Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 32.
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32.

Unos días después ...

— ¿Qué has hecho? —le pregunto a Danilo al entrar en el restaurante italiano, mi nuevo lugar de trabajo—. Eso no es lo que te pedí. Quería un trabajo, no que alguien se quedara sin empleo por mi culpa.

—No te preocupes. Estaba harto de llevar el restaurante y ya era hora de que el viejo se jubilara —dice, como si fuera algo sencillo.

A pesar de ser un lugar refinado y de alto nivel, la decoración es muy acogedora y un poco rústica.

Tiene dos plantas y una de las paredes está cubierta de hojas verdes que, vistas desde lejos, parecen muy reales.

Las mesitas son cuadradas y tienen un acabado sofisticado, las sillas parecen cómodas y el suelo es una especie de cemento quemado.

El local aún está cerrado, así que solo nos encontramos con los empleados, que me saludan amablemente. Con la mano en mi cintura, Danilo me guía hacia las escaleras diáfanas y me odio un poco por haber elegido un vestido para mi primer día de trabajo.

La segunda planta solo tiene dos salas y una bodega con vinos que son más viejos que mi padre y el padre de Danilo juntos. Entramos por la segunda puerta y me encuentro de frente con el despacho.

Es precioso y tiene una decoración muy limpia y moderna. Y detrás del escritorio hecho a medida, hay grandes ventanas con vistas a la avenida. Me adentro un poco más en la habitación y veo un aparador a mi izquierda y un baño bastante grande al otro lado.

—¿Te gusta? —pregunta Danilo.

Me giro hacia él y le dedico una amplia sonrisa. Dejo el bolso sobre el pequeño sofá y ya me imagino descansando los pies después de comer o de un día ajetreado de trabajo.

—Es perfecto.

Se acerca a mí con pasos decididos, como un león hambriento, y sus manos se posan en mis caderas, atrayéndome hacia él con un fuerte tirón que me arranca un gemido.

—Lo único perfecto en esta habitación eres tú con ese vestido blanco —gruñe, bajando la mano hasta mi trasero y apretándolo.

—Aquí no —le pido, sintiéndome un poco mareada con su tacto.

Con aire convencido, Danilo arquea una ceja.

—Vamos a conocer el resto del restaurante.

Asiento con la cabeza.

Salimos de la sala y bajamos por esas malditas escaleras huecas. Nos dirigimos a la cocina del restaurante y me quedo asombrada por lo grande y organizada que está. Hay varios cocineros, pero me alegra ver que la jefa de cocina es una mujer.

— Bienvenida, señora Salvatore —me saluda mientras me tiende la mano, que estrecho con entusiasmo.

—Puedes llamarme Martina.

Ella arquea las cejas y mira a Danilo, que se queda en silencio y me confirma que aquí nadie me va a llamar por mi nombre de pila. No pasa nada, puedo vivir con ello.

Después de conocer la cocina, nos dirigimos al almacén y a la zona de descanso del personal. Todos me saludan con una sonrisa. Quizá lo hagan solo porque Danilo está a mi lado.

Pero, a decir verdad, ni siquiera me importa. Estoy muy contenta porque tengo algo útil que hacer durante el día.

Se me dan bien los números, pero gestionar un restaurante no es precisamente fácil. Si no fuera por Luigi, mi guardaespaldas y ahora también mi asistente, mi primer día de trabajo no habría sido nada fácil.

A pesar de que el día ha estado lleno de contratiempos, me ha gustado trabajar y tengo la sensación de haber cumplido mi misión.

Ya son más de las veintidós cuando Danilo viene a recogerme. Me dijo que podía salir a cualquier hora, pero que no podría irme antes de que cerrara el restaurante y se marcharan los empleados.

Danilo me abre la puerta del coche y me deslizo hasta el asiento del copiloto. Él se acomoda en el asiento del conductor y yo me fijo en su ropa ligera, en su pelo mojado y en el agradable aroma de la loción para después del afeitado.

—¿Qué tal te ha ido el primer día?

No puedo evitar esbozar una sonrisa. Estoy cansada, me duelen los hombros y siento que necesito un baño tibio; el interés de Danilo por saber cómo me ha ido el día me demuestra que se está esforzando.

— Ha sido un día ajetreado. Sin Luigi, me habría quedado perdida.

—Es un gran soldado —dice, con ese tono serio y un poco incisivo de siempre—. ¿Tienes hambre?

—Me muero de hambre —respondo con sinceridad.

— ¿Quieres salir a comer o prefieres que te prepare algo?

Lo miro boquiabierta.

— ¿Danilo Salvatore sabe cocinar?

Esboza una sonrisa cínica.

