Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

El Embaucador

—¿Qué estás haciendo? —pregunta, y su cuerpo se tensa mientras entro.

Ya no llevo camisa, y sus ojos se clavan en la cicatriz que me cruza el torso: la costura abultada y fea que dejó la bala cuando me mató. Por un momento, se queda mirándola con la respiración contenida, como si viera la herida en lugar del hombre.

En lugar de responder, me dejo caer al suelo entre sus rodillas abiertas y me coloco a sus pies mientras ella se apoya contra los barrotes. No se me escapa la inversión: el captor entrando en el espacio de la cautiva, pero situándose exactamente donde puede consumirla.

—¿Jack? —La incertidumbre se cuela en su voz cuando le tomo el tobillo y siento los huesos delicados bajo mis dedos.

Poso los labios sobre la primera cicatriz, una marca blanca y fina casi invisible contra su piel pálida. El sabor de su piel es sal y humo y calor, vivo contra el tejido muerto de sus cicatrices.

—Mhmm. —Un gruñido ronco escapa de mi garganta, imposible de contener, y vibra contra su carne.

Inhala bruscamente pero no se aparta. Mi boca asciende hacia las marcas más deliberadas en la cara interna del muslo. No son aleatorias; son un lenguaje escrito en carne, un grito que nadie se molestó en escuchar.

—¿Qué estás haciendo? —susurra de nuevo, pero la pregunta ha cambiado de forma, se ha convertido en algo completamente distinto.

—Saboreando tu dolor —murmuro contra su piel.

Me muevo con método, besando cada cicatriz como si cartografiara un territorio: acariciando, lamiendo, a veces mordiendo con la fuerza justa para hacerla jadear. Su cuerpo tiembla bajo mi atención, atrapado entre la huida y la rendición.

Cuando llego a una marca particularmente grande cerca del pliegue del muslo, muerdo con más fuerza que antes.

La espalda de Eve se arquea, un gemido escapa de sus labios y sus dedos buscan mi pelo.

En lugar de apartarme, entrelaza los dedos entre los mechones y me retiene contra su piel dañada, como si temiera que me detuviera.

Mi respiración se vuelve áspera contra la cara interna de su muslo mientras la confesión brota de mí entre besos. Palabras que nunca pretendí darle emergen entre las marcas que dejo en su piel, como si sus cicatrices estuvieran extrayendo las mías.

—Solía beber hasta no sentir la cara —murmuro contra una línea particularmente profunda cerca de su cadera—. Después de Ruby. Cocaína también. Cualquier cosa para difuminar los bordes. —Mi lengua traza el tejido plateado y siento su pulso saltar debajo—. Nada funcionó hasta ti.

Los dedos de Eve se tensan en mi pelo, no para apartarse sino para retenerme en mi sitio. La contradicción refleja todo lo que hay entre nosotros: resistencia y rendición envueltas en un solo gesto.

—¿Qué cambió? —pregunta con la voz tensa por el esfuerzo de sonar clínica, pese a cómo responde su cuerpo a mi boca.

Muerdo suavemente la cresta de su cadera y siento cómo se estremece.

—Ves demasiado. Me resulta difícil esconderme. —Mis manos se deslizan bajo sus muslos, las palmas presionan contra la parte posterior de sus rodillas para abrirla más—. Ahora te toca a ti contarme algo. ¿Por qué prefieres la máscara?

—Yo... no lo sé —miente.

Levanto la cabeza y encuentro su mirada por encima del paisaje de su cuerpo. Algo crudo pasa entre nosotros, un reconocimiento que cala más hondo de lo que pretendía.

—No me mientas —gruño.

—No lo hago —responde con mordacidad, así que hundo los dientes en su carne y no la suelto hasta que jadea—. Bien. Bien. De acuerdo, sí lo sé.

—Quieres al monstruo —respondo por ella mientras mi pulgar traza círculos en la cara interna de su muslo—. No al hombre. La máscara te permite fingir que no te estás rindiendo ante mí. Solo ante algo sin rostro.

Traga saliva con dificultad.

—¿Eso te molesta?

—No. —Bajo la cabeza de nuevo y acaricio la piel suave donde el muslo se une a la cadera—. Me fascina. La doctora que diagnostica a todos los demás pero no puede admitir lo que anhela.

—¿Y qué anhelas tú, Jack? —Su voz es más firme ahora, desafiante pese a su posición vulnerable.

Hago una pausa con la boca suspendida sobre el borde de encaje de su ropa interior. La verdad surge sin que la llame, peligrosa en su honestidad.

—Esto. Tú. Desmoronándote bajo mis manos. Luchando incluso cuando quieres rendirte. —Exhalo caliente contra la tela y observo cómo se le tensan los músculos del vientre.

Mis dedos se enganchan en los lados de su ropa interior y arrastran la tela por sus piernas. Ella se mueve para ayudar, una pequeña cooperación que sabe a victoria. Cuando la tela pasa sus tobillos, la arrojo a un lado y me acomodo de nuevo entre sus muslos.

El aroma de su excitación me golpea: agudo, almizclado, embriagador.

Mi polla se endurece al instante y se tensa contra los vaqueros mientras gimo y hundo la cara más cerca, inhalando profundamente como si estuviera hambriento de ella.

