Capítulo 4
Chloe
Quedan solo dos días en Nueva York y me preparo a regañadientes para despedirme de esta galería de arte y de la ciudad para siempre. Trabajar en una de las mejores galerías de arte contemporáneo del mundo, con su colección de obras tan prestigiosas, me llena de tristeza al pensar que me voy.
Por desgracia, este trabajo no es remunerado.
Además, sería un obstáculo que me impediría alcanzar mi sueño de exponer mi obra. No me hago ilusiones. Sé que esta galería es demasiado prestigiosa para mis pinturas.
Eso no me impide desear que mi arte esté en una galería donde la gente haga cola para contemplarlo desde detrás de la valla que los separa de las obras.
Y, por último, sé que nada me retiene aquí. Sé que lo de Nate y yo es imposible. No lo he visto ni he sabido de él desde la boda, y he llegado a aceptar que mi hermano y su amistad siempre serán lo primero.
Lo acepto, creo.
Sin embargo, la intensidad de la mirada de Nate cuando salió de mi habitación todavía me persigue. A veces, me creo lo que me dijo: que era suya. Ahora sé que solo era un coqueteo inofensivo, pero habría sido más fácil que las cosas se hubieran quedado así.
Ayer recibí una llamada inesperada de mi hermano Connor, que me preguntó si estaba lista para la gran mudanza. Luego me preguntó si había sabido algo de Nate.
Al principio pensé que Nate le había contado a Connor lo nuestro, pero resultó que habían discutido porque Nate le había dicho que la chica que le gustaba a Connor estaba fuera de su alcance y que tenía que dejarla en paz.
—Tal vez a él también le gusta —comentó Connor, dejando la frase en el aire mientras lo pensaba.
—Sí.
Tenía un nudo en la garganta y solo pude murmurar esa palabra mientras me abrumaba la idea de imaginarlo con otra chica.
—Hoy no se presentó al entrenamiento —dijo Connor con evidente decepción—. Nunca se ha perdido una sesión. El entrenador está furioso.
—¿Está bien? —pregunté.
—Mierda, lo siento, tengo que colgar. Está aquí.
De repente, la línea se quedó muda.
Connor no tuvo la delicadeza de devolverme la llamada y explicarme dónde había estado Nate. Supongo que da por hecho que no me importa.
—Tierra llamando a Chloe.
Me doy la vuelta y veo a mis amigas, Sam y Annie. Annie lleva una bolsa de comida y una botella de vino.
—Esta noche es la noche.
Es la noche que planeamos cuando me enteré de que había conseguido el puesto de asistente del director de una galería de arte en Hunter Valley. No es una galería tan importante, pero el trabajo es remunerado y prometieron exponer mi obra como artista emergente.
Annie nos consiguió entrada a un club. Me dijo que un amigo de un amigo conoce al portero, y también nos ha conseguido identificaciones falsas.
Sonrío. Me hace mucha falta una noche de fiesta.
—Voy a por mi abrigo y mi bolso.
El clic de la cámara de Annie no ha dejado de sonar en toda la noche mientras captura cada momento.
Desde que empecé a arreglarme hasta que subimos al taxi, cada segundo me ha hecho sentir que mi vida no me pertenece.
Tengo la sensación de que está dedicando toda la noche a documentar y compartir sus experiencias en redes sociales.
—Otra vez no.
—Sonríe, ¿quieres?
Annie me planta el móvil en la cara. Le dedico la sonrisa más amplia que puedo y levanto el dedo corazón.
Frunce el ceño y gira la cámara hacia Sam, que le regala una sonrisa perfecta mostrando todos los dientes.
El taxi se detiene frente a un club. Habría preferido ir al de Manhattan, pero sé que los del equipo de hockey suelen ir a ese, y no estoy preparada para encontrarme a Nate ligando con otras.
Además, Annie conoce a alguien que conoce a alguien, y es el único club en el que podemos entrar por nuestra edad.
—Ya tengo miles de visualizaciones. Te etiquetaré.
Annie abre la puerta y sale a la acera, donde la recibe el bullicio de la ciudad.
Salgo detrás de ella y veo la larga cola que se extiende ante mí.
—Mis redes sociales están llenas de pinturas.
Annie niega con la cabeza, el pelo meciéndose con el movimiento, mientras camina hacia la puerta.
—Necesitas vivir un poco, chica.
—Necesito una noche para soltarme el pelo, y luego me voy a vivir a Hunter Valley, donde los bares seguramente cierran a las nueve de la noche.
Annie suelta una carcajada mientras da su nombre a los porteros.
—Pero te pagarán.
Así es, y de verdad necesito este trabajo.
Mis padres andan muy justos de dinero, y si no fuera por Connor, no tendría esta oportunidad.
—Y ya tengo piso. Es solo un estudio, pero es todo mío —digo—. Solo necesito una cama, una cafetera y un sitio para pintar con luz natural.
—Y un hombre —comenta Annie, apenas audible con la música atronadora, mientras el portero nos hace pasar al ruidoso club.
Las luces del club crean una atmósfera vibrante, rebotan en las paredes e iluminan el espacio oscuro. Con la música sonando, la pista de madera se convierte en un mar de colores arremolinados y cuerpos en movimiento, con cientos de personas perdidas en el ritmo.
Levanto la vista y veo a otra multitud reunida en una galería superior, con los ojos fijos en los que bailan abajo.
—¡Tienes diecinueve años! ¡Necesitas a alguien que te haga sonreír! —grita Annie—. En fin, vamos a por algo de beber.
No puedo tener al que me hace sonreír.
Entonces pienso en el mensaje que me envió Mia ayer, ansiosa por saber algún cotilleo jugoso. Me dijo que vio a Nate seguirme en silencio hasta el hotel y que sabía que había estado en mi habitación.
Quería enviarle un emoji sonriente para disimular mi tristeza. Pero como no sé mentir, le envié un emoji de pulgar hacia abajo.
Me llamó enseguida para asegurarme que ella y sus amigas me apoyarían cuando me mudara a Hunter Valley. También me dejó claro que los hombres de allí eran mucho más majos que los neoyorquinos.
Recojo mi bebida de la barra y me vuelvo hacia Sam y Annie. La tenue iluminación proyecta un cálido resplandor sobre sus rostros. Brindo con uno y luego con el otro, y digo:
—No os preocupéis por mí. Mia me dijo que en Hunter Valley están los mejores hombres.