Enemigos en el paraíso Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Obviamente no es un arma de verdad. Es un cuchillo de untar. El que él estaba usando para cortar las limas. Punta redondeada. Un insulto a los cuchillos de verdad, pero es todo lo que tengo para cometer mi homicidio en este momento.

Pero no tengo la oportunidad, porque de repente una mano se cierra en torno a mi muñeca y me sujeta el brazo en el aire, mientras otra me empuja contra la fría encimera de mármol y me inmoviliza con tanta fuerza que no puedo moverme ni un centímetro.

¿Cómo?

¿Cómo demonios le quedan reflejos después de tanto tequila?

—¡Cálmate, mujer! —ladra, y las palabras le salen convertidas en un gruñido bajo y ronco de indignación.

Y solo porque dice eso, mi mano vuelve a intentarlo, pero Jasper simplemente aprieta más y no pasa nada.

Así que aquí estoy, paralizada, con el brazo en alto, la mano por encima de la cabeza, agarrando el cuchillo de untar mientras un par de ojos oscuros me miran fijamente.

Y haciendo que me ardan las mejillas como las llamas del infierno.

Le sostengo la mirada. Durante mucho más tiempo del que debería. Un segundo. Dos. Noto su corazón latir a través de las yemas de los dedos que se me clavan en la piel. O quizá es el mío.

Ha bebido como un maldito pirata, y sin embargo, de cerca, el hijo de puta todavía huele a brisa fresca de mar.

Brisa marina y pecado.

Trago saliva. Con fuerza. Primero porque no tengo ni idea de qué hacer ahora.

Obviamente no puedo golpearlo. Obviamente estoy sosteniendo un cuchillo que ni siquiera puedo usar.

Lo único que consigo es devolverle la mirada con toda la dureza que soy capaz de reunir, pero tengo la mandíbula tensa y probablemente parezco una niña pequeña enfadada haciendo pucheros.

Estamos tan cerca que puedo sentir su aliento en mi cara. El calor que desprende su cuerpo. Del clima del Caribe, del tequila... del fuego que arde en esos ojos oscuros.

Parece demasiado excitado para pelear, pero demasiado cabreado para hacer otra cosa.

—Esta es la parte en la que me besas o me apuñalas, Julia —dice, con voz baja, áspera, tensa por primera vez desde que empezó todo este desastre en el salón—. ¿La verdad? Preferiría que me apuñalaras. Justo en las pelotas. Una y otra vez.

—¡No me tientes! —escupo las palabras con asco.

—¿A hacer cuál de las dos? —pregunta Jasper.

Justo en ese momento estalla un coro de gritos por toda la habitación.

Empieza con un ¡Uuuuh! porque Jasper y yo seguimos mirándonos fijamente, ninguno de los dos dispuesto a dar su brazo a torcer. Así que puede que haya empezado con el ¡Uuuuh! , pero termina con un cántico sincronizado de ¡Beso! ¡Beso! ¡Beso! que los imbéciles empiezan a corear al unísono.

Mi brazo empieza a flaquear, y Jasper me suelta la cintura para poder levantar el brazo derecho y quitarme el cuchillo de la mano, que todavía sujeta con la izquierda.

Lo arroja al fregadero y resuena con estrépito contra el metal. Solo entonces me suelta del todo, y aparto el brazo de un tirón brusco.

—Necesitas terapia —dice, con la voz de vuelta a su tono habitual de indiferencia, aunque su expresión deja claro que está furioso.

¿Me pasé de la raya? Puede. ¿Me arrepiento? Ni un poco.

Que le den.

—¡La próxima vez que me llames princesa, no solo te apuñalaré las pelotas, Jasper! ¡Pienso cortarte cada miserable centímetro indecente que dices tener!

Otra ola de ¡Uuuuh! llena la habitación. Todos parecen estar disfrutando del caos. Jasper es el único molesto ahora que el caos por fin le toca a él.

Era muy divertido cuando los que resbalaban en el vómito eran los demás, ¿verdad, imbécil?

—¡Vale! —gruñe—. ¡Joder!

En lugar de los vasos de chupito, abre un armario y empieza a sacar platos, que va colocando en la isla de la cocina.

—Robbie, será mejor que vengas aquí y comas algo antes de que la amiga desquiciada de tu prometida intente asesinar a alguien más.

—¡Julie puede apuñalarme cuando quiera! —grita Connor desde el otro lado de la habitación.

—Cállate, Connor —murmura Jasper.

Pero yo sigo lo bastante cabreada como para gritarle a él también.

—¡No te preocupes! ¡Vuelve a vomitar dentro de la casa y lo haré realidad, cerdo asqueroso!

El grupo de imbéciles idiotas estalla en carcajadas estruendosas. Jasper no se ríe. Ya te lo dije, Jasper Hassmann es demasiado guay y demasiado elegante para ese tipo de cosas. En cambio, se limita a buscar mi mirada.

Sigue mirándome mientras niega con la cabeza lentamente, incrédulo, y murmura, tan bajo que nadie más puede oírlo, con una sonrisa apenas perceptible en los labios:

—Estás loca.

Su voz es baja y áspera y me recorre el cuerpo entero en forma de escalofríos.

