Capítulo 30
La liguilla había comprimido un mes entero en seis partidos. Valle de Oro sobrevivió a los cuartos, remontó la semifinal y ganó el Clausura en una final que dejó a medio plantel jugando con hielo sujeto a alguna parte del cuerpo. Apenas hubo tiempo para celebrar.
El campeón del Apertura y el campeón del Clausura todavía tenían que disputar la Final de Ascenso. Dos partidos. Un lugar en la Liga MX.
Atlético Ferroviario: campeón del Apertura. CD Valle de Oro: campeón del Clausura. Los dos clubes estaban certificados. Solo uno ascendería.
La ida, en casa del Ferroviario, había terminado uno a uno. Durante toda la semana, la televisión deportiva mexicana convirtió el partido de vuelta en una prueba de carácter, dinero, infraestructura y destino. Para Mário era más sencillo: ganar en casa.
Naturalmente, el último rival era el Atlético Ferroviario.
Matías Roldán aparecía en todos los gráficos de previa que incluían a Mário.
REGRESA EL DUELO.
ALMEIDA contra ROLDÁN.
LA BANDA QUE PUEDE DECIDIR EL ASCENSO.
Caio envió el último al grupo del plantel con un mensaje.
Entonces el resto del equipo puede quedarse en casa.
Mamadou respondió:
Por favor.
El viernes, Mário dejó de leer previas. Ya ninguna le decía nada útil sobre Roldán que no hubiera visto antes en video.
A diferencia de las previas, los entrenamientos se habían vuelto cada vez más ordinarios.
Barrera acortó once minutos el trabajo táctico del jueves porque el grupo parecía sin energía.
Juan redujo la carga de gimnasio de varios jugadores.
Antonio Valle pasó más tiempo de lo habitual al teléfono porque el ascenso afectaba presupuestos, primas y contratos antes incluso de que nadie tocara la pelota.
El agente de Mário llamó dos veces.
La primera llamada no trajo nada útil.
La segunda fue peor.
—Si ascienden, Valle de Oro ya informó a los clubes interesados de que el precio cambia —dijo Miguel.
Mário estaba sentado en el auto, fuera del centro de entrenamiento.
—Bien por el Valle de Oro.
—No vas a preguntar cuánto.
—No.
Miguel hizo una pausa.
—Estoy documentando crecimiento personal.
—Vete a la mierda.
—Juega el sábado.
—Ese es el plan.
—Después hablamos.
Mário colgó y se dio cuenta de que lo decía en serio. Pasara lo que pasara en el mercado de fichajes, podía esperar cuarenta y ocho horas.
Dieciocho meses antes, habría querido conocer todos los futuros posibles antes siquiera de que llegara el partido presente.
Ahora bastaba el Ferroviario.
Roldán había mejorado desde septiembre. Menos precipitado al saltar a la presión. Mejor conteniendo al extremo hasta que llegaba la ayuda. Más dispuesto a conceder un pase inofensivo hacia atrás que a perseguir un duelo.
—Espera más —dijo Mário durante la sesión de video ofensivo.
Eduardo estaba delante, junto a la pantalla.
—Sí.
—Ha aprendido.
—Sí.
Caio se inclinó hacia Mário.
—Repugnante.
Mário se rio.
Eduardo volvió a reproducir la jugada.
—No conviertan esto en un duelo privado. Al Ferroviario le encantaría que pasaras noventa minutos intentando demostrar que eres mejor que un defensa.
Mário miró la pantalla.
Meses antes, quizá habría necesitado la advertencia.
Ahora era simplemente verdad.
—Entendido, profe.
Eduardo avanzó el video.
Nada en su voz sugería que el sábado pudiera ser su último partido como entrenador del Valle de Oro.
Mário no tenía ningún motivo para imaginarlo.
El estadio se llenó dos horas antes del pitido inicial.
Camisetas negras y blancas cubrían la grada detrás de una de las porterías.
Humo rojo de un tifo de los aficionados flotó sobre el otro fondo hasta que los empleados del estadio obligaron a alguien a recordar la normativa.
El Ferroviario había traído suficientes seguidores como para dar a una esquina del estadio su propio pulso.
Los padres de Mário estaban en algún lugar de la grada central.
Su madre había enviado un único mensaje aquella mañana.
Come. Respira. Te queremos.
Su padre añadió debajo:
Y tira cuando haya espacio.
Mário respondió:
Claro.
Después guardó el teléfono.
En el vestidor, Barrera estaba junto a la pizarra táctica.
Ningún discurso sobre el destino.
La sala ya contenía suficiente destino sin ayuda.
Caio volvió a apretarse el mismo tachón dos veces. Mamadou estaba sentado con los auriculares alrededor del cuello, pero sin música. Jorge movía una rodilla hasta que Diego le puso una mano encima y dijo:
—Deja de vibrar.
Raúl, que no era titular, circulaba por la sala con la calma de quien ya sabía que el pánico desperdiciaba energía y aún era demasiado joven para que le gustara que lo llamaran viejo.
Se detuvo frente a Mário.
—Lado derecho.
—Sí.
—No lo persigas.
—¿A Roldán?
—A nadie.
Mário sonrió.
—Ha sonado profundo.
—Quiere decir que, si el partido se vuelve estúpido, no te unas a él.
—Menos profundo.
—Más útil.
Raúl le dio una palmada en el hombro y se alejó.
Eduardo estaba al fondo con el resto del cuerpo técnico.
Mário no buscó su mirada.
Habría tiempo para todo lo demás después de noventa minutos.
