Capítulo 35 #2
Pone los ojos en blanco, pero no se aparta. Este es nuestro ritmo ahora: ella empuja, tantea los límites; yo la hago volver, la mantengo quieta.
Me acomodo a su lado en la cama y cojo el libro de la mesita de noche. Es uno que trajo Carolina: un thriller ambientado en un psiquiátrico en los años cuarenta. Aunque a Eve le encanta señalar todas las inverosimilitudes, deja que se lo lea.
—Capítulo quince —comienzo, buscando donde lo dejamos ayer.
Eve apoya la cabeza en mi hombro mientras leo, y poco a poco su cuerpo se va relajando contra el mío. Siento cada cambio en su postura, cada pequeño espasmo y suspiro. Cuando su respiración se vuelve más profunda y pausada, cierro el libro.
—No pares —murmura con los ojos todavía cerrados—. Estoy escuchando.
—Te estás durmiendo —replico mientras dejo el libro a un lado.
Sus labios se curvan.
—Quizás me gusta dormirme escuchando tu voz.
Algo cálido se expande en mi pecho al oírla. Me inclino y le rozo la frente con los labios.
—Más tarde —prometo—. Primero tienes que comer.
Recojo la bandeja que Carolina dejó junto a la puerta: sopa, pan, fruta cortada. A Eve le está costando recuperar el apetito; cada comida es una negociación entre nosotros. Me siento en el borde de la cama y lleno la cuchara de caldo.
Alarga la mano hacia la cuchara.
—Puedo comer sola.
La aparto justo fuera de su alcance.
—Compláceme.
—Entonces dame algo que no sea sopa —se queja—. Quiero tarta y mantequilla y chocolate y... patatas fritas. Echo de menos las patatas fritas.
Me río.
—¿Sería buen momento para decirte que sé que Carolina te pasa chocolatinas a escondidas todos los días?
Mi preciosa esposa aparta la mirada.
—No sé de qué me hablas.
—¿Qué te parece esto? —sugiero—. Llegamos a un acuerdo. Te tomas la sopa y te dejo comerte dos chocolatinas hoy.
Su suspiro es teatral, pero abre la boca y acepta la sopa con una mirada elocuente que dice que esto no ha terminado. La cuchara se desliza entre sus labios, metal contra carne, una intimidad que se siente más profunda de lo que debería. Observo cómo traga, y se me seca la boca.
—¿Así va a ser nuestra vida ahora? —pregunta después de varias cucharadas más—. ¿Tú dándome de comer como si fuera una inválida?
—Como si fueras un tesoro —corrijo, partiendo un trozo de pan y ofreciéndoselo—. Solo hasta que esté seguro.
—¿Seguro de qué? —Toma el pan y sus dedos rozan los míos.
—De que no voy a perderte. —Las palabras salen más ásperas de lo que pretendía, arañando el nudo que tengo en la garganta.
La expresión de Eve se suaviza; hay algo tierno y punzante en su mirada.
—Jack —dice, y mi nombre suena a bendición y reproche a la vez—. No vas a perderme.
No respondo. No puedo.
El recuerdo de ella colgando de ese gancho, sangrando y destrozada, sigue demasiado fresco.
El terror de sostenerla en el coche mientras sentía su sangre filtrarse a través de mi ropa, convencido de que se me escapaba...
me persigue en sueños, me empuja a comprobar su respiración en las horas más oscuras.
En lugar de decirle eso, termino de darle de comer en silencio, observando con feroz concentración cómo toma cada bocado, cómo el color vuelve poco a poco a sus mejillas. Cuando ya no puede más, aparto la bandeja y cojo los suministros médicos que nos dejó Carmichael.
—Hora de cambiarte los vendajes —digo, indicándole con un gesto que se gire, y me pongo rápidamente unos guantes de plástico.
Eve obedece y se gira de lado, dejando su espalda expuesta ante mí, una confianza que todavía me deja sin aliento. Retiro la gasa que cubre las peores marcas del látigo y el alivio me inunda al ver las líneas limpias, en proceso de curación.
Por suerte, no hay infección. Solo piel nueva que se está formando, cicatrices que se desvanecerán pero nunca desaparecerán del todo.
—¿Cómo se ve? —pregunta con la voz amortiguada contra la almohada.
—Mejor. —Aplico la pomada antibiótica con dedos cuidadosos, recorriendo cada marca con una reverencia que desmiente la rabia que aún hierve bajo mi piel—. Te estás curando bien.
Ella tararea y el sonido vibra bajo mi palma.
—¿Y mi hombro?
—Eso va al final. —Termino con su espalda, fijo gasa limpia sobre las heridas y luego la ayudo a girarse hacia el otro lado para acceder a la herida de bala—. Tiene buen aspecto.
—Pica y duele —admite con una mueca mientras limpio alrededor de los bordes—. Pero no tanto como ayer.
Trabajo en silencio, metódico en mis cuidados, con un toque clínico aunque mi mirada devora cada centímetro de ella. Cuando termino, la ayudo a ponerse una camiseta limpia, pasándosela por encima de las heridas con delicadeza experta.
—Gracias —dice, acomodándose de nuevo contra las almohadas. Hay algo en su tono, un peso, una decisión tomada, que me hace detenerme.
—¿Por qué?
—Por encontrarme. —Sus dedos se retuercen en las sábanas y los nudillos se le ponen blancos—. Por no dejar que ella ganara.
Me siento a su lado y tomo su mano entre las mías.
—Siempre te encontraré —prometo; las palabras son un voto tallado en hueso—. Siempre.
Ella asiente, tragando con dificultad. De pronto el ambiente se carga, como el aire antes de que estalle una tormenta.