Enemigos en el paraíso Capítulo 34 #4
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Capítulo 34 #4

Mila me estudia, con una patata frita blanda que le cuelga de los dedos, cubierta de grasa, pero no se da cuenta porque está demasiado ocupada analizándome. Encajando las piezas del puzle. Cayendo por fin en que Jasper y yo hicimos mucho más que acostarnos esta semana. Tuvimos una cita. Hablamos .

Y es verdad. Hablamos. De cosas de las que nunca esperé hablar con un tío al que supuestamente odio. Odiaba. Ya no estoy segura.

—Eran horribles juntos, Jules —dice Mila—. Cada vez que íbamos a Los Ángeles, se palpaba la tensión desde el otro lado de la habitación. Al final, lo único que hacía ella era criticarlo.

—Lo único que hago yo es criticarlo —admito.

—No, tú solo te metes con él. Es diferente. Con ella, siempre andaba pisando huevos, porque cualquier cosa era excusa para otra pelea. Estaba agotado e infeliz, y de alguna manera ella siempre conseguía que pareciera culpa de él. Cuando decidió dejarlo, todavía creía que lo era.

—Esa parte no me la contó —confieso.

—¿No te contó nada malo de su relación? —pregunta Mila, enarcando una ceja perfecta.

Puedo leer su expresión antes de que yo pregunte siquiera.

Jasper omitió muchos detalles a propósito, y en su lugar hizo lo típico de los tíos: contarme todas esas cosas que suelen decir para caerte bien.

Que su ex estaba loca, que discutían todo el tiempo y esas cosas. Asumió toda la responsabilidad él solo.

—Joder —maldigo en voz baja, y solo entonces me doy cuenta de que estoy copiando sus palabras.

Diez días. Diez días, y solo ahora me doy cuenta de lo mucho que ya forma parte de mi vida. Sus expresiones, su manera de hablar... Diez días, y ya se ha arraigado en mí.

Su voz ya está dentro de mi cabeza. No sé si alguna vez se irá.

Miro a Mila con cautela.

—¿Has estado fingiendo que lo odias todo este tiempo solo para hacerme sentir mejor?

Mila se ríe.

—No. Odio a todos los amigos de Robbie —dice—. Bueno, excepto a Tony. Pero, si lo piensas, Jasper no está tan mal. Y está buenísimo, así que todo esto tiene mucho sentido. Estoy deseando que superemos el drama y empecemos a cotillear sobre el sexo.

Se me escapa una carcajada, y ella me responde con una sonrisa pícara. Mila siendo Mila.

—¿Crees que la cagué? —pregunto, temiendo ya la respuesta.

—Un poco —dice, encogiéndose de hombros—. Nada que no se pueda arreglar. Pero eso también va por él. Todos hicimos muchas cosas de las que nos arrepentimos en esa fiesta.

Lo sé. Recuerdo la cantidad de vómito que tuve que limpiarle del vestido mientras bailaba la Macarena con los magnates de Texas.

—Creo que Fred McCall va a matar a Robbie solo para convertirte en su próxima esposa.

—Ni hablar —dice Mila, quitándole importancia con un gesto—. Soy demasiado mayor para él. La última señora McCall tenía veinticinco años cuando él pidió el divorcio.

Nos reímos juntas un momento, y luego el silencio se instala en la habitación. Mila se recuesta sobre las almohadas, con la mirada en mi maleta a medio hacer, medio desordenada.

—Espera hasta mañana, Jules, y volvemos a casa juntas.

No puedo. Tony y Cordelia se van a Tulum después de esto, y todo el mundo sabe quién ocupará los dos asientos que quedan en el jet privado de Mila.

—No puedo coger el mismo vuelo que él, Mila —digo, sin mencionar la verdadera razón.

Al fin y al cabo, hice una promesa. Da igual el drama, es una promesa que pienso cumplir.

Mila asiente y me abraza con fuerza, dándome las gracias por todo, diciéndome que me quiere unas quince veces antes de dejarme ir por fin.

Espero a que todos estén en la piscina, disfrutando de la barbacoa, con el tío Henry y Gus a cargo de la parrilla en el último evento de la semana, uno en el que no estoy en condiciones de participar.

Me cambio de ropa, organizo las maletas y paso por la habitación de enfrente para dejar mis llaves sobre la cama.

El llavero es una camiseta en miniatura de los Cincinnati Bengals, con el número 9, así que sé que lo reconocerá como mío. Solo espero que entienda por qué.

Y que lo vea como una pequeña ofrenda de paz. Al menos eso. Paz y nada más.

Solo entonces saco la tarjetita que aún guardo en el bolsillo de atrás y llamo a Guillermo.

—¡Rúlie! —exclama, con una sonrisa como si fuéramos viejos amigos—. ¿Adónde vamos?

—Al aeropuerto —respondo mientras carga mis maletas en el maletero polvoriento, que suelta un estruendo metálico de piezas que no encajan cuando cierra la tapa abollada.

Mi mente sigue aferrada al trauma, así que me veo obligada a preguntar:

—No habrá un club de striptease llamado El Aeropuerto , ¿verdad?

Guillermo echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.

—Por supuesto que lo hay. Se visten de azafatas y montan el espectáculo con mucha turbulencia .

Abro los ojos como platos. Pero él se limita a abrir la puerta del copiloto con calma —el chirrido de las bisagras me recuerda que nadie las ha engrasado desde 1990— y me hace un gesto para que suba.

—Pero no te voy a llevar allí, Rúlie . Te voy a llevar a casa.

Se me escapa una sonrisa pequeña y triste, teñida de gratitud.

—Gracias, Guillermo. De verdad que necesito ir a casa ahora.