Capítulo 11
Me despierto con los ojos azules de Lianne Carnegie clavados en mi alma.
Parpadeo lentamente y, a medida que las formas a mi alrededor se vuelven más nítidas, distingo otros rostros junto al suyo, formando un semicírculo sobre mi cabeza: Mila, su padre y Abby, la tía de Robbie, con su cara de bótox esforzándose por parecer tan sorprendida como realmente está.
Empiezo a moverme despacio y, en cuanto lo hago, toda la habitación comienza a dar vueltas. Dios, ¿qué hago en el salón? ¿Y por qué me mira todo el mundo? ¿Y por qué tengo algo viscoso pegado en el pelo?
Levanto la mano y mis dedos vuelven con un pegote de… ¿pasta?
Tortellini . Mi cerebro me lo confirma, y al instante me asaltan fogonazos de un cuenco de tortellini en mis manos y la lengua de Jasper Hassmann en mi boca.
Levanto los ojos de golpe para recorrer la habitación con la mirada, y lo único que consigo es un dolor punzante justo en medio de la frente.
—Buenos días, Bella Durmiente —dice Mila, con esa sonrisa traviesa destinada a atormentarme—. ¿Has dormido bien?
Consigo sentarme con gran esfuerzo y acabo dando una patada a algo duro y ruidoso en el suelo. Tortellini , me dice el cerebro otra vez. Y entonces los recuerdos más absurdos vuelven a asaltarme.
Dejo escapar un gemido ronco mientras me inclino para recoger el cuenco de tortellini del suelo, a punto de vomitar.
No sé si es por el alcohol. O simplemente por los breves recuerdos de todo lo que pasó anoche, que van encajando como un puzle para explicar dónde estaba, qué hice y cómo acabé en el sofá de la villa con la familia de Mila y la tía de Robbie mirándome con toda la curiosidad del mundo.
—¿Dónde te metiste anoche? —canturrea Mila, con una ceja levantada mientras sigue evaluando mi deplorable estado.
—Sí, Julie, ¿dónde te metiste anoche? —pregunta una voz desde la encimera de la cocina, y el estómago se me retuerce, el cuerpo se me estremece y los fogonazos en mi cabeza se enredan tanto que no distingo qué fue real y qué fueron alucinaciones de borrachera.
Me froto los ojos y me paso la mano por la cara, y enseguida me llega el olor a queso y salsa blanca de otro trozo de pasta pegado a la mejilla.
Evalúo los rostros que me miran: gente feliz y saludable que parece no haber tenido resaca en su vida, en bikinis y pareos, con la piel bronceada y las mejillas sonrosadas.
No llevo reloj, no sé dónde está el móvil ni el bolso, pero por la luz brillante que ilumina la piscina y el jardín, calculo que probablemente sea la hora de nuestra visita guiada a Chichén Itzá, con las pirámides, los cenotes y todas las ruinas históricas de la civilización maya.
El estómago se me retuerce. La visita fue idea mía. Reservé la furgoneta, esperé meses este momento, y ahora estoy demasiado resacosa para levantarme del sofá.
En un intento desesperado por recuperar el control de mi cuerpo, y de mi dignidad, miro hacia Jasper, aparentemente ocupado cortando naranjas en la isla de la cocina, y por fin respondo a la pregunta:
—Primero: no es asunto tuyo.
Luego me vuelvo hacia Mila.
—Segundo: te lo cuento, pero antes voy a necesitar una aspirina.
—¡Robbie! —grita Mila, y la cabeza me empieza a palpitar, lo que me obliga a presionarme la frente con la mano como si el cerebro quisiera salírseme y tuviera que empujarlo de vuelta a su sitio—. ¡Robbie, tráele una aspirina a Julie!
Robbie llega corriendo de vete tú a saber dónde y sube las escaleras como un torbellino, eficiente y obediente como solo él sabe serlo.
Jasper aprovecha el silencio y pone la primera mitad de una naranja en el exprimidor. El motor me suena como un martillo neumático en la cabeza, y solo puedo gemir un poco más fuerte.
