Capítulo 28
— ¡Queso azul, cariño ! —canto a todo pulmón, después de seguir la introducción de la canción en mi piano invisible—. ¡Quizás L.A. !
Jasper gira la cabeza de golpe, con los ojos como platos. Finjo no darme cuenta. El viaje es nuestro, la carretera es nuestra, y se extiende por delante, larga y sinuosa, durante unas veinte millas más. Tengo derecho a cantar lo que me dé la gana.
Él es quien sintonizó esta emisora en el coche, que se aguante.
— Moscas bonitas, estilo loro. Te casaste con una furgoneta musical ... —continúo, llena de convicción.
—¿Qué ha sido eso, Julie? —pregunta, con el ceño fruncido, apenas moviendo los labios para no interrumpirme.
— Bailarina, tu maestro la limpió ...
—Sabes que esa no es la letra, ¿verdad?
—Claro que sí. ¿De qué hablas?
— Debes haberla visto —corrige, con tono cansado y resignado.
Pero lo ignoro, porque Elton John, mezclado con los preciosos colores del atardecer que se adueñan del cielo, solo me da ganas de vibrar, no de cantar según la versión del señor Assmann, mientras él se frota la cara con la mano.
—¡Tienes problemas de oído! —exclama, pero puedo ver la sonrisa que intenta ocultar bajo su expresión de impaciencia.
—Y tú me estás arruinando la música.
—Hablo en serio. Necesitas ir al médico.
—Mi seguro no cubre problemas de oído, Jasper. ¡Si puedo oír algo, ya voy ganando!
Abre la boca para responder, pero llega el estribillo, así que levanto los brazos, lista para la actuación de mi vida, y canto tapando su voz.
— ¡Abrázame más fuerte, pequeña bailarina! ¡Comiendo patatas fritas en la autopista !
—¡Dios mío!
Sigo cantando, fuerte y desafinada, como en mis épicas actuaciones de karaoke borracha con Mila cantando «Bleeding Love». Parece flipar con cada verso mal cantado, pero al final acaba negando con la cabeza y riéndose.
Jasper da gracias a Dios cuando termina Tiny Dancer , pero enseguida reconozco los primeros acordes de la mejor canción de todos los tiempos.
Empieza con yo , termina con lo quiero así .
Suelto un chillido de emoción.
—¡No me lo puedo creer! —golpeo el salpicadero, casi saltando del asiento—. ¡ Tienes que cantar esta!
Niega con la cabeza con la misma impaciencia fingida. Me aclaro la garganta, espero el momento justo y empiezo a cantar.
— ¡Tú eres, mi fuego ! —hago una pausa dramática—. ¡Mi único, deseo ! —rasgueo mi guitarra imaginaria—. Créeme, cuando digo ...
Jasper se ríe mientras le pongo la mano delante de la cara como si fuera un micrófono, esperando a que termine la frase.
—¡Deja de ser un aguafiestas, Jasper! —me quejo, con mi micrófono aún esperando su participación—. ¡No finjas que no te la sabes!
Como el tonto de Jasper no canta, recupero el micrófono, improviso algo de coreografía y me preparo para el estribillo.
— ¡Dime por qué ! —le acerco el micrófono otra vez.
Jasper pone los ojos en blanco.
— ¡Dime por qué ! —repito, aún más fuerte.
Nada.
— ¡Dime por qué !
Por fin se rinde y canta el siguiente verso. ¡Claro que sí! Ni siquiera Jasper Hassmann, abogado de ricos y poderosos, puede resistirse a esta obra maestra del pop. Termino el estribillo con la mano en el pecho, dándolo todo.
La música sube de intensidad, alcanzando el clímax. Sé lo que viene, así que grito: —¡Te toca, Jasper!
Canta con un poco más de emoción esta vez, como la canción exige, y su voz resuena dentro del coche sin una sola nota desafinada.
— ¡No es más que un dolor de corazón ! —cantamos juntos—. ¡No es más que un error !
—¡Ahora la batería! —grito, tocando mi batería invisible, y la sonrisa que me dedica hace que el corazón se me hinche en el pecho—. ¡Vamos, Jasper!
Esta vez me sigue el juego, y nuestras voces se van alternando en todos los « Tell me wha-ah-ah-ah-y » y los coros hasta que la canción termina, los dos riendo y sin aliento. Sé que tengo que guardar este momento como un tesoro porque estoy segura de que no volverá a pasar.
Tengo que decir que el DJ de la radio lo está clavando, porque la siguiente canción es Livin' la Vida Loca .
Abro los ojos como platos, emocionada, pero Jasper me corta de inmediato:
—¡No me mires así!
—¿Puedes cantar Backstreet Boys, pero no Ricky Martin? —me quejo—. ¿Ahí pones el límite, Jasper?
—Ni siquiera me sé la letra.
—¡Mentiroso! ¡Nos conocimos con esta canción!
Me mira con cierta suspicacia.
—¿Qué? ¿No te acuerdas?
—Me acuerdo.
—¿De verdad de verdad?
—¡Pues claro que sí! —recalca, y entrecierro los ojos—. Recuerdo que llevabas zapatillas y un vestidito blanco diminuto aunque hacía un frío que pelaba.
Esta no será ni la primera ni la última vez que Jasper comente lo diminutos que son mis vestidos. Normalmente, el comentario viene con algo sobre ropa de zorra, así que le ahorro el trabajo y termino la frase por él.
—Las tías buenas no pasan frío —es mi única respuesta.
