Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 5.
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Papá da un puñetazo en la mesa por quinta vez, haciendo que mi cuerpo se estremezca con el estruendo.

—¡¿Cómo voy a sacarte de este lío ahora, Martina?! —pregunta, gritando. Empieza a pasearse de un lado a otro, furioso—. Te ordené que te quedaras en tu habitación. ¿Por qué me desobedeciste?

—Me alegro de haberlo hecho —digo poniéndome de pie y mirándolo también con rabia. Definitivamente, he perdido la cabeza—. No puedo creer que fuera a entregar a Violetta a él, papá. No es más que una niña.

Papá se detiene en seco y centra su atención en mí. Espero que me pegue, pero no lo hace. De hecho, nunca lo ha hecho. Nunca nos ha puesto la mano encima ni a mí ni a mis hermanas, no creo que vaya a empezar a comportarse como un completo imbécil ahora.

—Algún día tendría que casarse, padrino [6] —dice Lorenzo al acercarse a mi padre y apoyarle las manos en los hombros con respeto—. Danilo será el jefe del Imperio Salvatore y Martina, su reina.

Lorenzo tiene treinta años y es el hombre más joven en ocupar el puesto de subjefe en la organización. Mi padre lo acogió y lo crió cuando aún era un niño huérfano, brindándole al chico todo el cariño que un padre le daría a su hijo.

Siempre hemos convivido con él y, básicamente, Lorenzo nos ha visto crecer. Es como un hermano mayor y es importante para mis padres. Es importante para todos nosotros.

—No hables —gruñe mi padre, alejándose de Lorenzo, que me lanza una mirada llena de compasión—. Mató a su primera prometida. ¿Qué te hace pensar que no hará lo mismo con mi hija?

—No lo hará, porque si intenta matarme, yo lo mataré primero —digo, atrayendo la atención de todos hacia mí.

Corrado, que no había dicho ni una sola palabra desde que me llamaron para entrar en el despacho, endereza los hombros y me lanza una mirada inquisitiva.

—Estupendo. Entraremos en guerra —dice el consejero, lo que me hace suspirar.

—Está bien, entonces dejaré que él me mate —murmuro y vuelvo a sentarme. No tengo la más mínima intención de dejar que eso ocurra, pero no sé qué quieren que diga los hombres de esa familia.

—Entonces empezaré una guerra —dice mi padre y yo cierro los ojos con fuerza. Papá se arrodilla delante de mí, apoyando una mano en mis rodillas y la otra en mi pelo. No suele mostrar tanto cariño, pero está desesperado porque me ha perdido. —No deberías ser tú.

A veces, el amor de papá es algo que me duele y sé que también hiere a mis hermanas. Nunca quise que las cosas fueran así entre nosotros, como si yo valiera más que las niñas. No es justo y, aunque lo he intentado, no consigo cambiarlo.

— Juré junto al lecho de muerte de tu madre que te protegería con mi vida. Juré que tendrías una vida diferente. No deberías ser tú, Martina.

¿Y mis hermanas? ¿No tienen derecho a una vida diferente? ¿Debería haber dejado que Violetta se casara con Danilo y condenarla de esa manera?

—¿Por qué no yo? —susurro y le cojo una de sus manos entre las mías, buscando sus ojos claros—.

Papá, deja de hacer esto, por favor. Hay promesas que no se pueden cumplir hasta el final.

Las chicas también se merecen ese tipo de protección, no solo yo —añado, lo que hace que apriete la mandíbula y se aleje de mí.

—Hablaré con Alberto.

—Eso no hará que Danilo renuncie a Martina. Es un depredador, como todos los hombres de nuestro mundo —informa  Lorenzo.

—Tendrá que desistir. No le entregaré a mi hija —dice el Don, como si su palabra fuera ley. Normalmente lo es. Pero no en este caso. No permitir que me case con Danilo lo empeorará todo mil veces más.

Chicago va a masacrar a Detroit.

Será un baño de sangre en el que morirán inocentes.

Y no puedo permitir que la vida de mis hermanas y de mi madre corra peligro. Las protegeré, aunque eso signifique entregarme a Danilo.

El consejero y el subjefe empiezan a intentar convencer a mi padre de que lo mejor será dejarme casarme con Danilo. Él parece inflexible y, al oírle decir que ofrecerá a Angelina en mi lugar, mi corazón late con fuerza de mala manera dentro del pecho.

—Yo no soy mi madre —murmuro, llamando su atención hacia mí—. Sé que le hiciste una promesa, pero eso no depende solo de ti.

Con un gesto de la mano, papá hace que los hombres salgan del despacho y nos dejen a solas.

—Martina…

—Papá, por favor —digo en voz baja, conteniendo las lágrimas que me arden en los ojos—.

Sé que nos parecemos, pero yo no soy ella.

Siento mucho que ella se haya ido y te haya dejado, pero no puedes quedarte atrapado en el pasado.

Han pasado años, papá. Años. Y ahora tienes una esposa preciosa, que está viva y te quiere.

Y cuatro hijas además de mí. Si solo estás dispuesto a protegerme a mí, prefiero que no lo hagas.

No espero que digas nada, simplemente le doy la espalda y salgo del despacho, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Me sobresalto un poco al encontrarme con mamá en las escaleras.

Está llorando.

—Mamá —susurro.

Sin decir nada, abre los brazos y me envuelve en ellos, abrazándome con fuerza y haciéndome romper a llorar.

— Lo siento, mamá.

—No tienes la culpa de nada, cariño —dice y me da un beso en la coronilla—. Gracias por salvar a Violetta. Yo fui tan débil, me quedé callada, observándolo todo. Soy una madre horrible. Nunca he sido valiente, soy una vergüenza.

Niego con la cabeza mientras me aparto un poco para mirar a sus ojos brillantes.

— No, no es eso. Eres maravillosa, eres perfecta. Papá nunca te habría hecho caso —le digo, y me siento fatal por haber dicho esas palabras.

—Siento mucho que tengas que casarte con él, Martina.

— Haría cualquier cosa por ellas. Por ti —admito, y ella me dedica una sonrisa entre las lágrimas que bañan su bonito y delicado rostro.

Mamá vuelve a abrazarme con fuerza y nos quedamos así un rato.

Siempre querré a mamá, es la única figura materna que conozco, pero a veces no entiendo cómo puede corresponderme. Además de ser prácticamente el fantasma del primer amor de su marido, soy la hija favorita.

¿Cómo es posible que no me odie? Yo me odiaría a mí misma.

Es tan cruel. No es justo. Papá sacrificaría a Violetta para protegerme y mantener intacta la promesa que hizo hace tantos años.

De repente, siento unos brazos que nos rodean y reconozco a Violetta por su olor a fresa. Ella hunde la cara en mi vientre y se desmorona en lágrimas, lo que me oprime el corazón.

Me separo de los brazos de nuestra madre y le sujeto la cara a Violetta. Con los pulgares, le seco las lágrimas y esbozo una sonrisa.

—No te sientas culpable. Fue mi decisión. Haría cualquier cosa por ti, ¿entiendes?

Con los labios apretados, asiente y vuelve a abrazarme. Parpadeo rápidamente, en un intento inútil por contener las lágrimas.

Yo estoy condenada, pero mis hermanas están a salvo. Al fin y al cabo, eso es lo único que realmente importa.