—¿Por qué está él aquí? —me quejo a Mila, suplicándole con la mirada que haga algo.
—Porque quiero saber qué pasó —responde el hijo de puta, que aparta la naranja del exprimidor para detener el ruido y añade—: Y el señor y la señora Carnegie también, ¿verdad, Lianne?
¡Argh! Solo un idiota sin vergüenza llamaría a la madre de alguien por su nombre de pila como si fueran viejos amigos.
Me rasco la cabeza y, como la señora Carnegie se limita a asentir, empiezo a organizar la información en mi mente lo suficiente para decir:
—Bebí más de la cuenta en la cata y acabé en la playa con Brock Magnus.
—¿Y luego? —pregunta el Sr. Carnegie, y ya noto las mejillas ardiéndome de vergüenza.
Se me da fatal mentir. Fatal. En este momento, desearía tener aunque fuera un poco de la astucia de Jasper para salir de esta, pero nada.
Las mejillas me arden, los labios me tiemblan y confieso:
—Y luego nadamos desnudos en la playa.
—¿Qué más? —Lianne Carnegie retoma el hilo.
A estas alturas, me concentro en ocultar al menos algunas verdades en lugar de inventarme una mentira.
—Nada, solo nadamos.
—¿En serio? —pregunta Jasper, con los ojos llenos de provocación clavados en los míos—. ¿No hiciste nada más desnuda anoche?
—Solo nadamos —repito entre dientes, deseando más que nada tener fuerzas para levantarme del sofá, ir hasta la encimera y estrangularlo.
—¿Y después? —se suma Mila.
Me froto la cara otra vez, ganando tiempo. Esta vez consigo inventarme una pequeña mentira.
—Creo que me desmayé en su limusina.
—¿Y él no te… hizo arrumacos? —pregunta la tía Abby, ligeramente decepcionada de que no tenga información más jugosa.
—Sí, Julie, ¿no hubo nadie haciéndote arrumacos anoche? —se cerciora de preguntar Jasper.
Por suerte, Robbie ya ha vuelto y Mila ya le está gritando otra vez, como siempre que está harta de Jasper y no quiere lidiar con él directamente, así que le dice a Robbie que se encargue.
Y Robbie… pobre Robbie, ya tan acostumbrado a esto aunque acaba de llegar, sin saber qué ha pasado, solo dice, con cara seria:
—¡Venga ya, tío!
Jasper se encoge de hombros. Luego vuelve a presionar la naranja contra el exprimidor.
Gimo por el ruido, pero la aspirina que me da Robbie me da fuerzas para levantarme e ir a la cocina a por agua, en lugar de pedirle a alguno de los curiosos que me observan que me traiga un poco.
Por supuesto, cada movimiento requiere un esfuerzo colosal. Y, por supuesto, camino hacia la cocina como una zombi. Dios mío, ¡estoy toda escocida!
Hago un esfuerzo aún mayor para caminar derecha, pero…
¡maldición! Mila se dará cuenta, ¿verdad?
Mila siempre sabe cómo me han ido los encuentros con solo mirarme a la mañana siguiente.
Y lo que sí puedo decir es que… hace mucho, mucho tiempo que no me despierto con las consecuencias de la noche anterior marcadas en el cuerpo.
Así que, por supuesto, se dará cuenta y me preguntará qué hice anoche. No podré mentir porque soy una mentirosa pésima, y se enterará de todo.
Y entonces quedaré marcada para siempre como la borracha desesperada que se acostó con Jasper Hassmann. En una escalera vieja, en la playa, en plena noche… y por lo visto la cosa se desmadró más de la cuenta, porque ahora estoy escocida.
En este momento, lo único que puedo agradecer es tener resaca, y que Mila piense que estoy así por eso, y no… ya sabes, por el tamaño de cierta polla, o por la caña que me haya podido dar o no en algún momento.
Mila no se da cuenta, pero, por supuesto, el imbécil de Jasper tiene que abrir la boca.
—¿Estás bien, Julie? Andas un poco raro.
Voy directa al armario a coger un vaso, ignorándolo por completo.
