor.
Su pecho se movió y me fijé en que intentaba mover una de sus manos hacia mí. Me incliné sobre su sien y lo besé.
—No te preocupes, te voy a sacar de aquí. Voy a conseguir ayuda.
No reconocí mi voz. No había rastro de la calma que la caracterizaba.
Parpadeé con furia cuando mis lágrimas empañaron por completo mi visión. Al mirar a mi alrededor, me topé con la mirada fría de Marco, que nos contemplaba sin moverse.
—¡Ayúdame!
Mi grito lo despertó. La navaja cayó al suelo y todo pareció activarse.
—¡¿Qué narices has hecho?!
Grant cargó contra él, lo levantó del suelo con una mano y lo golpeó con la otra. River soltó un sonido burbujeante.
—No, no, no, por favor.
La presión de mi pecho era insoportable, el dolor lo invadía todo y sentí que me asfixiaba. El aire no entraba en mis pulmones, mis latidos eran demasiado exagerados y mis extremidades se habían entumecido.
Me mordí el labio con fuerza en un intento de recuperar el control de mi cuerpo. Necesitaba taponar la herida con algo, una prenda de ropa o lo que fuera, pero para eso debía apartar al menos una mano durante unos segundos y el terror a que se desangrara me impedía hacerlo.
Acerqué mis labios a los suyos y lo besé.
—No me dejes, River. Por favor. —Mi voz temblaba tanto como mi cuerpo, las lágrimas corrían veloces por mis mejillas y él solo me miraba—. Te quiero, ¿me oyes? Siempre te he querido, desde el momento en el que te vi por primera vez.
Él intentó decir algo, pero lo silencié con otro beso rápido, casi violento.
Un estruendo me hizo chillar, aunque logré mantener las manos sobre la herida y el rostro junto al suyo. Al alzar la mirada, vi un humo denso que se dirigía hacia nosotros.
Grant y sus hombres soltaron a Marco y echaron a correr.
El humo engulló el cuerpo de mi supuesto amigo y se acercó peligrosamente a nuestra posición.
Me dolía el pecho de la presión que sentía en él; las manos, de hacer fuerza sobre su cuello; los pulmones, de intentar respirar sin demasiado éxito.
Me coloqué sobre su cuerpo para cubrirlo con el mío y protegerlo de lo que fuera aquello, aunque River acababa de cerrar los ojos y el terror que me invadía parecía estar comprimiendo cada uno de mis órganos. Todo mi interior ardía de dolor y desesperación.
Me incliné sobre su pecho para apoyar la oreja sobre su corazón y averiguar si latía. Sin embargo, fui incapaz de detectar sonido alguno, tampoco ningún movimiento. Acerqué mis labios a los suyos, pero tampoco encontré el aire que se suponía que debía estar fluyendo por esa vía.
El dolor de mi pecho explotó de repente y mis propios sollozos y gritos se filtraron entre el humo que ya nos cubría.
No podía respirar.
No podía ver su rostro, su cuerpo.
Estaba perdiendo a River bajo mis manos y no sabía qué hacer.
Todo dolía demasiado, todo se caía a pedazos dentro de mí.
¡Necesitaba ayudarlo de alguna manera!
Aparté las manos de su cuello, me quité la sudadera e intenté taponar la herida con ella.
Pasé las mangas por detrás de su nuca, hice un nudo con ellas alrededor de la tela y apreté con todas mis fuerzas.
No podía ver bien debido al humo tan denso; solo esperaba que esa tela frenara la hemorragia mientras yo empezaba con las compresiones.
Jamás había practicado esos movimientos antes. ¿Por qué no había hecho ni uno de esos cursos que ofrecían de vez en cuando en los hospitales?
No sabía dónde o cómo debía colocar mis manos, ni la presión que necesitaba ejercer. Tampoco el ritmo. ¿Y cuántas veces hasta que tuviera que insuflar aire?
Dejé que mi cuerpo fuera el que tomara las riendas de todo.
Coloqué una mano sobre el centro de su pecho, la otra encima y apreté.
Repetí la acción varias veces mientras mi propio pecho continuaba contraído por el miedo y el dolor.
Luego pegué mis labios a los suyos y solté una buena bocanada de aire. Otra más y volví a empezar.
Me congelé al oír un disparo seguido de varias voces, pero ignoré lo que ocurría a mi alrededor para seguir con mi tarea. Un, dos, tres parecía un buen ritmo.
