Capítulo 25
—Hay un tipo en Yucatán que heredó un terreno familiar —Jasper por fin decide contarme adónde vamos después de una hora de camino— y decidió cavar un pozo en su patio trasero.
—¿Y entonces encontró un tesoro? —intento adivinar, porque suena demasiado conveniente.
Caribe, terrenos heredados, pozos que se cavan... todo esto grita tesoro secreto.
—Casi —dice—. Encontró un cenote.
—¿Hablas en serio?
Lo cual, sinceramente, es mejor que un tesoro.
—Un montón de gente intentó comprar la propiedad. Cadenas hoteleras, restaurantes... —continúa—. Y el tipo no quería vender ni convertir el cenote en una atracción turística. Suele mantener el lugar cerrado, pero en ocasiones especiales acepta invitados.
—¿Somos, por casualidad, los invitados de hoy?
—Somos los invitados de hoy —confirma Jasper—. También suele preparar un almuerzo tradicional yucateco para sus invitados.
—¿Almuerzo? —pongo cara de sorpresa—. ¿En nuestra no-cita?
Jasper suelta una carcajada.
Esto mejora por momentos.
—Porque esto está empezando a parecerse mucho a una cita, ¿sabes? —Aun así, niega con la cabeza—. Cenote privado. Almuerzo tradicional. Ningún tío se ha currado tanto una «no-cita» conmigo.
—Solo intento ayudarte a conocer mejor la cocina mexicana, Jules. Deberías darme las gracias.
—Conozco muy bien la cocina mexicana, muchas gracias —respondo con aires de superioridad.
Pero él me baja del pedestal sin el menor esfuerzo.
—Los burritos de Taco Bell que te zampabas después de pillar un pedo con Four Loko en la universidad no cuentan, ¿sabes?
Solo oírlo hace que me ruja el estómago, recordándome que hoy no he desayunado.
—Mataría por unos burritos de Taco Bell ahora mismo.
—Eres un monstruo —dice, ofendido.
Vamos de camino a conocer a un tipo con un cenote privado en el campo yucateco, y aquí estoy yo con antojo de Taco Bell. La verdad, hasta yo estoy un poco ofendida conmigo misma.
Jasper deja el numerito por un momento para mirar el GPS y me informa:
—Estamos cerca. Quince minutos más.
Y esos quince minutos pasan entre silencio y sarcasmo, claro, pero también con...
¿ momentos normales ? No es que el sarcasmo no sea normal entre nosotros, no es que el silencio haya dejado de ser cómodo, pero ya sabes.
Normal. Grabé un tramo especialmente bonito de la carretera.
Le pasé la botella de agua cuando me la pidió e incluso le desenrosqué el tapón.
Puse la radio y canté Madonna mientras él me juzgaba en silencio.
Así de simple. Normal.
Hasta que el coche se detiene frente a una granja rústica con una puerta de madera. De esas que tienes que bajarte del coche sí o sí para abrir.
Jasper se baja sin quejarse. Luego mete el coche y aparca al otro lado de la cerca. Antes de que pueda bajarse de nuevo, me adelanto y cierro la puerta yo misma. Y esta vez ni siquiera es por ser borde o por hacerme la independiente, es para devolverle el favor.
Dios mío, ¿qué nos está pasando?
Roberto es el dueño. Nos presenta a su mujer y a sus hijos antes de guiarnos por un camino de tierra entre los árboles, bordeado de palmeras, cactus y un montón de plantas tropicales autóctonas.
Viéndolo así, nunca lo adivinarías. Ni Roberto ni el pobre tipo que le dejó este terreno podrían haberlo imaginado. Pero aquí estamos. Bajando escalón tras escalón tallado en la piedra, ya cegados por un resplandor azul casi radioactivo incluso antes de ver el agua.
No hace falta que te diga que no hay muchos cenotes en Cincinnati, Ohio. Ni en Nueva York. Así que no estaba preparada. En absoluto. Para la belleza del lugar en el que entramos después.
Después de bajar quién sabe cuántos escalones por esa escalera tallada, estamos dentro de una cueva.
El techo es una mezcla de estalactitas de todas las formas y tamaños, y en algunas partes se funden con raíces y pequeñas ramas verdes de las plantas de arriba, que cuelgan por las grietas de la piedra.
Por esas mismas grietas se cuela la luz y cae sobre el agua de forma perfecta, haciendo que el fondo brille de dentro hacia fuera. Me quedo paralizada en los escalones, completamente atónita.
—Esto parece el plató de una película de Indiana Jones —le digo a Jasper, que está de pie detrás de mí.
E incluso él, el tipo que siempre tiene la frase perfecta preparada, no parece interesado en decir nada. Solo me sostiene la mirada, con los labios ligeramente curvados, no exactamente una sonrisa, solo... satisfecho.