Cuando Barrera habló por fin, no mencionó el artículo, la investigación, la lesión ni lo que había hecho falta para llegar hasta aquel partido.
—Dos torneos y una liguilla los han traído hasta aquí —dijo—. No necesitan inventarse un equipo distinto solo porque hay un trofeo al lado.
Miró alrededor.
—Jueguen.
Eso fue todo.
Roldán encontró a Mário cerca de la línea de medio campo antes del inicio.
—¿Sigue siendo cara? —preguntó, mirando la rodilla derecha.
Mário sonrió.
—El club dice que mucho.
—Bien.
—¿Y tú?
—Más viejo.
—¿Veintiséis?
—Ancianísimo.
—Raúl te odiaría.
El árbitro les mandó separarse. Roldán tendió una mano durante un instante. Mário chocó la suya.
Después se convirtieron en rivales.
Los primeros veinte minutos fueron del Ferroviario.
Presionaron la salida del Valle de Oro, obligaron a Mamadou a jugar en largo dos veces y marcaron a los dieciséis después de que una segunda jugada cayera al borde del área. El mediocampista disparó entre cuerpos. Mamadou la vio tarde.
Cero a uno.
El sector visitante explotó.
Mário se quedó cerca del medio campo mientras el Ferroviario celebraba.
Sin pánico.
Todavía no.
El marcador global apareció unos segundos después en la pantalla del estadio.
Dos a uno para el Ferroviario.
En aquel momento, Valle de Oro seguía en el Ascenso MX.
La tribuna lo entendió antes de que Mário terminara de respirar.
El ruido se volvió más tenso. Cada pase atrás recibía impaciencia.
Eso era peligroso.
El primer duelo directo había ocurrido nueve minutos antes y no había dado nada.
Mário había recibido junto a la banda, Roldán se había mantenido de frente y el mediocampista izquierdo del Ferroviario había cerrado por dentro antes de que Mário consiguiera una situación limpia.
Jugó hacia atrás, para Tomás.
La grada gimió.
Tomás se la devolvió diez segundos después.
La misma pareja cerrando.
Atrás otra vez.
Un gemido más fuerte.
Mário oyó la voz de su padre desde la infancia, diciéndole que la grada no podía ver el campo entero desde sus tachones.
A los quince años ignoraba aquel consejo.
A los veintiuno, retuvo la pelota e intentó forzar la jugada.
Roldán lo retrasó lo suficiente para que llegara el mediocampista y después le robó el balón cuando Mário intentó pasar entre los dos.
El Ferroviario salió a la contra.
Mário recuperó cuarenta metros antes de que muriera el ataque.
Roldán pasó trotando a su lado durante la reorganización.
—Has dejado que la grada mandara sobre ti.
Mário respiraba con fuerza.
—Una vez.
—Lección cara.
—Vete a la mierda.
Roldán sonrió.
Mário aprendió.
A los veintiocho minutos, recibió abierto con Roldán delante.
La grada quería aceleración.
Mário podía oírla.
Roldán también.
—Ve —dijo el defensa.
Mário sonrió.
—No.
Jugó hacia atrás, para Tomás.
La grada gimió.
Tres pases después, Diego cambió la orientación hacia la izquierda y Jorge ganó un tiro de esquina.
Roldán se rio mientras avanzaban hacia el área.
—Te odian.
—Se les pasa.
El tiro de esquina fue despejado.
A los treinta y seis, el Valle de Oro empató.
No por Mário.
Diego recuperó en el centro del campo, Jorge condujo por la izquierda y centró pronto. Caio atacó entre los centrales y cabeceó hacia abajo, al palo largo.
Uno a uno.
Corrió hacia la grada gritando algo que nadie podía oír.
Mário fue el segundo en llegar.
Caio le agarró la camiseta.
—Yo soy el ataque.
—Llevas guardándote esa un año.
—Sí.
El estadio tembló a su alrededor.
Al descanso, el marcador global estaba empatado a dos.
Nadie en el vestidor celebró la aritmética.
Barrera puso dos imágenes en la pantalla.
Una mostraba a Roldán manteniéndose de frente a Mário, sin reaccionar al primer amago.
La otra mostraba al mediocampista izquierdo del Ferroviario cerrando pronto para protegerlo.
—Están gastando dos jugadores aquí —dijo Barrera.
Señaló a Mário.
—Perfecto. Deja de intentar hacer que se arrepientan tú solo.
Mário asintió.
Eduardo estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.
No añadió nada.
No hacía falta.
El segundo tiempo se convirtió en ese tipo de fútbol que nadie recuerda con precisión después.
Se acumularon las faltas. Las piernas se cansaron. Pases sencillos de el primer tiempo empezaron a llegar medio metro por detrás. Mamadou detuvo abajo a los sesenta y dos. Jorge golpeó el exterior del poste a los sesenta y ocho. Caio vio amarilla por explicarle las leyes del fútbol al árbitro.
Roldán y Mário siguieron trabajando.
A los cincuenta y siete, Mário lo superó por fuera y centró demasiado cerca del portero.
A los sesenta y cuatro, Roldán anticipó el toque hacia dentro y le quitó el balón limpiamente.
A los setenta y uno, Mário soltó a Tomás sin siquiera encararlo.
A los setenta y seis, un mediocampista del Ferroviario llegó tarde sobre Mário cuando la pelota ya había salido.
Mário cayó al césped.
El jugador se inclinó sobre él.
—El proyecto de Sequeira se rompe con facilidad.
Mário alzó la mirada.
Meses antes, una frase así lo había llevado a poner las dos manos en el pecho de Henrique.
Ahora se levantó.
El árbitro mostró amarilla al mediocampista.