Capítulo 8
—¿Qué hiciste? —se burla Jasper desde el otro lado de los barrotes.
Por supuesto que está disfrutando cada segundo de esto.
—No es asunto tuyo —respondo automáticamente, ignorando el vuelco que me da el corazón cuando lo veo entrar y me doy cuenta de que, aunque odio toda esta situación, por fin estoy a salvo.
Ni siquiera pestañea.
—Pues vale —dice, despreocupado como siempre, y hace además de darse la vuelta.
Mierda.
—¡No! ¡No! ¡Espera! —suelto antes de que pueda dar un solo paso.
No puedo quedarme aquí sola. No puedo pasar el resto de la noche en un calabozo de México.
Este cabrón es el único abogado que conozco, lo que significa que no me queda más remedio que aceptar que, como mi abogado, necesita saber la verdad. Y, seguramente, todos los detalles.
Jasper se detiene y ladea la cabeza hacia mí, dándome una oportunidad más para explicarme.
Respiro hondo, aprieto los labios e intento suavizar las palabras mientras le cuento lo que pasó: —Estaba nadando con Brock Magnus y la chica que vende vinos delante de un resort… y un grupo de ancianas.
—¿Y?
—Y… —vacilo—. Y estábamos un poco… indecentes de ropa.
—¿Un poco indecentes? —repite.
Vale. No hay forma de endulzar esto, así que me lanzo a la piscina: —Desnudos, Jasper. Estábamos nadando desnudos.
Jasper parpadea. Cero reacción en sus ojos oscuros. Luego vuelve a parpadear.
Dios mío, ¿hay alguna forma más lenta de morir?
Le hace un breve gesto con la cabeza al guardia que está a un par de metros y dice: —Puedes dejarla salir.
—¿Perdona? —entrecierro los ojos. ¿Pueden dejarme salir? ¿Así, sin más?
Jasper se encoge de hombros, pasándose la lengua por el labio inferior mientras intenta —y fracasa— ocultar una sonrisa maliciosa.
—Ah, ya pagué tu fianza. Solo tenía curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Curiosidad por saber qué historia te inventarías para no tener que admitir lo que pasó de verdad. Nunca pensé que dirías la verdad.
¿Podría haber mentido?
Miro a Jasper atónita mientras el guardia empieza a gritar en una mezcla de inglés y español, ordenando a todos que retrocedan para poder abrir la reja.
En cuanto salgo de la celda, me invade una sensación de libertad que no había sentido en toda mi vida.
Claro, fue un delito menor, y probablemente no habría pasado mucho tiempo encerrada, pero tienes que entender que, a pesar de algunas decisiones cuestionables en mi vida que prefiero no recordar, nunca había llegado a este punto.
Nunca me habían arrestado. Nunca había necesitado un abogado.
Ni siquiera conozco a un abogado aparte de Jasper Hassmann.
Y tampoco tenía su número. Me negué —y todavía me niego— a tener su nombre en mis contactos, así que tuve que rogarle al jefe de la comisaría que buscara en Google su bufete en Nueva York y llamara a la línea de la oficina.
Jasper defiende a un montón de ricachones sospechosos, por supuesto que tiene una línea de emergencias las veinticuatro horas.
Ni siquiera fue él, fue su asistente quien dijo que se encargaría.
Lo cual probablemente sea lo mejor, porque estoy casi segura de que si hubiera llamado a su número personal a estas horas, me habría colgado.
Comparado con el abogado de Brock Magnus, Jasper es prácticamente…
informal. Pantalones de vestir caqui que se nota que están hechos a medida solo por cómo le sientan en las caderas, y una camisa azul marino por fuera del pantalón, con las mangas remangadas y dos botones desabrochados.
Lleva el pelo un poco más corto y, a pesar de que le dije que no necesitaba hacer nada, estaba completamente equivocada, porque también se ha recortado la barba, y ahora su mandíbula parece imposiblemente afilada, como si alguien la hubiera tallado con precisión arquitectónica.
Dios. Todavía estoy borracha.
—¡Firma aquí, chiquitita ! —espeta el jefe, sacándome de mis ensoñaciones con Jasper.
Cierto. El papeleo.
Firmo en todos los lugares donde hay una X y le paso el formulario a Jasper. Coge el bolígrafo y empieza a firmar también. El reloj caro en su muñeca, la mano grande y firme que sujeta el bolígrafo…
Sí. Todavía muy borracha.
El jefe sella mi liberación y murmura: —La próxima vez ponte un bikini, chiquitita .
Oigo a Jasper atragantarse con la risa a mi lado, pero ya voy camino de la salida a toda velocidad antes de que ninguno de los dos pueda decir nada más.
Solo cuando llegamos a la acera reúno por fin el valor para mirarlo de nuevo, sobre todo porque he recorrido el aparcamiento con la mirada y ninguno de los coches de alquiler de los Carnegie está aquí.
—¿Dónde está el coche?
—En casa —responde, distraído. Abro los ojos como platos, pero a él no parece importarle. —Son quince minutos andando. He venido a pie.
Típico.
Típico comportamiento de Assman.
¿Qué parte de esto es una emergencia , estoy borracha , estoy agotada , llevo la ropa mojada y he pasado ocho horas en una celda no entiende?
