Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

Tenía la vista borrosa y todo a mi alrededor era una completa mancha mientras recuperaba la conciencia. Me latía la cabeza como si hubiera un tambor dentro, probablemente por todos los golpes que había recibido.

Intenté moverme, pero me di cuenta de que tenía las manos esposadas a la espalda, mientras estaba sentado en una vieja silla de metal que olía a e l óxido. Oía el sonido de una gotera procedente de algún lugar, junto con el fuerte olor a polvo que me irritaba la nariz.

Parpadeé para recuperar el enfoque y me di cuenta de que estaba en una habitación sin ventanas, con una luz puntual en el centro y algunos muebles viejos, por lo que supuse que estaba en un sótano.

Me sacudí en un intento por liberarme, pero fue inútil.

—¡¿Dónde estáis?! —grité—. ¿Dónde está Paola? ¡Paola!

Mi voz parecía resonar por todo el lugar, pero tenía la sensación de que era inútil, ya que no había nadie para escucharme.

—¡Ven aquí! —exigí como si tuviera algún poder de negociación.

Me sacudí en la silla y lo único que conseguí fue oír el chirrido del metal.

Sin ninguna noción del tiempo, era imposible saber cuántos minutos u horas llevaba allí; sin embargo, había sido tiempo suficiente para que ya sintiera hambre y sed. No obstante, dudaba que a los Velásquez les importara eso.

Me moví una vez más, mirando a mi alrededor y pensando en una forma de escapar de allí.

Mi padre siempre insistía en que aprendiera a liberarme de las esposas, pero nunca pensé que fuera a ser tan útil.

«Nunca me dejaré capturar», solía decir, pero allí estaba yo, esposado a una silla y con pocas posibilidades de escapar.

—¡Joder!

No muy lejos de mí había una mesa con unos instrumentos que parecían de dentista. La extracción de muelas sin anestesia siempre había funcionado como un excelente método de tortura. Si seguía allí, pronto lo descubriría por mí mismo.

Intenté saltar con la silla, moviéndome hacia un lado hasta acercarme a la mesa.

Me incliné balanceándome hasta que conseguí coger un instrumento fino con una punta que se asemejaba a una aguja.

Lo sujeté con la boca, intentando mantener el equilibrio, pero acabó escapándose de mi boca y cayendo al suelo.

—¡Mierda!

Empecé a balancearme hasta que la silla se volcó al suelo y me mareé con otro golpe en la cabeza. Necesité unos instantes para recuperar la cordura.

Puse las piernas sobre la mesa y utilicé la estructura para girar en el suelo hasta que mis dedos tocaron la herramienta.

La giré entre las manos hasta que conseguí introducirla en el orificio de la llave.

Me costó bastante hasta que oí un chasquido y un lado de la esposas se soltó, liberando mis brazos.

Me puse de pie, aliviado por unos instantes que no duraron mucho, pues oí el sonido de la puerta y a alguien acercándose.

Volví a colocar la silla en su sitio y me senté de nuevo, moviendo las manos hacia atrás como si aún estuvieran atadas.

Sandro vino corriendo y me dio un puñetazo justo en la mandíbula que me dejó los dientes doloridos.

—¿Qué le has hecho a mi hermana, maldito?

—Te aseguro que nos lo pasamos muy bien —lo provoqué, lo que le hizo resoplar aún más de rabia.

—¿La violaste?

—Para que fuera violación, ella tenía que decir que no. —La burla seguía en mi expresión, aunque no pareciera una actitud muy inteligente.

Estaba desarmado y en inferioridad numérica, sin ninguna posibilidad contra ellos, pero jamás suplicaría por mi vida. Podría morir enseguida, sin embargo, aún mantendría un mínimo de control.

—¿La dejaste embarazada a propósito?

—¿Embarazada? —Mi expresión cambió por completo y la burla dio paso al asombro. —¿Está embarazada?

—Como si no lo supieras.

—¿Es mío?

La noticia cayó como una bomba. Había perdido a toda mi familia y tener un hijo no era algo que estuviera planeando, ni que esperara, pero fue como una señal.

Una luz...

—¿Dónde está mi hijo? —exigí.

—No sé qué pretendías con eso, pero no vas a verlo.

Los Velásquez ya me habían arrebatado a mi familia una vez, no permitiría que lo volvieran a hacer.

Sandro se inclinó hacia mí, amenazándome con la mirada, pero vi el arma en su cintura y aproveché el momento para atacar. Moví la mano rápidamente, golpeándole en la cara con la esposada que aún llevaba en uno de los brazos. Se tambaleó hacia atrás y esa fue mi oportunidad para robarle el arma.

Cuando me di cuenta de que se estaba recuperando del golpe, le di un codazo en la barbilla y lo giré, usándolo como escudo contra los dos hombres que estaban con él. Dudaron en disparar al jefe y eso fue suficiente para que yo los alcanzara y los derribara.

Sandro intentó golpearme en el estómago, pero le hice una llave de cuello, apretándole con fuerza hasta que se desmayó.

Tuve la oportunidad de matarlo más cerca que nunca, pero el hecho de que Paola hubiera tenido un hijo que podría ser mío seguía dando vueltas en mi cabeza y me tenía confundido. No pensaba en nada más que en encontrarla.

Les robé las armas a los otros dos a los que había abatido y subí corriendo las escaleras, pero me vi obligado a detenerme al oír un ruido que venía de fuera.

Miré a través de la puerta, escondiéndome tras ella, cuando otro hombre entró corriendo. Era probable que hubiera oído los disparos.

En cuanto asomó la cabeza, me abalancé sobre su cuello e intenté asfixiarlo. Se sacudió, me empujó contra la pared y acabó liberándose, pero le di una patada y el tipo rodó por las escaleras, cayendo inconsciente.

No sabía si estaba muerto, ni bajé a comprobarlo. Si quería escapar de aquella casa con vida, tendría que darme prisa.

Salí al pasillo y oí más voces que parecían venir del salón.

—Voy a ver a Paola. —La voz pertenecía a una mujer mayor, tal vez la matriarca de la familia.

—¿Cómo está, mamá? ¿Qué le ha pasado?

—Todo lo que Sandro dijo fue que está bien y que ha tenido un hijo.

—¡¿Un hijo?! —La más joven parecía en estado de shock.

Entonces Sandro no me había mentido. Paola había dado a luz a un bebé, probablemente mi hijo.

—Javier, llévame al hospital —ordenó la mujer.

—Sí, señora.

Volví por el pasillo y vi la cocina, donde había una puerta que daba a la parte trasera. Allí, una mujer lavaba los platos distraída y se llevó un gran susto al verme.

Me llevé el dedo a los labios en señal de silencio y le apunté con el arma, indicándole que la mataría si hacía cualquier ruido. En cuanto se encogió, pasé corriendo y salí por la parte de atrás.

Había tres hombres haciendo la ronda y cogí una piedra, lanzándola en dirección contraria para que fueran a ver qué pasaba y yo tuviera un hueco por donde pasar.

En cuanto llegué al garaje, vi a la madre de Paola subir a uno de los coches y a ese tal Javier sentarse en el asiento del conductor. Solo tuve unos segundos, antes de que arrancara el vehículo, para meterme en el maletero y esconderme.