Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

El Embaucador

Cuesta creer que ya han pasado diez días desde que saqué a Eve del almacén. Y ahora la observo vestirse para la cena.

Sus movimientos son cuidadosos pero firmes, con determinación entretejida en cada uno. Esta mañana la Dra. Carmichael le quitó los puntos, confirmó que nuestra recuperación va bien y le dio el alta a Eve.

Las heridas de mi esposa se han cerrado todas, dejando cicatrices rosadas que con el tiempo se desvanecerán hasta volverse plateadas.

Pero algunas marcas calan más hondo. Lo veo en cómo se detiene ante los espejos, en cómo sus dedos a veces trazan la línea de su mejilla como para confirmar que realmente ha sanado.

Un puñado de días no puede borrar lo que Shelby le hizo. Quizás nada lo haga.

—Deja de mirarme —dice Eve sin volverse, con la voz más ligera de lo que la he oído en días.

Se pone un suéter suave por la cabeza y hace una leve mueca al levantar los brazos.

—Es espeluznante.

—Es admiración —corrijo, acercándome por detrás para ayudarla a alisar la tela sobre los hombros—. Estás preciosa.

Se gira entre mis brazos, y sus ojos grises evalúan mi rostro con la precisión clínica que nunca abandona del todo.

—Y tú pareces estar planeando una ruta de escape.

—No es eso —sonrío, y le doy un beso en la frente—. Pero siendo honesto, estoy deseando alejarme de nuestros carceleros.

Solo lo digo a medias en broma. Los dos han actuado como si tuvieran voz y voto en cada movimiento que hemos hecho.

Eve arquea una ceja, con el escepticismo grabado en el gesto.

—Carolina se ha tomado muchas molestias con esta cena. Lo mínimo que puedes hacer es fingir que quieres estar allí.

Suspiro, dándole la razón.

—Por ti, aguantaré la cháchara y la insufrible arrogancia de mi hermano.

—Menudo sacrificio —se burla, pero hay calidez en su voz, un destello de la Eve de antes. Algo se afloja en mi pecho, un nudo que no sabía que llevaba.

Recorremos los pasillos de la casa de Nick, con mi mano en la parte baja de la espalda de Eve: apoyo discreto. Su paso es más firme, pero noto cómo se apoya en mí en las escaleras, cómo mide la respiración antes de cada peldaño.

La luz dorada se derrama desde el comedor y forma charcos sobre el suelo pulido.

Dentro, Carolina claramente se ha esmerado.

Velas que parpadean sobre la mesa larga, porcelana fina que reluce, vino ya servido en copas de cristal.

En el moisés junto a la silla de Carolina, Willow duerme con los diminutos puños cerrados contra las mejillas.

—Ahí estáis —dice Carolina, levantándose para recibirnos. Besa a Eve en la mejilla, luego a mí, con una sonrisa genuina pero cautelosa—. Empezaba a pensar que habíais cambiado de opinión.

—¿Y perderme tu cocina? —responde Eve, apretándole la mano—. Nunca.

La naturalidad entre ellas todavía me sorprende, esta amistad forjada en las secuelas de la violencia. Carolina ha sido quien más ha visitado a Eve durante nuestra convalecencia, trayéndole libros, comida y la solidaridad silenciosa de alguien que sabe lo que significa amar a un hombre Knight.

Nick suelta una carcajada desde su sitio.

—Ella no ha...

—Si quieres follar esta noche, será mejor que dejes esa frase sin terminar —amenaza mi cuñada.

—Lo siento, gatita —sonríe, sin parecer arrepentido en absoluto. Los ojos de mi hermano me siguen mientras ayudo a Eve a sentarse—. Tienes mejor aspecto.

No sé a cuál de los dos se dirige hasta que añade:

—Menos como la muerte recalentada.

Haciendo gala de mi madurez, le hago un corte de mangas mientras Carolina lo reprende. Eve se limita a sonreír mientras se coloca la servilleta en el regazo.

—Me lo tomaré como la versión Knight de un cumplido.

—Lo era —confirma mi hermano, alzando el vaso de agua en un brindis silencioso.

Llega el primer plato: una ensalada que tiene cualquier cosa menos buena pinta. Comemos en un silencio agradable, roto solo por el tintineo de los tenedores contra la porcelana y las miradas ocasionales de Nick hacia el moisés de Willow.

—Duerme aunque se caiga el mundo —dice Carolina, al notar la vigilancia de mi hermano—. Igual que su padre.

La expresión de Nick se suaviza de un modo que rara vez veo, con una ternura reservada únicamente para su esposa y su hija.

—Un rasgo útil en esta familia.

Las palabras caen con más peso del que pretendía, la realidad de ser un Knight flotando densa en el aire entre nosotros. Noto que Eve se tensa a mi lado, el tenedor detenido a medio camino de los labios.

—Hablando de rasgos familiares —continúa Nick, y su mirada se desplaza hacia mí—, Jack ha tomado una decisión que creo que ambos deberíais conocer.

Pongo los ojos en blanco por cómo lo plantea, como si no hubiera corrido a contárselo a su esposa en cuanto se lo dije. Los ojos de Eve buscan los míos, interrogantes. Le aprieto la rodilla suavemente por debajo de la mesa.

—Ya te lo dije. Está hablando de que me voy —digo sin más.

—Cierto —asiente—. Sigo sin tener claro qué significa eso.

—Del negocio familiar —aclara Nick, mientras los sirvientes retiran la ensalada y traen el plato principal: filetes tan poco hechos que me relamo de anticipación, verduras asadas, pan fresco aún humeante—. Jack se retira de Knight Enterprises.

Carolina empieza a servir, pasando los platos con gracia ensayada.

