Capítulo 20
El Embaucador
—Eres un imbécil…
Han pasado dos días, casi tres, y las palabras de Eve siguen repitiéndose una y otra vez. Me están volviendo loco. Lleva una semana conmigo, lanzándome toda clase de insultos. Sin embargo, hay algo en este que se me ha clavado.
—Eres un imbécil…
El bourbon reluce con un brillo ámbar en la penumbra, prometiendo el olvido que llevo persiguiendo desde que regresamos del Santuario hace apenas unas horas, tras otra actuación.
Aparte de gruñir órdenes, no le he dirigido la palabra a mi Pequeña Novia desde el otro día. Es mejor así. Mis dedos rodean el cuello de la botella sin levantarla, un ritual repetido tantas veces que el gesto ya está grabado en la memoria muscular.
Eve observa desde su jaula; sus ojos grises siguen cada movimiento frustrado: el amago hacia la botella, el cigarrillo sin encender que rueda entre mis dedos. Su silencio parece deliberado, un cálculo que casi puedo oír en marcha detrás de esa mirada clínica.
Debería sentirme victorioso, ¿no? La tengo aquí en mi jaula, justo como quería. En cambio, me siento vacío, desollado por dentro. Como si… romperla ya no fuera lo que quiero.
—No traerá a Ruby de vuelta, ¿sabes? —la voz de Eve rompe el silencio, sorprendentemente serena y precisa—. El alcohol. No resucita a los muertos, solo encurte a los vivos.
Se me tensa la mandíbula, rechino los dientes ante semejante audacia. Como si necesitara una lección de psicología de mi propia prisionera. Como si el nombre de Ruby debiera salir de su boca.
—¿Te pedí tu opinión profesional, Dra. Muerte? —mantengo la voz serena, en contraste con el pulso que me martillea en la garganta.
Se encoge de hombros, y el gesto hace que se le mueva la camiseta enorme que le di para dormir. Mi camiseta. No sé por qué se la di en lugar de hacerla dormir desnuda.
—No —admite—. Pero tu hígado probablemente sí, si pudiera hablar.
Una risa amenaza con quebrar mi ira: inesperada, indeseada. Dejo la botella en paz.
—Ahí está —digo mientras hago girar el cigarrillo sin encender entre los dedos—. ¿Contenta ahora?
—Extasiada —responde con tono inexpresivo, pero algo cambia en sus ojos. Como si no esperara que le hiciera caso.
El poder se desplaza entre nosotros por un instante: una corriente que cambia de dirección sin previo aviso. Sigue siendo mi cautiva, sigue encerrada tras barrotes de metal que yo controlo. Pero también es la única que me impide hacerme añicos hasta volverme irreconocible.
Cruzo el dormitorio hacia las puertas del jardín y abro una para que el aire frío de la noche corte el calor sofocante de la habitación. El encendedor brilla anaranjado en la oscuridad mientras protejo la llama con la mano e inhalo profundamente cuando el tabaco prende.
—Gracias —dice Eve en voz baja a mi espalda.
Miro hacia atrás mientras el humo me sale de los labios.
—¿Por qué?
—Por no fumar aquí dentro. Mis pulmones te lo agradecen.
La gratitud por algo tan pequeño me resulta sospechosa, como un anzuelo: como si hubiera encontrado la manera de que me preocupe por su comodidad sin pedirlo directamente. Lista. Entrecierro los ojos mientras exhalo hacia el jardín.
—No confundas el interés propio con consideración —le digo—. El humo estropea las cosas que poseo.
—¿Eso es lo que soy para ti? ¿Una cosa?
Doy una calada profunda al cigarrillo y dejo que la quemazón se extienda por el pecho antes de responder.
—Eres lo que necesite que seas.
—¿Y qué necesitas, Jack? —se inclina hacia delante y enrosca los dedos en los barrotes—. ¿Venganza? ¿Castigo? ¿O algo más que aún no te has admitido a ti mismo?
La pregunta queda suspendida entre nosotros, demasiado directa para esquivarla sin parecer débil.
—Lo que necesito —digo, midiendo cada palabra— es que recuerdes cuál es tu lugar.
—Mi lugar es una jaula —reconoce, pero no hay miedo en su voz—. Eso no significa que no pueda ver el tuyo.
