Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2)
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Prólogo
Hace doce años...
El Día de Muertos solía ser triste para el resto del mundo, pero yo había nacido en México y, desde niña, siempre había sido la época del año que más esperaba.
Disfrazarme, pintarme la cara, era increíble, además de la comida e incluso visitar los cementerios.
Mamá me ayudó a pintarme la cara con una calavera blanca y rosas rojas, que combinaban con mi vestido de falda de vuelo y lleno de encajes.
Papá estaba fuera ocupándose de sus negocios. Siempre era así y eso ni siquiera me molestaba. Miguel siempre lo acompañaba y Sandro rondaba cerca de ellos, con ganas de aprender; Alma y yo todavía éramos solo niñas, o al menos mamá se esforzaba por hacernos sentir así.
—¡Mamá, pónmelo! —Alma cogió un lacito rojo y se lo tendió.
—¡Vamos ya! —Estaba impaciente por salir. A esas horas las calles ya debían de estar llenas de gente celebrando y yo deseaba poder unirme a la fiesta lo antes posible.
—Ten un poco de paciencia, Paola, ya vamos.
Acabé asintiendo, pero corrí hacia la ventana cuando empecé a oír la música. Nuestra casa estaba alejada de la calle y tenía un gran jardín, pero el sonido era lo bastante fuerte como para que yo pudiera oírlo.
—¡Ya estamos, Paola!
—¡Genial, vamos! —Corrí, pero antes de que me acercara a la puerta, uno de los hombres de mi padre se interpuso ante mí y su expresión me obligó a retroceder.
Me quedé parada, asustada, hasta que mi madre se acercó a mí y me cogió de la mano.
—Podemos irnos, Juárez.
—Sí, señora.
El hombre se puso delante de nosotras y nos acompañó hasta el coche, donde había otro tipo.
Ya debería haberme acostumbrado a esos tipos, pero aún les tenía mucho miedo, aunque mis padres no pararan de decir que estaban ahí para protegernos. En aquella época, era demasiado joven para comprender realmente la magnitud de la lista de enemigos de mi padre.
Una vez que pasó el susto inicial, volví a animarme con la fiesta, sobre todo cuando el coche se detuvo en una de las calles paralelas donde se estaba celebrando un desfile.
La gente llevaba máscaras de calaveras y ropa muy adornada, bailando y cantando al ritmo de la fiesta.
A diferencia de mí, Alma no se emocionaba tanto con las celebraciones; de hecho, estaba muerta de miedo. En cuanto un hombre alto, con la cara pintada de negro, pasó junto a nosotras, mi hermanita se encogió, agarrándose al cuello de nuestra madre, asustada.
Vi a una vendedora de dulces y tiré de la falda de mi madre.
—Quiero calaveras de azúcar.
—Hija...
—Por favor. —Hice pucheros con expresión suplicante.
Ella respiró hondo y abrió el pequeño bolso, sacando unos pesos y entregándome el billete.
—Paola —empezó a decir, pero no oí nada más que mi nombre antes de salir corriendo y perderme entre la gente.
Estaba segura de que la vendedora se había ido en una dirección, pero en cuanto llegué allí, no la encontré.
Me detuve en medio de la multitud, mirando de un lado a otro, y no conseguí encontrarla; ni siquiera sabía ya en qué dirección estaba mi familia. Un grupo pasó a mi lado y casi me derribó, y entonces empecé a llorar.
Me froté los ojos, intentando ver mejor, pero solo se humedecieron aún más con las lágrimas y mi desesperación aumentó.
—¡Eh!
Me giré al sentir una mano firme sobre mi hombro y me encontré con un hombre alto, de piel morena y pelo negro.
—¿Dónde está tu madre, pequeña?
—No lo sé... —sollocé, volviendo a llorar.
—¿Te has perdido?
Asentí con la cabeza.
—Quería comprar calaveras de azúcar.
—Ah... —Se dio la vuelta, mirando de un lado a otro hasta que pareció encontrar a la vendedora que yo no había visto. —Espera aquí.
Asentí, conteniéndome.
El hombre se alejó y volví a sentir miedo al quedarme sola, pero enseguida regresó con tres calaveras de azúcar y me las entregó.
—Toma.
—Gracias. —Sonreí mientras mordía una de ellas.
—De nada.
—¡Paola! ¡Ay, Dios mío, Paola! —Mi madre apareció de la nada, agarrándome de la mano—. ¿Qué estabas haciendo?
—Fui a comprar la calaverita, pero me perdí y este hombre me ayudó.
—Ella... —El hombre se volvió hacia mi madre, pero adoptó una postura defensiva al verla. —Velásquez...
—Hernandes... —La expresión de mi madre me dejó desconcertada. Era como si reconociera al hombre y no le gustara.
En aquella época, no sabía quiénes eran los Hernandes ni el peligro que podían representar para mi familia.
—Vámonos, Paola. —Mi madre se marchó arrastrándome del brazo.
—Pero...
—¡Vamos!
Me esforcé por girar la cabeza y vi que sus ojos marrones me seguían. Intenté saludar con la mano para despedirme, pero era difícil con mi madre tirando de mí con tanta desesperación.
La celebración de aquel día terminó pronto, pues tan pronto como pudo, mamá nos metió en el coche de vuelta a casa, sin darme una explicación clara de lo que podía estar pasando.
Con diez años, solo pude entender que a ella no le gustaba el hombre que había sido amable conmigo y me había comprado las calaveras de azúcar.