Quiero que me vea saborearlo, que sepa que soy adicto a cómo huele antes incluso de probarla.

—Jack —advierte, pero no hay fuerza en su voz.

Bajo la boca a la cara interna de su muslo de nuevo y me abro camino hacia arriba con besos de boca abierta que dejan rastros húmedos en su piel. Cada cicatriz recibe atención, reverente y posesiva a la vez. Mis manos se deslizan bajo su trasero y la levantan ligeramente para darme mejor acceso.

Cuando por fin llego al ápice de sus muslos, hago una pausa y respiro caliente contra su centro sin llegar a tocarla. Sus caderas se mueven, buscando, pero la mantengo quieta.

—Pídemelo —exijo con suavidad.

Sus ojos se estrechan y el desafío destella en ellos.

—No.

Sonrío contra su muslo, admirando su terquedad incluso mientras planeo quebrarla.

—Entonces esperaré. —Deposito un beso en su piel, justo al lado de donde me quiere—. Tengo toda la noche.

Un sonido frustrado escapa de su garganta. Sus dedos se tensan en mi pelo e intentan guiarme. Me resisto y mantengo la boca enloquecedoramente cerca, pero sin tocar nunca donde más lo necesita. El poder sigue siendo mío, incluso de rodillas.

—Por favor —susurra al fin, la palabra arrancada de ella como si le costara algo vital.

—¿Por favor qué?

Su pecho sube y baja rápidamente.

—Por favor... saboréame.

La rendición en su voz me recorre el cuerpo como una oleada de calor. La recompenso deslizando la lengua lentamente por sus pliegues en una caricia larga y deliberada. Su sabor me inunda la boca —sal y dulzura y algo únicamente Eve— mientras su espalda se arquea sobre la manta.

Empiezo despacio, metódico, explorando su geografía con la lengua. Cada caricia despierta una reacción diferente: lo que la hace jadear, lo que le tensa los muslos, lo que arranca esos gemidos perfectos desde lo más profundo de su garganta.

Catalogo cada respuesta y construyo mentalmente un manual de su placer que solo me pertenece a mí.

—Dios —exhala, y deja caer la cabeza hacia atrás mientras le rodeo el clítoris con la punta de mi lengua—. Jack...

El sonido de mi nombre en esa voz rota es embriagador. Intensifico mis esfuerzos, alternando entre lengüetazos amplios y lametones precisos que hacen que sus caderas se sacudan contra mi agarre. Mis manos le sujetan los muslos, la abren de par en par, la exponen solo para mí.

Lo que comienza como una exploración controlada pronto se quiebra en puro hambre.

La devoro como un hombre famélico, gimiendo contra su coño mientras su sabor me inunda la boca.

Su humedad me cubre los labios, me baña la barbilla, me gotea hasta la garganta hasta que quedo marcado por ella como si me hubiera puesto un hierro candente.

La contención de Eve se resquebraja poco a poco. Sus dedos me guían la cabeza con más insistencia ahora, me presionan donde me necesita, y se lo permito.

No porque haya cedido el control, sino porque su desesperación alimenta mi propia hambre. Quiero sentirla deshacerse sobre mi lengua, quiero consumir el placer que le arranco del cuerpo.

—Más —exige, con la voz ronca de necesidad—. Por favor, esposo, más.

Deslizo dos dedos dentro de su coño y los curvo hasta que grita; el sonido reverbera contra los barrotes como un himno a la ruina. Con la otra mano, presiono más abajo y le rodeo el apretado ano.

—¿Alguna vez te han follado aquí, esposa? —Mi voz suena ronca y grave.

—N-no —gime. Suelta un gritito cuando le agarro los muslos y tiro de ella hacia abajo hasta dejarla medio tumbada, medio sentada. La posición perfecta para jugar con su culo.

—Joder, no deberías haberme dicho eso —jadeo. Pensar que soy el primero en jugar con su culo hace que la polla me palpite dolorosamente dentro de su prisión de tela vaquera. Retiro el dedo que le rodea el ano y se lo llevo a la boca—. Escupe en él.

Lo hace, y una vez que está completamente cubierto de su saliva, lo llevo de vuelta a su entrada fruncida. Se le entrecorta la respiración mientras lo empujo lentamente dentro de su apretado orificio, y la estiro mientras mi lengua le trabaja el clítoris.

Su grito se vuelve irregular, el cuerpo se le sacude entre la doble intrusión, se retuerce indefensa contra mi boca y mis manos. La jaula ya no se siente como si la contuviera a ella: nos contiene a nosotros, este ritual salvaje que existe fuera del tiempo.

Su coño se aprieta con fuerza alrededor de mis dedos mientras su culo se tensa alrededor del que tengo enterrado allí, cada músculo convulsionándose bajo el ritmo que le impongo.

Mi lengua le azota el clítoris, y gimo dentro de su coño mientras se retuerce; la vibración la hace empujar más fuerte, frotarse contra cada parte de mí que tiene dentro.

Estoy perdido en esto ahora: su sabor, su calor, su cuerpo que convulsiona sobre mis manos y mi boca, todo lo que siempre quise arruinar y consumir. Su sabor se vuelve más intenso, su excitación me inunda la boca mientras se acerca al borde.

—Déjate ir —ordeno contra su carne—. Córrete para mí, Pequeña Novia. Ahora.