Dios, esperaba que lo fuera.
—¡Kaia!
Alcé la cabeza ante la voz conocida y una oleada de alivio me invadió durante un segundo, uno solo.
—¡Zion! —Mi grito sonó desgarrador, como si estuviera al borde de la muerte.
Apareció junto a mí acompañado de Dax. Ambos reaccionaron al instante, se lanzaron sobre nosotros y el que siempre había sido como mi hermano mayor me apartó las manos y palpó la sudadera que había envuelto alrededor de su cuello.
Al no poder acceder a su piel, agarró su muñeca y esperó unos segundos que se me hicieron eternos.
Mi garganta ardía como si estuviera al rojo vivo y estaba segura de que debía tener algo roto en mi interior dado el dolor que sentía.
Cuando soltó una maldición, me sentí desfallecer. Dax echó un vistazo a su cuello y añadió su propia sudadera sobre la herida. Luego se puso en pie y desapareció. Yo llevé mis manos temblorosas al cuello de River, aunque las aparté cuando Zion dirigió las suyas al mismo lugar.
El dolor que sentía en mi interior era tan intenso que temí perder el conocimiento. Me dispuse a retomar las compresiones, pero mi amigo me detuvo.
—Debemos detener la hemorragia.
—¡Pero no tiene pulso!
—Lo tiene, aunque es muy débil. Y, de todas formas, lo primero es la hemorragia.
Debería haber sentido alivio ante sus palabras, pero mi mente y mi cuerpo se habían saturado de tantas emociones crudas.
—Esto no puede terminar aquí. Por favor, Zion, necesito que esto no sea el final.
No sé cómo me entendió entre mis llantos, pero lo hizo. Me dedicó esa mirada calmada e intensa que aseguraba que él se encargaría de todo, que lo solucionaría. Sin embargo, por mucho que quise creerlo, esa vez no pude.
Dax reapareció acompañado de Reid, un par de policías y varios sanitarios que se repartieron alrededor de River.
Zion me ayudó a soltar las sudaderas repletas de sangre que había vuelto a presionar, me apartó unos pasos para que el equipo médico pudiera acceder a él y me tomó del mentón para que lo mirara.
Apenas podía verlo entre mis lágrimas.
—Lo has hecho muy bien. Ahora deja que sean ellos quienes continúen.
Dax y Reid me abrazaron también, aunque me abrí paso para contemplar la escena más horripilante que había vivido nunca.
River permanecía inerte en el suelo bajo los cuidados de los sanitarios, que se lanzaban comentarios los unos a los otros sin perderlo de vista.
De repente se levantaron a la vez y temí lo peor.
Uno de ellos se detuvo frente a nosotros.
—Hemos estabilizado la hemorragia. Lo llevamos al hospital. ¿Quién viene con nosotros?
Di un paso hacia él, aunque Zion no me soltó, temeroso de que cayera al suelo, ya que mis piernas no habían dejado de temblar. Los seguimos hasta el exterior; ese mismo sanitario me ayudó a subir a la parte trasera de la ambulancia y, cuando las puertas se cerraron, insistió en echarme un vistazo.
No sé cuánto duró el trayecto; una neblina densa se formó en mi mente mientras ellos revisaban mi estado y yo contemplaba a River. Entramos en el hospital todos juntos, pero en uno de los pasillos nos separaron; a él se lo llevaron sobre una camilla y a mí me obligaron a quedarme en una sala.
Asentí a todo lo que me dijeron, aunque no oí ni una palabra. Me tragué las pastillas que me dieron, permanecí inmóvil en la butaca y solo me centré en intentar mitigar el dolor que parecía haberse instalado para siempre en mi pecho.
Zion, Dax y Reid fueron los primeros en llegar. Intentaron decirme algo, pero no fui capaz de comprender el significado. Mi voz solo conocía una palabra en ese momento y esa era el nombre de la persona que tanto significaba para mí, del padre de mi hija.
Cada vez que la pronunciaba en voz alta, los rostros se ensombrecían y yo ponía mi empeño en comprender las explicaciones.
«Se encuentra en la sala de operaciones. El cirujano vendrá a hablar con vosotros en cuanto termine.»
Esa frase fue lo único que nos dijeron durante una eternidad.
Mis amigos, todos excepto Eden, que se había quedado con Farren en su casa, se encontraban en aquella sala diminuta conmigo.
