Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

El Embaucador

El Santuario se alza ante nosotros, un patio de recreo para retorcidos y curiosos. Eve no tropieza mientras nos acercamos a la entrada, pero siento la tensión vibrar en su cuerpo, justo donde mi mano presiona la zona lumbar.

El vestido es tan fino que siento el calor de su piel y el relieve sutil de su columna. Mis dedos se clavan ligeramente, no tanto como para dejar cardenales —todavía no—, pero sí lo bastante para recordarle a quién pertenece.

El aire nocturno trae el aroma del incienso y la tierra húmeda, que se mezcla con la niebla artificial arremolinada a nuestros tobillos, espesa como nata y fría como una tumba.

—Mira esa cola —dice Eve con voz cuidadosamente neutra—. Estaremos esperando una eternidad.

Me río entre dientes, bajo y cerca de su oído.

—Esa cola no es para nosotros, esposa.

Con esas palabras, la guío más allá de la cola, donde los clientes ansiosos con sus galas de Halloween aguardan como ganado camino al matadero.

Mi mano se desliza más abajo y se posa justo sobre la curva de su trasero mientras nos acercamos a una entrada lateral flanqueada por dos guardias enmascarados.

Uno asiente y se hace a un lado.

—Sr. Knight.

—Llámame Jack —respondo con brusquedad—. El Sr. Knight es mi hermano.

La niebla se espesa a nuestro paso y nos envuelve en un capullo blanco que oscurece todo a un palmo de distancia. La respiración de Eve cambia —más corta, más controlada— y casi puedo saborear el esfuerzo que hace por parecer imperturbable.

—¿Qué hora es? —pregunta de repente, volviendo el rostro hacia mí.

Sus ojos son afilados, analíticos incluso en la penumbra.

—¿Por qué necesitas saberlo? —contraataco mientras hundo el pulgar en el hueco de su espalda.

—Porque me gustaría saber cuánto tiempo tendré que soportar esto.

Su tono es ácido, pero capto el leve aleteo de su pulso en la garganta.

—Lo sabrás cuando yo quiera que lo sepas.

Se aparta de mí y recorre con la mirada la multitud que se materializa entre la niebla. Un hombre pasa cerca —un hipster del montón con abrigo vintage— y Eve alarga la mano para agarrarle la manga.

—Disculpe, ¿tiene hora? —pregunta con voz dulce como la miel.

—Claro que sí.

Le lanza una sonrisa lasciva mientras le repasa el escote con la mirada. Luego se inclina más, le roza el pecho con una mano mientras gira la muñeca, supuestamente para mirar la hora.

Con un gruñido sordo, me interpongo entre ellos y le agarro la muñeca —la que se atrevió a tocarla—. El hueso cruje bajo mi agarre; su aliento silba entre los dientes apretados. Giro hasta oír el primer crujido seco. Las rodillas le flaquean.

—Mi esposa no necesita saber la hora —ladro sin molestarme en disimular la amenaza—. Y tú no necesitas respirar el mismo aire que ella.

Los ojos del hombre se abren de par en par, inundados de pánico.

—Solo intentaba...

Le estampo el puño en el estómago y lo doblo como un papel.

—Como si me importara una mierda lo que intentabas.

Lo dejo caer en la niebla como basura.

—Lárgate antes de que decida rematar la faena.

—Venga ya, Jack —suspira Eve mientras pasa por encima del hombre sin dignarse a mirarlo.

Su voz destila un desdén aburrido, como si me estuviera riñendo por volcar un cubo de basura en lugar de destrozarle la muñeca a alguien.

La polla me da un tirón ante el puro hielo de su tono, pero es la contención en su rostro lo que realmente me pone —como si hubiera aguantado cosas peores y supiera exactamente cómo enterrarlas—. Quiero hacer añicos esa compostura... pero primero le recordaré exactamente con quién está tratando.

Le agarro el brazo y la giro para que me mire. Sus ojos se estrechan hasta convertirse en rendijas de acero gris, pero me limito a sonreír con suficiencia.

