Capítulo 26
Cuando salgo de detrás del biombo, con solo el bikini puesto, Jasper ya está en el agua, sumergido hasta el pecho, su cuerpo iluminado por rayos de sol difusos.
Además del pequeño rincón con la mesa y las velas, la plataforma de piedra también tiene una especie de pasarela que desciende gradualmente hacia el cenote. Empiezo a bajar despacio, con cuidado de no resbalar y caer de culo.
Ya me conoces, soy perfectamente capaz de eso.
Se me eriza el vello de la nuca cuando lo pillo mirándome. Jasper inclina la cabeza hacia un lado; sus pequeños ojos almendrados ahora casi redondos, concentrados. Se queda quieto y, por un momento, parece olvidarse de respirar.
—¿Qué haces? —pregunto, notando cómo me arden las mejillas, aunque me he plantado delante de él un montón de veces con mucho menos encima.
Aun así, nunca me había sentido tan desnuda.
Tuerce los labios ligeramente, esbozando una sonrisa discreta antes de decir:
—Estoy sacando mi foto.
¿Y cómo se supone que debo responder a eso? Ni siquiera sé por dónde empezar. Así que sigo avanzando, un pie delante del otro, hasta que toco el agua y me estremezco.
¡Joder, está helada!
Hago amago de retroceder, pero Jasper se ríe, divertido, y me tranquiliza:
—¡Ven aquí, que te caliento!
Ah, eso explica por qué fue a buscar el primer rayo de sol que pudo encontrar.
Avanzo hacia él con esfuerzo; cada centímetro que me hundo envía una descarga aguda directo al alma.
Aunque el agua me llega al pecho, Jasper está todavía más adentro, lo que significa que esto es mucho más profundo de lo que parece.
Y con toda la piedra caliza irregular que nos rodea, solo puedes imaginar la cantidad de túneles y cuevas que alguien podría explorar aquí abajo con el equipo de buceo adecuado. Bueno, equipo y mucho valor.
Algo que no tengo.
No sé si Roberto o los trabajadores que construyeron este lugar llegaron a hacerlo alguna vez.
Porque eso es lo que son los cenotes: una red de cuevas llenas de agua que pueden alcanzar hasta trescientos metros de profundidad, talladas por la erosión del suelo.
Me detengo donde el agua me llega al pecho, todavía a un metro de donde está él, pero al menos aquí llega la luz del sol y un poco de calor me recorre el cuerpo.
Entonces miro a mi alrededor.
Solo nosotros dos, en una cueva enorme, el techo a unos nueve metros de altura, el fondo Dios sabe a qué profundidad. Solo nosotros dos, en puro silencio, dentro de un lugar que parece otro universo.
Un universo donde Jasper y Julie existen juntos.
Y nada, en ninguna parte, puede interponerse. Ahora mismo, en este universo, solo existimos nosotros dos y nadie más.
Podría acostumbrarme a esto.
—Nunca imaginé nada de esto —digo, todavía asimilando la inmensidad que nos rodea.
Él entrecierra los ojos, confundido.
—Cuando te besé en la playa aquella noche, jamás habría imaginado esto.
—¿Qué imaginaste que pasaría?
Me encojo de hombros.
—Ni idea. Estaba borracha hasta el tuétano, pero desde luego no era esto. Ni cenotes secretos, ni almuerzos a la luz de las velas entre dos personas que se odian.
—Hay una diferencia entre odiar y tener el poder de volver loco a alguien —dice—. Creo que solo necesitamos un poco de terapia para controlar la ira.
—Ahí es donde deberías haberme llevado antes de llevarme a cualquier cita —le devuelvo la broma.
—No es una cita —decimos a la vez.
—Pero si lo fuera —continúa Jasper, acercándose lo suficiente para alcanzar mi hombro, su mano grande y cálida todavía mojada, tocándome con todo el cuidado del mundo—, solo recuerda todo el esmero que puse en esto, por si te entra la tentación de decir que me odias otra vez.
Aprieto los labios, fingiendo estar molesta. Como si fuera tan difícil admitir que está haciendo algo bien.
—Tendré en cuenta tu consideración.
—Además, creo que ya hemos encontrado otra actividad que nos ayuda a resolver todas nuestras diferencias, ¿verdad? —dice, aprovechando para acercarse aún más—. Deberíamos haber empezado hace mucho.
—¡Ja, en tus sueños! ¡Ni de broma te habría dado una oportunidad si no hubiera estado borracha y necesitada, Jasper!
—Odio decírtelo, pero estar borracha y necesitada no es precisamente algo raro en tu vida —dice, riéndose de su propia broma, aunque la risa no le llega a los ojos.
Tiene los labios curvados en una sonrisa divertida, pero su mirada es tranquila y serena, como el agua que nos rodea.
Extiendo la mano hacia él y deslizo los dedos desde su clavícula hasta el pequeño hueco en medio de su pecho. Contengo la respiración un momento, solo para sentir los latidos de su corazón bajo mis dedos. Constantes, fuertes. Como todo en él.
Jasper se mueve despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el momento. Una mano se posa en mi cintura, la otra sube desde mi hombro para recorrer mi mandíbula en absoluto silencio, con total calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Siento su aliento rozarme la piel, y me marea un instante. Es difícil, tan difícil, respirar con normalidad con cómo están yendo las cosas.
—¿Por qué haces esto? —pregunto en voz baja, deseando que la fase de sarcasmo y burlas haya pasado, aunque sea un momento, para que me responda con sinceridad—. ¿Es porque te di pena después de lo de ayer? Ya sabes... lo de estar desempleada y todo lo demás.
