Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

—¡Fuera! —El conductor del coche abrió la puerta y me sacó a rastras de forma patética.

Me tambaleé, a punto de caer al suelo de la calle. Desorientada, solo pude ver el coche mientras el tipo volvía al asiento del conductor y aceleraba alejándose de mí.

Di unos pasos, tardando en recuperar el equilibrio antes de poder mirar a mi alrededor.

Me froté los ojos, hinchados de tanto llorar, y parpadeé, acostumbrándome a la luz del sol hasta que logré reconocer la calle.

Me sorprendió darme cuenta de que realmente estaba en mi barrio.

En el horizonte, en dirección norte de la calle, a poco menos de un kilómetro, se alzaban los muros que rodeaban mi casa.

Respiré hondo, no sé de dónde saqué el aire, y reuní las fuerzas que me quedaban para correr hasta la entrada. En cuanto me acerqué a la verja, los hombres de la garita se movieron y uno de ellos me apuntó con un arma, y retrocedí asustada.

—¡Idiota! —otro le dio un codazo—. Esa es la señorita Paola.

—¿Pero los jefes no han ido a por ella? —Frunció el ceño, confundido.

—Déjenme... déjenme entrar —supliqué, presa del pánico y sin lágrimas que derramar.

Se movieron dentro de la garita y la pesada puerta de hierro se abrió. Ni siquiera esperé a que se abriera del todo; en cuanto consideré que había suficiente espacio para pasar, me metí por allí y volví a correr desesperada.

Normalmente pensaba en aquella casa como mi prisión eterna; sin embargo, nunca me había visto tan desesperada por volver. En ese momento, parecía el mejor lugar del mundo. Solo quería sentirme a salvo en compañía de mi familia.

Atravesé el camino y el césped de la entrada con pasos tambaleantes, como si estuviera borracha, y me pareció que tardé una eternidad en llegar a la puerta principal.

Estaba abierta y seguí por el vestíbulo hasta el salón, donde mamá estaba con un rosario en las manos y Alma caminaba de un lado a otro.

—¡Paola! —gritó mi hermana en cuanto me vio.

—¡Hija! —Mi madre dejó caer las cuentas de perlas al suelo y vino corriendo hacia mí, dándome un fuerte abrazo.

Hundí la cabeza en su pecho, como hacía cuando era niña, y volví a llorar desesperadamente. Fue como si todo el miedo y la desesperación volvieran a pesar sobre mí.

—Mamá...

—Ay, cariño. —Me acarició el pelo.

Envolví su cuerpo con los brazos y la apreté en un abrazo aún más fuerte.

—¿Dónde están Miguel y Sandro? —preguntó Alma mirando hacia la puerta.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No lo sé... —murmuré, acurrucándome aún más contra mi madre.

Puede que ya no fuera una niña pequeña, pero seguía estando muy asustada.

—¿No te han traído ellos?

Negué con la cabeza.

—¡¿Cómo?! —Alma dio un grito y yo volví a llorar.

—¡Oye! —Mi madre salió en mi defensa, conteniendo a la pequeña—. Tus hermanos volverán enseguida.

—¿Y si les ha pasado algo?

—¡Por Dios! No digas eso.

No podía dejar de llorar, ya fuera por miedo o por culpa, parecía incapaz de controlar el pánico que me dominaba.

Si algo les pasara a mis hermanos por mi culpa, nunca me lo perdonaría.