—Si no quiero que sepas la hora —digo mientras le recorro la mandíbula con un dedo—, no la sabrás. Así de simple.

Las aletas de la nariz se le ensanchan ligeramente —una pequeña señal que dice mucho sobre la rabia que está conteniendo.

—Controlar hasta la información más básica. Qué predecible.

—Y sin embargo le preguntaste a un desconocido —respondo mientras mi mano sube hasta posarse en su nuca—. Qué predecible.

—¿Y qué? —me desafía enseñando los dientes.

—¿Te estás divirtiendo? —pregunto con voz baja y un filo de peligro—. Porque si quieres seguir saboreando la libertad, más te vale dejar de tocar a otros hombres.

Antes de que pueda responder, tiro de ella y casi la hago tropezar con los tacones.

La multitud se aparta a nuestro paso mientras nos adentramos en los terrenos del Santuario. Más adelante, una estructura se materializa entre la niebla —la boca de un túnel construida con lo que parecen huesos y tendones, aunque sé que todo es material sintético cuidadosamente elaborado.

Un letrero de neón cuelga en lo alto anunciando el Túnel de los Gritos. Pero esta noche no vamos allí.

Apenas hemos recorrido cincuenta metros desde el Túnel cuando Eve vacila en su paso. Gira la cabeza, la atención captada por algo entre la niebla flotante. Sigo su mirada hasta un pequeño puesto cubierto de terciopelo negro, apartado de las atracciones principales.

Velas de un rojo sangre arden en soportes de hierro, con las llamas perfectamente inmóviles pese a la brisa nocturna. Su luz ilumina un letrero pintado a mano que reza: El destino te lee mientras tú lees las cartas.

Las pupilas de Eve se dilatan ligeramente y decido satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo, saber lo que busca podría darme más munición para usar en su contra.

—¿Quieres conocer tu futuro, esposa? —pregunto con voz sedosa y falsa preocupación—. ¿O esperas averiguar cuándo escaparás de mí?

Los hombros de Eve se tensan bajo mi mano.

—Quizá solo quiero saber cómo termina esta historia —responde con tono cuidadosamente medido—. Si el monstruo recibe su merecido.

Me río mientras deslizo la mano hasta su nuca.

—Averigüémoslo juntos, ¿te parece?

Dentro, el aire está cargado de incienso —olíbano y mirra, aromas bíblicos de muerte y divinidad—. El espacio es más pequeño de lo que parecía desde fuera, lo que obliga a Eve a quedarse tan cerca que siento el calor que irradia su cuerpo.

La adivina está sentada encorvada detrás de una pequeña mesa cubierta de seda negra. Su rostro es un mapa surcado de arrugas. Una capucha andrajosa mantiene sus ojos en sombras, pero los vislumbro cuando se mueve: pálidos, casi incoloros, como piedras de río pulidas por el tiempo.

Sus dedos nudosos se extienden hacia nosotros y nos hacen señas.

—Os he estado esperando —dice con voz sorprendentemente fuerte y clara—. Las cartas me dijeron que vendríais esta noche.

Eve se remueve inquieta, con un escepticismo casi palpable.

—¿También te dijeron nuestros nombres? —pregunta.

La anciana sonríe y deja ver unos dientes demasiado perfectos para su rostro ajado.

—Los nombres son máscaras que usamos para los demás, Eve —dice.

A mi lado, mi esposa se esfuerza por no reaccionar cuando la adivina suelta su nombre con tanta naturalidad.

—Las cartas os conocen por lo que yace debajo —concluye la anciana, y nos indica con un gesto que nos sentemos. Solo hay una silla, baja y cerca de la mesa.

Me siento y tiro de Eve hacia mi regazo como si ese fuera su lugar. Se pone rígida, pero la aprisiono con un brazo alrededor de la cintura y la obligo a encarar a la anciana al otro lado de la estrecha franja de seda negra. Desde aquí, siento cada una de sus respiraciones entrecortadas.

Antes de que pueda responder, saca una baraja de la nada con un movimiento tan fluido que mis ojos apenas logran seguirlo. Las cartas son más grandes que las del tarot estándar, con los reversos decorados con un intrincado diseño de espinas y rosas entrelazadas.

