Capítulo 17
Durante los siguientes quince minutos, eso es exactamente lo que pasa.
El vapor nos envuelve, las manos de Jasper recorren cada centímetro de mi cuerpo, me cubren de jabón y calor y algo más que ni siquiera puedo nombrar.
Una euforia vertiginosa que me hace sentir como si estuviera soñando.
Me lava el pelo y luego me besa —con fuerza, casi enfadado— después de que le moldeo la espuma en una cresta ridícula. Y después de todo eso, vuelve a besarme y no para. No hasta que ya estamos en el dormitorio, en la cama, todavía húmedos de la ducha, y él está dentro de mí.
Es lento esta vez. Tranquilo. Suave de una manera que no se parece en nada a la locura de anoche.
Pero, como te dije, esto no es bueno.
Es un problema.
Cada vez que hace esto… Cada vez que está tranquilo, y me besa con calma, y me toca con calma, empiezo a pensar que somos completamente conscientes de lo que estamos haciendo.
Si no nos estamos arrancando la ropa como animales salvajes, entonces estamos conscientes. Plenamente capaces de elegir.
Y aun así elegimos esto .
Elegimos ducharnos juntos.
Elegimos quedarnos dormidos juntos bajo un edredón cálido a media tarde.
Él y yo.
Y, siendo honesta, eso no tiene ningún sentido.
Tiene aún menos sentido ahora que me despierto con la voz de Mila, seguida de una serie de golpes en una puerta. Porque si no puedo explicarme nada de esto a mí misma, ¿cómo se supone que voy a explicárselo a ella ?
Me incorporo de golpe y despierto a Jasper con el movimiento repentino. Abre los ojos y se mueve bajo las sábanas, medio dormido. Las cortinas están cerradas, el aire acondicionado zumba, y llevo puesta una de sus camisetas porque mi ropa sigue en el baño, donde la dejamos antes de ducharnos.
No hay absolutamente ninguna manera de explicar esto.
—¡Mila está llamando a mi puerta! —susurro, el pánico estrangulándome las palabras en la garganta.
Jasper se incorpora de inmediato, el edredón cae hacia atrás y lo deja a la vista solo con su ropa interior. Bóxers negros. Bajos. Muy, muy bajos.
¡Dios, es que no puedo ni pensar en lo sexy que es este hombre!
Pero cada vez me cuesta más no pensar en ello, con lo mucho que lo he visto así últimamente, así que ahora su cuerpo está prácticamente grabado a fuego en mi mente.
Podría trazar cada detalle sin siquiera mirar.
Los músculos, el vello, la pequeña peca en el borde de su nariz, la cicatriz en su hombro derecho que he besado, mordido y visto subir y bajar más veces de las que puedo contar.
Entonces Mila llama de nuevo, y salgo de mi ensoñación cachonda, gracias a Dios.
Corro hacia el baño para escapar por donde entramos, pero alguien debió de entrar mientras estábamos dormidos, porque la puerta está cerrada desde dentro.
Mierda.
Vuelvo corriendo al centro de la habitación, susurrando con el mismo pánico de antes:
—¡Tienes que hacer algo antes de que abra mi puerta y se dé cuenta de que no estoy ahí!
Jasper solo asiente, impaciente, haciéndome señas para que me esconda detrás de su puerta. Así puede abrirla sin que Mila me vea.
Camina pesadamente hacia la puerta, con pasos fuertes y el ceño fruncido, y prácticamente arranca el pomo cuando lo gira. Su voz sale áspera, mitad furia, mitad resaca:
—¿Qué demonios pasa, Camila?
Que alguien le dé un Óscar a este hombre.
—¡Estoy intentando hablar con Julie! —responde ella de inmediato.
—¿Necesitas despertar a toda la casa para eso?
—¡Son las cinco de la tarde, Jasper!
—Bueno, tal vez esté agotada después de cuidar a un montón de borrachos anoche.
Definitivamente no estaba cuidando a nadie.
Estaba peor que todos ellos juntos. Pero entiendo lo que pretende.
—Tal vez necesitaba dormir después de quedarse despierta hasta las cuatro de la mañana poniéndote hielo en el ojo morado que tú te ganaste por empezar una pelea por el guacamole.
Mila se desinfla. Puedo verla a través de la pequeña rendija entre la puerta y el marco.
Que alguien reclute a este hombre para la guerra también. No sé qué están esperando.
—¡Tal vez esté muerta! —espeta—. Si hay un Dios, ¡que esté muerta!
—¡Eres despreciable! —le grita Mila.
