ENTRE LÍNEAS Capítulo 24
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Capítulo 24

El primer mensaje de Leandro llegó en junio. Eduardo se lo enseñó a Mário antes de responder. Solo eso ya era progreso.

Estaban sentados en el departamento de Mário después de una sesión matinal de rehabilitación.

Diego se había ido dos días a Tepatitlán.

Mário acababa de comer y se estaba quejando de la progresión controlada de cambios de dirección prevista para la semana siguiente cuando vibró el teléfono de Eduardo.

Eduardo miró la pantalla. Su expresión cambió. Mário se dio cuenta.

—¿Quién?

Eduardo le entregó el teléfono.

El mensaje era breve.

LEANDRO: Estoy trabajando en un reportaje sobre trayectorias de desarrollo en el Ascenso MX. Tu joven extremo Almeida es interesante. Llámame cuando puedas.

Mário lo leyó dos veces.

—Es tu primo.

—Sí.

—El periodista.

—Sí.

—El enemigo de los pastéis.

Eduardo le quitó el teléfono de la mano.

—Por favor, no lo describas así nunca fuera de este departamento.

—No prometo nada.

La broma no suavizó la expresión de Eduardo.

Mário se recostó.

—Sabe quién soy. Qué sorpresa.

—Sabe que hay una conexión entre nosotros.

—Estoy vinculado a ti profesionalmente.

—Sí.

—¿Entonces?

Eduardo se frotó el pulgar contra el lateral de un dedo.

Mário lo observó.

—¿Qué es lo que no estás diciendo?

—Leandro no se pone en contacto conmigo por casualidad.

—Son familia.

—Nos mandamos mensajes de cumpleaños porque nuestras madres se dan cuenta si no lo hacemos.

—¿Tan mal?

—Nada dramático. Simplemente no somos cercanos.

Mário recordó la historia de la cocina. La abuela. Leandro interpretando la atención normal como prueba de que habían elegido a Eduardo en vez de a él.

—¿Qué escribió sobre tu rodilla?

Eduardo lo miró.

Mário nunca se lo había preguntado directamente.

La pregunta llevaba meses escondida detrás de las demás historias.

Eduardo dejó el teléfono boca abajo.

—Cuando terminó mi carrera como jugador, él estaba empezando a escribir en serio. Webs locales, luego prensa deportiva regional.

—¿Y?

—Escribió sobre mí.

—¿Qué dijo?

—Nada que fuera exactamente falso.

Mário ya odiaba aquella frase.

Eduardo continuó.

—Tomó la lesión, el reconocimiento médico que no pasé, los clubes que habían mostrado interés antes, y lo convirtió todo en un artículo sobre jóvenes promesas que reciben más atención de la que su nivel justifica.

Mário apretó la mandíbula.

—Tenías veintitrés años.

—Sí.

—Utilizó la lesión que acabó con la carrera de su propio primo para defender que estabas sobrevalorado.

—Es una interpretación.

—¿Y cuál es la suya?

—Que estaba hablando con honestidad sobre el desarrollo en el fútbol y que mi situación, por casualidad, servía de ejemplo.

—Cabrón.

Eduardo se encogió ligeramente de hombros.

—Más tarde escribió aquel artículo sobre mi primer puesto de entrenador con cierta importancia. Enchufes. Antiguos jugadores ayudando a antiguos jugadores. Otra vez: hechos organizados para conducir a una conclusión.

Mário tomó el teléfono de Eduardo.

—Voy a buscarlo.

—Mário.

—Me has enseñado el mensaje.

—No te he pedido que lo investigues.

—Perfecto. Así no tienes que sentirte responsable.

Eduardo se quedó mirándolo.

Mário sonrió.

—Progreso.

Leandro Sequeira había escrito para seis publicaciones en ocho años.

Algunas ya ni existían.

Últimamente trabajaba como freelance y sus textos aparecían en varias publicaciones deportivas, normalmente bajo titulares que insinuaban acusaciones sin llegar a formularlas del todo.

Mário leyó sobre una academia acusada de ofrecer incentivos que una investigación posterior no había podido demostrar.

Un director deportivo cuyo hermano representaba a un jugador vinculado al club.

Un preparador físico al que se culpaba de una oleada de salidas cuando los contratos y los conflictos por los minutos de juego explicaban la mayor parte.

Un patrocinador regional cuya relación con un grupo propietario se había convertido en una historia sobre financiación oculta hasta que unas cuentas auditadas mostraron algo mucho más aburrido.

De vez en cuando, Leandro encontraba problemas reales.

Eso lo hacía más peligroso, no menos. Sabía organizar la incertidumbre. Mário siguió leyendo.

El patrón se volvió más claro cuando Mário dejó de fijarse en las acusaciones y empezó a mirar lo que ocurría después.

Las correcciones rara vez obligaban a Leandro a retirar un artículo entero porque rara vez el artículo entero era falso.

En lugar de eso, un club publicaba documentos, un organismo cerraba una investigación u otro periodista encontraba una explicación banal para el hecho que Leandro había puesto en el centro del artículo.

Leandro seguía adelante.

No inventaba hechos. Eso habría sido más fácil.

Era como un fiscal que a veces publicaba la acusación antes de averiguar si habría juicio.

Un artículo sobre una academia citaba «personas familiarizadas con los movimientos de jugadores» y después remitía a registros públicos de inscripciones. Otro mencionaba información de control de accesos de un centro de entrenamiento que Mário no podía imaginar que fuera pública.

Mário giró el laptop hacia Eduardo.

