Epílogo
Meses después...
—¡Cuidado, hijo! —Sujeté el platito cuando Raúl dio un golpecito con la manita antes de que tirara toda su papilla al suelo. —Así se va a derramar.
— ¡Bahhh, Marrr!
—Sí, se va a derramar. No puedes.
— ¡Eh!
Me incliné hacia delante y le di un beso en la cabecita.
—¡Qué guapo! Mamá te quiere.
—Mamá...
—Señora, ¿puedo servir la cena ya? —preguntó Gertrudes, nuestra empleada.
—Esperaremos a que llegue Ramón.
—Puede servirlo. —Oí su voz grave y ronca y me giré hacia la puerta, viendo a mi marido entrar, aflojándose la corbata y dejando el maletín en el sofá.
Ella asintió con la cabeza y se alejó, dirigiéndose a la cocina.
—¿Qué tal el día? —Estiré el cuello cuando él se inclinó para darme un beso.
—Nunca imaginé que necesitaría tanto los conocimientos que adquirí en la universidad.
—Por lo que sé, la gente se gradúa en administración para lidiar con empresas, no con cárteles de la droga.
—Tienes razón. —Se rió—. Creo que me está yendo bien como hombre de la ley.
—Solo saber que no vas a acabar como mi padre me tranquiliza.
—Ni como el mío.
—Desde luego que no como el tuyo.
Por mucho que estuviera lejos de mi familia, no renunciaría a una vida tranquila lejos de los cárteles por nada del mundo.
—Ah, te ha llegado esto. —Ramón me tendió un sobre.
—¿Para mí? —Fruncí el ceño—. ¿Estás seguro?
—Tu nombre está en el destinatario.
Me limpié la mano manchada de papilla en un pañal mojado, apoyado en el respaldo de la silla, y abrí la carta, sorprendiéndome por lo que había dentro.
—¿Qué es? —Ramón se quedó intrigado al ver mi ceño fruncido.
—Una invitación de boda —balbuceé, aún sorprendida.
—¿De quién?
—De Miguel.
—¿Tu hermano se va a casar?
—Parece que sí.
Estuve dando vueltas al elegante trozo de papel entre los dedos sin reconocer el nombre de la mujer que allí figuraba. En ese instante, tuve la certeza de que estaba demasiado lejos de casa, lo suficiente como para no saber lo que estaba pasando.