Encontraría la manera de joder algo, ¿verdad?
—¿Por qué demonios no cogiste uno de los coches?
—Porque, Julie —dice Jasper lentamente, pellizcándose el puente de la nariz—, me desperté en mitad de la noche con una llamada de mi asistente diciéndome que estabas en la cárcel.
Supuse que no te haría mucha gracia que encendiera un motor en el garaje y despertara a toda la casa.
Porque, sinceramente, si esto fuera algo que quisieras que los demás supieran, habrías llamado a Mila, no a mí.
Por mucho que lo odie, él... tiene algo de razón.
Mila habría sufrido un infarto solo de imaginarme haciendo algo tan irresponsable como para que me arrestaran la semana de su boda.
O me mataría. Lo que ocurriera primero.
Pero ambas opciones serían igual de malas, ya que en ambos escenarios no podría llevar a cabo mi lista de tareas de dama de honor de kilómetro y medio, así que un infarto parece lo más probable, dado que ese no lo podría controlar.
Miro mis pobres pies, apretados dentro de los tacones de aguja que elegí esta mañana para reunirme con Brock Magnus en la bodega (cuando todavía pensaba que era un atleta civilizado).
Estaban bien mientras estaba sentada en la celda, pero ha sido un día muy, muy largo, y ya ni siquiera el alcohol puede adormecer el dolor.
—¡No puedo caminar quince minutos con estos tacones! —me quejo, sin saber siquiera qué espero que haga.
Como era de esperar, solo me mira como si no entendiera el problema.
—Pues quítatelos.
—¡No voy a caminar descalza por la calle, Jasper!
—Acabas de pasar la noche en una celda de borrachos en México. ¿Ahora te pones exquisita?
Una vez más, no se equivoca, pero hay límites.
Que me arrestaran por nadar desnuda con un luchador de la WWE y una vendedora de tequila, y que luego tuviera que llamar al ser humano más insufrible del planeta para que pagara mi fianza, no significa que vaya a rendirme a la decadencia total.
—¿No podemos pedir un Uber? —sugiero.
No es que sepa ya dónde está mi teléfono, ni si alguna vez arreglé mi problema de roaming internacional.
—Puedes, claro. A esta hora, en la zona hotelera, lejos del centro, quizá consigas que alguien te recoja antes del amanecer —dice, completamente desinteresado, como si ni siquiera estuviera intentando provocarme. Luego se da la vuelta y anuncia sus propios planes—: Yo me voy a la cama.
Maldito cabrón.
—¿Podríamos al menos caminar por la playa? —propongo.
Me mira como si estuviera loca.
Bueno, nunca dije que fuera una buena idea.
—¿A las tres de la mañana? ¿Por una playa oscura y desierta? ¿Con un cartel de neón sobre nuestras cabezas que grite «turistas estúpidos»?
Como es un engreído testarudo y yo estoy bastante borracha como para dejarle dictar los términos de esta conversación, me limito a decir:
—Como quieras, Assman. Te veo en la casa.
Ni siquiera parece un plan tan malo. La comisaría de policía turística está en la zona de resorts, solo dos manzanas separan la enorme laguna Nichupté del océano.
Solo tengo que andar un poco para llegar a la playa y los resorts, y luego seguir por la orilla hasta la piscina infinita de la villa que alquiló Mila.
Ni siquiera tengo que volver al Callejón Desnudo. Puedo colarme por la puerta de madera junto a la terraza.
Así de simple.
Pero Jasper se gira del todo hacia mí y pone los ojos en blanco.
—No voy a dejarte caminar sola por la playa a estas horas.
Lo cual es lo último que esperaba que dijera.
—¿Por qué no? Es una de las pocas oportunidades que tendrás de que me secuestren y desaparezca para siempre.
Hace una pausa. Se lo piensa.
Al cabo de unos segundos, suspira:
—Mila no va a cancelar su boda solo porque hayas desaparecido. Seguirá adelante y me convertirá a mí en su nuevo esclavo. Y eso no lo queremos, ¿verdad?
—Eres un cabrón —le escupo.
En lugar de negarlo, aprieta los labios y asiente.
Luego respira hondo, pone los ojos en blanco y gruñe.
—Quítate los malditos zapatos, Julie. Iremos por la playa —mira sus propios zapatos de vestir impecables y vuelve a gruñir—. Dios, cómo te odio.
Sonrío.
—Gracias.
Y por primera vez, lo digo en serio.
No es que a él le importe. Se limita a hacer un gesto desdeñoso con la mano.
—Da igual. Quizá la brisa del mar te despeje al menos un poco.
—¡ No estoy borracha! ¿Cómo te atreves? —protesto.
—Hueles a borracha —dice. Luego me estudia—. Tu pelo parece borracho. Tu cara parece borracha. ¿Puedes mantenerte sobre una sola pierna?
Me sostengo sobre la pierna izquierda solo para fastidiarlo, luego extiendo los brazos y hago una reverencia ante mis aplausos imaginarios.
Jasper no parece impresionado.
—¿Puedes recitar el abecedario al revés?
—No puedo hacer eso ni estando sobria, y mucho menos... —digo, y él ya está sonriendo antes de que termine.
Porque con eso ya admití que no estoy sobria, y eso le da la razón.
Y a Jasper le encanta que le den la razón.