—¡Lo sé! Y lo último que quiere este hombre despreciable es oíros a ti y a Julie charlando fuera de mi puerta. Así que vuelve de donde viniste, mándale un mensaje, como haría una persona normal, y espera a que responda. ¡Tengo una resaca de cojones!
Mila resopla. Pone los ojos en blanco. Revisa su teléfono. Resopla de nuevo.
Claramente está decidiendo entre llamarme —encontrará mi teléfono en el baño, lo cual no es ideal, pero cualquier cosa es mejor que esto— y llamar a gritos a Robbie.
Y como Jasper sigue sosteniendo la puerta con la misma expresión aterradora de antes, Mila resopla una última vez y se va hacia las escaleras pisando fuerte, como una niña pequeña haciendo pucheros.
Solo cuando está fuera de vista cierra la puerta de un portazo, lo suficientemente fuerte como para asustarla un poco más.
¿Yo? Me estoy riendo como una idiota.
El hombre literalmente dijo que esperaba que estuviera muerta, y aquí estoy, encantada de la vida.
—¿De qué te ríes? —gruñe—. ¿Crees que estoy bromeando?
Asiento con una sonrisita presumida, y de repente vuelvo a reírme.
Ambos debemos estar locos, porque cuando reacciona a mi risa, Jasper suelta un gruñido grave y ronco que le vibra en el pecho y me acelera el corazón.
—Eres un problema —dice mientras se acerca y me acorrala contra la pared.
—¿Yo?
Asiente con los ojos clavados en los míos.
—La peor clase de problema.
—¿Por qué?
Apoya una mano en la pared junto a mí. La otra me sube por el muslo, se cuela bajo el dobladillo de la camiseta — su camiseta— y se detiene en mi cintura.
—Porque eres el tipo de problema del que no sé si quiero librarme.
Por fuera, consigo mantener la compostura.
Por dentro, estoy a punto de explotar, porque las mariposas del estómago se me han multiplicado hasta convertirse en un caos absoluto que me recorre el pecho, el centro, todo el cuerpo.
Me siento como un cable pelado envuelto en alas de mariposa, o algo así.
—Tendrás que deshacerte de mí igualmente —digo.
Quizás yo también merezca un Óscar.
—¿Ah, sí? —Jasper me desliza la mano de la cintura a la cadera, justo donde estaría el elástico de mi ropa interior si llevara alguna.
No llevo. Solo su camiseta. Nada más.
—Sí —digo—. Cuando este viaje termine y todo vuelva a la normalidad.
Las palabras son serias, pero mi tono es pura provocación.
En parte porque no quiero soltar sentimientos inesperados y arruinar el momento.
No toca llorar por el futuro, toca disfrutar el presente.
Y un poco de provocación siempre nos lleva exactamente adonde quiero.
A nuestras sesiones de besos brutalmente buenas y salvajes, vamos.
—Esto es solo un rollo de vacaciones, al fin y al cabo. No podemos seguir así para siempre, ¿sabes?
—Sigue así —murmura con una sonrisa frustrada—. Sigue mirándome con esa carita de niña malcriada. Sigue mirándome así y verás lo que pasa. Te llevo a casa, te ato en mi habitación y no te dejo salir nunca.
Y aquí estoy, riéndome otra vez.
—Jasper Hassmann, eso es literalmente un secuestro.
—¿Y a quién te vas a quejar, Julie? Ni siquiera podrás hablar con mi polla bien metida en tu dulce coño todo el rato.
Me desliza la mano de la cadera al culo y me aprieta con fuerza. No protesto.
Suspiro. Un sonido largo e indefenso que deja muy claro que tiene razón. Si no puedo protestar cuando me tiene la mano en el culo, imagínate si está haciendo algo más.
Su otra mano me agarra la cara con ese toque brusco y nada delicado que tanto ansío, y Jasper se inclina para besarme.
Lento. Húmedo. Firme.
Y además de la imagen de su cuerpo desnudo, hay algo más que se me está grabando a fuego en el cerebro: sus besos. Ya los conozco todos.
Este es de despedida.
Se aparta y me deja espacio para irme. Cuando no me muevo, sonríe con suficiencia.
—Vete. Antes de que cambie de opinión y te ate aquí mismo.
—Puedes atarme luego si quieres —digo, y por fin encuentro fuerzas para despegarme de él y salir corriendo hacia la puerta.
No sin antes recibir un azote en el culo (por suerte en la nalga sin moretones) y oírle decir:
—Pervertida loca.