—¿Cómo consiguió esto?

Eduardo leyó el párrafo.

—No lo sé.

—Alguien de dentro.

—Tal vez.

—¿Un exempleado?

—Tal vez.

—¿Los periodistas suelen conseguir registros de tarjetas de acceso?

—No.

Mário se recostó.

—Entonces, si escribe sobre mis sesiones tardías, esa información ha tenido que salir de algún sitio.

La expresión de Eduardo se endureció.

—Sí.

Aquello sacaba el problema de la historia familiar y lo metía dentro del club.

Mário cerró el artículo.

—Díselo también a Teresa.

—No sabemos si tiene algo.

—Sabemos que utiliza registros internos cuando alguien se los da.

Eduardo empezó a contestar, se detuvo y asintió.

—Está bien.

Mário sonrió.

—Precioso.

—No empieces.

—Casi has llegado tú solo.

—Me he detenido.

—Progreso.

Leandro Sequeira había escrito para seis publicaciones en ocho años, primero desde Portugal y, durante los últimos cinco, desde México.

—Le gustan las preguntas que no puede responder.

Eduardo se quedó junto a la ventana.

—Sí.

—Y después la pregunta se convierte en el titular.

—Sí.

—¿Qué está preguntando realmente sobre mí?

—Todavía nada.

—Llámalo.

—No.

Mário esperó. Eduardo se dio cuenta y se corrigió.

—No quiero llamarlo todavía.

—Mejor.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber qué tiene antes de darle nada.

Mário negó con la cabeza.

—No.

Eduardo frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque esta es la parte en la que decides que vas a encargarte de Leandro para que yo no tenga que hacerlo.

—No he dicho eso.

—Ya estabas construyendo el razonamiento.

Eduardo desvió la mirada.

Mário se levantó.

—Ha preguntado por mí. Así que yo también estoy metido en esto.

—Sí.

—Entonces se lo contamos al club.

Eduardo se volvió hacia él.

—¿Ahora?

—Sí.

—Todavía no ha afirmado nada.

—Perfecto. Entonces le decimos a Teresa y a Antonio Valle que un periodista está haciendo preguntas sobre desarrollo de jugadores antes de que afirme nada.

Eduardo lo pensó.

Mário añadió:

—No sobre nosotros.

La relación seguía siendo la línea que ninguno de los dos estaba preparado para cruzar ante el club.

Eduardo asintió despacio.

—Sobre la petición de información.

—Sí.

—Y el hecho de que es mi primo.

—Sí.

—Y los artículos anteriores sobre mí.

—Sí.

Eduardo soltó el aire.

—Tienes razón.

Mário sonrió.

—Dilo otra vez.

—No.

—Cobarde.

Teresa Nogueira los recibió a la mañana siguiente.

Antonio Valle se sumó a la reunión en una pequeña sala de conferencias del centro de entrenamiento.

Mário estuvo presente porque insistió. Eduardo no se opuso. Teresa leyó el mensaje de Leandro en una hoja impresa.

—Se puso en contacto contigo, no con el club.

Teresa ya había hecho más trabajo del que Mário esperaba. Una segunda hoja contenía una lista de peticiones recientes enviadas al correo general de comunicación del club.

—Hace dos semanas, un freelance pidió información histórica sobre accesos asociados a sesiones individuales de entrenamiento —dijo Teresa—.

La solicitud no te identificaba. Nos negamos a facilitar registros individuales de tarjetas y ofrecimos, en su lugar, los horarios habituales de entrenamiento que se proporcionan a la prensa.

Mário miró a Eduardo.

—¿Leandro?

—El correo llegó a través de una publicación para la que escribe. Lo firmaba otro editor.

La expresión de Valle se endureció.

—Seguridad está comprobando si algún registro se exportó fuera del grupo de personas que normalmente trabaja con operaciones de fútbol.

Dos días después, Valle les dijo que la comprobación había encontrado una antigua exportación a una hoja de cálculo, realizada por un exempleado de operaciones meses antes de abandonar el club.

El archivo contenía horas de acceso, pero ninguna explicación sobre el motivo por el que cualquier jugador o miembro del cuerpo técnico había entrado en el edificio.

—¿Puede demostrar que se lo dio a Leandro? —preguntó Mário.

—No.

—Entonces no lo acusamos.

—Correcto.

Mário asintió.

No necesitaba un culpable. Necesitaba saber si era plausible que la información hubiera llegado a Leandro. Ahora lo sabía.

Eduardo preguntó:

—¿Pueden averiguar de dónde salió?

—En la mayoría de los casos. No con absoluta certeza. Algunas de las primeras hojas de trabajo individual circularon por correo electrónico antes de que pasáramos al sistema actual.

La incertidumbre aumentaba el número de caminos por los que la información podía haber salido del club.

Mário preguntó:

—¿Quién las tenía?

Valle negó con la cabeza.

—Demasiada gente a lo largo de dos temporadas. Cuerpo técnico, operaciones, a veces departamento médico cuando los horarios se cruzaban. No vamos a iniciar una caza de brujas porque un periodista haya hecho una pregunta.

—Perfecto.

Valle lo miró.

—Parece decepcionado.

—Estoy intentando ser adulto.

—Siga intentándolo.

Teresa ocultó una sonrisa.

—Bien. ¿Se ha puesto en contacto con Mário?

—No.

Valle miró a Mário.

—¿Algún contacto con su agente?

—Miguel no ha mencionado nada.

Teresa tocó la hoja con un dedo.

—¿Qué sabe tu primo?