No creo haber visto a Jasper con esa expresión de satisfacción tan inocente antes.
Los escalones rodean la enorme piscina cristalina y bajan hasta una plataforma de piedra protegida por una pequeña valla hecha de ramas, donde esperan una mesa redonda y dos sillas.
Como es una de las zonas más bajas de la cueva y no llega mucha luz, toda la pared está salpicada de diminutos puntos de luz amarilla cálida que, al acercarnos, descubro que son velas.
Es lo más romántico que he visto en toda mi vida.
Y es Jasper quien está haciendo todo esto.
Necesito dormir ocho horas urgentemente porque estoy casi segura de que esto es una alucinación.
Roberto termina de explicarnos todo sobre el lugar, señalando que el baño está arriba, y hace un gesto hacia un pequeño biombo plegable hecho con el mismo tipo de ramas en la esquina, donde puedo cambiarme.
Nos habla del descubrimiento del cenote y nos explica su importancia para el pueblo maya y cómo todavía se consideran sagrados hoy en día.
Nuestra conversación es una mezcla de inglés y español, y estoy bastante segura de que hace tanto hincapié en todo eso porque no quiere que follemos aquí.
También nos dice que el almuerzo estará listo en aproximadamente una hora, así que tenemos tiempo de sobra para nadar, hacer fotos y disfrutar de nuestra cita.
Miro a Jasper de inmediato, esperando que corrija a Roberto por llamar a esto una cita, pero no dice nada. Se me cae la mandíbula y me quedo así hasta que Roberto sube los escalones de vuelta a la superficie, dejándonos solos.
—¿Qué? —pregunta finalmente Jasper, pagado de sí mismo.
—Eres una caja de bombones, Jasper Hassmann —me limito a decir.
—No tengo ni idea de qué significa eso.
Está claro que no ha visto Forrest Gump en su vida, un insulto al cine mundial, pero al menos me da la oportunidad de parecer totalmente original cuando respondo:
—Nunca sabes lo que te va a tocar.
Aprieta los labios.
—¿Eso es malo?
—No.
—¿Es bueno?
—Tampoco. Es solo... —hago una pausa, buscando la palabra exacta—. Intrigante.
Esboza de inmediato una sonrisita pícara.
—¿Lo suficientemente intrigante como para que tenga suerte esta noche?
—¿Por eso estás haciendo todo esto? ¿Para tener suerte esta noche? —pregunto, arqueando las cejas.
—Por supuesto. ¿Por qué si no?
Pongo los ojos en blanco, anticipando la tontería que está a punto de soltar, porque da un paso atrás, como guardando distancia para que no le pegue.
—Siempre ha sido mi sueño tener sexo dentro de un cenote.
Cuando doy un paso adelante, levanta ambas manos a la defensiva.
—Es broma —luego da otro paso atrás—. No quiero que te arresten por estar desnuda donde no deberías. Otra vez.
Un paso más grande ahora.
Una sonrisa más grande, también.
—Además, no necesito esforzarme tanto para tener suerte contigo, Julie. Eres muy, muy fácil.
Me cuesta un poco, pero mi puño cerrado consigue impactar en su estómago. El problema es que estoy segura de que tenía los abdominales contraídos desde el principio, protegiéndose de cualquier daño.
Jasper nunca ha hecho nada sin planearlo minuciosamente.
Mi única opción es otro tipo de ataque.
—Acabas de arruinar cualquier posibilidad que tenías de tener suerte esta noche, señor.
—No, no es verdad —dice, acercándose, con sus ojos oscuros reflejando casi la luz de las velas que nos rodean.
No, no es verdad.
—¡Sí lo es!
—Hablaremos de eso más tarde —dice, con voz firme y decidida, como si yo no tuviera voz ni voto en nada de esto—. Ahora quítate la ropa y ponte algo sexy para mí.
Inhalo profundamente. Muy, muy profundamente.
—Y no intentes pegarme otra vez, sabes cuánto me gusta.
Diría que planeo apuñalarlo algún día, pero estoy bastante segura de que el muy cabrón también disfrutaría con eso.
Me quedo paralizada, observando cómo Jasper empieza a desabotonarse la camisa. Solo cuando termina se vuelve hacia mí, con la camisa abierta, el pecho subiendo y bajando lentamente con cada respiración. Sus abdominales aparecen y desaparecen mientras da otro paso hacia mí.
—Podría hacer eso, si me garantizas que vamos a ver la pirámide —digo, aprovechando el poco margen que tengo para negociar.
Eso no pasa muy a menudo, ¿sabes?
—Lo haremos, Julie. Vamos a ver la pirámide —gruñe Jasper con impaciencia—. Eres como una niña terca.
Pero ignoro sus quejas y salgo disparada detrás del biombo para cambiarme.