ENTRE LÍNEAS Capítulo 23
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Capítulo 23

A finales de mayo, Mário ya podía correr en línea recta.

Era al mismo tiempo una noticia excelente y un insulto.

Correr había sido, en otro tiempo, lo menos interesante que podía hacer en un campo de fútbol. Ahora Juan estaba junto a la pista exterior de rehabilitación con un cronómetro y trataba cada aceleración controlada como un dato digno de registrarse.

—Setenta por ciento —gritó Juan.

Mário desaceleró a lo largo de las marcas.

—¿Eso ha sido setenta?

—Aproximadamente.

—Ha parecido lento.

—Ha sido lento.

—Gracias.

—De nada.

Mário volvió andando al punto de salida.

La pierna derecha ya no parecía visiblemente más pequeña, salvo que estuviera bajo una luz fuerte y uno supiera dónde mirar. La fuerza había ido volviendo poco a poco. Gimnasio. Alberca. Progresión de carrera. Todavía faltaban los cambios de dirección controlados.

El Clausura del primer equipo había terminado con Valle de Oro en novena posición, fuera de la liguilla por poco.

Respetable. Irritante. El plantel tenía ahora varias semanas antes del comienzo formal de la pretemporada, aunque los lesionados y los grupos de desarrollo seguían trabajando en el centro de entrenamiento.

Con menos gente, el centro de entrenamiento cambió de ritmo. Los jugadores del primer equipo desaparecieron de vacaciones. Las categorías inferiores ocupaban los campos a horas extrañas. Las sesiones de rehabilitación de Mário se volvieron más silenciosas y, paradójicamente, más próximas al fútbol.

Una mañana de junio, Juan colocó fotocélulas de cronometraje separadas veinte metros y le dijo a Mário que podía llegar al noventa por ciento.

—¿Noventa de qué?

—De tu valor de referencia de antes de la lesión.

Mário miró la pista. La respuesta hizo que los veinte metros parecieran más largos.

Aceleró.

La primera carrera fue tan cautelosa que Juan no necesitó las fotocélulas para darse cuenta.

—Otra vez.

—Número.

—No.

—Cobarde.

—Otra vez.

En la tercera, Mário dejó de contener la aceleración y permitió que la zancada se alargara. La pierna derecha empujó, recuperó, volvió a golpear el suelo. El aire le pasó por la cara de una forma que la cinta nunca había conseguido reproducir.

Cruzó la fotocélula y desaceleró en la zona marcada.

Juan consultó la tableta.

—Más cerca.

—Número.

—Ochenta y siete.

Mário se quedó mirándolo.

—Eso no es noventa.

—No.

—Otra vez.

Juan sonrió ligeramente.

—Ahora ya pareces tú.

La quinta carrera llegó al noventa y uno.

Mário no lo celebró.

Se inclinó, con las dos manos sobre las rodillas, y se echó a reír mirando el césped.

El objetivo de Mário había dejado de ser volver a jugar. Ahora quería estar listo cuando empezara la temporada siguiente.

El sábado siguiente, Eduardo lo llevó hacia la costa.

No lo presentó como celebración ni como parte de la rehabilitación. Dijo que había encontrado un restaurante donde el pescado no llegaba congelado y que, si salían temprano, podían volver antes de que el tránsito de Guadalajara se volviera imposible.

Mário aceptó porque llevaba meses midiendo todas las salidas por la distancia hasta un gimnasio, una clínica o un baño donde pudiera estirar la pierna. Quería un destino que no tuviera porcentajes.

La carretera descendió entre cerros cubiertos de selva baja. El aire cambió antes de que apareciera el agua: más húmedo, con sal y vegetación caliente entrando por las ventilas del auto. Mário bajó la ventanilla.

—El aire acondicionado funciona —dijo Eduardo.

—Esto huele mejor.

—Huele a humedad.

—Portugués ingrato.

Eduardo sonrió y siguió manejando.

Se detuvieron en un pueblo pequeño de la Costalegre, lejos del hotel donde el equipo se había concentrado meses antes. No había paseo marítimo ni edificios altos. Una calle pavimentada terminaba frente a un muro de piedra, y detrás se extendía el Pacífico, azul oscuro bajo el sol del mediodía.

Mário se quedó quieto al bajar del auto. Había visto el océano desde la lesión, en fotografías y en transmisiones, pero la escala física lo sorprendió. Durante meses, veinte metros habían sido una distancia que Juan podía cronometrar. Allí la mirada avanzaba hasta perder cualquier medida.

Eduardo rodeó el auto.

—¿La rodilla?

—Está bien.

—No te pregunté si querías volver.

Mário lo miró.

—También quiero quedarme.

Caminaron por la calle junto al agua. Eduardo eligió el lado más cercano al tránsito sin comentarlo, y Mário decidió no convertir el gesto en una discusión. La banqueta era regular. Juan habría aprobado. Probablemente.

En una terraza casi vacía pidieron pescado, tortillas, ensalada y dos bebidas frías. Eduardo encontró defectos en el café antes de probarlo. Mário le recordó que estaban frente al Pacífico y no en Setúbal. Eduardo dijo que el océano no eximía a nadie de saber preparar café.

Después comieron sin hablar de la rodilla durante casi veinte minutos.

Mário fue quien rompió el acuerdo tácito.

—Cuando estaba en la cinta antigravedad, pensaba que todo iba a sentirse pequeño hasta que volviera a jugar.

Eduardo dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Y ahora?

Mário miró el agua. Una lancha avanzaba lejos de la costa, lo bastante pequeña para parecer inmóvil.