Y quizás esté loca. Porque lo único peor que odiar a Jasper Hassmann es darme cuenta de que puede que no me moleste escuchar ese tipo de cosas de su boca si ambos lleváramos mucha menos ropa de la que llevamos ahora mismo.

Capítulo 7

Brock Magnus es un gigante de más de dos metros y ciento treinta kilos con una mandíbula cuadrada que parece sacada de un cómic de superhéroes. Tiene el pelo rubio hasta la barbilla y, no sé por qué, todo él me recuerda a He-Man.

También bebe como un pirata irlandés.

Tuve que mover algunos hilos para organizar mi día, así que acabé invitándolo a mi cata de vinos y matar dos pájaros de un tiro. Obviamente debería haber respetado los derechos de los animales, porque esta ha sido una de las peores ideas de todos los tiempos, y ahora estoy borracha.

Bueno, para empezar, apenas dormí porque tuve que hacer de niñera de un grupo de idiotas que decidieron ir a ver el amanecer a la playa mientras yo intentaba limpiar al menos parte del desastre que dejaron.

Así que, como era de esperar, cuando por fin me levanté de la cama, mi alarma llevaba dos horas en modo repetición, y yo estaba agotada y llegaba tarde.

Cuando por fin llegamos a la bodega para la entrevista, nuestro almuerzo consistió en quesos artesanales, pan fresco con aceite de oliva y una mezcla de Cosmopolitans y Daiquiris.

(Brock opinó que los Daiquiris eran demasiado dulces y que los invitados se marearían antes de emborracharse.

Como en una boda es crucial que todo el mundo se emborrache, nos quedamos con los Cosmopolitans.) Y vino. Un montón de vino.

Tintos, blancos, rosados . Incluso un vino verde italiano con el doble de alcohol que uno normal. Luego más queso y más pan, y la entrevista fluyó con tanta naturalidad que parecíamos viejos amigos poniéndonos al día.

Me contó su primer combate en la WWE y cómo le abrió la ceja a su oponente con un cabezazo tan fuerte que se quedó inconsciente él mismo y no tenía ni idea de cómo había terminado el combate. Me habló del día en que decidió convertirse en luchador, de su primera victoria, de su primera derrota.

Y de repente estamos hablando de su divorcio y de cómo su exmujer tenía un abogado tan bueno que todavía tiene que pagarle la mitad de todo lo que gana.

—¡Ni siquiera tuvimos hijos! —se queja Brock por quinta vez, quizás, mientras se sirve una copa de Malbec argentino. Da un largo trago antes de anunciar—: Este no. Sabe a jarabe para la tos.

Lo cual, si lo piensas, es mucho más entretenido que estar con un experto en vinos de verdad hablando de notas de roble y aromas equilibrados, el tipo de mierda pretenciosa que alguien como Jasper haría sin dudarlo.

Brock sabe de vinos lo mismo que yo, o sea que los clasificamos en dos categorías: «suficientemente bueno para pillar un pedo» o «tan malo que ni siquiera podemos terminar la copa».

Elegimos los vinos, los cócteles y las cervezas, y para cuando llegamos a los licores, ya estoy completamente ida. Ya no puedo probar ni una gota más de alcohol, pero entonces aparece Paloma, nuestra representante de ventas, con cinco botellas de tequila diferentes.

Y claro, sé que no puedo servir José Cuervo del normalito a los invitados elegantes de Mila, y también sé que estamos en México, tenemos que servir tequila, así que acepto probar las tres botellas más caras que tiene disponibles.

Además, debo de estar muy borracha, porque, te lo juro, está clarísimo que hay algo entre esos dos.

Entre Paloma. Y el luchador de dos metros. Se gastan bromas y se ríen, y a ella se le iluminan los ojos marrones cada vez que él la llama Lomita .

Una vez elegidos los tequilas, le pido a Brock que escoja el mejor vodka y whisky, porque yo mido la mitad que él y como beba una gota más, voy a echarlo todo. Brock dice que puede hacer el trabajo duro por mí si luego voy a la playa con él y con Paloma.

Es tan obvio que duele: estoy demasiado borracha para rechazar nada, así que acepto de inmediato. Y espero de verdad que esto no sea una invitación a un trío random, porque si lo es, estoy jodida.

Añado cinco botellas de whisky escocés de 18 años y doce de Grey Goose a la lista, pasándome del presupuesto de bebidas en ochocientos dólares, pero estoy segura de que los Carnegie no se van a quejar. Después de eso, terminamos la cata. Y la entrevista.

Paloma se cambia el uniforme por un bikini diminuto, y no puedo evitar pensar en lo bien que debe de estar vivir en Cancún y llevar siempre un bikini en el bolso para poder tirarte al mar después del trabajo.

Yo obviamente no iba preparada, y lo único que llevo en el bolso es la libreta de reportera, el iPad con las grabaciones de la entrevista y el móvil, que ni siquiera tiene datos para nada y que hoy solo he usado para hacerle una foto a Brock contra la pared de corcho de la bodega cuando me di cuenta de que se estaba emborrachando demasiado y necesitaba al menos una foto decente antes de terminar la entrevista.

Brock Magnus tampoco iba preparado. Lleva vaqueros ajustados y una camisa de flores con botones, que se quita sin la menor vergüenza y deja al descubierto un pecho amplio y esculpido, tan macizo y enorme que si estuviera un poco más borracha, podría confundirlo con un maldito árbol.