— No, pero no debe de ser tan difícil —responde, haciéndome soltar una risa. — Hoy en día se encuentra de todo en YouTube, ¿lo sabías?

Asiento con la cabeza.

— Claro, claro.

Al cabo de poco más de diez minutos, entramos en el aparcamiento subterráneo. Bajamos del coche y el hombre enseguida entrelaza su mano con la mía para que caminemos juntos hasta el ascensor privado.

A veces, ni siquiera me creo que me esté entregando tan fácilmente a él. Pero siento que, con cada día que pasa, voy quitando una capa más de Danilo para conocerlo mejor, al mismo tiempo que le dejo entrar en mi corazón.

En cuanto llegamos al salón, me quito los zapatos de tacón y me dirijo al dormitorio, mientras Danilo se va a la cocina.

Me doy un baño tibio, que me relaja los músculos. Después, voy al vestidor a elegir qué ponerme. En un momento de locura, decido que no me voy a poner bragas y me pongo solo un vestido cómodo, y bajo descalza a la planta baja.

Al llegar a la cocina, noto el olor de algo delicioso que se está haciendo en el horno.

—¿De verdad has cocinado? —pregunto, incrédula, porque ni siquiera he tardado tanto en ducharme y ya hay algo rico en camino.

—¿Te ha sorprendido mucho? —me responde, y hay algo en el brillo de su mirada que me hace sospechar.

Frunzo el ceño.

—No has cocinado tú —concluyo en voz alta.

Él se ríe. Es una risa divertida, que me calienta el corazón.

—Ornella dejó una lasaña lista.

Me río y sacudo la cabeza.

—Ahora sí, tiene todo el sentido —digo mientras pongo los ojos en blanco y me acerco a él, dándome cuenta de algo —.

¿Querías impresionarme? —pregunto mientras me pongo de puntillas para mirar fijamente sus ojos azules y severos.

Es mucho más alto que yo y, sin tacones, solo le llego a la barbilla, bien cuidada.

La comisura derecha de la boca de Danilo se eleva y la sombra de una sonrisa recorre su bonito rostro.

—Estaba funcionando.

— Sí —admito, y de repente siento un cosquilleo, como si varias mariposas me revolotearan por el estómago—. ¿Por qué te esfuerzas tanto?

—Porque eres mi mujer.

Mi respiración empieza a acelerarse.

— ¿Solo por eso?

— No —susurra, con esa voz grave y profunda que envía oleadas de calor al centro de mis piernas.

Danilo da un paso hacia delante, apoyando su cuerpo musculoso contra el mío.

Me envuelve su aroma fresco y me siento un poco mareada.

— Yo también te deseo. Y la verdad es que nunca me he esforzado tanto por una mujer.

Mi corazón se acelera.

— ¿Eso es malo?

—Es diferente.

Me hace retroceder hasta que mi espalda choca contra la isla de la cocina. Danilo coloca una mano a cada lado de mi cuerpo, agarrándose al borde de la encimera de granito y rodeándome por tres lados.

—Es interesante —añade.

—Te estás portando como un caballero —digo en voz baja y me armo de valor para levantar la mano y alcanzar los botones de su camisa. No los desabrocho, solo juego con ellos—. Un príncipe azul.

— No soy ningún príncipe. Me despierto cada mañana con una erección de cojones y tengo que masturbarme pensando en ti.

Siento cómo el rubor me sube por las mejillas.

— ¿Ah, sí?

—Sí. Me estás volviendo loco, Martina.

Me humedezco los labios antes de morderme el inferior.

No estoy intentando seducirlo ni nada por el estilo, es solo que ahora mismo tengo mucha sed y mucho calor. Y siento como si alguien me estuviera apretando el clítoris como si fuera un maldito botón.

— No llevo bragas —admito.

No tengo precisamente mucha experiencia en lo que al sexo se refiere. Sin embargo, tengo deseos y no puedo negar que me siento atraída por mi marido. Además de guapo y sexy, tiene un , una mano grande y un agarre tan firme que creo que me derrito cada vez que empieza a tocarme.

La respiración de Danilo se vuelve pesada y sus ojos brillan con un brillo lascivo. Sin decir nada, desliza una de sus manos hasta mis muslos y me levanta el dobladillo del vestido para comprobarlo.

Todo mi cuerpo se estremece con ese tacto cálido y posesivo. Sus dedos se abren paso hasta el centro de mis piernas y rozan una de mis ingles, arrancándome un gemido.

De repente, aparta las manos de mí, solo lo suficiente para agarrarme por la cintura y sentarme en el taburete. Me sube el vestido hasta la cintura y se queda mirándome durante un segundo tan largo e intenso que hace que todo mi cuerpo arda de excitación.

