Chapter 20 #2
—Me refiero a contactar con los medios y cortar sus posibilidades de lanzar rumores —especifica. Y sé que un idiota ha muerto en sus labios, estoy seguro—. Sabes que podemos hacerlo.
—Eso no le gustaría nada a Laura. La libertad de prensa y...
—Pero a eso no se le puede llamar prensa —interrumpe—. Además, por vosotros, Laura lo haría. En su momento también trató un tema delicado con respecto a mí, así que sé que...
—Pero por ti, George.
Él parece contrariado con aquello.
—Sois familia, Alex. Por vosotros también lo haría.
—Ay, amigo mío, no me digas esas cosas, porque sabes que me emociono y luego te quejas de...
Me corta con la mano cuando ve que voy a tirarme encima de él.
—Arreglado entonces —sentencia—. Hablaremos con los medios y no tendrá otra opción más que ponerse en contacto con nosotros y negociar.
—Muchísimas gracias, George. Yo...
—Es algo que no va a llevarnos más de cinco minutos —dice, quitándole importancia.
—Pero ambos estáis hasta arriba de trabajo. Oye, ¿Laura sigue bien?
Y por su gesto, no sé si va a darme buenas o malas noticias.
—Los rodajes de Fate y Danger se han solapado. Entre eso y el estrés propio del bufete, más los negocios del clan...
—Pero prometió delegar.
—Mi mujer es demasiado cabezota y necesita sentir que trabaja por lo que gana. Cuanto más gane, más siente que tiene que trabajar.
Ambos suspiramos, no sabiendo cómo solucionar este nuevo problema. Hasta que...
—Vosotros tenéis fundaciones para becar a gente de las artes, ¿no? Lo de Madeira y eso.
—Sí —confirma—. Va bien aquello. ¿Por?
—Podríais gestionar algo que fuera exclusivo para el cine.
Ayudar a actrices y actores emergentes, o a los que pasan temporadas sin trabajar.
Sería algo muy importante en el mundillo y eso seguramente le ayudaría a Lau a sentirse mejor.
Y si siente que con el dinero de la franquicia está haciendo algo útil, no tendría la necesidad de trabajar tanto, ¿no crees?
Cuando George sopesa una idea, se toma nada más que unos segundos para decidir con precisión si merece la pena o es una soberana estupidez; el cerebro de mi mejor amigo funciona más rápido que los del resto de los mortales.
Es por eso que, cuando veo que me mira fijamente a los ojos y se le dibuja una media sonrisa, sonrío yo también con orgullo.
—¿Te das cuenta de la buena idea que acabas de tener? —dice con abrumadora lentitud.
—Joder, George, que parece que estuvieras sorprendido de que yo pueda tener una idea medianamente decente —me quejo, tirándome hacia atrás en mi sillón y cruzándome de brazos.
Él ríe y se inclina hacia mí. Aprieta mi rodilla primero, agarrando mi barbilla después.
—Sabes que pienso que eres un hombre increíblemente resolutivo, aunque a veces tu cabeza funcione más como una coctelera.
—Ahora no sé si eso es un insulto creativo o...
Vuelve a reírse y acerca mi rostro al suyo, aunque no llega a besarme.
—Alex, eres muy inteligente. ¿Por qué siempre has pensado que no es así?
—¿Porque no dejo de meter la pata en todo? —afirmo con tono de pregunta.
—Metes la pata porque eres algo así como un golden retriever . Demasiado bueno, demasiado inquieto, demasiado juguetón... —Besa durante una milésima de segundo mis labios y la vista se me nubla un instante—. Pero también extremadamente inteligente.
—¿De verdad piensas eso de mí? —pregunto con emoción.
Que alguien como George Graham diga eso es como para sentirme orgulloso de mí mismo por toda la eternidad.
Vuelve a echarse hacia atrás antes de contestar.
—Sabes de sobra que sí, Alex. —Hace una pausa para seguir hablando después—. ¿Por qué te noto tan...? ¿Qué más está pasando, cariño?
En cuanto voy a saltar de emoción con aquella palabra, él me hace un gesto con los ojos para que me centre de nuevo.
Resoplo, sabiendo que se lo tengo que contar en algún momento.
—Es por Diana —suelto, echando más aire del que parecía tener.
—¿Qué ha hecho esta vez?
—Recuperarse lo suficiente como para que vayan a darle el alta en cuestión de días.
Aquello provoca en el siempre calmado letrado una reacción de sobresalto nada propia de él.
—¿Cómo que...? ¿Le van a dar el alta?
—Una calec me llamó ayer —comienzo a contarle—.
Trabaja en el hospital, aunque no sé quién es.
Me dijo que las últimas operaciones habían sido un éxito y que el equipo médico estaba viendo mejorías también en la salud mental de Diana.
Están decidiendo qué día darle el alta y me llamó para advertirme.