Zuri se había acomodado junto a mí en la misma butaca y me mantenía pegada a su cuerpo mientras los demás se levantaban y sentaban cada pocos minutos para cambiar posiciones, acercarse a mí, abrazarme o tocarme, ofrecerme comida o consuelo.
Las agujas del reloj ubicado en la parte central de una de las paredes se movían muy lentamente, pero el tiempo transcurría de todas formas, hasta que un médico ataviado con un pijama de color verde y un gorro a conjunto entró en la sala.
Zuri me apretó con fuerza cuando notó que mi corazón se disparaba.
—River se encuentra fuera de peligro.
Un sollozo desgarrador interrumpió su explicación y solo me di cuenta de que había sido yo cuando Nyla y Faith se sumaron al abrazo en el que me mantenía una Zuri llorosa.
Vi como los labios del cirujano se movían e intuí que debía estar dando los detalles de la cirugía y otra información importante que debía escuchar, pero que por alguna razón era incapaz de oír. Los chicos asintieron, Zion le dio la mano y todos me rodearon con rostros mucho más relajados.
—Está todo bien, Kaia. River se va a recuperar. —Zion siempre lograba llegar hasta mí.
—¿Estás seguro?
Asintió y al fin sonrió de lado.
—Todavía está sedado, pero podremos verlo en cuanto lo trasladen a planta. —Le lanzó una mirada a Nyla y ella le guiñó un ojo.
—Llevas un millón de horas sentada en esa butaca. Tienes que estar meándote a la fuerza, así que vayamos al aseo y de paso te adecentaremos un poco. —Al ver mi mueca desganada, se cruzó de brazos—. No creo que quieras que River o Farren te vean cubierta de sangre. Vamos.
Dejé que me arrastraran hacia el aseo más cercano, me ayudaron a eliminar esa sustancia roja que no quería ver nunca más, Zuri me prestó su jersey y luego acepté pasar por la cafetería para tomar un zumo, ya que me sentía incapaz de comer.
Pasaron unas pocas horas más antes de que una enfermera interrumpiera en la sala con una sonrisa.
—River acaba de despertarse. Se encuentra en la habitación cuarenta y cuatro.
Se echó a reír cuando salí corriendo de allí y me volví en todas direcciones en busca de un cartel que me indicara dónde se encontraba esa habitación.
Recorrí los pasillos a toda velocidad, me detuve en seco ante la puerta y mi mano se congeló en el pomo, de repente atemorizada de que su estado pudiera empeorar.
Zuri me acarició el pelo para sacarme del embrujo y Nyla me dio un empujón suave hacia delante, así que abrí la puerta y mi abdomen se contrajo al encontrar sus ojos azules fijos en los míos.
Corrí hacia él sin importarme mi comportamiento y frené antes de tocarlo. Sus comisuras se elevaron, una de sus manos llegó hasta mi rostro y lo rozó con tanto amor que dejé que las lágrimas salieran de nuevo. Había llorado más durante esas últimas horas que a lo largo de toda mi vida.
—Te quiero —su voz fue solo un susurro muy ronco.
Mi pecho se llenó de presión de nuevo, aunque esa vez fue una sensación distinta.
—No hables. —Me atreví al fin a posar mis manos sobre su pecho y a acercar mis labios a los suyos.
Tenía el cuello completamente vendado, así como parte de su pecho.
Era imposible que pudiera o debiera hablar en esos momentos tras lo que acababa de suceder—.
Te quiero tantísimo que no sé cómo expresarlo con palabras.
Sonrió, paseó sus dedos por mi mejilla hasta llegar a mi mentón y tiró de él para que me inclinara de nuevo. El beso fue suave, delicado, bonito.
Abrió la boca para decir algo, pero negué con la cabeza.
—Ni se te ocurra. Ahora solo descansa y recupérate lo antes posible porque no te haces una idea de cuánto te necesito.
River intentó decir algo más, pero sonrió ante mi mirada severa. Asintió como un buen niño, se llevó una de mis manos a los labios para depositar un beso en ella y juro que sentí como sus ojos me decían todo lo que su boca no podía decir en ese momento.
Mi corazón se llenó de amor y al fin sentí que me encontraba completa. Mi hija, River, mis amigos. Ahora sí que había logrado juntar todas las piezas indispensables de mi vida.