Jason nunca me había mirado así. De hecho, a él le gustaba la oscuridad y, para ser sincera, a mí también me venía bien. Hasta ahora. Me gusta cómo los ojos de Danilo devoran mi cuerpo.

Este hombre es un depredador, y tengo que admitir que me gusta ser su presa.

— Eres preciosa, Martina.

Sus manos gruesas y firmes se deslizan por mis muslos hasta que sus dos pulgares se detienen sobre mi coño, pero solo uno empieza a tocarme. Recorre mi coño de arriba abajo y, al sentir la miel de mi excitación entre mis pliegues, Danilo gruñe.

— Joder, este coño está muy mojado —gruñe, con un tono muy provocador—. Y es todo mío.

Me quedo en silencio, suplicándole con la mirada que empiece a tocar mi punto de placer y haga que me tiemblen las piernas.

—No soy el primero que te toca, pero seré el único del que te acordarás, pequeñita —dice con voz grave, ronca y autoritaria.

Jodidamente sexy.

Ni siquiera necesito una confirmación verbal para saber que Danilo es el único hombre del que me acordaré. Lleva escrito en la frente que es un trepador de pura cepa y que promete muchos orgasmos.

Suelto un gemido al sentir cómo uno de sus dedos me penetra lentamente y luego sale y se desliza hacia arriba. El hombre lo vuelve a hacer y yo arqueo las caderas, abriendo más las piernas para él.

Respiro hondo y con dificultad en el instante en que el pulgar presiona mi clítoris y empieza a hacer movimientos rítmicos y circulares. Acabo echándome hacia atrás y apoyando los codos en la encimera, y admiro a Danilo mientras me toca.

Me mete dos dedos en mi raja húmeda y empapada, lo que me hace arquear las caderas contra su mano. Los dedos entran y salen, a un ritmo lento y placentero, adictivo. Siento cómo me masajea el clítoris con el pulgar, aumentando el calor de mi cuerpo y haciéndome retorcerme con esa deliciosa caricia.

—Danilo...

Me empuja para que me siente y acabo rodeándole la cintura con las piernas y entrelazando los brazos alrededor de su cuello, para sujetarme y mirarle a los ojos mientras me folla con los dedos.

— Córrete para mí, piccolina —me dice en voz baja, provocadora.

Sus labios exigentes me buscan para un beso sediento, que viene acompañado de deliciosos mordiscos y lametones en la mandíbula, que van bajando hasta el escote. Y entonces, con la mano libre, se desliza por mi escote y se abalanza sobre un pecho con tanta ganas, con tal hambre, que me vuelvo loca.

Joder. Esto es demasiado bueno.

Busco su boca y, en el instante en que nuestras lenguas se tocan, los dedos de Danilo se mueven más rápido entre mis piernas.

—Danilo... —gimoteo.

Las piernas empiezan a temblar a su alrededor y mis músculos se tensan. Echo la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza y entregándome por completo al placer.

Él sigue con su ritmo, entrando y saliendo de mí al mismo tiempo que acaricia mi clítoris hinchado y ardiente.

Suelto un gemido muy alto y mi cuerpo se estremece por completo, poniéndome la piel de gallina desde el cuero cabelludo hasta la punta del pie. Contraigo los músculos alrededor de los dedos de Danilo al alcanzar el clímax.

—Qué delicia verte correrte en mis dedos, pequeña —gruñe, sacando los dedos de entre mis piernas y llevándoselos a la boca para chuparlos—. Saben deliciosos. Dulces.

Me hormiguean las mejillas.

Se abalanza sobre mí y aplasta mi boca contra la suya, haciéndome sentir mi propio sabor, que, impregnado en él, resulta tremendamente excitante.

— Tengo muchas ganas de follarte en esta encimera —dice con ferocidad, poniéndome los pelos de punta en la nuca—. Mira cómo me he puesto. —Me coge la mano y la lleva hasta el bulto que se le marca en medio de los pantalones. El mero hecho de tocarlo así me hace gemir.

— Podemos comer antes —le pido, sonriendo—. Me muero de hambre y nadie me había hecho correrme así nunca, y menos aún de una forma tan intensa —admito antes de que mi cerebro se dé cuenta.

—Entonces, ¿quieres decir que el difunto Jason nunca te hizo correrte?

Trago saliva con fuerza.

No quiero responder a la pregunta, pero algo me dice que Danilo no va a dejar de insistir hasta que tenga una respuesta verbal.

— No. Nunca.

Sin decir nada, me agarra por la nuca y me envuelve en un beso tan feroz y ávido que siento que me duelen los labios, pero ni mucho menos es malo. No lo sabía, pero me gusta la fuerza en estos momentos.

Antes de que pueda decir nada, el temporizador del horno eléctrico emite un pitido para avisarnos de que nuestra lasaña está lista.