George se revuelve en su asiento, como si algo estuviera molestándole en exceso.
—Alex, esto es... ¿Recuerdas lo que te conté en su momento que podría pasar si se recuperaba y le daban el alta?
—Eh...
No, claramente. Y él lo sabe. Nunca pensé que eso pudiera ser posible.
El ácido que intentó tirarnos por encima y que le cayó a ella, la desfiguró por completo.
Han estado intentando reconstruir su piel, sobre todo, su rostro, pero su salud mental se vio tan afectada al verse de esa forma que pensé que jamás podría nadie darle el alta.
Mi amigo se acerca más a mí y agarra mis manos.
Empieza a darme miedo.
—Cuando le den el alta, ella se podrá ir a casa. Eso significa que tenemos que...
—¿Cómo que...? —exclamo, sintiendo que el corazón se me va a salir por la boca—. ¿No la detienen por lo que...?
Necesito poner a mi familia a salvo. Tengo que hacer algo, sacarlos del país, encerrarlos en alguna parte en donde ella jamás pueda llegar. Tengo... Tengo que...
—Cálmate, ¿de acuerdo? —pronuncia con voz pausada, acariciando mis manos—.
No va a pasar nada. No voy a dejar que se acerque a vosotros, pero tenemos que tomar decisiones muy rápido, ¿entendido?
—Asiento en silencio. Y es que pondría mi vida en las manos de mi mejor amigo sin dudarlo un momento.
Sonríe antes de continuar hablando—. Esto no puede salir de aquí.
—¿El qué?
—Lo nuestro.
—¿Cómo que lo...?
—Lo que está pasando entre todos nosotros, Alex.
—Bueno, tampoco es que lo fuéramos a...
—Si alguien se enterara, la parte contraria podría invalidar el proceso y ahí sí que habría problemas.
—¿Cómo podrían hacer algo así?
—No puedo involucrarme en el caso de alguien con el que tengo... Habría conflicto de intereses.
—Pero hasta ahora...
—Hasta hace un mes no había problema; ahora sí. Y si alguien se enterara, todo el proceso quedaría en suspenso. Y no podemos arriesgarnos a algo así, ¿comprendes?
—¿No vas a ser mi abogado entonces? —le digo, sintiendo que se me cae el mundo encima con aquello.
Sonríe de tal forma que mi ansiedad empieza a calmarse de nuevo.
—Lo seré, por eso te digo que esto es muy importante que no lo sepa nadie nunca.
Si hacemos las cosas bien, Diana será juzgada y pasará bastantes años en la cárcel, lejos de todos vosotros.
Esa calec ha hecho muy bien en avisarte.
—Y sonríe de nuevo—. Está claro que vuestras fans os adoran y se expondrían a cualquier cosa por vosotros. Es algo encomiable.
Y una sombra de duda empieza a sobrevolar de repente sobre mi mente.
—George, si alguien se enterara de que me estás representando, ¿a ti te pasaría algo?
—No pienses ahora en...
—Contéstame —le pido—. ¿Podrías perder tu licencia?
No responde tan rápido como habría querido que hiciera. Por el contrario, suspira y vuelve a acariciar mis manos entre las suyas.
—Sí, perdería mi licencia entre otras cosas.
—¿No te dejarían que volvieras a ejercer de abogado?
—Eso sería lo más probable, sí.
—¡Pero ser abogado es tu vida! No, no podemos... Si eso implica...
Tira de mis manos con fuerza y me silencia al instante.
—Alex, cálmate, ¿de acuerdo? Respira. —Y como si fuera algo de vital importancia lo que me está pidiendo, lo hago.
Cojo aire y lo echo segundos después, como si estuviera demostrando a mi amigo que estoy haciéndole caso en lo que me ha pedido—.
Voy a estar a tu lado y no vas a tener que preocuparte por nada.
—Pero yo no quiero que tú... Adoras ser abogado, George.
—Más os adoro a vosotros y no voy a... —Ve mi gesto sarcástico y frunce el ceño—. ¿Qué te pasa ahora?
—Siempre hablas en plural para no referirte directamente a mí.
Aparta la vista unos segundos y vuelve a fijar sus ojos en los míos al momento.
—Te crees que me conoces muy bien, ¿no?
Me encojo de hombros, pavoneándome sin poder evitarlo, hasta que agarra mi barbilla y hace que vuelva a mirarlo.
Sus ojos verdes tienen una intensidad que te dejan sin habla cuando los miras desde tan cerca, puede que por eso no permite que se le acerque mucha gente de esta forma, por evitar desmayos incómodos a su alrededor.
—Joder, George. Podrías destruir una puta civilización con esa mirada.
Ahoga una carcajada y menea su cabeza sin apartarse de mí.
—Te adoro, Alex —pronuncia lentamente—. Te quiero —añade—. Y no dejaré que pases todo esto...
