Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 33.
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33.

Después de meter el último plato en el lavavajillas, me siento nerviosa y ansiosa con la misma intensidad. La zona entre mis piernas palpita de excitación y suplica que Danilo me coja allí mismo, junto al fregadero.

Jadeo al sentir cómo hunde la cara en la curva de mi cuello. En silencio, giro el cuerpo y me coloco de cara a él. Mi pecho sube y baja rápidamente debido a la respiración acelerada.

—Antes de subir un peldaño más… —empiezo a decir y él asiente en silencio, acariciándome la cara—. Necesito estar segura.

—¿Segura de qué? —pregunta mientras recorre con sus labios exigentes mi cuello hasta el lóbulo de la oreja, casi haciéndome perder el control.

—De que seré la única mujer a la que tocarás.

No soy tonta. Sé cómo funcionan las cosas y sé que la mayoría de los hombres del mundo de la mafia tienen amantes fijas. Algunos, incluso más de una. Se follan a sus amantes mientras sus esposas se ocupan de la casa y de los hijos.

No voy a aceptar ese tipo de cosas.

—Fui sincero cuando pronuncié mis votos ante el altar —dice, sujetándome la cara con una mano y acariciándome el labio inferior con el pulgar—. Eres la única mujer que quiero, Martina.

—¿Por qué? —me oigo preguntar.

—Porque no me tienes miedo y siento que me faltas al respeto incluso cuando no dices nada en voz alta. A mi polla y a mí nos gusta tu descaro —Esboza una sonrisa de rabillo, que me parece muy sensual—. Intentaste matarme en nuestra noche de bodas —me recuerda.

Me río y niego con la cabeza.

—Solo intentaba defenderme —le corrijo y aprieto los labios—. No tengo experiencia —decido admitir—. Así que, por favor, no esperes que sea capaz de hacer malabares en la cama —añado para relajar el ambiente.

— Es una pena, pero vale. Se descarta lo de hacer malabares.

Se le escapa una risa que consigue relajarme.

Me armo de valor y entrelazo nuestras manos, tirando de Danilo hacia arriba.  Rápidamente, me rodea la cintura con sus fuertes brazos y me muerde el lóbulo de la oreja mientras subimos los escalones.

En cuanto entramos en el dormitorio, me baja la cremallera del vestido y deja que la tela caiga hasta mis pies. Estoy completamente desnuda, tampoco me he puesto sujetador. Siento el calor de la mirada de Danilo observándome con atención y, entonces, da unos pasos hasta quedar frente a mí.

Algo en su mirada ha cambiado. Está feroz y un poco sombrío. Y, sin entender por qué, me gusta verlo así.

Sin apartar la mirada, se quita los zapatos y se saca la camiseta por la cabeza.  Me pierdo contemplando su abdomen. Caramba. Danilo es tan guapo. Una deliciosa pared de músculos que hace que se me revuelvan las entrañas.

Bajo un poco la mirada y me fijo en el bulto. Sé que es grande, pero que además esté duro… es increíble.

El hombre acorta nuestra pequeña distancia con dos simples pasos y una mano vuela hacia mi nuca, con los dedos hundiéndose en mi pelo, y la otra, en mi cintura, que me aprieta, haciéndome gemir al mismo tiempo que se traga mis sonidos con el beso.

Danilo me guía hasta la cama y me hace sentarme, y luego se coloca entre mis piernas, arrodillándose ante mí.

—No me arrodillo ante nadie, Martina —dice con esa voz grave que me acelera el corazón—. Pero siempre lo haré por ti. —Sus ojos azules se vuelven aún más oscuros y siento cómo me palpita el clítoris.

Con las manos firmes, me abre bien las piernas, dejándome tan expuesta como nunca antes lo había estado, pero ni siquiera consigo pensar con claridad. El dedo índice y el medio se deslizan por mi raja húmeda, provocándome escalofríos por todo el cuerpo.

Danilo se inclina sobre mis piernas y pega sus cálidos labios a uno de mis labios vaginales; la aspereza de su barba me enciende. Con la mano libre, me separa los pliegues antes de empezar a explorarme con su lengua exigente hasta encontrar mi clítoris.

Embriagada por la sensación de tener a un hombre como Danilo Salvatore chupándome con tantas ganas, un gemido alto se escapa del fondo de mi garganta y resuena por toda la habitación.

Es tan bueno que ni siquiera recuerdo por qué me resistí tanto al momento inevitable entre nosotros.

Entrelazo las manos en su pelo castaño claro y tiro suavemente de él, mientras me contoneo contra su cara, haciendo que el hombre gruña como una fiera hambrienta.

—Danilo… —gimoteo.

Él retira los dedos de mi húmeda raja y me lame a lo largo de toda mi extensión, de abajo hacia arriba, despacio, sin prisas, pero con una precisión absurda propia de quien sabe lo que está haciendo.

—Sabes a delicia, Martina —gruñe contra mi clítoris y su voz cálida sobre mi piel sensible me hace retorcerme de placer aún más.

Danilo centra toda su atención en mi sexo en llamas, su saliva se mezcla con la miel de mi excitación.

—Danilo—, lo llamo, sintiendo cómo se tensan mis músculos.

Su lengua sigue acariciándome y noto cómo dos dedos se deslizan de nuevo dentro de mi abertura, con un movimiento rítmico y electrizante. Se centra en mi clítoris y mi cuerpo arde ante la proximidad del orgasmo.

— Corréte bien en mi boca, Martina —me ordena mientras acelera el ritmo de las embestidas de sus dedos dentro de mí.

