Eres la razón de mi sonrisa 57
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Decidimos empezar el año viviendo juntos, aunque no nos mudamos las tres hasta febrero.

Quizá pueda parecer un poco prematuro, pero nos pareció buena idea intentarlo teniendo tanto amor de por medio.

Las niñas aprobaron con sobresaliente nuestra decisión, y más cuando supieron que iban a tener una habitación para cada una y que tendrían un cuarto de baño para ellas dos solas.

Antes de mudarnos al dúplex de Bruno, terminamos de amueblarlo entre los dos. Bueno, en realidad el dinero lo pusimos los dos, pero la que tuvo que elegir todo lo demás fui yo y, por cierto, disfruté un montón haciéndolo.

La relación con Ángel no va mal, incluso mejor de lo que esperaba en el momento en el que decidí separarme de él.

Sé que, al principio, no le hizo mucha gracia que nos fuéramos a vivir con Bruno, pero, al final, ha ido asumiéndolo, gracias en parte a las niñas, que siempre le están haciendo ver lo bueno que es Bruno con ellas.

Como la casa donde vivíamos estaba a nombre de los dos, me compró mi parte en cuanto nos mudamos con Bruno, y ahora vive allí.

No es que estuviera a disgusto con sus padres, pero, como me dijo, ya no tenía edad para seguir viviendo con ellos.

Continúa con su taller, y recoge a las niñas los sábados por la tarde y pasan con él todos los fines de semana.

A Rosa la llamo de vez en cuando. Sigue tratándome igual de bien que antes; las cosas no han cambiado con ella porque yo haya rehecho mi vida al lado de Bruno, y me alegro de que sea así.

Nosotros seguimos trabajando en el instituto.

Además, él continúa yendo al polideportivo a dar clases a los niños.

Lo que empezó siendo una sustitución, al final ha terminado siendo algo fijo un par de veces a la semana.

Blanca sigue con sus clases de baile y Delia está más que contenta con sus clases de gimnasia con Bruno.

Le encanta decir a sus amigos que vive con él.

La perrita, a la que le pusieron Tara de nombre, está creciendo muy deprisa, igual que mis niñas.

Ya no parece aquel peluche de algodón que trajimos de San Juan de la Arena.

Por cierto, en Semana Santa volvimos allí, pero esta vez con las niñas.

Sabía que les iba a gustar, aunque nunca imaginé que disfrutarían tanto.

Ahora les llaman abuelo Nicolás y abuela Nieves, cosa que no deja de emocionar a Bruno.

Y, por qué no decirlo, también a mí. Mi relación con su familia sigue muy bien, igual que el primer día que los conocí.

De mis padres sigo sin saber nada. Quizá en algún momento de nuestras vidas coincidamos de nuevo; nunca se sabe. Aunque soy feliz así, con esta familia que Bruno me ha dado.

Ya no ocultamos nuestro amor, ni siquiera en el instituto. Nos hemos dado cuenta de que cuando lo que se hace es bueno, no es motivo para taparlo y, si quieren los demás, que hablen; a nosotros solo nos importa el aquí y el ahora.

Bruno me demuestra cada día su amor sin necesidad de decírmelo con palabras.

Es en los gestos y en las acciones cuando me hace sentir la mujer más dichosa del mundo.

El amor no siempre aparece cuando uno lo busca.

En mi caso, ni siquiera me lo planteaba: estaba decidiendo cómo decirle a mi marido que quería separarme cuando apareció Bruno en mi vida.

Estoy enamorada por completo y esta sensación me llena.

Con él han llegado muchos cambios muy positivos a mi día a día, tantos que ya no sé ni lo que es el estrés.

No hay nada como tener un buen compañero al lado para que la vida sea mucho mejor.

Una de las cosas que jamás hubiera imaginado que pasaría es volverme a quedar embarazada. Estoy de casi seis meses. Hemos decidido tener un hijo en común y sé que va a ser el mejor padre del mundo por cómo trata a mis gemelas y a sus sobrinos.

Es como si estuviéramos hechos el uno para el otro, como si lo nuestro estuviera escrito desde hace años, como si siempre hubiéramos sabido de la existencia del otro, y ahora, por fin, nuestros cuerpos se hubieran conocido.

Ahora sé cómo se siente el cielo cuando tiene el arcoíris después de la lluvia.

FIN