Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Mi madre me acomodó en el sofá del salón y me sentí agradecida de no tener que seguir sosteniendo mis piernas temblorosas.

Alma se sentó a mi lado y empezó a acariciarme el hombro, intentando tranquilizarme con su gesto cariñoso.

Guadalupe se acercó con una bandeja y me sirvió un vaso de agua con azúcar.

—Toma, mi dulce niña.

—Gracias.

Mis dedos aún temblaban cuando extendí la mano para coger el vaso.

Di un sorbo y enseguida oí un ruido procedente de la entrada que anunciaba la llegada de mis hermanos.

—¡Paola! —gritó Sandro llamándome y mi corazón se aceleró aún más.

—¡Miguel, Sandro, estáis aquí! —Me esforcé por sonreír con los ojos hinchados de tanto llorar. —¿Estáis bien?

Los escudriñé con la mirada en busca de alguna herida, agujero de bala o corte. Su ropa parecía ligeramente sucia y estaban sudados, pero no parecían heridos.

—Estamos más preocupados por ti. —Sandro se acercó lo suficiente para ponerse delante de mí y fue su turno de escudriñarme con la mirada.

Contuve la respiración mientras él no me quitaba los ojos de encima. Me entró el pánico pensando en lo que podría estar pasando por su cabeza. Tenía algunas rozaduras, pero no eran precisamente culpa de Ramón.

—Vamos a llevarte al hospital —dijo.

—No... no... —Me estremecí—. Estoy bien.

Si algún médico se acercaba a mí, temía que descubriera que me había acostado con Ramón y que mis hermanos me mataran por eso.

—No tienes buen aspecto, Paola —señaló Alma.

—Yo... estoy bien —mentí.

La verdad era que me sentía fatal, pero mis daños no eran físicos y dudaba de que un médico pudiera ayudarme.

Solo quería cerrar los ojos y pensar que todo lo que había pasado no era más que una terrible pesadilla.

—Primero quiero saber cómo conseguiste volver aquí. —Miguel entrecerró los ojos, serio. Estaba tratando de comprender lo que había pasado y era de esperarse.

Estaba tan avergonzada que me veía incapaz de contarles la verdad. Parecía lo peor del mundo admitir que había ido a ver a Ramón por mi cuenta y había caído en su trampa. Además, después contar que, curiosamente, nuestro mayor enemigo me había mandado de vuelta.

—Me escapé. —Hinché el pecho y solté las palabras de golpe, intentando no tartamudear, pero no fue suficiente para ocultar mi mentira.

—¿Te has escapado? —repitió Miguel, incrédulo—. ¿Te has escapado?

Asentí con la cabeza.

—¿Cómo?

¡Qué mentira tan mala, idiota!

—Esperé a que no estuvieran mirando. —Acabé enredándome aún más en esa historia inverosímil.

—¿Me estás diciendo que esos tipos fueron tan imbéciles como para dejarte escapar justo delante de sus narices? —preguntó Sandro, dejando claro que mi mentira era pésima.

—Yo...

—¡Basta ya, los dos! —intervino Alma. —Paola está asustada y se merece descansar. La llevaré al dormitorio, la ayudaré a darse un baño y a acomodarse en la cama.

Suspiré aliviada cuando mi hermana se entrometió.

—Gracias —le di las gracias cuando me ayudó a levantarme y subió conmigo por las escaleras.

—Te vas a poner bien. —Siguió acariciándome.

Asentí con la cabeza, dando la razón.

No estaba segura de ello, pero era mejor no decir nada más que pudiera alarmarlos. Ya había cometido un gran error y no quería empeorar aún más la situación para mi familia.

Por suerte, Miguel y Sandro estaban bien, porque si les hubiera pasado algo, nunca me lo habría perdonado.

—Gracias —le dije una vez más a Alma cuando nos detuvimos frente a mi habitación.

—De nada. ¿Quieres que entre contigo y te ayude a bañarte? Tienes el maquillaje todo corrido.

Negué con la cabeza.

—No hace falta.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Si quieres hablar conmigo sobre lo que ha pasado.

—En otro momento. —Agarré el pomo y abrí la puerta.

—Cuando quieras. —Me dedicó una sonrisa forzada.

Asentí y entré en la habitación.

Probablemente Alma se estaba muriendo de curiosidad por saber qué me había pasado, pero sabía que no era el mejor momento para forzar la situación.

Sin embargo, eso no significaba que fuera a escapar de su insistencia para siempre.

En algún momento tendría que enfrentarme a mi hermana, pero esperaba que para entonces tuviera una historia mejor que contarle.

En cuanto se alejó lo suficiente, me deslice por la puerta y caí sentada en el suelo, llorando de nuevo.

—¡Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota!

¿Cómo me dejé llevar por lo que decía Ramón a pesar de que todo apuntaba en su contra?

¡Fui tan tonta!

No era guapa, no había nada atractivo en mí, era tan obvio que él estaba haciendo todo eso para engañarme, pero fui demasiado tonta y muy ciega, cerrando los ojos ante lo que tenía justo delante de mis narices solo para alimentar mi ego.

¡Me lo merecía!

Si Sandro y Miguel estaban bien, yo podría lidiar con mi error sola.

Era incapaz de admitir la verdad y decirles que me habían tomado el pelo. No parecía lo correcto, pero prefería dejar que creyeran en un secuestro antes que afrontar el hecho de que la culpa era mía.

Que me miraran con lástima era mucho mejor que sentir rabia hacia mí.

Quería abrir un agujero bajo mis pies y esconderme allí para siempre. Me llevó un rato reunir el valor para levantarme e ir al baño.

Me llevé un susto al ver mi imagen en el espejo. Todas las lágrimas derramadas habían convertido mi maquillaje en un desastre. Mis ojos tenían manchas oscuras, como si me hubieran golpeado. La parte blanca se había corrido por completo y parecía un personaje salido de una película de terror.

Si antes no era atractiva, en ese momento era espantosa.

Abrí el grifo y empecé a frotarme la cara con el agua helada. El maquillaje parecía haber marcado mi rostro como un tatuaje. Era como si me mereciera esa mancha por haber traicionado a mi familia.

Volví a llorar y eché un poco de jabón al agua; por fin el maquillaje pareció desvanecerse y tuve la esperanza de que, después del baño, todo pudiera salir bien.