Capítulo 13
Chloe
Nueve meses después
Estar embarazada no es ni de lejos tan divertido como quedarse embarazada.
Estoy de nueve meses y estos dos últimos meses han sido pura tortura.
Desde los tobillos hinchados hasta el dolor de espalda, pasando por no encontrar una posición cómoda que me permita dormir. Vamos, tortura, y ya estoy harta.
Nate me llevó a visitar a Mia. Fue muy tierno; pensó que hablar con otra mujer que hubiera dado a luz recientemente me ayudaría.
Mia y yo nos reímos de eso. Las dos sabíamos que lo único que realmente ayudaba era sacar al bebé, y estoy a punto de pedir que me programen una cesárea. Aunque creo que ya es demasiado tarde.
Mia también me contó que el sexo ayuda a acelerar las cosas.
Pensé en mencionárselo a Nate, pero seguro que me mira y piensa que estoy horrible, porque nuestra vida sexual ha brillado por su ausencia estas últimas cuatro semanas.
—¡Ay!
El bebé me da una patada en las costillas.
—Creo que este va a jugar al fútbol en vez de al hockey.
No queda espacio dentro de mí, pero el bebé se estira como si tuviera todo el espacio y todo el tiempo del mundo. Me doy palmaditas en la barriga.
—Sé buen chico y haz que rompa aguas. Ya va siendo hora de que salgas de ahí.
—Está demasiado cómodo.
Me giro y veo a Nate en la puerta. Solo lleva unos pantalones de chándal grises que le cuelgan de las caderas. Se me hace la boca agua mientras lo observo. Su cuerpo fuerte, alto, perfecto. Sus brazos y piernas musculosos, la deliciosa V que termina justo debajo de la cinturilla. El…
—Y pareces cansada.
—Lo estoy —gimo.
Me paso la lengua por los labios mientras él levanta los brazos y se agarra al marco de la puerta.
—Mia me dijo que el sexo es bueno para que todo se ponga en marcha.
—Eso dijo —dice con una sonrisita.
Mirarlo me hace sentir un cosquilleo en los ovarios, y ni siquiera debería estar pensando en quedarme embarazada otra vez, pero eso es lo que me provoca. Pero…
—Sé que ahora mismo no soy lo más sexy del mundo. Sé que estoy tan grande como una cría de elefante…
—¿De qué demonios hablas? Eres perfecta. No estás grande. Llevas a nuestro bebé dentro y lo mantienes a salvo hasta que esté listo para salir.
—Estoy lista para que salga —gimoteo.
Nate se aparta de la puerta y viene hacia mí. Me coge las mejillas con sus manos cálidas mientras me atrae hacia él.
—Eres perfecta.
Me besa la punta de la nariz mientras me mira.
Una mano baja hasta posarse en mi vientre.
—Pero tienes razón, también tenemos que cuidarte. Y me he dado cuenta de que no estás durmiendo muy bien.
—Te diste cuenta.
Se me llenan los ojos de lágrimas al darme cuenta de que lo ha notado. Me las seco y me río.
—Son solo las hormonas.
Nate sonríe.
—¿Qué te dijo Mia?
Me tiembla la voz.
—Le dije que estaba cansada de sentirme tan hinchada. Que me duele todo el cuerpo y que ni siquiera puedo ponerme zapatos con correas porque no me llego a los tobillos porque no puedo agacharme.
Soy consciente de que puede parecer ridículo, pero las palabras me salen sin control.
—No puedo hacer nada. Me duele la espalda cuando pinto… Ojalá dejara de estar embarazada.
—Oh, cariño.
Nate me coge en brazos.
—Peso demasiado. Te vas a hacer daño en la espalda —chillo, aferrándome a sus hombros mientras sale de la cocina y entra en el pasillo.
Arquea una ceja. No hacen falta palabras.
Me dejo caer contra él mientras me lleva al dormitorio y me tumba en la cama. Se coloca sobre mí, con los ojos clavados en los míos. Su polla completamente erecta presiona entre mis piernas.
—Dime qué quieres.
No solo quiero sacar a este bebé de mi cuerpo. Lo quiero a él.
—A ti.
Nate sonríe.
—Y yo te quiero a ti.
—¿En serio?
Me detengo un momento, observando su rostro.
—Solo estás siendo amable conmigo. Estoy…
—Estás preciosa. Estás sexy. Eres mía. Y voy a adorar cada vez que estés así. Cada embarazo. Cada bebé que lleves dentro para nosotros. ¿Crees que no me excito al ver tus tetas llenas y tu vientre hinchado?
Estrella sus labios contra los míos. Nuestras lenguas se unen en un baile apasionado. Con las manos en el colchón, se echa hacia atrás.
—Pero tampoco soporto verte disgustada, y ya es hora de que conozcamos a nuestro bebé.
—¿Vas a follarme?
Tengo los pechos doloridos, pero eso no impide que se me pongan los pezones duros ante la idea.