Desde aquí puedo oír su voz, pero con el ruido del exprimidor, dudo que los demás la hayan oído.
Cojo el vaso, voy a la nevera, saco una botella tan fría que está sudando. Se me hace la boca agua. Quiero esa agua no solo en la garganta, sino en todo el cuerpo.
El exprimidor se detiene, Jasper cambia la naranja, y aprovecho el ruido para decir:
—Te odio.
—Lo sé —dice, tan tranquilo. Luego fuerza el motor un poco más para terminar—. Todavía tengo los mordiscos en el hombro que no me dejan olvidarlo.
Siento una mezcla de náuseas y ansiedad que me indica cómo estoy. Solo sé que no estoy en condiciones de ir a ninguna parte hoy.
Además, a medida que voy despejándome, saliendo poco a poco de la niebla de la resaca y volviendo a la realidad, empiezo a recordar todo lo que aún tengo que hacer.
Y todo lo que debería haber hecho anoche si no hubiera acabado en una comisaría, bebiendo tequila con un grupo de australianos en chanclas.
—¿Qué hora es? —pregunto a nadie en particular, mientras saco una pastilla del blíster y me la meto en la boca. Por si acaso, hago lo mismo con otra. Solo entonces me las trago con un sorbo de agua.
—Las nueve —dice Robbie con una sonrisita—. La furgoneta debería estar al llegar.
—No sé si puedo ir —murmuro. Me apoyo en la encimera mientras el agua me cae en el estómago y hago un esfuerzo enorme por no devolverla.
—¡Julie! —protesta Mila al instante.
—Me está matando la cabeza —gimoteo—. Y aún tengo que escribir el artículo de la entrevista para el Sr. Kyle antes de que acabe el día, y Jasper y yo todavía tenemos que preparar todos los paquetes de bienvenida para los invitados.
El exprimidor se para.
—Perdona, ¿que Jasper y yo tenemos que hacer qué? —salta él de inmediato.
—Los paquetes de bienvenida para los invitados —repito. No sé si conseguiré hacer nada de esto, pero si no voy a la excursión, al menos tengo que intentarlo—. Tienen que estar listos para mañana y no hemos hecho nada aún.
—Pero…
—Deberíamos haber empezado anoche. Te envié el planning por correo.
Que, por supuesto, seguramente ni se ha molestado en abrir.
—¡No es culpa mía que te bebieras una licorería entera con un luchador de la WWE anoche!
Y luego acabamos detenidos y tuvimos sexo en la playa , se olvida de añadir, por suerte.
—Tuve que probar los productos para elegir las mejores opciones —respondo, más alto de lo que debería, y la cabeza me empieza a latir otra vez.
Miro el blíster de aspirinas, tentada de tomarme otra, pensando que si me paso con la dosis al menos tendré un problema menos en la vida.
Ese problema me devuelve la mirada cargada de reproche, así que pregunto:
—Y tú, ¿qué estabas haciendo anoche, por cierto?
—Yo no estaba emborrachándome como una universitaria en el Spring Break, eso seguro —responde Jasper. Se gira para abrir el armario y sacar las copas de champán—. ¿Podemos dejarlo para mañana?
¿Ni siquiera se ha molestado en leer nada, NADA, del planning que le envié?
—¡La despedida de soltero es mañana!
—Pero yo quiero ver los cenotes —protesta.
Como si yo quisiera quedarme en esta casa, con resaca, preparando regalitos de fiesta. Y menos con él. No quiero hacer nada con él. Nada de nada.
Pero hay doscientas bolsas de regalo y aún tengo que escribir el artículo. No podría con todo esto ni aunque no tuviera resaca.
—¡Yo también quiero ir, Jasper! Pero no estamos aquí para pasárnoslo bien, estamos aquí para cumplir con unas obligaciones muy importantes y muy concretas.
Él deja las copas de golpe sobre la encimera de mármol.
—¿De qué estás hablando? Estamos en Cancún. Este sitio entero existe para pasarlo bien —dice. Levanta la vista hacia mi amiga—. ¿Verdad, Camila?
