Enemigos en el paraíso Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

Lianne resopla ante el comentario y se aleja hacia el camarero a por otra copa. Todas hacen lo mismo. Beber y charlar sin el más mínimo interés en mis problemas financieros.

La verdad, es comprensible. Hablar de dinero, Julie. En una despedida de soltera, mientras tíos buenos con tabletas de chocolate siguen sirviendo cócteles sin parar. ¿Por qué les iba a importar?

—Una puerta se cierra, otra se abre —añade.

¿Se suponía que esto me iba a ayudar de alguna manera?

—Pero tú eres quien decide cuándo es el momento de cerrar la primera puerta para abrir la siguiente. Tú eres quien debe descubrir qué hay al otro lado.

Como no tengo ni la más remota idea de qué hay al otro lado de nada, vuelvo a llenarme la taza de té con la esperanza de averiguarlo.

Claridad mental o lo que sea.

Claro. ¿Por qué no?

—Bueno, ¡muchas gracias, Madame Ximena! Voy a por su dinero —digo, mientras empiezo a levantarme de la silla.

Hasta que la oigo preguntar: —¿Hay algo más que te preocupe, querida?

Me quedo paralizada donde estoy, incapaz de levantarme e ir a ningún sitio.

¡Esa bruja astuta!

Mi cuerpo dice que no, pero mi mente sigue haciéndose la misma pregunta una y otra vez. Se la lleva haciendo desde que llegué a casa después de que me arrestaran con Brock Magnus.

¿Qué demonios pasó con Jasper?

Como si pudiera oír la maldita pregunta en mi cabeza, Madame Ximena saca otra carta y la coloca con delicadeza sobre la tela morada.

Es la jodida Suma Sacerdotisa.

Me mira de inmediato. Luego gira la cabeza hacia Suzi, que está en la barra dando un sorbo especialmente largo a su Margarita.

Pase lo que pase, solo rezo para que esta mujer mantenga la boca cerrada y no destruya los míseros restos de dignidad que aún me quedan.

Eso es lo que creo que está haciendo mi cara ahora mismo. Suplicándole que no diga nada. Y quizá me oye, quizá el universo se lo dice, porque hay un brillo en sus ojos mientras aprieta los labios emocionada y saca otra carta.

—La Rueda de la Fortuna. —Luego viene el Sol. Sonríe—. Se acerca algo muy bueno para ti, querida.

No se me acerca absolutamente nada. Ni bueno ni malo. Ni aquí ni en ningún sitio.

O sea, ¿el mejor orgasmo de toda mi vida con un idiota integral puede contar realmente como algo bueno?

Por lo visto, para Madame Ximena, sí.

—No deberías desperdiciarlo.

Me quedo sin palabras. Completamente sin palabras.

No tengo ni idea de qué demonios está hablando esta mujer.

—Los vientos están cambiando y la rueda está girando… este momento podría ser el punto de inflexión para ti y para él —continúa, tan críptica como siempre.

—¿Él? —Mila, que obviamente solo ha pillado la última palabra, aparece de repente de dondequiera que se hubiera metido mientras Madame Ximena hablaba de mi carrera—. ¿He oído un «él» ? ¿De quién habla, zorra?

—Ni idea —respondo, aunque mis ojos siguen clavados en Madame Ximena, desafiándola a decir algo más para poder asesinarla aquí mismo en medio del salón sin el menor remordimiento—. Creo que tus cartas están confundidas.

—Las cartas nunca se confunden, querida. Sienten el universo. Lo que existe entre líneas, no lo que todos creemos ver. Pero si aún dudas… —dice, sacando otra carta junto a las demás—. Debes abrirte a las posibilidades antes de que sea demasiado tarde.

—¡Necesito palabras de verdad, Madame Ximena! Deje de hablarme como una galleta de la fortuna.

—Los caminos están alineados… pero los caminos son como planetas y estrellas, querida. Solo se cruzan de vez en cuando, y luego cada uno sigue su propio viaje.

Si ese ha sido su intento de aclarar las cosas, definitivamente necesito más té.

Ni siquiera tengo que pedirlo, porque enseguida me ofrece: —¿Por qué no tomas un poco más de té para ordenar tus pensamientos, querida?

Bebo el té.

—¡Julie! ¿Podrías ser un poco más romántica? Te está diciendo que vas a conocer al amor de tu vida, ¿y esa es tu reacción?

Bebo más té.

—Oh, no, querida. No estoy diciendo eso. Estoy diciendo que ya lo ha conocido.

Me echo a la boca lo que queda en la taza y me lo trago de un golpe. Todo el salón estalla en chillidos emocionados. Mila está casi dando saltos a mi lado.

—Esto es una anciana vestida de bruja en una despedida de soltera en México, Mila. Cálmate.

La siguiente carta es el Caballero de Bastos. Madame Ximena parece entenderla perfectamente porque me lanza una mirada cómplice antes de añadir: —Él te ve, querida.

—¿Y qué? ¿Acaso es ciego? —pregunto, completamente harta de todo esto.

—Ve quién eres en realidad. Y cree en ti más de lo que tú crees en ti misma.

—Bueno, desde luego no es el Sr. Kyle —bromea Mila antes de reírse de su propia gracia.

Y no sé cómo, pero incluso después de que la risa se apaga, sigue resonando en mi cabeza. Como un disco de vinilo girando bajo el dedo de alguien.

Lo mismo pasa cuando oigo la voz lejana de Lianne pidiendo: —¡Otro mojito, cariño!

Su voz suena lenta y pesada ahora, y sus brazos se mueven igual. Lentos como olas. Lentos como si estuviera bajo el agua.

Como si toda la casa estuviera sumergida, y las olas hicieran titilar la luz del sol sobre nuestras cabezas, porque ahora todos estamos bajo el agua.

¡Dios mío, estoy total y catastróficamente colocada!