—Espera, espera, espera —le digo todavía con el corazón en la garganta—. ¿Podrías repetir eso mientras lo grabo para reproducirlo siempre que...?
Acerca más mi barbilla a sus sonrientes labios y mis palabras se deshacen en los míos.
—Cállate ya y dame un beso, anda.
Y este no es como el anterior, que fue rápido y sencillo.
En esta ocasión, su boca parece ansiar la mía tanto como me pasa a mí.
Siento su lengua recorrerla con incursiones pausadas, mordiendo después mi labio inferior de manera posesiva.
Dejaría que me hiciera sangre o lo que él quisiera ahora mismo.
Es tan ardiente la atracción que he llegado a sentir por él, que podría probar cualquier cosa que me ofreciera.
Algunos podrán ver lo que tenemos los cuatro como extraño, antinatural o mil tonterías más.
Si llega a enterarse la gente, no solamente peligraría el juicio de Diana.
No puedo poner en riesgo a nadie, pero sé que con ellos no estamos en peligro.
Formamos ya una familia, peculiar, sí, pero que se quiere más que muchas otras que presumen de ser tradicionales.
Y es que a mí me gusta más lo original.
—Creo que me queda claro tu punto —le digo cuando la intensidad de sus besos va disminuyendo lo suficiente como para que yo pueda ir recuperando el aliento.
Sonríe con suficiencia, acariciando mi mejilla con su pulgar y volviendo a besarme, aunque en esta ocasión es más breve que el anterior.
—Me parece muy bien que seas tan razonable —responde.
—Y si no lo fuera, ¿qué me harías?
—¿Qué es lo que querrías tú que te hiciera?
Pone sus dedos en mi pecho y me empuja hacia el respaldo de mi sillón, pero en vez de tirarse encima de mí después, él también se recuesta en su asiento.
Y siento una molesta decepción.
—Algo diferente a esto, pero está claro que no siempre puede uno ganar —me quejo.
Él vuelve a acercarse a mí y acaricia mi mano, apretándola después.
—Todavía tenemos muchas cosas que tratar —me anuncia.
—No tengo ninguna gana de ponerme ahora a hablar de Diana.
—Hay que hacerlo —insiste—. De todas formas, hay otra cosa que me gustaría contarte. —Le miro sin comprender a qué se está refiriendo ahora—. Llevo un tiempo investigando lo que le sucedió a tu abuelo.
—A mi... —Y creo entender por dónde va—. ¿Al que mataron cuando...? —Asiente con remordimiento—. George, tú no tuviste nada que ver. Ya hemos hablado de esto y...
—Pero creo que para tu familia es algo importante.
—Bueno, pero hace muchos años que...
—Fue mi padre —suelta de golpe—, y hay más de fondo de lo que tu madre piensa que hay.
Y sé bien a lo que se refiere, por supuesto.
Su padre intentó algo horrible con la mía cuando ella era todavía casi una niña.
Garric Graham fue un ser horrible y todo aquel que lo conoció, o lo detestaba o le aterraba.
Mi abuelo se interpuso a tiempo, pero al día siguiente apareció muerto.
Nadie supo quién había sido, pero todos tenían sus sospechas.
Lo que no esperaba es que hubiera sido su padre personalmente quien hiciera algo así.
Después de aquello, mi familia huyó del país, temiendo más represalias.
No volvieron hasta muchos años después, cuando ya mi madre estaba casada con mi padre e intuyeron que Garric Graham ya se habría olvidado de sobra de aquella tragedia para ellos, incidente sin importancia para él.
Mi madre sé que no lo tiene superado, que se culpa de lo que sucedió, pero ha comprendido que no todos los Graham son iguales, incluso trata como de la familia a mis amigos.
Pero George… Al parecer, mi mejor amigo ha seguido dándole vueltas después de conocer lo que sucedió con su padre.
Puede que necesite calmar su conciencia por algo que no tiene nada que ver con él, pero que siente como tal de alguna forma.
No, no todos los Graham son iguales; él es excepcionalmente maravilloso.
—Muy bien, mejor amigo —le digo, acercando mi sillón al suyo, agarrando su mano de nuevo y besándolo una vez más—. Cuéntame todo lo que sucedió.
*****
Agazapada en el umbral de la puerta de aquella sala se encuentra alguien que acaba de presenciar una parte importante de la interacción entre ambos hombres.
Alguien que no tendría que estar ahí, que no debía saber nada; al menos, no todavía.
Los sentimientos encontrados que tiene, tratan de salir de alguna forma de su cuerpo.
¿Cómo enfrentar una traición así? ¿Cómo sobrellevar la situación que acaba de darse cuenta de que está sucediendo, a saber desde hace cuánto?
Y esta persona sólo conoce una forma de hacerlo.
Y ahora mismo va a acabar con todo esto.