Sé lo que Mila va a decir incluso antes de que abra la boca. Algo del tipo «que Jasper no le joda la boda», pero con palabras mucho más educadas.
—Por supuesto que viniste aquí a divertirte, Jasper —dice, con una elegante sonrisa de socialité—, pero esta es la semana más importante en la vida de tu mejor amigo. No serás tan egoísta como para dejarte llevar por los placeres y olvidarte de tus responsabilidades, ¿verdad?
—¡Joder! —maldice.
Yo solo me encojo de hombros, inocente, completamente segura de que esto no es culpa mía.
—Lo siento, tío —dice Robbie, justo en el momento en que Mila lo mira, indicándole sin palabras que controle a su amigo otra vez.
—¡Maldita sea, Julie! —aprovecha Jasper para decir también. Y pasa junto a mí hacia la nevera para sacar una botella de champán.
Luego golpea la botella con más fuerza que las copas.
—Bien, pero me pasaré el día bebiendo mis mimosas de consuelo —dice. Quita el papel dorado de la botella y empieza a desenroscar el bozal de alambre del corcho, quejándose un poco más—. Y la próxima vez, ¿podrías no quedarte dormida con la cara en un plato de pasta y comerte la maldita comida?
De inmediato me asaltan flashes de él diciéndome exactamente lo mismo anoche. Y nuevos flashes de su boca contra la mía un segundo antes.
Mi cuerpo se estremece, el corazón me salta en el pecho, y por alguna razón, sus ojos se demoran en los míos más de lo habitual, lo que me hace preguntarme si está recordando lo mismo.
Pero no puedo pensar mucho, porque al instante siguiente la botella se abre con un estallido, el estómago se me revuelve de inmediato con el olor del alcohol, casi me hace vomitar, y toso entre arcadas. Jasper, mientras tanto, se ríe a carcajadas de mi sufrimiento.
—Supongo que hoy no querrás ninguna mimosa de consuelo, ¿verdad, Julia ?
Lo único que me consolaría hoy sería que alguien me diera un buen golpe en la cabeza y me tirara al mar. Si no me muero, al menos olvidaría las últimas veinticuatro horas. Nada más.
Mi cerebro va un poco más lento de lo habitual, así que todavía estoy buscando las palabras para responder cuando oímos un claxon fuera, y todos se giran a mirar.
En el porche, el resto de la familia de Mila y Robbie empieza a levantarse, a recoger bolsas, botellas de agua y todo el equipaje para ponerse en marcha.
Dejo escapar un suspiro de decepción al darme cuenta de que no voy con ellos.
Mi único consuelo es que ahora la atención está en el coche de fuera y en los preparativos, y a nadie le importa ni mi persona, ni mi resaca, ni lo que pueda o no haber hecho anoche.
Jasper permanece a mi lado, despreocupado, midiendo meticulosamente la cantidad exacta de zumo de naranja en su copa para dejar la mitad del espacio para el champán.
—¿Se lo dijiste a alguien? —pregunto casi en un susurro, aprovechando que no hay nadie cerca.
Pero él solo se queda ahí, vertiendo lentamente el champán en la copa para que la espuma no se desborde.
—¿Por qué iba a hacerlo? —responde distraído—. Parecería que estoy orgulloso de ello.
Abro los ojos de par en par, se me desencaja la mandíbula.
—¡Tú estabas sobrio, Jasper! Yo estaba completamente borracha, así que tengo una buena excusa. Pero tú... ¿cuál es la tuya?
Me mira como sorprendido de que siquiera pregunte, pero baja la voz con cuidado, por si acaso, y responde con un susurro suave, ronco y profundo que me transporta a cuando me susurraba al oído mientras se corría.
—Estabas completamente desnuda, en una playa desierta a las tres de la mañana, retándome a follarte. No le debo explicaciones a nadie. Además, Jules, no he estado sobrio del todo desde que crucé las puertas de la sala VIP del JFK.
Amnesia, te lo digo. Lo único que quería hoy —y quizá el resto de mi vida— era un poco de amnesia.