El humo me sale por la nariz como a un puto dragón.
—¿Y dónde está mi lugar, según tu análisis experto?
Sus ojos reflejan la brasa de mi cigarrillo, dos puntos gemelos de luz en la oscuridad. El aire entre nosotros está cargado, espeso de algo que ya no es solo odio.
—Justo donde estás. Atrapado entre lo que crees que quieres y lo que de verdad necesitas.
—Lo que quiero —gruño— es justicia para mi hermana.
—No —contraataca Eve con voz suave pero inflexible—. Lo que quieres es hacer daño a alguien porque tú estás herido. Hay una diferencia.
Lanzo el cigarrillo a la oscuridad y escucho cómo sisea y se apaga.
—¿Crees que me conoces porque has leído unos cuantos libros de psicología? ¿Porque te has ganado la vida analizando a gente jodida?
—Creo que te conozco porque reconozco el patrón —ladea la cabeza y me estudia como si fuera uno de sus pacientes—. La bebida. El tabaco. La rabia que no termina de tapar la culpa. No solo me estás castigando a mí, Jack. Te estás castigando a ti mismo.
Antes de darme cuenta de que me he movido, estoy frente a su jaula. Mi mano golpea los barrotes y ella da un respingo, pero no retrocede.
—No sabes de qué hablas —rujo.
—¿No? —su mirada no vacila—. Dime qué quieres de verdad de mí. No lo que planeaste cuando llamaste a mi puerta a medianoche. Lo que quieres ahora.
La verdad me escuece bajo la piel: tenía un plan, limpio y despiadado. Romperla. Usarla. Descartarla. Pero algo ha cambiado. El único momento en que me siento vivo ahora es cuando estoy con ella, cuando la veo luchar, cuando la veo ceder, cuando la veo sorprenderme una y otra vez.
—Quiero... —Las palabras se me atascan en la garganta, demasiado en carne viva para decirlas.
Ella espera, paciente de un modo que me da ganas de zarandearla. Cuando no continúo, una pequeña sonrisa cómplice le curva los labios.
—Eso me imaginaba.
—No me presiones —advierto, pero no tiene el filo que quiero darle.
—¿O qué? —me desafía—. ¿Me encerrarás en una jaula? ¿Me obligarás a arrodillarme en público? ¿Me harás correrme tan fuerte que olvide hasta mi nombre?
Tamborilea con los dedos en los barrotes de metal, con una sonrisa de suficiencia mientras marca una melodía que no reconozco.
—Ya has hecho lo peor, Jack. Y sigo aquí. Mirándote todavía.
Fuerzo una risa grave.
—¿Ah, sí? —pregunto mientras vuelvo hacia la puerta y enciendo otro cigarrillo—. Para ser un prodigio, tu capacidad mental es bastante limitada si crees que has aguantado lo peor de mí. Apenas hemos empezado.
Sus ojos grises permanecen fijos en los míos mientras flexiona la mano, la que le corté durante la ceremonia. Se quitó la venda ayer porque decidió que era hora de dejarla al aire. Personalmente, creo que debería haberlo hecho después del segundo o tercer día, pero da igual.
La sonrisa de Eve se acentúa, secreta y cómplice.
—Entonces, ¿qué es lo peor que puedes hacer, querido esposo?
Ignorándola, fumo en cadena junto a la puerta del jardín, observando cómo la noche presiona contra el cristal mientras las palabras de Eve se me meten bajo la piel. El quinto cigarrillo se consume más rápido que los primeros cuatro; la ceniza cae sobre el mármol como nieve gris.
Mi mente rodea su desafío como un depredador que tantea una debilidad: lo que realmente quiero frente a lo que planeé.
Dos bestias completamente distintas. Detrás de mí, la tela se desliza contra el metal cuando Eve ajusta su posición en la jaula, y el sonido atrae mi atención de vuelta hacia ella como una brújula que encuentra el norte.
—¿Por qué me llamaste prodigio? —pregunta, y rompe el denso silencio.
Me encojo de hombros, pero no me vuelvo a mirarla. Cuento los segundos, sabiendo que es solo cuestión de tiempo antes de que siga hablando. Eve no aprecia el silencio tanto como yo esperaba, teniendo en cuenta su carrera como terapeuta.
