ENTRE LÍNEAS Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

En el segundo, presionó correctamente el pase de vuelta, forzó la pérdida y metió a Caio en juego antes de que la defensa pudiera reorganizarse.

Después, los periodistas le preguntaron si sentía que el resultado le daba la razón.

Mário respondió:

—Hemos ganado tres puntos.

Nada más.

La investigación terminó ocho días después.

Aquellos ocho días produjeron más silencio que el mes anterior.

Eduardo no fue al departamento.

Mário no fue a su casa.

Intercambiaron mensajes personales normales, pero evitaron todos los asuntos sobre los que la comisión pudiera haberlos interrogado.

La contención era en parte procesal y en parte autoprotección: ninguno quería descubrir que uno había admitido algo que el otro había negado.

El viernes por la noche, Eduardo escribió:

Odio esto.

Mário se quedó mucho tiempo mirando el mensaje.

Después respondió:

Yo también.

Nada más.

Fue el intercambio más honesto que habían tenido en toda la semana.

La comunicación interna fue cauta.

El club no había encontrado elementos que acreditaran que el tiempo de juego, la situación contractual, el acceso al trabajo individual de desarrollo o las decisiones médicas de regreso hubieran sido influidos indebidamente por favoritismo.

Los registros mostraban que Barrera había mantenido la autoridad final sobre la utilización de los jugadores.

El departamento médico había mantenido la autoridad sobre el regreso a la competición.

El alojamiento posoperatorio se había aprobado con antelación.

El desarrollo individual era compatible con las funciones asignadas a Eduardo y se había ofrecido a varios jugadores.

El club afirmaba no haber encontrado elementos que respaldaran las insinuaciones más sugestivas del artículo de Leandro.

No publicó el informe de la investigación.

El comunicado público fue más breve.

Antes de que saliera, Barrera llamó a Mário a su despacho a solas.

Cerró la puerta.

—Entiendes lo que dice la investigación.

—Sí.

—No dice que Sequeira nunca haya influido en tu fútbol. Los entrenadores deben influir en el fútbol.

Mário asintió.

—Dice que no controló indebidamente decisiones que eran mías, decisiones médicas que eran de Ribeiro ni decisiones administrativas que pertenecían a otros.

—Sí.

Barrera se recostó.

—Fuiste titular porque creí que nos dabas más posibilidades de ganar. Te quedaste fuera porque creí que otro jugador nos daba más. Volvería a tomar las dos decisiones.

Mário tragó saliva.

—Gracias.

—No me des las gracias. Juega lo bastante bien para que siga teniendo ese problema.

Mário sonrió.

—Sí, profe.

A la puerta del despacho, Teresa esperaba con la versión final del comunicado en la tableta.

—¿Has visto esto?

—Esta versión, no.

Se la entregó.

El texto era lo bastante seco como para decepcionar a todo el mundo que quisiera una confesión o una absolución.

Mário lo leyó dos veces.

—No mencionan a Leandro por su nombre.

—No.

—Ni dicen que yo haya sido exonerado personalmente.

—Esto ha sido una investigación sobre los procedimientos del club, no un juicio penal.

—Cierto.

Teresa recuperó la tableta.

—Si te sirve de algo, un resultado aburrido suele ser bueno para comunicación.

Mário pensó en los meses de rehabilitación que nadie había fotografiado.

—Estoy aprendiendo eso.

Ella lo miró un segundo más de lo necesario.

—Yo también.

Después se alejó.

El CD Valle de Oro había analizado las cuestiones deportivas y administrativas planteadas por las noticias recientes y no había encontrado elementos que acreditaran que las decisiones futbolísticas relativas a Mário Almeida hubieran sido influidas indebidamente.

El club no haría más comentarios sobre asuntos privados de personal.

Leandro lo llamó opacidad institucional.

Internet se dividió entre quienes pensaban que Mário había quedado exonerado, quienes creían que el club lo había protegido y quienes ya se habían pasado a una polémica arbitral de la Liga MX.

Mário casi no leyó nada.

Leandro publicó una nota breve diciendo que la investigación no había respondido a la cuestión de si una relación de mentoría inusualmente cercana podía crear una influencia que ningún registro fuera capaz de captar.

Mário leyó la frase y se detuvo.

No existía ningún documento capaz de responder, porque era una pregunta sin respuesta posible.

Durante meses, eso lo habría enfurecido.

Ahora cerró la página.

Tenía partido dentro de dos días.

Aquella noche fue a casa de Eduardo.

Habían evitado comparar entrevistas mientras la investigación seguía abierta.

Ahora ya no había ningún motivo procesal para no hablar, solo el motivo más incómodo: hablar confirmaría lo que cada uno había hecho.

Eduardo sirvió agua en dos vasos.

Mário dijo:

—Me lo preguntaron directamente.

Eduardo se detuvo.

—A mí también.

Ninguno preguntó qué había respondido el otro.

No hacía falta.

Mário se sentó a la mesa de la cocina.

—No me siento bien con esto.

—No.

—¿Y tú?

—No.

La respuesta ayudó porque Eduardo no ofreció ninguna justificación.

Mário miró la taza azul que se secaba junto a la tarja.

—Podríamos haber dicho la verdad.

—Sí.

—Quizá habrías perdido el trabajo.

—Quizá.

—Y el club habría tenido que mirar de otra manera todas las decisiones de fútbol.

—Sí.

—Eso no convierte la mentira en algo honesto.

—No.

Mário sonrió sin humor.

—Estás siendo realmente irritante.

—Estoy intentando no absolvernos.

—Bien.

Se quedaron en silencio.

Al final, Eduardo dijo:

—Puedo vivir con el hecho de haber tomado esta decisión. No quiero reescribirla como una decisión mejor de lo que fue.

Era exactamente eso.

—Yo también.

No necesitaban perdonarse entre ellos.

Los dos habían protegido el mismo secreto.

La consecuencia era que una parte de su historia quedaría fuera del registro público, incluso si algún día la relación dejaba de ser secreta.

Mário nunca había pensado tan lejos.

Ahora sí.

No le gustaba.

Lo aceptaba.

Diego lo encontró después del entrenamiento.

—¿Entonces ya ha terminado?

—Eso parece.

—¿Estás contento?

Mário pensó en la frase que había querido oír del club.

Algo absoluto.

Algo que pudiera obligar a desconocidos a aceptar que la carrera le pertenecía.

—No le han dicho a todo el mundo que me lo gané.

Diego se echó la bolsa a un hombro.

—No pueden.

—No.

—Si te sirve de algo, yo sí lo digo.

Diego se encogió de hombros.

—Te vi hacerlo.

Mário sonrió.

—Ya.

Tendría que bastar, porque era mejor que un comunicado.

Quedaban dos jornadas.

El Ferroviario seguía un punto por delante.

El fútbol ya había esperado bastante.

A la mañana siguiente, Barrera puso la clasificación en la pantalla de la sala de video durante quince segundos.

Ferroviario primero.

Valle de Oro segundo.

Tepic tercero.

Después la sustituyó por imágenes del siguiente rival.

—Nadie asciende mirando la clasificación —dijo.

Caio levantó la mano.

—¿Y los aficionados?

—Ellos no juegan.

—Cruel.

Barrera lo ignoró.

Mário abrió el cuaderno.

El artículo, la investigación y las mentiras seguían formando parte de su vida.

Durante los noventa minutos siguientes de preparación, ninguna de esas cosas podía ayudarlo a superar a un lateral.

Esa separación se había convertido en una de las habilidades que Eduardo nunca le había enseñado.

Mário la había aprendido de todos modos.