Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2) Capítulo 75
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Capítulo 75

Estaba acostando a Raúl en la cuna de su habitación cuando oí los pasos de Paola y me giré a tiempo para verla acercarse.

Se me había subido el corazón a la boca y un sabor amargo me inundaba la lengua mientras ella hablaba a solas con los hermanos.

El miedo a que la convencieran de que me dejara me carcomía, a pesar de todo lo que ella había dicho delante de mí.

Más que matarme, ese sería el golpe más duro que los Velásquez podrían asestarme: arrebatarme de nuevo a mi familia.

Ese sería un dolor que no podría soportar.

Había dicho la verdad cuando afirmé que estaba dispuesto a renunciar a todo, a cambiar cualquier cosa por seguir teniendo a Paola y a Raúl. Con ellos, tras una década, mi corazón volvía a estar en paz.

—Has vuelto. —Una sonrisa se dibujó en mis labios.

—¿Pensabas que no volvería? —Se rió entre dientes.

—Sandro no quería dejarte quedarte.

—Sandro solo piensa en sí mismo. —Frunció los labios.

—Lo entiendo.

—¿Por qué? —Arqueó las cejas con aire confundido.

—Yo también fui así.

—¿De verdad? ¿Entonces ya no lo eres?

Negué con la cabeza.

—Desde que me di cuenta de que tú y Raúl sois lo más importante.

Ella sonrió y yo le puse la mano en la cara, acariciándole la mejilla con el pulgar antes de atraerla hacia mí. Mi lengua se entrelazó con la suya y encontré paz en sus labios.

—Te quiero, Paola. —Apreté los labios solo para susurrarlo.

—Yo también te quiero, Ramón.

Volví a besarla, esta vez con mucha más pasión y deseo. Nunca imaginé que una mujer llegaría a ser tan importante en mi vida como para que renunciara a todo por estar con ella. Volvía a tener una familia y estaba dispuesto a cualquier sacrificio para que siguiéramos así, felices para siempre.

Empecé a tirar de ella hacia el pasillo, rodeándole la cintura con mis manos y bajando los dedos para apretarle las nalgas.

—Raúl... —Se apartó del beso por unos instantes.

—Está durmiendo.

Le subí la falda del vestido, tocándole directamente el culo y haciéndola soltar un gemido bajo.

—Ramón... —gimió mi nombre cuando bajé con la boca por su cuello, lamiendo y mordisqueando, dejando por el camino un rastro húmedo que le puso la piel de gallina.

Abrí la puerta del dormitorio y la llevé a la cama, pero en lugar de tumbarla frente a mí, hice que cayera boca abajo sobre el colchón y, antes de que se diera la vuelta, me subí encima de ella y le inmovilicé la cintura con mis muslos.

—¡Oye! —protestó.

—Quieta...

—¿Qué vas a hacer?

No respondí, solo me incliné hacia delante, cogí la almohada, le quité la funda y la utilicé para vendarle los ojos.

Le recogí el pelo en una coleta y le mordisqueé la oreja, poniéndola de punta de pies mientras mi lengua bajaba por su nuca.