—Los dos —ordena mientras coloca la baraja sobre la mesa—. Tocad las cartas juntos. Deben probar vuestro vínculo.

Coloco mi mano sobre la baraja primero; luego agarro la muñeca de Eve con la otra y le bajo la palma junto a la mía.

Las cartas se sienten cálidas, casi vivas, bajo nuestras manos.

Eve intenta apartarse, pero la retengo allí, con los dedos presionando la piel suave de la cara interna de su muñeca, donde el pulso le salta como un pájaro atrapado.

—Es suficiente —dice la adivina tras un momento que se alarga demasiado. Recupera la baraja y la baraja con una destreza que desmiente su aparente edad.

La primera carta cae sobre la mesa con un golpe seco. La Torre: una estructura alcanzada por un rayo, con cuerpos que caen entre las llamas.

Su mirada se afila.

—Algunas torres caen por accidente, otras porque el heredero sentado a su mesa decidió que debían arder. Incluso ahora, los huesos del hombre que construyó la vuestra están donde podéis verlos cada día... para recordaros que la jaula ha desaparecido, pero nunca se olvida.

El hombro de Eve se tensa contra mi pecho, como si quisiera darse la vuelta pero lo pensara mejor. Me pregunto si cree que la carta habla de mí.

No lo es, no puede serlo. Mi padre ya no está, pero lo mataron Nick y Carolina, no yo. Y que yo sepa, nadie conservó ninguno de sus restos. Se está pudriendo en el mausoleo familiar.

La anciana coloca una segunda carta junto a la primera. El Diablo: una figura cornuda con un hombre y una mujer encadenados a sus pies.

—Esclavitud —continúa, con sus ojos pálidos yendo de uno a otro—. No solo del cuerpo, sino del alma. Cadenas que ambos forjasteis voluntariamente. Las de él por venganza, las tuyas por hambre de oscuridad. Cada eslabón es tanto una elección como una cerradura. Y ahora no hay llave.

La respiración de Eve se acelera ligeramente y me clava las uñas en el muslo. No sé si para estabilizarse o para abrirse camino hacia la libertad. Le pongo la mano en el vientre para retenerla en su sitio y noto el roce entrecortado de su respiración contra la palma.

No se me escapa que mi venganza se presenta como algo negativo, mientras que la curiosidad y el hambre de oscuridad de mi Pequeña Novia se ven como algo positivo. Qué jodidamente irónico.

—Yo no elegí esto —dice Eve con voz baja pero firme.

Los ojos de la anciana se clavan en ella.

—¿No? Seguiste al hombre enmascarado por tu propia voluntad...

Eve se gira hacia mí y me clava el dedo en el pecho.

—¿Le dijiste eso? ¿Que te seguí hasta aquí?

La mujer suelta una carcajada.

—Las cartas me lo dijeron, querida. Saben lo que hay en tu corazón —hace una pausa—. Dejaste que te profanara, y lo disfrutaste aunque afirmes odiarlo. ¿No es este el deseo de tu corazón, Eve? Liberarte de los grilletes con los que tu padre te ató. Liberarte de...

—Por favor, para —suplica Eve, y se aparta de mí de nuevo. Tiene el rostro agachado, como si le avergonzara lo que dice la adivina.

—¿Qué más? —exijo con brusquedad, incómodo al ver lo mucho que esto está afectando a mi esposa.

Con un gesto seco, la anciana saca la tercera carta: La Muerte.

—No es un final —dice la adivina—, sino una transformación. Se ha derramado sangre, y correrá más. La pregunta es de quién, y si alguno de los dos sobrevivirá a aquello en lo que os estáis convirtiendo mutuamente.

Eve exhala por la nariz, un sonido demasiado agudo para ser un suspiro. Lo noto en cómo se le tensan los músculos de la espalda contra mi pecho. Aprieto la mandíbula. Me digo que es solo teatro, pero la imagen de la carta aún me arde detrás de los ojos.

