Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

La Novia

Al despertar a la mañana siguiente, estoy alerta de inmediato. Algo va mal. Muy, muy mal.

—¿Jack? —llamo, pero nadie responde.

Bostezo y me estiro, haciendo una mueca cuando mis muslos se tensan y un dolor sordo me recuerda la noche anterior. Todavía tengo el trasero sensible, el coño en carne viva de tanto usarlo hasta romperme. Busco a tientas las barras metálicas que me encierran. Pero... no están ahí.

Abro los ojos de golpe y, al mirar alrededor, me doy cuenta de que ya no estoy en la jaula. Estoy en la cama de Jack.

—¿Qué demonios? —murmuro, frotándome el sueño de los ojos.

Esto no tiene sentido. Me quedé dormida sobre su pecho desnudo, cubierta de sangre y sudor, con su semen todavía goteándome del coño adolorido. La piel me ardía donde sus piercings me habían dejado en carne viva, el pecho aún marcado por mis propios arañazos contra él. Fue sucio y perfecto.

Por primera vez, sentí que había algo más en él. Y en nuestro arreglo, o como quiera que se llame esta situación jodida en la que me ha metido.

—¿Jack? —grito, esta vez más fuerte. Pero sigue sin haber respuesta.

Con un resoplido, salgo de la cama llevándome la sábana. Camino descalza sobre la madera, pero un chirrido agudo me hace quedarme paralizada. Miro hacia abajo y no puedo evitar soltar una carcajada histérica ante lo que veo.

Tengo un maldito grillete en el tobillo. Uno sujeto a una cadena que sale de un perno en la pared.

—Bastardo astuto —murmuro. Puede que ya no esté en la jaula, pero sigo jodidamente atrapada.

Tiro de ella para probar, y el tintineo de los eslabones resuena por toda la casa vacía. Sin respuesta. Sin Jack. Soltando una maldición, me subo la sábana y voy hacia el baño. Casi espero que la cadena se tense, pero no. Queda mucha holgura.

En cuanto entro, cierro la puerta de un portazo y meto la cadena por debajo para que no se atasque. La sábana se me escurre del cuerpo y cae a mis pies. Entro directamente en la ducha.

El agua caliente me pincha la piel y siseo cuando corre sobre moretones que no había notado hasta ahora. Entre las piernas, el escozor es más agudo, un recordatorio de haber sido abierta una y otra vez.

Al poco rato, el chorro me golpea los hombros y se lleva lo que solo puede describirse como locura. Sí, esa tiene que ser la razón de lo que hice... de lo que hice anoche.

Con cada día que paso atrapada aquí, siento que la mente se me embota. Duermo más y me muevo menos. Ninguna de las dos cosas es buena para mi salud mental.

Ni siquiera sé cuándo se fue Jack ni dónde está. Solo sé que cuando me quedé dormida, estábamos en la jaula; yo estaba sobre su pecho y su polla seguía dentro de mí.

Pero cuando desperté, estaba en su cama en lugar de en la jaula. Y en lugar de su cuerpo pegado al mío, ahora tengo una maldita cadena en el tobillo. Una. Maldita. Cadena atornillada a la pared.

Supongo que este es uno de esos momentos en los que soy una auténtica imbécil. ¿Por qué bajé la guardia? Y lo que es más importante, ¿qué pensé que pasaría? No se puede confiar en Jack Knight.

Como mi única compañía son mis pensamientos, supongo que puedo admitir que él podría ser... vale, no podría, definitivamente es un buen polvo. Pero eso es todo. Como ser humano, es bastante horrible.

Esa inquietante línea de pensamiento es una prueba más de que necesito moverme, necesito... hacer algo. Lo más rápido posible, termino de ducharme y me seco antes de lavarme los dientes.

Sin nada más que ponerme, cojo una de las camisetas extragrandes de Jack de la pila que dejó aquí y me la paso por la cabeza. La tela huele a él y se me pega a la piel de una manera que me inquieta.

Cuando termino, me siento más yo, y eso me mejora el humor. También me ayuda a concentrarme, algo en lo que he fallado. Hasta ahora, mis intentos de escapar de Jack han sido mediocres, como mucho.

Claro, intenté seducirlo. Pero él me dio la vuelta a la tortilla, y fue... no. Necesito centrarme en lo que tengo por delante. No puedo seguir dejando que me distraiga con orgasmos alucinantes y su cuerpo cincelado y perfecto.

Quizá estar sola sea lo mejor. Ahora tengo tiempo para idear un plan nuevo y mejor. Uno que no arruinarán las hormonas ni una libido demasiado activa.

Sacudo la cabeza y me trenzo el pelo largo, algo que me ayuda a pensar. Obligo a mi mente a repasar el perfil mental que tengo de mi captor.

«No importa cuáles sean tus circunstancias, siempre habrá una sola persona responsable. Tú. Tú eres responsable de todas tus decisiones. Deja de tomar decisiones estúpidas y la vida será más fácil». Las palabras de mi padre me vienen a la cabeza sin que las llame, pero son ciertas.

Al salir del baño, oigo el metal frío deslizarse por el suelo de madera mientras pongo a prueba la ilusión de ser libre. Con un pequeño escalofrío de emoción, descubro que puedo llegar a la cocina. Victoria. Necesito desesperadamente una taza de café.

Emocionada, abro cajones, pero están... vacíos. Bueno, la mayoría. No hay cubiertos en absoluto, y el bloque de cuchillos en la encimera se alza como un monumento a la ausencia, con cada ranura vacía.

