Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2) Capítulo 60
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Capítulo 60

¿Qué estoy haciendo?

Mi mente daba vueltas, llenándome de preguntas mientras me enfrentaba a la locura que había cometido. Por mucho que estuviera asustada y aún aturdida por los dolores del parto, la decisión de venir con Ramón parecía cada vez peor a medida que pasaban los minutos.

Sola con mi bebé en aquel cobertizo abandonado, sin un alma viva a la que pedir ayuda, me di cuenta de que Ramón podría habernos dejado morir y que nadie nos encontraría antes de que fuera demasiado tarde.

Mis hermanos seguramente estaban furiosos conmigo por el embarazo y la traición, pero seguían siendo mi familia y me parecía poco probable que fueran a abandonarme o hacerme daño. Nunca debería haber pensado lo contrario.

Mi bebé empezó a llorar en mis brazos y yo hacía ruidos con la boca, intentando calmarlo y sin saber realmente qué hacer. No estaba preparada para ser madre y tenía la sensación de que lo estaba haciendo todo mal.

Si mi madre estuviera conmigo...

—Todo va a salir bien —murmuré, acurrucando a mi pequeño contra mi pecho. Lo repetía intentando creerlo, pero las probabilidades parecían indicar lo contrario.

Me moví al oír unos ruidos y me giré hacia la puerta, encontrándome con Ramón entrando y dirigiéndose hacia mí.

Dejé escapar un suspiro que mezclaba alivio con sorpresa. De verdad llegué a pensar que no volvería.

—He traído agua y comida.

—Gracias.

—Pañales también. Creo que va a necesitar que se los cambie. —Dejó las bolsas de plástico sobre una mesa de madera cerca de donde yo estaba.

Asentí con la cabeza.

Cogió una botella de agua y me la tendió.

—Déjame sujetarlo yo.

—Pero...

—Todo irá bien, Paola. Es mi hijo —me aseguró al percibir el temor en mi mirada.

Aún recelosa, dejé que él sujetara al bebé y cogí la botella de agua. Tenía mucha sed y me la bebí de un trago.

Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Ramón mientras miraba al bebé y eso me pilló por sorpresa. De todo lo que se me pasaba por la cabeza, no imaginaba que se alegraría al saber que era padre.

—¿Ya le has puesto nombre?

Negué con la cabeza.

—¿Qué tal Raúl?

—¿Raúl? —Fruncí el ceño.

—Tiene cara de Raúl.

—Solo tiene cara de bebé.

—Creo que sí se parece a un Raúl.

Lo pensé un momento. Todo había pasado tan rápido que ni siquiera había tenido tiempo de parar a pensar en el nombre que le pondría a mi hijo, y la sugerencia de Ramón no me parecía tan mala.

—Está bien, que sea Raúl.

—¡Hola, Raúl! —Levantó al bebé más alto para que pudieran mirarse a los ojos—. Yo soy tu padre.

El bebé lo miró fijamente y dejó de refunfuñar, como si hubiera entendido lo que Ramón había dicho.

—Tenemos que irnos —dijo al volverse hacia mí.

—Tenemos que cambiarle el pañal antes.

—Vale.

Montamos un cambiador improvisado con trozos de tela y le quité el pañal sucio, con caca verdosa, y se lo cambié por uno limpio.

Ramón guardó las cosas en una vieja mochila que encontró mientras yo masticaba una barrita de cereales. Luego me llevó al fondo del cobertizo y tiró de una trampilla metálica que estaba escondida debajo de unos palés de madera.

—¿Qué es esto? —pregunté frunciendo el ceño.

—Un túnel.

—¿Quieres que entre ahí?

La idea me parecía cada vez peor. Era oscuro, pequeño y sofocante.

—Es un paso subterráneo bajo la frontera que nos llevará a San Diego.

—Ramón, no... —Empecé a negar con la cabeza.

—Solo son unas horas de camino.

—¿Horas? —Abrí mucho los ojos.

—Si caminamos despacio. Son dos kilómetros de túnel.

—Caminar no es lo mío.

—Yo llevaré a Raúl.

—Pero...

—Así no tendremos que pasar por el control de seguridad de la frontera.

—¿Y qué haremos después? Ni yo ni Raúl tenemos documentos.

Aquella idea parecía volverse cada vez más terrible y mi mente daba vueltas con las imágenes que se formaban.

—Yo me encargaré —aseguró Ramón.

—¿Cómo? —le pregunté de nuevo.

—Conozco a algunos falsificadores.

Negué con la cabeza. Ese tipo de gente cobraba un precio que yo no podría pagar.

—Sé que no parece la mejor opción, pero es la única forma de desaparecer.

—Ramón...

—Yo me encargaré de todo —me aseguró, extendiendo las manos para que le entregara al bebé.

Me quedé rígida, moví lentamente la cabeza de un lado a otro y observé el entorno que me rodeaba. No era como si pudiera salir corriendo fácilmente con un recién nacido y volver a la casa de mi familia. Además, estarían muy enfadados conmigo.

Aunque no era la mejor opción, ya que había llegado hasta allí, era demasiado tarde para cambiar de opinión.

Dejé que Ramón cogiera a Raúl y él bajó primero. Me mantuve en equilibrio en la pequeña escalera sin barandilla y el vértigo me dio la sensación de que iba a caerme; sin embargo, Ramón sujetó al bebé con un brazo y utilizó el otro para ayudarme.

Apenas cabíamos en el túnel, apenas de pie; no había iluminación ni señalización. Lo único era una corriente de aire que indicaba que el aire entraba por algún sitio. Parecía imposible quedarse allí más de unos minutos sin entrar en pánico.