Capítulo 19
La Novia
Después de unos cuantos giros, el Escenario de la Masacre C se alza ante nosotros, bañado en luz rojo sangre que tiñe todo con tonos amenazantes. Al acercarnos, distingo dos filas de personas en el centro del escenario.
Las mujeres —Novias— llevan variaciones de mi propio atuendo indecente, es decir, apenas van cubiertas. Mi vestido podría ser el que más tapa. La tela se pega como una segunda piel, negra y resbaladiza como tinta derramada bajo las luces.
Tirantes finos se cruzan sobre mi pecho en un enredo deliberado, enmarcando más de lo que ocultan, antes de retorcerse detrás de mi cuello.
El recorte deja al descubierto la curva de mis costillas y mi vientre plano, ceñido únicamente por un aro plateado que sujeta la falda a la altura de mi cadera.
Desde ahí, el material cae suelto, con una única abertura que sube lo bastante como para convertir cada paso en una actuación: cada zancada un riesgo, cada movimiento de la tela una promesa que nunca acepté hacer.
Aunque intenté resistirme cuando Jack me obligó a ponérmelo, en secreto me encanta el atuendo. Es atrevido, es sexy. Es... mío. Cuando encuentre la forma de escapar de él, sin duda me lo llevaré conmigo.
Mientras las Novias miran hacia el público que se congrega bajo el escenario, los Novios permanecen de espaldas a los espectadores. Van vestidos de negro, imitando el atuendo de Jack.
Es injusto lo bien que le quedan esos vaqueros negros rotos, caídos sobre las caderas, y la chaqueta de cuero abierta enmarcando las líneas duras de su torso como si hubiera sido hecha para él.
No lleva nada debajo, y a pesar de mí misma, quiero enroscar el vello de su pecho en mi dedo.
—¿Estás lista? —pregunta, sin esperar mi respuesta antes de arrastrarme al escenario.
No me fijo en lo que cada Novio lleva en la mano hasta que nos unimos a ellos. Pero en cuanto veo las máscaras —máscaras antigás idénticas a la que Jack usaba para ocultarse— clavo los talones en el suelo.
—No pienso hacer esto.
No necesito entender qué es esto para saber que no quiero formar parte. Mis nervios ya están bastante destrozados.
Los dedos de Jack se cierran en torno a la parte alta de mi brazo, apretando con fuerza suficiente para dejar moretones.
—Ya no puedes decir que no. Ese privilegio desapareció cuando dejaste morir a mi hermana.
Me arrastra hacia delante, mis tacones raspando el suelo mientras forcejeo. El vial de sangre se balancea entre mis pechos, un péndulo que marca el ritmo de mi corazón desbocado.
—Bienvenidos al Festín Matrimonial —anuncia una figura ataviada con túnicas elaboradas, el rostro oculto bajo una máscara de un blanco óseo pintada con símbolos que no reconozco—. Donde las Novias demuestran su devoción y los Novios reciben lo que les corresponde.
Mientras las otras mujeres se arrodillan de inmediato ante sus parejas, busco a Shelby con la mirada y al fin la localizo en el extremo opuesto de la fila. Pero no me mira. Tiene los ojos fijos en algo en medio del público, que sigue creciendo.
—Las reglas son sencillas —continúa el presentador—. La primera Novia que haga correrse a su Novio gana. Y en cuanto a las perdedoras...
Se pasa el dedo por el cuello en un gesto que deja poco a la imaginación.
—No pienso hacer esto —le siseo a Jack—. No voy a...
Las palabras mueren en mi garganta cuando saca un cuchillo del bolsillo: largo, reluciente, perversamente afilado. Presiona la hoja contra mi garganta, justo bajo la mandíbula.
—Arrodíllate —ordena, con la voz ligeramente amortiguada mientras se pone la máscara antigás con la mano libre.
El cuchillo muerde, un beso frío bajo la mandíbula: suficiente para prometer dolor si me resisto. Cuando no me muevo de inmediato, presiona la hoja más cerca, a punto de perforar la piel. Solo entonces mis rodillas ceden.
Lentamente, me hundo de rodillas sobre el escenario; el impacto me sacude hasta los huesos. La multitud de abajo murmura con aprobación.
—Buena chica —dice Jack a través de la máscara; el filtro vuelve su voz inhumana—. Ahora muéstrales a todos lo que esa boquita puede hacer.
Me tiemblan los dedos mientras busco su cinturón, forcejeando torpemente con la hebilla. La hoja permanece firme en mi garganta, un recordatorio frío de mi posición.
Cuando por fin libero su polla, ya está dura y goteando. Llena mi mano con un peso que parece inevitable, como si hubiera sido moldeada para mi agarre, sólida y pesada en la palma.
—¡Comienza la cuenta atrás! —grita el presentador—. Tres...
Alzo la vista hacia Jack, con los rasgos ocultos tras la máscara. Mientras algunos verían esta transformación como monstruosa, para mí es lo opuesto. Me gusta el hombre enmascarado: es a Jack a quien detesto.
—Dos...
Me humedezco los labios con la lengua, un gesto que arranca un gruñido grave de detrás de la máscara de Jack.