Nate se ríe.
—Voy a hacerle el amor a mi esposa. Voy a correrme dentro de ti, y si Mia se equivoca con lo de inducir el parto, con suerte estarás en tal éxtasis que te olvidarás de los dolores.
Sonrío.
—Lo dudo.
Sonríe con suficiencia, apartándome el sujetador y lamiéndome el pezón.
—Podemos empezar aquí y luego te lameré el coño. Despacio al principio, hasta que te sientas lista para mi polla.
Me chupa el pezón y me pone una mano en el vientre, luego usa la mano libre en el otro pezón, pellizcándolo y haciéndolo rodar entre el pulgar y el dedo corazón, enviando un hormigueo directo a mi entrepierna mientras cada tirón de sus dedos y cada giro de su lengua hace que el clítoris me palpite de necesidad.
—Estoy lista ya.
Las palabras se me escapan.
—Llevo semanas sin sexo.
Se ríe.
—A cuatro patas, cariño.
Me quita el pantalón corto del pijama antes de quitarse el chándal y me ayuda a ponerme en posición. Se me hace la boca agua mientras se desnuda.
Se sube al colchón detrás de mí. Suelta un gruñido bajo mientras me observa. Sus manos se deslizan hacia mis caderas, suben por los costados mientras su aliento caliente me roza la columna. Con suavidad, desliza las palmas sobre mis pechos y luego sobre el vientre.
—Eres perfecta.
Me besa el trasero. Se me entrecorta la respiración al saber que su boca está tan cerca de donde la deseo.
Al instante, su lengua se desliza entre mis pliegues, llega hasta mi clítoris y vuelve por mi hendidura.
Su ritmo es controlado. Nate ya domina a la perfección todo lo que me gusta.
A pesar del poco tiempo que llevamos juntos, me satisface por completo físicamente. Sabe exactamente lo que hace.
Su lengua azota mi clítoris mientras introduce un dedo dentro de mí, y tras semanas sin nada, ya estoy escalando esa montaña, sintiendo que la cima y el precipicio se acercan.
Meneo las caderas, deseando más de lo que me da. Siento que mi clímax crece hasta alcanzar un crescendo.
—Sí. Sí.
El placer me recorre la columna. La sensación es tan intensa que lo quiero todo, y lo quiero ya.
—Por favor. Quiero tu polla.
—¿Estás segura? No quiero hacerte daño.
Ahora me doy cuenta de que no le disgustaba mi aspecto.
—Por favor, Nate. Te necesito.
Me sostiene las caderas y estoy lista para su enorme polla, pero me levanta. Me giro para mirarlo.
—Te encanta montarme, cariño. Así que móntame. Quiero verte la cara cuando te corras.
Sonrío mientras se desliza hacia la parte de atrás de la cama y se sienta con la espalda contra el cabecero.
—Será un placer.
—Estoy seguro de que será un placer para los dos.
Gateo por la cama hasta llegar entre sus enormes muslos, saco la lengua y lamo la punta de su polla.
Gime. Mi boca cubre la punta mientras deslizo su sedosa longitud dentro y fuera, escuchando los hermosos gemidos que emite y sabiendo que soy yo quien los provoca.
Sus manos me sujetan el hombro y me levanta hasta que mi boca suelta su polla.
—Voy a ser yo quien se corra si sigues haciendo eso. Móntame.
—Peso demasiado.
—Apóyate en mí. Tienes el cabecero para sujetarte.
Hago lo que me pide, sujetando su polla mientras bajo el sexo hacia ella. Dejo escapar un gemido de placer. Qué bien se siente.
—Fóllame —susurra.
Me agarro a sus hombros mientras me deslizo sobre su polla, sintiendo la deliciosa fricción al bajar y subir una y otra vez. Nate me agarra las caderas, ayudándome a moverme más rápido. La respiración se me vuelve cada vez más entrecortada.
—Más fuerte.
Su mirada oscura se clava en la mía.
—Chloe. No quiero hacerte daño.
—Más fuerte.
Parece debatirse mientras dice:
—Si te duele, dímelo.
Nate me agarra las caderas, justo como me gusta, y me folla desde abajo. Esto sí es lo que me gusta. El cuerpo me vibra, el clímax anterior vuelve a la vida rugiendo mientras el clítoris me palpita al ritmo del corazón acelerado.
—Oh, sí, noto que vas a correrte, cariño. Tu coño me está estrujando la polla —gruñe mientras embiste.
—Sí. No pares.
No lo hace. Sigue sujetándome las caderas, ayudándome a mecerme sobre su gruesa erección mientras me deslizo adelante y atrás. Me siento tan llena. Tan sensible. Es pura dicha. Siento que podría estallar.
Nate gime cuando las paredes se me contraen alrededor de su polla.
—Eso es, Chloe. Tu coño apretado me está estrujando la polla. Córrete, cariño.
—¡Nate! —grito mientras las paredes se me contraen. El clímax llega rápido, arrollándome antes de que pueda contenerlo.
