ERASE UNA VEZ 1 Preocupaciones olvidadas
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ERASE UNA VEZ

ERASE UNA VEZ

Por GRIN Bell

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1 Preocupaciones olvidadas

Una tarde otoñal, bajo la luz mortecina de los tubos fluorescentes y tras salir de una de esas clases que adormecen hasta al más predispuesto, Julie Morgan notó que su amiga Vivianne Scott tenía la mirada inusualmente vacía.

Se acercó con cuidado y preguntó:—Vivianne, ¿está todo bien? Te noto un poco ida.

La atractiva pelirroja parpadeó, disimulando su desconcierto en una fracción de segundo.—Ni bien ni mal. Solo un poco cansada; creo que necesito vacaciones —sentenció, intentando restarle drama al asunto con una media sonrisa, algo atípico en ella.

Pero Julie sabía leer entre líneas. Había aprendido que su amiga era un misterio acorazado y que jamás mostraba vulnerabilidad; solo comentaba sus percances cuando ya los había resuelto, con la misma ligereza de quien habla del clima.

—Vivianne, no tienes que cargar con todo tú sola.

Al menos podemos hablar, lo sabes —insistió con genuina preocupación.

—Julie, ¿tienes planes para esta noche? Mañana no tenemos clases y yo tengo el día libre en la librería. ¿Noche de chicas en mi apartamento? Podemos invitar a Susanne; quizás hoy no haya quedado con su novio —evadió con rapidez.

Julie no quiso presionarla. Sabía que no lograría nada, así que aceptó y coordinó con la tercera del grupo, quien, por fortuna, estaba libre tras una pelea con «el idiota de turno», como ellas lo habían etiquetado.

A las dieciocho horas, en la soledad de su pequeño pero acogedor apartamento ubicado en la zona universitaria, Vivianne se dejó caer en el sillón tapizado, aún con la larga cabellera húmeda por la ducha. La frustración le quemaba el pecho; todo su esfuerzo parecía tambalearse.

—¡Maldita sea! —gruñó, liberando su genio oculto ante las paredes vacías—. Maldita sea mi suerte.

El timbre interrumpió sus lamentos. Su semblante se relajó automáticamente. Se apresuró a bajar para abrirles a sus amigas, que habían llegado cargadas de vino tinto, cervezas heladas y aperitivos poco recomendables para la salud. Subieron en el ascensor charlando animadamente hasta el tercer piso.

La velada avanzó entre anécdotas y confesiones.

Susanne anunció, tras su ruptura, una decisión drástica.

—Oficialmente declaro que no volveré a estar en pareja hasta que cumpla cuarenta años —dijo con total seriedad, provocando que sus amigas abrieran los ojos como platos antes de estallar en carcajadas.

Las tres sabían que era algo imposible: Susanne era un alma enamoradiza y, por eso mismo, sus elecciones románticas eran espantosas.

—Hoy estás muy bromista. ¿No te gustaría tener tu propio show de stand up? —se burló Vivianne.

—Ríanse todo lo que quieran, malas amigas. Pero lo digo en serio. Me cansé de ser descartable para los hombres —respondió Susanne, con la voz temblorosa al pronunciar esa última frase.

Las risas se apagaron, sustituidas por miradas de profunda empatía. Vivianne y Julie se apresuraron a consolarla, recordándole su inmenso valor y proponiendo un brindis para darle ánimos. Le aseguraron que, cuando menos lo esperara, llegaría su verdadero príncipe azul.

Entre copa y copa, Susanne se sintió más aliviada.

Sabía de su fatídica suerte en el amor, pero al menos tenía a sus amigas, que eran como hermanas dispuestas a reconfortarla.

Julie, por su parte, seguía observando a Vivianne con disimulo.

No se había olvidado de lo ocurrido por la mañana y esperaba que confesara lo que la inquietaba.

Esa noche de chicas improvisada olía a pretexto.

Cerca de la medianoche, entre copas vacías y migas esparcidas, Susanne bostezó perezosamente y anunció su retirada, ya que al día siguiente debía ir al gimnasio temprano. Julie se levantó también, buscando la mirada de Vivianne una última vez.—¿Seguro que estás bien?

Vivianne le sostuvo la mirada unos segundos, midiendo la altura de sus muros defensivos.

No es que no confiara en ellas, sobre todo en Julie, que era la más analítica del grupo, pero aquello era algo que todavía no estaba preparada para afrontar.

Al fin, sonrió de esa forma tan luminosa y ambigua.

—Lo estoy. Gracias por preocuparte, Julie. De verdad no es nada.

Al cerrarse la puerta, se quedó sola en el centro del pequeño salón.

El desorden de la noche y el silencio sepulcral le pesaron de golpe sobre los hombros.

Suspiró. Había logrado esquivar las balas una vez más, pero sabía, con la certeza fría de quien conoce sus propias cicatrices, que aquello era solo el comienzo.

El pasado no estaba dispuesto a dejarla en paz.