Capítulo 23
Tardo exactamente tres segundos en darme cuenta de que acabo de cometer un error muy, muy grande.
—Oh, Dios. Oh, Dios mío... —empiezo a caminar de un lado a otro; mis tacones repiquetean contra el suelo laminado del estrecho pasillo—. Acabo de renunciar a mi trabajo.
—Lo vi. ¡Fue increíble! —responde Jasper, como si esto fuera lo más entretenido que le ha pasado en todo el día.
Quizás lo fue.
—¡Acabo de quedarme sin trabajo y lo primero que hago es tirar el móvil al océano!
Me desplomo y me tapo la cara con las manos, haciendo todo lo posible por no echarme a llorar.
—Ahora las pobres crías de tortuga marina se lo van a tragar y se van a asfixiar porque soy una persona horrible. Eso es lo que soy.
—No es el océano —dice Jasper, aburrido—. Es la cubierta exterior.
Me quedo paralizada. Pienso. Me asomo tanto por la ventanita que medio cuerpo me queda fuera del marco. Y ahí está mi teléfono, tirado en medio de la cubierta. En el peor de los casos, la pantalla está rota. En el mejor, está tomando el sol.
Genial. Ni siquiera soy capaz de rebelarme como Dios manda.
Me inclino aún más, tan aturdida que no sé si estoy intentando estirar el brazo lo suficiente para alcanzar el teléfono o si de verdad estoy pensando en colarme entera por la ventana. Ninguna de las dos cosas es humanamente posible.
Gracias a Dios, Jasper —tres palabras que nunca pensé que juntaría— me agarra por los hombros y tira de mí hacia dentro.
—Puedes recogerlo después —dice, guiándome hacia el banco—. Siéntate un momento. Respira.
Me siento. Respiro. Sobre todo porque estoy demasiado en shock para funcionar por mí misma.
—¿Cómo te sientes?
Increíble. Como si me hubiera quitado un peso enorme de encima.
—Como alguien sin trabajo.
—Todo el mundo ha pasado por eso alguna vez. —Lo miro con los ojos entrecerrados, escéptica—. Bueno... yo no, personalmente, pero el resto del mundo, seguro.
Se me escapa una risa nerviosa e indefensa, mitad temblorosa, mitad ahogada. A estas alturas, siento que voy a llorar sí o sí.
Entonces Jasper se sienta a mi lado y se inclina hacia mí. Por un momento, olvido todo lo demás.
—Siempre he tenido trabajo porque siempre me ha encantado lo que hago. Y se me da muy bien. Pero ¿sabes qué? Tú también eres muy buena en lo tuyo, Jules. Solo que lo estabas haciendo en el sitio equivocado.
Levanto la vista y me encuentro con sus ojos. Oscuros como siempre, tan oscuros que incluso con toda la luz del barco es difícil distinguir dónde acaban los iris y dónde empiezan las pupilas. Dos pozos sin fondo de calor y consuelo.
—Sabes más de deportes que nadie que yo conozca —continúa Jasper—. Y tus entrevistas siempre están bien escritas y son divertidas...
—¿Lees mis entrevistas?
—Pues claro. —Hace una pausa, fingiendo pensárselo—. Bueno, las de Fórmula 1 y Wimbledon.
Estoy emocionalmente muerta por dentro, pero aun así me río. Es tan típico de él.
—Yo no veo deportes de plebe —bromea, haciéndose el esnob elegante que finge ser, pero su voz se suaviza cuando añade—: Lo que intento decir es que no necesitas al Sr. Kyle. Ni a All-Star Chronicles. Puedes hacerlo sola.
—¿Hacer qué, Jasper? —pregunto con una risa temblorosa—. No tengo nada. Ni dinero ni ideas. ¿Qué quieres que haga?
—Lo que quieras. ¿Montar tu propio portal de noticias? ¿Hacerte reportera de una liga de fútbol? ¿Viajar por el mundo entrevistando deportistas chiflados? Seguro que se te daría genial eso último.
La risa que se me escapa es más bien un resoplido. Porque sé que está pensando en lo que pasó con Brock Magnus. O sea... no es exactamente un cumplido. Más bien cree que soy perfectamente capaz de sembrar el caos allá donde vaya.
Nos quedamos en silencio un minuto. Jasper a mi lado, llenando todo el espacio con su sola presencia. No tiene que decir nada. Que esté aquí ya es suficiente.