—Joder —gruñe mientras sus caderas embisten con más fuerza, sujetándome quieta, y siento cada pulsación cuando se derrama caliente dentro de mí.
Me atrae hacia él todo lo que puede, estrechándome entre sus brazos.
—Estás preciosa embarazada.
—Estás siendo muy dulce conmigo.
—Quiero tenerte embarazada de mis hijos siempre.
Tengo los ojos fijos en mi marido. Estoy tan enamorada de este hombre. Intento levantarme de su regazo, pero me sujeta y me besa la cabeza. Se me cierran los ojos, sonrío soñadora mientras me estrecha contra él. Me siento increíblemente tranquila y a gusto con mi cuerpo.
—Creo que podría quedarme dormida ahora mismo —murmuro.
—Entonces duérmete, cariño. Aquí estaré.
—Graci...
Intento terminar, pero un latigazo me atraviesa el vientre.
Una contracción.
Abro los ojos de par en par y miro fijamente a Nate.
Se aclara la garganta y mira hacia donde todavía estamos unidos.
—Ha funcionado.
Sonríe cuando vuelve a mirarme.
—Tenemos que ir al hospital.
—Hay tiempo de sobra. Controlaremos las contracciones.
Se le ensanchan las fosas nasales mientras aprieta los dientes.
—Nos vamos ya.
—Eres un exagerado.
Le paso el pulgar por la mandíbula.
—Todavía queda mucho.
Sin apenas esfuerzo, me levanta de su polla y me sienta en la cama.
—Te limpio y nos vamos.
Otra contracción me atenaza. Se me abren los ojos de par en par mientras miro a Nate.
—Eso ha sido bastante rápido —dice.
Y fuerte. No se lo digo. No quiero que entre en pánico. Pero después de todo lo que he leído, sé que tenemos que llegar al hospital.
Connor pasea por la habitación con Cooper en brazos, como el orgulloso tío que sé que va a ser. Oscar bromeó diciendo que él sería el próximo en convertirse en un desastre lloroso, pero Connor se limitó a sonreír sin añadir nada a las palabras de Oscar, diciéndome que este era el día de mi familia.
Nate, con lágrimas en los ojos, coge a Cooper en brazos, y se me derrite el corazón. Quiero volver a hacer esto.
¡Para ya, Chloe!
Sé que Cooper no será el último. Es precioso. No puedo dejar de mirarlo. Estoy agradecida de que esté sano y me siento afortunada con la vida que tengo.
Antes, Mia y Adam llegaron al mismo tiempo que Taylor y Oliver. Por suerte, no tuvieron problemas para entrar todos en la habitación. Estábamos un poco apretados porque sus hijos también habían venido.
Nate mira a todos los que están en la habitación, y sé que quiere que se vayan, pero no quiere parecer maleducado. Sus hermanos y sus esposas llegarán en dos horas, y Nate querrá pasar un tiempo a solas con su hijo recién nacido.
Connor parece entenderlo.
—Dejemos a los nuevos padres un rato con Cooper. Seguro que quieren disfrutar de mi sobrino.
Sonrío a Connor mientras le da una palmada en el hombro a Nate.
—Lo has hecho bien.
—Ella lo ha hecho bien —responde Nate enseguida.
—Me refiero a hacer feliz a mi hermana.
Con el dedo, roza la mejilla de Cooper.
—Encontrarás a alguien y lo sentirás —digo—. Si te lo permites.
—Creo que ya lo he hecho, hermanita.
Sonrío.
—No puede ser, Connor. El que me dijo «nunca voy a sentar cabeza porque el hockey es mi vida».
—Está enamorado, pero... —dice Oscar, recogiendo su jersey de la silla.
—No estoy enamorado. Es...
—Complicado —termina Oscar.
—Sí.
Connor fulmina a Oscar con la mirada antes de volverse hacia mí.
—Volveré más tarde, solo. Necesito más achuchones —me susurra al oído.
—Ah. Te está entrando la vena paternal.
—Qué va. Dejaré que Nate y tú tengáis todos los bebés y yo seré el mejor tío del mundo.
Me besa la mejilla.
—Estoy orgulloso de ti, hermanita.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—Gracias.
Sé que lo mío con Nate le resultó muy difícil, y me encanta que ahora nos haya aceptado.
—Significa mucho para mí.
Nate me toma la mano y me besa la palma.
—Sí. Gracias por confiarme a tu hermana pequeña. Nunca te daré motivos para dudar de mí. La quiero más de lo que podría expresarte.
—Lo sé. Y tampoco podía interponerme una vez que ella también te entregó su corazón —dice Connor—. Tenéis mucha suerte de haberos encontrado.
No digo nada de que le entregué mi corazón a Nate cuando tenía dieciséis años. Ni de que tardé tres años en hacerlo mío.
Pero lo es. Valió la pena esperarlo y nunca lo dejaré escapar.
Fin.