Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3)
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Capítulo 1
El Embaucador
Febrero
Cuelgo la llamada; el nombre de Nick parpadea en la pantalla por tercera vez hoy. No estoy de humor para que mi hermano me vigile. Tengo asuntos más apremiantes: lo que hay detrás de la puerta de Mortis Psychotherapy, justo frente a mí.
Han pasado dos semanas desde que enterramos a Ruby, y aquí estoy. Eve canceló mi cita original la semana pasada, pero esta vez no pienso dejar que nada me lo impida.
La sala de espera es un santuario de falsa comodidad. Cada silla espaciada con precisión quirúrgica, revistas desplegadas como si las hubieran medido con una regla. El tipo de orden que te pone los nervios de punta.
Alguien —Eve Mortis, sin duda— ha pensado en cada detalle, cada ángulo, cada impresión. Me crispa los nervios, y mientras tomo asiento frente a la puerta de las oficinas interiores, rozo a propósito algunas sillas para que su formación sea menos perfecta.
Este es exactamente el tipo de lugar donde la gente llora en susurros y los espejos nunca reflejan lo que uno quiere ver.
Deslizo la mano en el bolsillo de la chaqueta, y los dedos rozan el borde doblado del programa del funeral de Ruby. A estas alturas, el papel se ha ablandado de tanto tocarlo, y la tinta se desvanece donde mi pulgar descansa sobre su nombre.
Aunque cada palabra y cada foto están grabadas en mi memoria, lo llevo siempre conmigo. El rostro sonriente de mi hermana es mejor imagen que la que no logro sacarme de la cabeza. La de ella muriendo justo delante de mí.
Me libro del tortuoso paseo por los recuerdos de cómo maté a Ruby cuando noto que la recepcionista, Naya, me observa desde detrás del mostrador. Sonríe como si fuera política de empresa. Calidez ensayada, válida para todos.
—¿Primera vez aquí? —pregunta, con la voz calibrada para llegar solo a mis oídos, a pesar de que la sala de espera está vacía.
—¿Tan obvio es? —mantengo la voz neutra. Como si no estuviera a punto de perder los papeles. Y como si no hubiera pasado toda la noche a solas con mis nuevos mejores amigos: el Señor Tequila y mi tocayo, el señor Jack Daniels.
—O tienes demasiada prisa para leer… —señala el cartel en la pared que ignoré. El que indica que hay que presentarse ante la recepcionista—. …o eres maleducado. Te concedo el beneficio de la duda.
Esbozo una sonrisa ensayada y suave.
—Culpa mía. Lo siento. Soy Jack Knight…
Me interrumpe con un gesto.
—Te recuerdo de cuando pediste cita —dice con suavidad—. La Dra. Mortis te atenderá en breve.
Justo entonces, una mujer sale del pasillo interior con los ojos acerados y enrojecidos a la vez. Mantiene la mirada baja mientras desliza una tarjeta de crédito hacia Naya, murmurando algo que no alcanzo a oír.
Otra persona rota que sale de la consulta de la Dra. Mortis, probablemente igual de destrozada que cuando entró. Me pregunto si llegará siquiera al coche antes de que el alivio temporal de la confesión se esfume.
Esto es lo que hace Eve Mortis. Escucha, asiente y ofrece empatía ensayada en dosis de cincuenta minutos. Y la gente se marcha creyendo que le han ayudado, sin sospechar que acaba de pagar para que alguien catalogue sus heridas como otros estudian el arte.
Me pregunto si alguna vez se le vidrian los ojos mientras alguien solloza contándole la peor noche de su vida. Si archiva el trauma como si fueran recetas: una pizca de pérdida, dos de traición, remover con remordimiento.
Tras dos semanas investigándola en internet, he aprendido mucho sobre Eve Mortis. Podría recitar sus credenciales académicas, que no son moco de pavo. Según todos los archivos que he podido rastrear, Eve Mortis es un puto genio.
Se graduó del instituto a los quince años y terminó la NYU Grossman School of Medicine a los veintidós.
Lo que explica cómo consiguió la licencia para abrir su clínica con solo veintiséis.
Es la única hija del difunto Charles Mortis, que nació con el apellido Pearson pero se lo cambió para destacar más.
Sobre el papel, su linaje y sus logros la hacen intocable. Pero no me lo trago. Nadie está completamente limpio. Eve tiene cadáveres en el armario como todo el mundo. Seguiría a su padre o le preguntaría directamente si pudiera. Pero murió hace años.
Si los rumores son ciertos, lo mató el Cazador. Es una historia bonita, aunque dudo que sea verdad. Al fin y al cabo, ¿qué clase de persona retorcida le daría terapia al asesino de su padre?
Nada de eso importa hoy. Lo que he venido a descubrir es si siente algo detrás de esas paredes tan cuidadosamente construidas.
La voz de Naya me arranca de mis pensamientos.
—¿Señor Knight? La Dra. Mortis está lista para recibirle.
Me levanto y me aliso la chaqueta a medida con soltura ensayada. Mis zapatos no hacen ruido sobre la alfombra mientras sigo a Naya por el pasillo. El corredor huele distinto de la sala de espera: menos sintético, más humano.
—Las primeras sesiones suelen ser solo para conocerse —dice Naya por encima del hombro. Lo dice como si este fuera un lugar para sanar—. La Dra. Mortis es muy buena con las personas que atraviesan momentos difíciles.
