Enemigos en el paraíso Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Por extraño que parezca, todos, incluso en nuestra patética condición, intentamos ignorar los gritos que vienen del fondo de la celda, donde un grupo de australianos con bañadores de canguros discuten por una garrafa de cinco galones que aparentemente es el «Trofeo de Tequila» y debe vaciarse antes de que acabe el día.

—Un pequeño malentendido que los tuvo nadando con las olas…

—continúa el jefe, imitando el tono poético de Brock con un sarcasmo que rezuma por todos lados—, frente al complejo turístico más concurrido de la ciudad.

Un pequeño malentendido en el que el gigante salió del agua sin calzoncillos y decidió secarse los bajos al viento haciéndolos girar como una lavadora.

—Era un helicóptero —corrige Brock.

Agacho la cabeza para ocultar mi vergüenza. Y sobre todo para bloquear el recuerdo. Pero es más fuerte que yo, y ahora la repetición mental del helicopolla (o como lo llamara Brock al principio) viene completa con las caras horrorizadas de simpáticas ancianitas y niños llorando.

¡Brock Magnus está completamente loco!

—Y las señoritas… las señoritas no actuaron muy diferente, claro que no . No tenían bikinis, ¿verdad?

Bueno, Paloma sí tenía uno. Que debió de perderse en algún momento.

—¿Alguna vez ha intentado nadar con una falda de tubo y una blusa de seda, señor? No es lo más prácti... —empiezo, pero en cuanto me doy cuenta de que es el alcohol el que habla, mi voz se va haciendo cada vez más aguda hasta que la última palabra sale como un susurro aterrorizado—: ...co.

El jefe me ignora por completo y garabatea algo en su libreta.

Los australianos llegan a algún tipo de acuerdo y uno de ellos se pone a aplaudir.

El tipo de la cresta azul le responde con palmas al ritmo de We Will Rock You .

La mujer de la corona de flores se despierta y se pone a cantar.

Brock mira a Paloma con una sonrisa llena de lujuria y picardía.

Y entonces los dos empiezan a morrearse como si no hubiera nadie alrededor.

Santa Madre de Dios.

Miro al jefe con una desesperación sin precedentes.

Su reloj marca cerca de medianoche. Llevamos aquí horas con la excusa de que tenemos que espabilarnos.

Le mandé un mensaje a Mila usando el Wi-Fi del calabozo antes de salir. Solo puse: MISIÓN CUMPLIDA. RUMBO A LA PLAYA CON brOCK MAGNUS, EL DESTRUCTOR.

No sabe nada de Paloma. Ni del arresto. Seguramente piensa que me estoy tirando a un luchador de la WWE ahora mismo.

—¿Hay alguna posibilidad —le pregunto al jefe, poniendo mi mejor cara de cachorrito abandonado— de que podamos salir de aquí esta noche?

—¿Ya estás sobria, chiquitita ?

—Totalmente sobria —miento.

—Puedes llamar a tu abogado si estás sobria.

¿Llamar a mi qué?

Mierda.

—¿Mi abogado? —No tengo abogado—. Pero si solo estábamos... —intento de nuevo.

Imágenes del helicopolla de Brock me asaltan la mente y me callo de golpe.

—Tienes que firmar los papeles y pagar la fianza, corazón .

Miro a Brock, que tiene la lengua metida hasta la campanilla de Paloma.

—¿Ellos también?

—No, chiquitita . El abogado del luchador ya está fuera intentando distraer a la prensa antes de sacarlo.

¡Mierda!

—¿Y ella? —pregunto, señalando el trocito de cara de Paloma que asoma bajo la manaza de Brock.

—¡Ah, Lomita! —el jefe suelta una risa despectiva—. Lomita siempre anda por aquí. Tiene los mejores tequilas de todo Cancún.

Tiene razón. Es guapa, despreocupada, y tiene un almacén de alcohol a su entera disposición. Nadie quiere arrestar a Lomita. Pero entonces… mierda.

—¿Entonces solo yo? —pregunto, todavía sin creérmelo.

—¡Solo tú, chiquitita !

Estoy en Cancún. Borracha. Empapada. A punto de pasar la noche en el calabozo si no se me ocurre algo.

La lógica me ofrece una solución rápida y práctica. Pero mis emociones se niegan a aceptarla.

No. No voy a hacer esto. No puedo.

Mi última esperanza es que el abogado de Brock me saque también, pero cuando el hombre por fin entra —traje impecable, reloj que vale más que toda mi casa— sé que estoy jodida.

¡Seguramente ni siquiera tengo dinero para la fianza! Desde luego, no tengo para pagarle a un tipo como ese.

Paloma me planta un beso sonoro en la boca para despedirse y se aparta para que Brock pueda darme un abrazo de oso. Me dice lo bien que se lo ha pasado hoy y que deberíamos repetirlo algún día.

No me pregunta si estoy bien. No me pregunta si necesito ayuda para salir. Supongo que a un luchador millonario no se le pasa por la cabeza que no todo el mundo tiene abogados de guardia, listos para coger un avión en cualquier momento y arreglarte la vida.

Suspiro, exhausta, y me dejo caer de nuevo en el duro banco. Los australianos vuelven a discutir.

No voy a hacerlo.

El tipo del mohicano azul se levanta y viene hacia mí.

—¡La luna lame el viento, y en el pecho, un lamento! —proclama dramático, con el dedo índice en alto como si estuviera dando una conferencia.

No voy a hacerlo.

—Las burbujas escuchan, la arena escribe, los peces susurran… pero el mar, el mar nunca miente. Pinta el destino con el agua de las corrientes. ¿Destino? El destino es una coma en el poema de la marea, chica desnuda.

Vuelvo a suspirar.

Me froto los ojos, completamente exhausta.

Mierda. Voy a hacerlo, ¿verdad?