Soy yo quien rompe el silencio.
—¿No es de locos que después de tantos años, lo que me ha hecho saltar al vacío haya sido un viaje a París para entrevistar a Rafael Nadal?
Arquea las cejas de golpe. Ni siquiera Jasper puede ocultar su sorpresa.
—Joder. ¿En serio?
Asiento.
—La entrevista es el sábado.
Coge aire y lo suelta despacio.
—Ya tendrás otras oportunidades de entrevistar a Nadal en París —dice Jasper, tratando de consolarme. Me río, porque sé que es mentira cochina—. Pero la boda de tu mejor amiga, que todos sabemos que está como una cabra, eso solo pasa una vez en la vida.
—Solo espero que me preste algo de dinero cuando esté oficialmente en la ruina —murmuro mientras me hundo en el banco.
Jasper me da un codazo suave.
—No necesitas a Mila, Jules. Estás en un barco lleno de ricos. Empieza a mangarte las carteras. Seguro que ni se enteran. —Le brillan los ojos con picardía—. Con la tarjeta de crédito del tío de Robbie tienes para vivir toda la vida.
El tío de Robbie es un millonario tecnológico con el pelo canoso que trabajó con Bill Gates antes de montar su propia startup y forrarse.
Es la definición de «sugar daddy en un yate».
Un viejo verde con debilidad por las mujeres que le sacan veinte años.
Por eso pregunto, medio en broma, aunque nunca se sabe:
—Entonces, ¿qué busca ahora? ¿Su cuarta esposa?
—Quinta —dice por fin.
Me encojo de hombros.
—¡Podría ser la quinta esposa!
Jasper aprieta los labios, intentando no picar el anzuelo. A juzgar por su expresión, no lo está consiguiendo.
—Para, Julie —dice Jasper negando con la cabeza, incrédulo.
—¿Estás celoso de mí y del tío de Robbie?
—Te voy a dar una bofetada —replica—. Voy a azotarte ese culo con tanta dedicación que nunca más te atreverás a soltar gilipolleces como esa solo para provocarme.
Está conteniendo una sonrisa, pero tiene la mirada salvaje y sexy, clavada en la mía. Y no me cabe duda de que cumpliría su amenaza, de no ser por el sonido de pasos acercándose, que nos hace separarnos de un salto hacia extremos opuestos del banco.
Unos tacones blancos con suelas rojas —Louboutins, obviamente— aparecen antes que el cuerpo alto y elegante que los lleva. La larga melena rubia de Mila le cae sobre los hombros como si fuera una diosa nórdica.
Nos mira. Primero a mí, luego a Jasper, los dos con cara de culpables.
—¿Qué pasa aquí?
Antes de que ninguno pueda responder, clava los ojos en Jasper.
—¿La estás torturando?
—Te juro que no —intenta él, pero Mila no le escucha.
—Porque como lo estés haciendo, le pido a Robbie que te tire por la borda.
Estoy demasiado hecha polvo emocionalmente para fingir nada.
—Tranquila, Mila. De hecho, estaba siendo de ayuda.
—¿De ayuda? —repite mi amiga, con los brazos cruzados, totalmente hostil—. No me lo trago.
Da un paso hacia él.
—¿A qué estás jugando?
Jasper pone los ojos en blanco. En lugar de responder, se levanta, se estira la camisa y anuncia, sin mirarnos a ninguna de las dos:
—Vale, me largo.
Se me encoge el corazón cuando las yemas de sus dedos me rozan el muslo al pasar.
Sé que Mila es mi mejor amiga y la quiero con todo mi corazón. Pero ahora mismo, cada célula de mi cuerpo la odia. Porque lo único que quería era quedarme con él un poco más.
Lo cual no tiene ningún sentido.
Los dos estamos vestidos de pies a cabeza.
—¿No ibas al baño? —pregunto mientras se dirige hacia las escaleras. Medio esperando que se quede, medio intentando distraer a Mila... sinceramente, ya ni lo sé.
Jasper da un golpe con la palma en la viga de arriba, como comprobando que no se va a dar en la cabeza; el ruido hace que Mila pegue un bote.
—No he venido buscando un baño, Julia —dice con naturalidad.
Y desaparece escaleras arriba.