Recorro el público con la mirada y se me corta la respiración cuando mis ojos se posan en Caleb. Está en el centro, sujetándose el brazo roto, con un ceño fruncido que me hiela las entrañas. Justo antes de apartar la mirada, se pasa el dedo índice por el cuello y me mira con desprecio.
¿Qué demonios le pasa? Y... no es que haya pensado en ello desde la boda, pero supongo que no es el Novio de Shelby si está ahí abajo en lugar de en el escenario con los demás.
—Uno...
Incapaz de contenerme, le hago una peineta, ignorando la presión cuando Jack hunde el cuchillo en mi carne, rompiendo la piel. Una sola gota de sangre se desliza por mi garganta, un rastro caliente de rendición.
—¡Comiencen!
Me meto a Jack en la boca con urgencia desesperada, impulsada por la hoja en mi garganta y algo más oscuro: una necesidad enfermiza de hacerlo bien, de ganar esta competencia retorcida. De mostrarle a Caleb lo que ha perdido.
Mis labios se estiran en torno a su grosor. El anonimato hace más fácil ceder, fingir que no es Jack quien me usa, sino algo más oscuro y sin rostro que no existe fuera de este momento.
Puedo desear al monstruo. Puedo tomar de él. Pero cuando se quite la máscara, volveré a odiar al hombre que hay debajo. No le estoy dando nada a Jack: esto es para el hombre que apareció en mi puerta a medianoche, el que me reclamó antes de que pudiera siquiera luchar.
El primer tope de su Escalera de Jacob roza mi lengua, y mis caderas se mueven—un movimiento pequeño, involuntario, mientras la vergüenza se aprieta en lo profundo de mi vientre.
No esperaba que me gustaran los piercings.
Pensé que se sentirían extraños en mi boca.
Pero no es así—se sienten obscenas. Cada barra es como una marca que va dejando dentro de mi garganta, y las quiero todas.
Una mano me agarra el pelo, forzando el ángulo que quiere, mientras la otra mantiene el cuchillo firme contra mi garganta. Empuja hondo, con fuerza suficiente para hacerme llorar, y me dan arcadas.
Trago en vez de apartarme, desesperada por sentir el siguiente peldaño raspando mi lengua.
—Joder —gruñe, el sonido ronco y quebrado a través del filtro de la máscara—mitad gemido, mitad amenaza—como si no supiera si elogiarme o destrozarme—. Eres jodidamente buena en esto.
El elogio de Jack me envuelve y me pavonea bajo su peso. Es retorcido que esté tan metida en esto, que no esté fingiendo mi entusiasmo. Pero cada arcada, cada ahogo húmedo, cada gemido de placer es real.
La saliva le resbala por la polla, deslizándose hasta donde sus testículos cuelgan pesados y expuestos por la bragueta abierta. Chupo más fuerte solo para escuchar el sonido obsceno que hace cuando se retira unos centímetros.
La multitud está tan cerca que siento su calor, sus miradas recorriéndome el cuerpo. Seguro que se imaginan mi boca sobre ellos, y en lugar de que la vergüenza mate mi excitación, la aviva aún más.
Jack me usa como si no fuera más que un juguete—follándome la boca con precisión despiadada, los peldaños de metal enganchándose en mis labios cada vez que se retira. El escozor me arranca un gemido, y la vibración le recorre el cuerpo.
Cuando alzo la vista, estoy segura de que su mirada se clava en la mía a través de los cristales de la máscara. Un gemido ahogado se le escapa, grave y roto, como si solo con verme pudiera correrse. Sé que lo ve—el hambre que no puedo ocultar.
La parte de mí que no solo aguanta esto, sino que lo busca. Mi sonrisita es pequeña pero deliberada, un desafío silencioso que no puede ignorar.
—Tómame más hondo —ordena, con la voz tan áspera que me pone los nervios en carne viva.
Obedezco, relajando la garganta hasta que mi nariz casi le roza el abdomen. La arcada es aguda y húmeda, pero aguanto, con los ojos llorosos y la baba derramándose por la comisura de la boca.
Jack palpita en mi boca, y sé que está a punto. La máscara convierte cada sonido que hace en algo monstruoso, y me arrastra de vuelta a aquella noche en el pasillo, cuando me metió los dedos y me hizo gemir tan fuerte que Caleb oyó cada sonido obsceno.
Mi mano se desliza entre las piernas bajo la abertura del vestido, presionando fuerte contra el clítoris a través de la tela empapada. La multitud lo capta—jadeos bajos, algunos vítores entrecortados—pero en lugar de dejar que la vergüenza me detenga, la exposición intensifica el deseo.
Le ahueco los testículos con la otra mano, rodándolos despacio mientras paso la lengua por cada piercing como si los estuviera reconociendo a ciegas, sin dejarle recuperar el aliento.
Su respiración cambia, y sus caderas se sacuden.
El cuchillo se le escurre de los dedos y cae al escenario con estrépito, pero su agarre no se afloja.
Ahora me inmoviliza con ambas manos: una me tira del pelo, la otra me sujeta el hombro.
—Trágalo todo —gruñe, y la orden me golpea en las entrañas—. Cada. Puta. Gota.
La primera oleada caliente me golpea el fondo de la garganta, y gimo mientras trago con avidez, como si fuera lo único que he estado deseando. Otro pulso. Otro trago. No paro hasta apurar la última gota, hasta que respiro su olor y no saboreo nada más que a él.