Le tiro del pelo con fuerza, sintiendo cómo me tiemblan las piernas. Mi mirada se cruza con la suya y me esfuerzo por seguir observando a ese hombre guapísimo chupándome, pero en cuanto me arrasa el orgasmo, echo la cabeza hacia atrás y me corro en la boca de Danilo.

Me derrumbo en la cama, extasiada. Él sigue lamiéndome incluso después de haberme hecho llegar al clímax. Y solo al cabo de un rato, se pone de pie. Apoyo los codos en la cama y admiro a mi marido.

Ángel de luz o diablo, da igual. El hombre está buenísimo y es jodidamente sexy. Una tentación andante.

Danilo se baja los calzoncillos bóxer, dejando al descubierto la polla gruesa y dura que apunta hacia mí. Con un agarre firme, empieza a masturbarse. Me humedezco los labios y levanto las pestañas para mirarlo a los ojos.

—Estoy deseando follarme esa boca atrevida —dice, haciéndome tragar saliva—. Pero antes, me voy a comer ese coñito empapado. —Y se abalanza sobre mí, con un gesto feroz y sediento, mientras me arrastro hacia atrás.

Danilo cubre mi cuerpo con el suyo y, con la rodilla, me abre un poco más las piernas y apoya su miembro duro contra mi entrada, pero no me penetra de inmediato.

Me roza la punta del pene contra mi raja empapada. Como si estuviera en modo automático, arqueo las caderas hacia Danilo. El hombre me dedica una sonrisa pícara antes de buscar mi boca y envolverme en un beso con sabor a sexo.

Se aleja un poco y me mira a los ojos con tanta dulzura que acaba despertando algo que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.

Le rodeo la cara con las manos y le atraigo hacia mí para otro beso prolongado, y me abro más para él, que encaja perfectamente entre mis piernas. Siento cómo la punta de su polla se desliza dentro de mí, erizándome el vello corporal a medida que me invade por completo.

Gimo contra sus labios y eso le hace morderme la barbilla y bajar con la boca por mi cuello, mi escote y chuparme un pecho con el pezón turgente, volviéndome loca.

Empieza con un ritmo muy lento hasta que me acostumbro a su longitud. Aprieto las piernas alrededor de la cintura de Danilo y arqueo más las caderas, deseando recibir más de él.

Es delicioso y adictivo.

Poco a poco, nuestro ritmo va aumentando y lo siento cada vez más profundo, en un vaivén impresionante. Clavo las uñas en su amplia espalda y lo atraigo hacia mí, buscando su boca para otro beso.

Me da un mordiscito al mismo tiempo que aumenta la intensidad.

Con un movimiento hábil y certero, Danilo me rodea la cintura con las manos y me hace sentarme, y enseguida lo siento dentro de mí de nuevo.

Nos miramos a los ojos, sin perder el ritmo de las subidas y bajadas. Él también deja escapar unos gemidos roncos, que parecen de otro mundo de lo sexy que es. Me gusta hacer gemir a un hombre como Danilo.

—Qué guapa —susurra.

Entrelazo los brazos alrededor de su cuello y apoyo mis pechos contra esa pared dura de músculo caliente. Él clava los dedos en mis caderas, arrancándome un gemido alto.

Con ambas manos, me hace rebotar con fuerza sobre su polla, lo que me hace perder el control. Una mano se eleva hasta mis labios y el hombre se chupa el pulgar antes de metérmelo en la boca para que yo haga lo mismo.

Joder, eso me pone aún más cachonda.

Y entonces, con la mirada fija en mí, Danilo lleva el dedo mojado con nuestras salivas hasta mi clítoris y comienza una caricia delirante con movimientos circulares.

—Danilo... —gimo, cerrando los párpados.

— Mírame —me ordena y yo lo hago. — Quiero verte correrte con mi polla —murmura y sigue con el pulgar en mi punto de placer.

Danilo empuja con más fuerza. Fuerte. Intenso. Perfecto. Gimo su nombre otra vez y hago fuerza para mantener los ojos abiertos.

Él me mira con adoración, algo que aún no entiendo, pero que me gusta mucho.

— Me voy a… — gimo, sintiendo cómo se retuerce mi cuerpo.

A un ritmo tórrido e intenso, mi marido me lleva a otro orgasmo, que me arrasa de dentro afuera y hace que mi corazón lata a mil por hora.

Sus manos firmes y posesivas me agarran la cintura con una fuerza surrealista que mañana me dejará marcas, pero ni siquiera me importa. Empuja su polla dentro de mí rápido y con fuerza, hasta alcanzar su propio placer.

El cuerpo de Danilo se tensa un segundo y luego se corre dentro de mí.

Respira hondo y con dificultad, sin soltar mi cintura, y se derrumba sobre la cama, arrastrándome con él.

Sonrío.

—Acabamos de consumar el matrimonio —digo mientras apoyo las manos en su pecho duro y musculoso y trazo líneas invisibles sobre el tatuaje—. Ya no hay vuelta atrás. Ahora soy tuya.

Él se ríe levemente.

— ¿Quién ha dicho que antes hubiera vuelta atrás? Te hice mía en el instante en que te miré.

Una mano se acerca a mi cara y los dedos me recogen un mechón detrás de la oreja. Es un gesto sencillo y, sin embargo, me llega al corazón. Para ser sincera, este hombre lleva mucho tiempo haciendo esto, porque ha demostrado ser alguien diferente de lo que esperaba.

Danilo es mi cebolla.

Lo sé, soy una idiota.

Pero la verdad es que me estoy enamorando de Danilo.

Es como una fuerza poderosa de la naturaleza de la que es imposible escapar. Como un tsunami: aunque sepas nadar, no hay forma de huir.

Y ahora, además de tener mi cuerpo, este mafioso también va a ser dueño de mi corazón.