Recorro la cocina con precisión metódica: los armarios cerrados con llave, el portarrollos de papel vacío, la ausencia de cualquier cosa de cristal o cerámica. Ha pensado en todo lo obvio. Adiós a prepararme un café.

Justo cuando me debato entre beber agua de la mano ahuecada como una criatura salvaje, oigo que se abre la puerta principal.

Me quedo paralizada.

Las llaves tintinean. Una voz suave murmura algo ininteligible.

—¿Hola? —llamo, confundida por unos pasos que definitivamente no son los de Jack.

Miro hacia el dormitorio y me pregunto si debería esconderme. Pero antes de que pueda decidir, Carolina aparece. Lleva una bolsa en una mano y un bebé apoyado en la cadera como si fuera un accesorio de diseñador.

—Hola —dice con naturalidad, como si entrar en una casa donde hay una mujer literalmente encadenada no fuera lo más raro de su día.

—Eh... ¿hola?

Pasa de largo sin decir nada, con los zapatos repiqueteando suavemente, y se dirige a la isla de la cocina como si fuera la dueña del lugar, lo cual, considerando su apellido y la ausencia de Jack, quizá sea cierto.

La bebé balbucea mientras Carolina deja una bolsa de lona sobre la encimera y saca una colección de recipientes ordenados, ninguno de ellos abierto.

—He traído suficiente para dos comidas —dice, sacando cubiertos del bolsillo del abrigo como una Mary Poppins de la mafia—. No cocino, pero conozco gente.

Abro la boca. La cierro. Lo intento de nuevo.

—¿Te ha enviado Jack?

Me mira por encima del hombro con una ceja arqueada.

—¿Pensabas que el hada de la comida había entrado a robar?

Buen punto.

Se mueve como si le importara un carajo que esté encadenada. Como si esta situación no fuera más que un recado que aceptó hacer de camino a pilates.

—¿Dónde está él? —pregunto.

Carolina se encoge de hombros, con expresión indescifrable.

—Fuera.

Muy útil.

—¿Es tu bebé? —Es una pregunta estúpida dado el parecido, pero estoy desesperada por tener algo de conversación.

—Sí —el amor en su voz lo confirma más que las propias palabras.

—Es muy mona —digo. Instintivamente levanto la mano y doy un paso hacia ella, pero cuando me mira, me detengo en seco.

Su mirada no es dura ni cruel. Pero basta para decirme que si Jack es peligroso, Carolina es... fría y calculadora.

—¿Por qué la has traído aquí? O sea, no me conoces.

—No le tiene miedo a los monstruos —responde con suavidad—. Willow nació en una casa llena de ellos.

La bebé arrulla como si estuviera de acuerdo con lo que dice su madre.

Cuando termina de sacar la comida, empuja con el pie otra bolsa que no había visto hasta ahora. Sonríe mientras su mirada se posa en mis piernas desnudas.

—¿Quieres algo de ropa? —pregunta con una sonrisa—. ¿O estás bien así?

—Dios, sí —me apresuro a contestar.

De la bolsa saca una pila ordenada de ropa doblada. Tardo un momento en darme cuenta de que es mi ropa. Mis sujetadores, calcetines, incluso una de mis rebecas favoritas. Lo deja todo sobre la encimera como si no fuera nada del otro mundo.

—Eso es... mío —suelto, mirando fijamente la tela que conozco tan bien—. ¿Has ido a mi apartamento?

—Jack me lo pidió —responde Carolina sin inmutarse, sin molestarse en mirarme—. No creyó que quisieras vivir en sus camisetas para siempre.

Sin importarme que haya alguien delante, cojo uno de los vestidos de punto y en un momento me cambio la camiseta de Jack por mi propia ropa cómoda.

—Gracias —digo, poniéndome unos calcetines de punto a juego y moviendo los dedos de los pies. No sé por qué, pero llevar mis propias cosas me hace sentir diez veces mejor, y de repente me alegro de tener compañía. Aunque sea Carolina Knight.

—¿Quieres comer conmigo? —pregunto, sorprendiéndonos a las dos.

Arquea una ceja ante la invitación.

—¿Por qué no?

Mira a su alrededor como si buscara algo.

—¿Sabes? Nunca había estado aquí.

—Es la primera vez que salgo de la jaula sin que me lleven al baño o al Santuario y me traigan de vuelta —le informo, con el tono algo más duro—. Así que no sé dónde están los cubiertos buenos ni la vajilla.

Suelta una carcajada seca.

—Comamos ahí —señala la habitación contigua, y cuando me asomo, asiento.

—Si mi cadena me deja llegar hasta allí —digo con voz inexpresiva, cogiendo parte de la comida que ha traído.

Juntas preparamos dos platos rápidamente y nos dirigimos a lo que resulta ser el salón. Es más agradable de lo que habría pensado. Muebles oscuros y una chimenea que está pidiendo a gritos que la enciendan.

Carolina se sienta en el sofá y coloca a Willow en su regazo. La bebé balbucea feliz mientras su madre engulle la comida tan rápido que me pregunto si estamos echando una carrera.

Al principio comemos en silencio, pero no es un silencio tenso ni hostil. Solo... cómodo. Willow le mancha algo en la manga a su madre, y Carolina ni se inmuta, lo limpia con mano experta. Por alguna razón, la sencillez del gesto afloja el nudo que tengo en el pecho.