Capítulo 8 #3
—Tony Soprano —responde al instante, recordándome que esto es la vida real, no HBO, y que hay temas mucho más importantes de los que hablar. Y no pierde tiempo en ir al grano—: Entonces, ¿qué fue eso de hoy? ¿Un trío que acabó mal?
Me atraganto. Más que nada porque la pregunta me pilla desprevenida, no porque la idea sea totalmente absurda. Yo misma pensé algo parecido.
—¿Perdona?
—Cuando llegué, vi a He-Man en la comisaría con las manos en el culo de una morena alta.
Frunzo el ceño, confundida. Estoy borracha, pero recuerdo perfectamente haber llamado a Jasper después de que su elegante abogado sacara a Brock y Paloma.
—¿Los viste?
—Sí. Estaban esperando una limusina porque el tipo se negó a irse en otra cosa —explica Jasper. Luego hace una pausa, piensa y añade—: Tiene sentido. No puedes follar en el asiento trasero de un coche normal cuando eres de ese tamaño. Y menos si en algún momento se planteó un trío.
—No hubo ningún trío en ningún momento. Estaba trabajando.
Me lanza una mirada de reojo, con un brillo malicioso en los ojos.
—¿Trabajando?
Quiero explicarle que necesitaba hacer varias cosas a la vez y por eso invité a Brock a la bodega, para hacer la entrevista y la cata al mismo tiempo, pero Jasper no se merece la explicación.
Así que le doy la versión resumida: —Brock Magnus El Destructor es un bebedor excelente con un talento sobrehumano para emborrachar a los demás... y las cosas se fueron de las manos.
La sonrisa se ensancha. No dice nada, pero sé lo que significa. Pura provocación.
—¡No me mires así!
—No te estoy mirando de ninguna forma.
—¡Sí que lo haces! Me estás poniendo esa cara de superioridad que siempre me pones cuando me emborracho y hago alguna estupidez.
—Eso no es justo —protesta Jasper, ofendido de verdad—. Me encanta cuando te emborrachas y haces el ridículo. Hace que mi vida parezca mucho menos patética.
Hijo de puta.
—Cuando coges un micrófono de karaoke cutre y empiezas con tu «Keep bleeding, keep-keep bleeding love» , me siento el tío con más éxito del mundo.
Se me cae la mandíbula.
No por el insulto. Sino porque... El tono. La entonación. Cómo las palabras sonaron bien de verdad.
¡Jasper Hassmann sabe cantar!
Quiero oírlo otra vez, pero él preferiría morirse antes que darme el gusto, así que me conformo con preguntar: —¿Sabes cantar?
Se encoge de hombros como si nada.
—¿Por qué nunca te he oído cantar?
—¿Por qué ibas a hacerlo? No soy cantante.
Mi voz es el equivalente auditivo de un mapache agonizando, ¿y él resulta que tiene buena voz? Típico. Típico de este idiota desperdiciar un don increíble solo porque no puede sacarle dinero.
—¿Y qué? No necesitas ser profesional para disfrutar cantando. O practicando un deporte. O bailando. ¿Por qué no cantas?
—Porque me recuerda a mi madre antes de que muriera.
Su voz se vuelve suave y de pronto cargada, y el corazón se me cae a los pies del arrepentimiento.
—Dios mío, lo siento mucho, no quería...
Entonces me detengo. Pienso. Me doy cuenta.
¡Maldita sea!
¡A estas alturas ya ni siquiera sé a quién odio más: a él o a mí misma! Sé que bebí demasiado, pero vamos, ¿cómo coño me la ha vuelto a colar?
—¿Por qué sigues haciendo eso?
Jasper sigue actuando como si no hubiera hecho nada. Cero emoción en la cara del Sr. Robot.
—¿Por qué sigues creyéndotelo? Esa es la verdadera pregunta.
—Porque eres un mentiroso de campeonato.
—Por supuesto. Por eso tengo un título de derecho de Stanford.
Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me hago un esguince. Si tuviera un dólar por cada vez que Jasper menciona ese maldito diploma, estaría en la limusina de Brock Magnus bebiendo champán ahora mismo.
—¡Deja de matar a tu madre, Jasper!
—Oye, se lo merecía. Se pasó toda mi vida diciendo: «Me vas a echar de menos cuando me haya ido» o «No voy a estar aquí para siempre, ¿sabes?» .
Me río. Mi madre dice las mismas cosas.
— «¡Ni siquiera sabes freír un huevo! ¿Qué vas a hacer cuando me muera mañana?» —digo imitando la voz de mi madre.
« ¡Un día ya no estaré aquí y entonces me valorarás! » —dramatiza él.
Y ahora los dos nos estamos riendo. Él se ríe, no con su habitual resoplido de fastidio, sino con una risa auténtica, relajada, y no sé qué hacer.
Durante diez años, todo lo que aprendí de Jasper fue a perfeccionar mis réplicas para nuestras discusiones. No tengo protocolo para esto.
No sé qué hacer cuando se comporta como un ser humano.
Mi risa se apaga primero. La suya, con ella. Solo quedan las olas y nuestros pasos en la arena.
Aquí no existe nada más, solo las luces tenues de los barcos en el mar Caribe, el resplandor de las piscinas del resort a nuestra espalda, la orilla bañada por la luna extendiéndose sin fin, salpicada de torretas de socorrista y techos de paja.
Jasper exhala, con las manos en los bolsillos, tranquilo, distraído, la mirada perdida en la oscuridad.
No, el paseo no me está despejando.
En absoluto.
Es exactamente lo mismo que sentía cuando me metía chupitos con los australianos: confusión, euforia y borrachera total.
Porque estoy aquí, analizando a este hijo de puta bajo la luz de la luna, y nunca lo había visto tan guapo.