Niega con la cabeza una vez. Hacia la izquierda. Luego hacia la derecha.
—¿Entonces por qué?
—Porque quería darte un respiro de ese circo que la gente llama boda —dice en voz baja—. Y quería darte la oportunidad de olvidar todo lo que te espera en Nueva York y disfrutar sin más del tiempo que nos queda aquí.
Su mano sube desde mi mandíbula hasta mi pelo, me aparta el flequillo y desliza el pulgar sobre mi ceja, luego por el rabillo del ojo, y después me coloca un mechón suelto detrás de la oreja.
—Porque quería estar a solas contigo en un lugar donde no acabáramos desnudos.
—¿Y me dejaste en bikini? —murmuro.
—Lo hice. Pero no voy a hacerte nada aquí.
Su otra mano se desliza desde mi cintura hasta la curva de mis caderas.
—Me estás volviendo loco, y lo único que quiero es quitártelo con la boca, pero no voy a hacer nada ahora.
—¡Por supuesto que no! No en un cenote maya sagrado —bromeo.
Responde con una risa, y esta vez su dedo se desliza desde mi pelo hasta mi boca con menos delicadeza; su pulgar presiona entre mis dientes.
Muerdo la punta de su dedo y alzo la mirada para encontrarme con la suya.
—Quizá simplemente no quiero hacer nada aquí. Quizá he decidido que ya no quiero tener sexo apresurado e incómodo en sitios raros. Quizá he decidido que la próxima vez que lo hagamos, será algo más.
En lugar de sonreír como una tonta, que es lo que me muero por hacer, simplemente pongo los ojos en blanco.
—No intentes engañarme con tu charla manipuladora de abogado, Jasper.
Niega con la cabeza varias veces en movimientos cortos, con una risita frustrada. El momento ha pasado y hemos vuelto a nuestra dinámica de siempre.
—¿Por qué siempre piensas que lo que digo es charla de abogado?
—Porque siempre consigues darle la vuelta a todo a tu favor —respondo sin pensar.
—No siempre.
—¿No siempre? ¿Y qué me dices de lo de hoy con Mila?
—Bueno, iba a recogerte en el lugar de la boda y sacarte de allí mientras aún pudiera. Pero como no saliste de casa, tuve que improvisar.
Y ahora solo puedo enfadarme porque mientras yo estoy enterrada en tareas de boda y problemas personales, Jasper tiene todo el tiempo del mundo para tramar planes descabellados, encontrar cenotes secretos y simplemente... largarse cuando le da la gana.
—¿Cuándo has tenido siquiera tiempo de planear todo esto?
—Anoche. Estuviste encerrada en la habitación con Mila durante horas, y te eché de menos —dice con suavidad, y ya estoy preparando mi cara de impaciencia mientras alza la voz para ahogar mis protestas—. Me puse a pensar que quizá estabas cansada y merecías un pequeño descanso, así que hice lo mío.
—¿Hiciste lo tuyo ?
—Google, Julie. Busqué en Google. Llamé a Roberto en cuanto me desperté esta mañana.
—¿Y él simplemente dijo que sí ? ¿Así, sin más, a última hora?
—Bueno, tuve que decirle que iba a pedirte matrimonio, pero...
—¿Que hiciste qué? —lo interrumpo, en estado de shock.
—Fue una mentirijilla inofensiva. No le hará daño a nadie —se justifica.
—¿Y qué crees que dirá cuando salga de aquí sin anillo en el dedo?
Jasper ladea la cabeza y frunce el ceño como un niño pillado con las manos en la masa.
¡Oh, no! ¡No lo habrá hecho!
Parpadeo, y me cuesta una eternidad volver a abrir los ojos.
—¡Por favor, dime que no has robado el anillo de boda de Mila y Robbie para esto!
—Por supuesto que no. He traído el de Tony, estoy... —se detiene en seco.
Se me abren los ojos como platos.
¿El de Tony?
—¿Tony va a pedirle matrimonio a Cordelia? —pregunto, entre sorprendida, flipando y desesperada por el cotilleo.
Jasper respira hondo. Sabe que ha dicho demasiado. Seguro que se está torturando por ello. Nunca mete la pata, pero esta vez sí. Igual que aquella otra noche en que intentaba descubrir los secretos de Robbie.
—Todavía no —dice al fin, cediendo—. La va a llevar a Tulum después de la boda para hacerlo. Le estoy guardando el anillo hasta el final del viaje para que ella no lo encuentre.
—¡Robbie va a flipar! —exclamo. No tengo a nadie más con quien cotillear, así que Jasper tendrá que valer—. Solo llevan saliendo unos tres meses.
—Sí, pero se conocen desde hace doce años.
—¿Y qué? Nosotros nos conocemos desde hace diez. ¿Te casarías conmigo después de tres meses?
—Me casaría contigo hoy mismo, por lo visto —responde Jasper, inexpresivo. Así que sé que no va en serio, solo está hablando, una vez más, de una de sus historias inventadas.
—Y esto, ¿cuándo pensabas contármelo?
—Probablemente cinco segundos antes de la pedida para mantener la sorpresa.
Hago una mueca de enfado. Me dedica una sonrisa torcida.
—¿No dirías que sí?
—A Tony, quizá. Es un encanto, eso lo sabe todo el mundo. Pero ¿tú?
Arrugo la cara mientras finjo pensármelo.