—Seguro que sí —respondo, dejando que un deje de crudeza se cuele en mi voz para sugerir vulnerabilidad. Por dentro, no siento más que una ira y un odio crecientes hacia la maldita Eve Mortis.
Naya se detiene ante una puerta, llama dos veces y la abre sin esperar respuesta.
—Dra. Mortis, le presento a Jack Knight.
Se hace a un lado, y vislumbro a la mujer que podría haber salvado a mi hermana. La mujer que eligió no hacerlo. La Dra. Eve Mortis se levanta.
—Gracias, Naya —dice Eve, con un tono cálido que contrasta con su expresión profesionalmente neutra.
Mientras Naya se escabulle, Eve da un paso hacia mí.
Su cabello es igual que en el funeral: negro azabache desde la raíz hasta el hombro, donde se transforma en un llamativo rojo sangre.
Lleva un vestido de manga larga en tono nude, entallado y de cuello alto, con el dobladillo rozando justo por debajo de la rodilla.
Odio lo bien que está.
Cada detalle de su atuendo está despojado de calidez, como si fuera alérgica a que la percibieran como algo que no fuese puro control. Lo cual, la verdad, encaja con el resto de su desalmada consulta.
No hay fotos familiares ni diplomas a la vista. Ni plantas que busquen una luz solar inexistente. Solo paredes blancas, un escritorio de cristal sin nada fuera de lugar y un único cuadro de formas abstractas que no transmite más que una ambigüedad segura y estéril.
Incluso el sofá hacia el que me indica que me siente resulta poco acogedor: lo bastante firme para mantenerme alerta, lo bastante blando para sugerir comodidad sin ofrecerla.
Es una habitación diseñada para no revelar nada sobre su ocupante mientras extrae todo de quienes entran.
Perfecta para una mujer que trafica con todo el espectro de las emociones humanas.
—Por favor, póngase cómodo, Sr. Knight —dice con voz suave y calculada. Se sienta en la silla frente al sofá y cruza una pierna sobre la otra. El bloc de notas descansa en su regazo, con el bolígrafo preparado para diseccionarme.
Me hundo en el sofá y dejo que mis hombros se encorven hacia adelante lo suficiente para transmitir angustia. —Jack. Por favor, llámeme Jack.
Asiente una vez. —Jack. Debo admitir que me intriga saber por qué pidió esta cita.
No parecía contento de verme en el funeral.
—El rostro de Eve mantiene una expresión de compasión profesional, una máscara tan cuidadosamente construida como el resto de su persona—.
Lamento mucho su pérdida. ¿Está aquí para hablar de Ruby?
He ensayado esto. Qué decir. Cuánto revelar. Necesito parecer auténtico sin mostrar demasiado mis cartas. —Sí —admito con la voz cargada de emoción—. Supongo que sí.
Eve anota algo en su bloc. —Continúe.
—¿Sabía que era la menor de los tres? —pregunto con la mirada fija en un punto justo detrás de la oreja izquierda de Eve.
—¿Por qué pregunta si lo sabía? ¿Es importante para usted?
Me obligo a no apretar las manos ni la mandíbula ante su obvia evasión. —Simple curiosidad —respondo, procurando que mi tono suene lo más ligero posible.
—Hábleme de su hermana, Jack. ¿Qué clase de persona era?
—La mejor —gruño, molesto por cómo suena la pregunta, como si dudara de la clase de persona que era Ruby—. Le tocó una mano de mierda en la vida, y a cada paso, nuestro padre lo empeoraba todo. Pero era amable y cariñosa. Joder...
—Continúe —me anima con suavidad.
—Ruby también perdonaba enseguida. Incluso cuando la gente no se lo merecía.
Otra anotación. Otra inclinación ensayada de cabeza por parte de Eve. —¿Qué quiere decir con que la gente no merecía el perdón? ¿Se refiere a usted mismo?
—Quizás. —Me inclino hacia adelante con las manos entrelazadas entre las rodillas—. Debería haber sabido lo que estaba planeando... lo que había puesto en marcha. Para qué lo contrataron. Quizá si lo hubiera sabido podría haberlo detenido... pero no fue así.
El bolígrafo de Eve se detiene un instante. —Entiendo que probablemente tenga muchas preguntas sin respuesta. Pero déjeme preguntarle algo, Jack. ¿Por qué pone tanto énfasis en el qué y el por qué? Nada va a devolverle la vida a su hermana.
Inspiro con brusquedad y aparto la mirada para que no vea el odio que me arde en los ojos. —Comprender es el preludio de la aceptación —replico en voz baja—. Pero tiene razón, Eve. Probablemente nunca sabré las razones de las decisiones que tomó Ruby.
Asiente. —Es bueno que usted...
—Así que solo quedan los porqués y, lo que es más importante, la responsabilidad.
Más garabatos antes de volver a mirarme con esos ojos grises e intensos. —¿Y quién cree que es el responsable? —Cuando no respondo de inmediato, ladea ligeramente la cabeza—. Mencionó que su padre le hizo daño a Ruby. ¿Lo culpa de su muerte?
Se me escapa una risa fría. —No, él no es responsable de su muerte. De la mía, seguro, pero de la de ella no.