—Ahora creo que yo estaba haciendo pequeño todo lo demás.

Eduardo no dijo que la lesión le había enseñado una lección ni intentó transformar la frase en algo útil. Apoyó el antebrazo sobre la mesa, cerca de la mano de Mário.

Aquello fue suficiente.

Al volver al muro de piedra, se quedaron uno junto al otro mientras el viento levantaba espuma en las crestas. Había otras personas cerca: una familia compartiendo fruta, dos pescadores limpiando equipo, una pareja mayor sentada bajo una sombrilla. Nadie los conocía.

Mário deslizó los dedos sobre los de Eduardo. No fue un gesto escondido, aunque tampoco pretendía llamar la atención. Eduardo entrelazó la mano con la suya.

Permanecieron así hasta que el sol empezó a bajar y la rodilla de Mário se puso rígida por estar demasiado tiempo quieto.

—Tengo que moverme —dijo.

Eduardo soltó su mano.

—¿Dolor?

—No. Noventa y uno por ciento de velocidad y cien por ciento de impaciencia.

—Juan estaría orgulloso de una de esas cifras.

—No pienso decirle cuál.

Regresaron al auto caminando despacio. El Pacífico quedó detrás de ellos, demasiado grande para funcionar como metáfora de nada y, por eso mismo, exactamente lo que Mário había necesitado.

Juan se negaba a validar ese objetivo. Mário lo mantuvo igualmente. La discusión se convirtió en un ritual semanal.

Los lunes, Juan le enseñaba los números: simetría de cuádriceps, fuerza de isquiotibiales, fuerza aplicada por la pierna derecha en los aterrizajes, diferencias entre ambos lados cuando aparecía la fatiga.

Mário buscaba primero el porcentaje más próximo a cien y trataba todo lo demás como sabotaje administrativo.

—Ochenta y ocho —dijo una mañana.

—En esa prueba.

—Entonces me falta un doce por ciento.

—En esa prueba.

—Te gusta esto.

—Me gusta el rigor.

Mário giró la tableta hacia él.

Otro gráfico mostraba fuerza de desaceleración.

—¿Y esto?

—La razón por la que me da igual que puedas correr deprisa en línea recta.

—A mí me importa.

—Tienes mucho talento para correr en línea recta.

—Gracias.

—No es fútbol.

Mário suspiró.

Dos semanas después, Juan introdujo trabajo lateral controlado. El primer cambio de dirección apenas llegaba a ser un recorte: aproximación a velocidad reducida, apoyo, cambio de dirección a cuarenta y cinco grados, parada.

Mário ejecutó el movimiento correctamente y no sintió nada en la rodilla.

La ausencia de sensación fue casi decepcionante. Había esperado dolor o triunfo.

Juan volvió a colocar el cono.

—Otra vez.

Mário repitió.

En la sexta repetición, el sudor le corría por la espalda y el movimiento había dejado de parecer ceremonial.

—Bien —dijo Juan.

Mário se enderezó.

—¿Solo eso?

—¿Qué quieres?

—No sé. Una trompeta.

—Has cambiado de dirección al sesenta por ciento de la velocidad.

—Qué borde.

Juan señaló los conos.

—Otra vez.

Era mejor que una trompeta.

Los jugadores del primer equipo atravesaban de vez en cuando la zona de rehabilitación camino del vestidor. Una tarde, Tomás se detuvo el tiempo suficiente para ver a Mário completar un ejercicio de apoyo y salida.

—Estás abriendo la cadera demasiado pronto —dijo.

Mário se quedó mirándolo.

—¿Juan?

Juan no levantó la vista de la tableta.

—Lo está haciendo.

—Traidores.

Tomás sonrió.

—En agosto ya me dirás cuando te estropee el desdoblamiento por fuera.

—Suponiendo que Juan permita que agosto exista.

—Te he oído —dijo Juan.

Mário volvió a la posición inicial y repitió el movimiento.

Mejor.

El fútbol estaba regresando a través de las correcciones de los demás mucho antes de que regresaran los partidos.

La clínica de salud sexual fue idea de Mário.

Eduardo no puso objeciones, lo que casi lo decepcionó.

La idea había surgido el domingo anterior, cuando Mário alargó automáticamente la mano hacia el cajón de la mesa de noche para buscar un preservativo y encontró la caja casi vacía.

La levantó.

—Crisis administrativa.

Eduardo lo miró mientras se quitaba las lentes.

—Puedo comprar más.

—Ya lo sé.

Mário se sentó en el borde de la cama.

—No es eso lo que quiero decir.

Eduardo esperó.

Meses antes, aquella pausa habría irritado a Mário. Ahora la reconocía como auténtica contención.

—Nunca hemos hablado de si queremos seguir haciendo esto para siempre.

—¿Usar preservativos?

—Sí.

Eduardo se sentó a su lado.

—¿Qué quieres?

—Quiero que nos hagamos pruebas antes de decidir nada.

—De acuerdo.

—Y quiero preguntar por la PrEP en lugar de fingir que, porque seamos exclusivos, la medicina deja de ser relevante.

—De acuerdo.

—Podrías no estar de acuerdo con algo.

—Podría. Con esas dos cosas, no.

—Qué irritante.

Eduardo sonrió.

Mário volvió a guardar la caja en el cajón.

—¿Y hasta entonces?

—Seguimos usándolos.

—Perfecto.

No hubo ninguna promesa dramática asociada a la decisión. Ninguna suposición de que el sexo sin preservativo demostraría una intimidad mayor. Ya habían pasado suficiente tiempo convirtiendo decisiones corrientes en símbolos.