Siento una calidez en el pecho. Salvaje, ardiente, abrumadora. Si fuera cualquier otro momento, pensaría que solo intenta sacarme de quicio.
Pero no es eso.
Incluso sin mirarme. Incluso equivocándose con mi nombre... creo que una parte de él también odia a Mila ahora mismo.
—Le pedí al capitán que escondiera las botellas de champán en el camarote —refunfuña Mila—. Él y esos payasos que Robbie llama amigos están convirtiendo mi sesión de fotos en una fiesta de borrachos.
Puede que Jasper de verdad estuviera buscando champán.
Puede que simplemente esté perdiendo la cabeza, con el corazón desbocado por un hombre que ni siquiera sabe pronunciar mi nombre.
Solo entonces, solo después de decir eso, después de que Jasper se convierte en un recuerdo supuestamente desagradable para las dos, me mira bien y por fin pregunta:
—Ahora cuéntame: ¿qué ha pasado?
Exhalo, agotada.
—No te preocupes, Mila. Está solucionado.
No lo está. Pero ¿sinceramente? No queda nada que solucionar. Excepto, quizás, recuperar el móvil de la cubierta y bloquear para siempre las llamadas del Sr. Kyle.
—¿Cómo no me voy a preocupar? ¡Eres mi puta favorita! Y también mi mejor amiga, ¿verdad, zorra?
Mila será una princesa de la Quinta Avenida, pero Dios mío, suelta tacos como un camionero.
—He dimitido —digo.
—¿Que has hecho qué?
—¿Por qué hay cobertura en medio del océano, Mila? —pregunto, empezando a descontrolarme otra vez.
La voz de Jasper resuena en mi cabeza: Respira.
Y lo hago. Aunque él no esté aquí.
—No me parece bien. El sol abrasa, el barco se mueve demasiado... estas condiciones pueden hacer que una persona haga cosas terribles de las que se arrepentirá el resto de su vida.
—¿Te arrepientes? —pregunta de golpe.
Y una mierda me arrepiento.
Pero aquí, en el mundo real, necesito un momento para pensar y elegir la respuesta correcta.
—No lo sé. Me encanta escribir, Mila. Me encantan los deportes, me encanta entrevistar a los atletas. Pero no me encantaba eso .
Y con eso me refiero a: un trabajo de mierda con sueldo mínimo que aguanté seis años hasta que decidí que ya estaba bien.
—Pero ahora... ahora no tengo ni idea de qué voy a hacer.
Mila me regala una sonrisa soñadora y fantasiosa, con los ojos brillantes como si acabara de descubrir todos los secretos del universo.
—Lo que quieras —dice—. Esa es la gracia, Jules. Ahora que eres libre, puedes hacer lo que te dé la gana.
—Eso mismo dijo Jasper.
Suelta un grito ahogado, realmente sorprendida.
—¡Dios mío! De verdad estaba siendo amable.
—Creo que le dio una insolación —digo, riendo por lo bajo.
Pero noto un regusto amargo. Porque Jasper tendrá la reputación que tiene, pero no es exactamente lo que parece.
Es servicial.
Es detallista.
Es , por el amor de Dios… es cariñoso.
Por un segundo, quiero contárselo todo.
Cada detalle desde la noche en que acabé en el calabozo con Brock Magnus y Jasper vino a sacarme.
Quiero contarle cómo me pidió que inventara una historia sobre una deuda inexistente para aclarar aquel lío de las trampas y no arruinar la sorpresa de Robbie, aunque eso empeorara su propia reputación.
Quiero contarle todas las formas en que me besa.
Cómo sonríe cuando cree que nadie lo mira. Cómo su voz se vuelve dulce y ronca a la vez. O lo que se siente al estar en sus brazos en esos escasos momentos en que pierde el control.
Pero lo único que veo es el caos que vendría después. Lo que pasaría cuando este viaje termine. Cuando todos volvamos a casa y ese enorme secreto a voces siga ensombreciándonos para siempre, recordándole a todos que, en su día, Jasper y Julie se acostaron juntos.
Nunca volveremos a ser lo que éramos antes, lo sé.
Y será horrible. Eso también lo sé.
Fingir que no pasó nada, fingir que nada cambió, fingir que no recordamos lo bueno… lo increíblemente bueno que fue.
Ya es bastante malo así, no necesitamos espectadores.
Y esa es la única razón por la que me quedo callada.