Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

El coche se detuvo; desde el maletero, oscuro y polvoriento, podía oír el murmullo de gente hablando y, de fondo, la sirena de una ambulancia.

Esperé un poco más, pero cuando intenté abrir la tapa del maletero, vi que estaba cerrada con llave. Cogí una de las armas que había robado y disparé a la cerradura para poder salir.

Me di cuenta de que estaba en el aparcamiento del hospital, pero nadie se fijó en un hombre saliendo del maletero de uno de los coches, o si lo vieron, no les importó.

Caminé hasta la entrada de urgencias y me detuvo una mujer que parecía estar en triaje.

—¡Vaya! ¡Tienes muy mal aspecto! No estás magullado como para haberte caído de la moto, así que apuesto a que te has visto envuelto en una pelea de bar.

—Casi eso.

—Vamos a hacerte una radiografía para ver si no te has roto nada y a ponerte unos puntos.

—No he venido aquí por mí.

—Pero...

—Paola Velásquez, ¿dónde está?

—No lo sé...

—¡No me mientas! —Alcé la voz, irritado, llamando la atención de otros pacientes.

—No estoy mintiendo.

—Entonces, ¿dónde está? —Pensé en sacar el arma, pero eso solo haría que la seguridad llegara más rápido y me impidiera encontrarla.

—Te juro que no lo sé. Solo me encargo de clasificar a los pacientes que llegan; una vez que les han hecho el registro y se los lleva el equipo, no sé adónde van.

—Entonces, ¿quién lo sabe?

—Por el nombre, en recepción te podrán ayudar.

—¿Dónde está?

Ella señaló una escalera al lado de la sala.

—Arriba.

Pasé junto a ella y subí los escalones lo más rápido que pude, llegando a un bonito vestíbulo donde había un mostrador con dos empleadas.

Me acerqué a ellas y me incliné sobre la superficie de granito.

—Señor, la sala de urgencias está en la planta baja —dijo una de ellas.

—Quiero ver a Paola Velásquez.

—Entiendo que ha tenido un accidente...

—¿No ha oído lo que he dicho? —Alcé la voz—. ¿Dónde está Paola?

—¿Es usted algún familiar?

—Soy su novio —dije lo primero que se me pasó por la cabeza.

—No puedo dejarle entrar sin el permiso de la familia.

Impaciente, hice lo que no debía: cogí el arma y apunté a la cabeza de la mujer, lo que arrancó un grito de terror a la que estaba a su lado.

—O me dicen dónde está, o las mato a las dos. ¡Rápido!

Tragaron saliva y una de ellas tecleó algo en la pantalla del ordenador.

—Está en la quinta planta, en las habitaciones de la maternidad.

Por el rabillo del ojo, vi a unos guardias de seguridad acercarse por el pasillo y salí corriendo, cruzando hasta los ascensores en el otro extremo. Pulsé el botón varias veces, con la esperanza de que llegara más rápido.

Los guardias de seguridad empezaron a correr para alcanzarme antes de que llegara el ascensor.

Miré la pantalla y vi que todavía estaba en la cuarta planta.

Era poco probable que pudiera entrar antes de que me alcanzaran, así que abrí la puerta cortafuegos lateral, que daba a las escaleras.

Empecé a correr y enseguida los guardias vinieron detrás de mí.

—¡Alto! —gritó uno de ellos.

—Quédate ahí o te irá peor —añadió otro.

Sabía que no desistirían de atraparme, pero no saldría de allí antes de ver a mi hijo. Saqué el arma de nuevo y disparé contra ellos, haciéndolos retroceder y responder al fuego.

Unos disparos más, me quedé sin balas y le tiré el arma inservible a uno de ellos, distrayéndolo lo suficiente como para alcanzarlo con un disparo de otro revólver que había robado a los soldados de los Velásquez.

Como bolos, el primer guardia cayó y el segundo fue alcanzado, haciendo que ambos rodaran por las escaleras.

Me había librado de ellos, pero dudaba de que fueran los únicos en aquel enorme hospital. Además, tendría que enfrentarme a los propios Velásquez.

Vi un letrero que indicaba el tercer piso y entré, mirando de un lado a otro en el enorme pasillo blanco, pensando en una forma de pasar desapercibido.

Vi a un médico salir de una sala, ajustándose los guantes, y entré detrás de él, encontrándome con una sala de descanso donde había algunos uniformes. Me cambié a la ropa de cirujano y cogí una mascarilla y un gorro de un carrito de suministros que había en el pasillo.

—Buenos días, doctor —dijo una mujer al pasar junto a mí y yo asentí con un movimiento de cabeza.

Me dirigí al ascensor y entré tratando de transmitir tranquilidad, saludé a los demás con un movimiento de cabeza y pulsé el botón de la quinta planta.