—Mi padre quería que fuera un prodigio, así que me obligó a convertirme en uno —dice de repente—. No me parezco en nada a esas personas de las que a veces lees. Ya sabes, cuando un niño de cinco años toca o compone mejor que Mozart, o cuando uno de doce hace un descubrimiento científico.
Sigo sin volverme, sin animarla, pero tampoco la detengo. El cigarrillo se consume cada vez más cerca de mis dedos.
—Para él nunca fui más que un experimento. Uno que podía moldear exactamente a su antojo, y eso fue lo que hizo. Supongo que podría decir que fui su mayor experimento y su mayor decepción a la vez.
Se ríe, una risa vacía, sin humor.
La confesión queda suspendida en el aire entre nosotros, inesperada e íntima de un modo para el que no estaba preparado. Aplasto el cigarrillo contra el marco de la puerta y dejo una mancha negra.
—No estaba criando a una hija —continúa, con voz firme pero más suave—. Estaba creando a una sucesora. O un legado... quizá ambas cosas.
Me vuelvo para mirarla y me apoyo contra el marco.
—¿Por eso te hiciste terapeuta?
—Sí —dice, y hay algo parecido a decepción en su expresión—. Lo elegí porque... bueno, en realidad no estoy segura de haberlo elegido nunca. Era lo que él esperaba, así que lo hice.
Las palabras me golpean con una fuerza inesperada, como si hubiera atravesado la jaula y alcanzado algo tierno bajo mis costillas.
—Mi padre... —empiezo, y luego me detengo, sorprendido por mi propio impulso de corresponder. Sus ojos clavados en mí son como ganchos que extraen una verdad que no tenía intención de ofrecer—. Mi padre me odiaba.
Clavo la mirada en ella, desafiándola en silencio a apartar la vista mientras le entrego una pequeña parte de mí.
—El único de nosotros que le gustó, tal vez incluso que amó, fue Nick. Ruby le era útil porque podía venderla. Yo fui el único completamente inútil, una simple decepción.
Suelto una risa amarga.
—Incluso mandó que me mataran.
Los ojos de Eve se abren de par en par y su cuerpo se queda inmóvil.
—¿Mandó que te mataran?
Mis dedos se deslizan hacia la cicatriz de mi torso, invisible bajo la camisa pero siempre presente.
—Estuve muerto unos minutos antes de que los médicos me reanimaran.
—Oh, Jack. —Su voz carga con un peso que no quiero examinar—. Eso es...
Como no quiero su lástima, la interrumpo.
—Cuando volví, las cosas fueron diferentes. —Miro hacia el techo—. La muerte te cambia las prioridades.
Casi le cuento entonces lo de la maldición Knight: la superstición que se cobra dos herederos en cada generación.
Cómo la muerte de Ruby cumplió la profecía que ha perseguido a mi familia durante generaciones.
Pero algo me detiene. Ese conocimiento es un arma que no estoy listo para poner en sus manos.
—Entiendo más de lo que crees —dice Eve en voz baja.
Antes de que pueda responder, se mueve: levanta las rodillas y separa las piernas. Mi camisa le cuelga holgada, pero tira del dobladillo hacia arriba, centímetro a centímetro, hasta que la tela deja al descubierto la cara interna de sus muslos.
Mi cerebro tarda un momento en registrar lo que me está mostrando. Y ahora que veo los círculos descoloridos de piel fruncida, no entiendo cómo no lo he notado hasta ahora.
Las cicatrices son pálidas y lisas contra su piel; quemaduras antiguas, grabadas como secretos que ha decidido mostrarme. El tatuaje de la liga le cubre parte del daño en ese muslo, pero no del todo.
—No me las hice porque quisiera morir —dice, trazando una con la yema del dedo—. Ni siquiera por el dolor. Quería sentir algo real.
Sus ojos encuentran los míos, inquebrantables.
Lo que veo despierta algo en mí: no lástima, algo más oscuro y posesivo.
Por primera vez, no quiero luchar contra ello.
A la mierda. Que sea ella quien me arrastre al fondo, porque cuando me mira así, con las cicatrices expuestas y el desafío firme, no me siento como el Knight que perdió a su hermana. Me siento vivo.
Me acerco a la puerta de la jaula, las llaves de repente en mi mano aunque no recuerdo haberlas cogido. La cerradura se abre con un clic definitivo.