—Lo que significa más tiempo para que vosotros dos decidáis qué viene después —añade, con un tono deliberadamente ligero.

Eve no aparta la mirada de mi hermano, con el rostro impasible.

—¿Y tú estás de acuerdo con esto? —le pregunta.

Cuando se lo conté mientras estábamos encerrados en nuestra habitación de recuperación, no paraba de preguntarme nerviosa si estaba seguro de poder irme, y si Nick me lo echaría en cara a mí o a ella. Por eso le pedí que lo sacara esta noche en la cena.

Se encoge de hombros mientras corta la carne con precisión.

—Es decisión suya. Siempre lo ha sido.

—Entonces, ¿y ahora qué? —pregunta Eve, volviéndose hacia mí—. Si no eres un Knight en la práctica, ¿qué eres?

—Todavía estoy descubriéndolo —admito, sin apartar los ojos de los suyos—. Mientras sea tu esposo, me da igual lo demás.

Se acerca más y baja la voz.

—¿Es por la maldición?

Ya no sé si creo en la maldición de la familia Knight, ni en las supersticiones. Pero eso no significa que quiera tentar a la suerte diciéndolo en voz alta.

—Es porque quiero descubrir cómo sería la vida contigo —digo con voz ronca—. Lejos de todo esto.

Una sonrisa asoma en la comisura de sus labios, con algo astuto y sagaz en la mirada.

—Bueno, si fuera por la maldición, iba a decirte que podrías adoptar mi apellido y convertirte en Jack Mortis —bromea—. Tiene su encanto, ¿no crees?

Carolina se atraganta con el agua y la risa se le escapa entre la sorpresa.

—Dios, Eve —jadea mientras coge la servilleta—. Avísame antes de soltar algo así.

Ninguno de nosotros menciona que un cambio de apellido no salvó a Ruby. Murió siendo una Simmons, no una Knight. Pero... quizás baste con que yo ya haya muerto una vez. Eso significa que Nick es el único de nosotros que nunca lo ha hecho. El último Knight que queda, según esa lógica.

Nick pone los ojos en blanco, pero le veo el amago de sonrisa.

—Me gusta.

—A mí también —ríe Eve. Las bromas fluyen con más facilidad ahora y sus hombros se van relajando poco a poco.

La observo y algo cálido se despliega en mi pecho al vislumbrar a la mujer que hay bajo las heridas. En este momento, en esta habitación, con nuestra familia, está a salvo. Las cicatrices siguen ahí —visibles en su mejilla, ocultas bajo el jersey—, pero no la definen.

No aquí. No ahora. Ni de puta manera.

—¿Tomarías su apellido? —me pregunta Carolina con genuina curiosidad—. ¿En serio?

Sopeso la pregunta, paladeando la idea como si fuera vino.

—Knight, Mortis... lo que importa es quién soy para ella —digo al fin, sin apartar los ojos del rostro de Eve—. Todo lo demás es puro papeleo.

Algo cambia en la expresión de Eve, una suavidad que aflora en sus rasgos y que hace que el corazón me dé un vuelco. No dice nada, pero su mano busca la mía bajo la mesa y nuestros dedos se entrelazan en silenciosa complicidad.

La conversación deriva hacia temas mundanos: los hábitos de sueño de Willow, los planes de Carolina para el jardín del este, la última adquisición de Nick. Los detalles de la vida familiar no me entusiasman, y cuando miro a mi preciosa esposa, me alivia ver que no soy el único que parece aburrido.

Cuando Willow se remueve y empieza a quejarse en el moisés, Carolina la coge con soltura.

La bebé nos mira parpadeando, con los ojitos oscuros llenos de curiosidad y los diminutos dedos moviéndose a la luz de las velas.

Eve se inclina hacia delante y su sonrisa se suaviza cuando Willow le agarra el dedo que le ofrece.

—Qué mona —murmura Eve, aunque suena más educada que sincera.

—¿Quieres cogerla? —Carolina ya se está levantando.

Eve vacila y la incertidumbre le cruza el rostro.

—No sé si debería...

—No la vas a romper —le asegura Carolina, y coloca a Willow con cuidado en los brazos de Eve antes de que pueda protestar.

Observo a mi esposa acunar a mi sobrina. Las manos de Eve, capaces tanto de curar como de hacer daño, ahora son delicadas con el cuerpecito frágil de Willow. La bebé se acomoda contra su pecho con esa confianza que solo tienen los inocentes.

—Le caes bien —observa Nick con orgullo evidente en la voz.

Eve no responde, con la atención puesta por completo en la niña que tiene en brazos. Pero veo cómo aprieta la mandíbula, como si estuviera esperando el momento adecuado para devolver a Willow a sus padres.

—Bueno, tengo una idea —interviene Carolina con una sonrisa pícara dirigida a Eve—. Porque si esta noche me ha enseñado algo, es que este tipo de vida os aburriría a los dos hasta la muerte.

—¿Vas a decírselo ahora? —pregunta Nick mientras se endereza en la silla.

Ella sonríe con malicia.

—Ni hablar —canturrea—. Esperemos a que cierre el Santuario. Solo quedan cuatro días para Halloween.

Más tarde, cuando la cena ha terminado y Willow está en su cuarto, nos quedamos un rato más en la mesa.

La distensión se disipa cuando la conversación gira hacia la mejor manera de deshacerse de Shelby.

Aunque mi cuñada deja claro que prefiere que los asesinatos se cometan fuera de la propiedad, amablemente se ofrece a hacer una excepción esta vez.

Se me pone dura cuando Eve me mira, y cuando me lanza una sonrisa escalofriante, me levanto de golpe, tiro de mi esposa y la coloco delante de mí para ocultar la erección.

—Hora de irse a la cama —le susurro con voz ronca junto al oído.