Sobrevivir el uno al otro... La idea no debería interesarme, pero me interesa. ¿Qué quedaría de ella si lo consiguiera? ¿Qué quedaría de mí si no?

Un escalofrío de genuina inquietud me recorre la columna. Esto es teatro, como todo lo demás en el Santuario: cuidadosamente investigado, diseñado para perturbar. Pero algo en la mirada de la mujer resulta demasiado certero, demasiado preciso.

—Las cartas muestran lo que ya existe dentro de vosotros —continúa mientras coloca una cuarta carta. Los Enamorados, pero invertidos: las figuras separadas por un abismo de llamas.

—Una unión construida sobre la venganza —dice—. Dos almas atadas no por amor, sino por deuda y deseo. Cada elección tomada por la razón equivocada volverá a cobrar su precio.

Su dedo traza la división entre las figuras.

—Vuestras almas están atadas ahora. Una no puede sangrar sin que la otra pruebe el hierro.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros como humo y se filtran en cada grieta. Siento cómo su columna se endereza contra mí, desafiante, pero no se aparta. No huye. Ni de mí, ni de esto. Esa certeza se asienta en mi estómago como una marca de posesión.

Eve buscando el peligro. Mi necesidad de ruina. Dos venenos vertidos en la misma copa.

Su cabeza se inclina apenas hacia la mía, no lo bastante para que la anciana lo note, pero sí para que yo sienta el roce de su cabello contra mi mandíbula. No es cercanía: es un desafío, un reconocimiento silencioso de que sabe exactamente lo que somos.

Los dedos de Eve se crispan contra la mesa. Capto la microexpresión que le cruza el rostro: sorpresa seguida de algo más profundo, más turbio.

—Lazos de sangre —continúa la adivina—, una vez formados, no pueden romperse. Ni por la distancia. Ni por la muerte. Lo que fluye entre vosotros ahora fluirá para siempre.

—Poético —digo, forzando un tono desdeñoso—, pero poco específico. Esto podría aplicarse a cualquiera.

Los ojos de la anciana se clavan en mí, afilados como cuchillas.

—¿Podría, Jack Knight? ¿Podría aplicarse al hermano que no logró salvar a su hermana? ¿Al hombre que castiga a inocentes por sus propios fracasos?

Mi mano se tensa sobre la muñeca de Eve, con fuerza suficiente para hacerla hacer una mueca. La adivina lo ve y sonríe, una curva cómplice de labios que me pone la piel de gallina.

Saca una última carta y la coloca con deliberada lentitud. El Colgado, pero invertido, con la figura suspendida retorcida de forma antinatural.

—La maldición solo importa porque tú lo permites —dice, sin apartar los ojos de los míos—.

Consumió a tu hermana, y ahora estás dejando que te consuma a ti.

Y tú... —su mirada se clava en Eve— beberás sus fantasmas hasta que te pudran las venas.

Para cuando notes el sabor, ya no habrá vuelta atrás.

Esta es la advertencia que te hace el destino.

Los dedos de Eve se flexionan contra la mesa como si estuviera decidiendo si apartar las cartas de un manotazo. Mi muslo, bajo el de ella, se tensa, preparado para retenerla en el asiento si lo hace. Siento su pulso en cada punto donde nos tocamos.

Sigo dándole vueltas a las palabras en mi mente. Podredumbre en sus venas y fantasmas en las mías. Sé lo que significan las mías, pero ¿qué hizo mi Pequeña Novia? ¿O se trata de las personas a las que no protegió del puto Valentine Grant?

Las cartas yacen entre nosotros como pruebas, cada imagen una herida donde la anciana ha hundido el dedo. Ya crea en sus propias palabras o simplemente sepa qué cicatrices tocar, el resultado es el mismo: el pulso de Eve se acelera, y el mío también.

Me levanto bruscamente, tirando de Eve conmigo. La mesa se tambalea y casi vuelca las velas.

—Hemos terminado aquí —digo, y arrojo billetes sin contarlos.

La adivina no hace ademán de coger el dinero.

—Volveréis —dice simplemente—. Los dos volveréis.