—Y se notaba que acababas de cortarte el flequillo, porque no parabas de tocarte el pelo como si todavía te estuvieras acostumbrando a que te cayera por la cara —continúa, como si estuviera describiendo cualquier tontería.
Pero no es cualquier tontería.
Ni de lejos.
Nos miramos durante una fracción de segundo. Luego, silencio.
Un silencio tan denso que parece absorber todo el aire del coche, y pronto los dos estaremos boqueando.
Se me cierra la garganta.
Me corté el flequillo por primera vez esa mañana, hace diez años.
Hace diez años, y él se fijó.
La música sigue sonando en la radio, pero ya solo es ruido de fondo.
Hace diez años, y lo recuerda.
Jasper está rígido, concentrado en la carretera, solo su perfil serio y pensativo otra vez.
Sabe lo que ha dicho.
Sabe lo que acaba de pasar.
Quizás esté buscando qué decir ahora, o pensando en cómo justificarse, darle la vuelta al asunto, tergiversar sus propias palabras o lo que sea, pero de esta no se escapa nadie sin consecuencias.
Ni siquiera él.
¿Y yo? ¿Qué demonios se supone que hago?
Esto no es broma. No puedo reírme ni bromear ni fingir que no me revuelve todo por dentro que acabe de decir exactamente lo que llevaba puesto hace diez años.
Que se fijó lo suficiente como para notar mi mano en el pelo.
Hace diez años.
Ni siquiera me conocía.
No sabía mi nombre, no sabía quién era yo, no sabía nada de Mila, ni siquiera esperaba que pasara nada entre ella y Robbie.
No te fijas ni recuerdas estas cosas si no estás... ¡joder! No quiero pensar. No creo que pueda pensar en ello ahora mismo. Tampoco puedo pensar en otra cosa, porque el mundo parece disolverse en una neblina, y a partir de ahí, el día se me convierte en un borrón.
El final del paseo al atardecer, el momento agotador en un baño mugriento de gasolinera donde una pastilla de jabón y yo peleamos con un anillo de diamantes de Tiffany's hasta que por fin se deslizó de mi dedo y volvió a su caja azul.
El coche parándose en el garaje, Mila que viene corriendo hacia nosotros a discutir por la tarta, y la voz de Jasper respondiendo, tranquila como siempre, que debería estar agradecida de que encontrara un mecánico lo bastante bueno para arreglar el coche en tiempo récord y que su tarta llegara sana y salva en el coche adecuado.
Catrina, la wedding planner, yendo y viniendo de un lado a otro, el violinista ensayando Everything por milésima vez, la mesa enorme en la terraza con los arreglos florales y un millón de tipos de copas y cubiertos preparados para la cena.
La ducha caliente que se lleva los restos de suciedad, sudor y el agua dudosa del cenote.
Después, secarme el pelo, ponerme otro vestido rosa (esta vez uno rosa Pepto Bismol brillante con un escote en V profundo) y hacerme el mejor maquillaje posible en el menor tiempo para no llegar tarde al evento.
Y entonces el momento en que abro la puerta de mi habitación y me doy cuenta de que es justo cuando Jasper abre la suya.
Si pensaba que tenía algún control sobre mí misma o sobre lo que está pasando, aquí es donde todo se va al garete.
Estoy total y absolutamente perdida.
Cada uno con una mano en el pomo de su puerta, en lados opuestos del pasillo.
Yo, con el pelo medio recogido, el flequillo de cortina enmarcándome la cara, pendientes de madreperla en cascada que me rozan el cuello, los tirantes finos de mi vestido formando un escote profundo que hace que mis pechos se vean de escándalo.
Él, con un traje de color claro y una camisa rosa empolvado, en total contraste con el hombre de negro que entró antes en la habitación. Sin corbata, un botón desabrochado, mocasines de ante a juego con el tono exacto de la camisa que probablemente valían una fortuna.
Más Jasper , imposible.
Con estilo, elegante, que quita el aliento. Jodidamente guapo.
Como un modelo en una sesión de fotos, completamente quieto desde el momento en que me vio en la puerta. Sus ojos clavados en los míos como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
No sé si alguna vez un hombre me ha mirado así. Me habría dado cuenta. Y desde luego lo recordaría.
Está quemando todo dentro de mí. Convirtiendo mi piel y todo lo que encuentra a su paso en puro fuego.
Mi cuerpo y mi alma.
Jasper respira hondo y deja escapar un suspiro ronco que le raspa la garganta. Me derrito.
No me queda nada. Ni excusas, ni mentiras, ya ni siquiera puedo hacer eso.
Me derrito, y los muros a mi alrededor se desmoronan conmigo.
No hay nada que desee más que mi cuerpo contra el suyo y su boca sobre la mía. Una urgencia desesperada que ni siquiera me permite esperar una confirmación.
Pero cuando abro la puerta de golpe y cruzo el pasillo corriendo, su cuerpo choca contra el mío, su lengua de inmediato sobre mis labios, haciéndose hueco para invadir mi boca, su mano áspera y pesada en mi nuca, guiándome directamente hacia la habitación.
Me besa con la misma ferocidad, y parte de mí puede respirar tranquila, porque es la confirmación que necesitaba.
Me ve.
Igual que hace diez años.
Me ve. Y me desea de todos modos.
Jasper cierra la puerta detrás de nosotros mientras le bajo la chaqueta por los hombros, frenética, y me apresuro a desabrocharle los botones de la camisa con dedos temblorosos.
No es tranquilo, ni mágico, ni bonito.