Capítulo 7
La casa parece una escena eliminada de Resacón en Las Vegas .
Hombres. ¿Por qué demonios tienen que ser tan… estúpidos?
¿Despreocupados?
¿Imprudentes?
¡Son las dos de la madrugada! El karaoke terminó hace siglos, la novia lleva horas dormida, igual que todos los mayores de cincuenta de la casa. Bueno, excepto el tío Henry, porque, como ya he dicho: ¡Hombres!
Las damas de honor están sentadas en el sofá, tranquilas, civilizadas, riéndose y llevando cinco conversaciones a la vez, hasta bebiendo vino blanco en lugar de tinto para no arriesgarse a manchar la alfombra, mientras que los idiotas con polla —sí, los idiotas con polla, porque es la única forma en que puedo referirme a ellos ahora mismo— se comportan como animales de zoológico.
En realidad, no. Los animales del zoológico se portan mucho mejor.
Tony y Brad ya han roto dos jarrones jugando a las espadas con churros de piscina, y luego el imbécil de Jasper simplemente barrió todos los cristales rotos hacia una esquina y todos siguieron como si nada.
Y solo un idiota pensaría que eso iba a funcionar, porque en menos de cinco minutos Andrew pisó un trozo de cristal, lo que por supuesto significó que tuve que correr a limpiarlo para evitar otro accidente, porque sí, soy la única persona sobria en esta casa.
Así que ahora Brad, que no es médico ni nada que se le parezca remotamente, ha decidido que sería buena idea ir a buscar el botiquín para que puedan decidir qué hacer mientras la sangre se extiende por el terciopelo nacarado de la chaise longue junto a la ventana.
A la primera señal de sangre, Connor empieza a vomitar en la maceta del helecho en la esquina del salón.
¡Joder!
Estoy agotada. De verdad que quiero dormir. Pero no puedo. Porque me aterroriza que si lo hago, quemen la casa entera, y cuando Mila se despierte —suponiendo que alguno de nosotros se despierte y no nos muramos antes— una catástrofe de proporciones épicas se habrá apoderado de este lugar.
¿Sinceramente? Fue un temor muy acertado. Porque unos quince minutos después de que las mujeres de la casa se fueran a la cama, curiosamente justo después de que la tercera ronda de vómitos de Connor se acercara demasiado a ellas, Robbie decidió que tenía hambre.
Son las 3:30 de la madrugada. El tío Henry le está contando a todo el mundo lo del día en que casi lo seleccionaron para competir en MasterChef , pero uno de los concursantes le tuvo envidia de su receta y le apagó el fuego cuando no miraba, así que acabó descalificado. Según él.
¿Lo más probable? Que el tío Henry estaba borracho y se olvidó de encender el fuego.
El tío Henry siempre está borracho. Pero que Dios nos libre de decírselo. Según él, ¡lleva bebiendo todos los días desde que cumplió veintiuno y todavía no se ha vuelto alcohólico!
—¿Qué ibas a cocinar ese día, tío Henry? —pregunta Brad, asaltado por otra idea estúpida.
—¡Mis gambas flambeadas especiales! —responde el tío Henry, asaltado por otra idea estúpida.
—¡Pues tenemos gambas! —dice Robbie.
—¡Y tenemos con qué flambear! —añade Jasper desde su sillón, levantando una botella de tequila en el aire.
Se me abren los ojos de par en par.
De verdad.
Sinceramente, creo que a Jasper simplemente le gusta prender fuego a las cosas para verlas arder.
Literalmente.
Corro hacia la isla de la cocina, desesperada por llegar antes que nadie. Me lanzo delante del tío Henry antes de que pueda alcanzar el armario de las ollas.
—¡No creo que sea buena idea!
—El novio tiene hambre, mi princesa —dice. El tío Henry tiene la costumbre irritante de llamar a todo el mundo «mi princesa», pero ahora mismo no quiero meterme en eso. Hay cosas más importantes—. Quiere comer mis gambas flambeadas, ¿verdad?
—¡Claro que sí! —responde Robbie, hablando de sí mismo en tercera persona.
—Estás borracho —le digo al tío Henry, porque estoy convencida de que no es consciente de ello. Nadie aquí parece serlo—. Estáis todos borrachos. No deberíais estar flambeando nada ahora mismo, de ninguna manera.
—¡Ay, deja de ser aguafiestas, Julie! —dice Jasper mientras se levanta del sofá, tequila en mano, y se dirige a la cocina a luchar por los derechos de los borrachos.
Mierda.
Sus ojos encuentran los míos y me dedica esa sonrisa torcida y perversa que normalmente no le dirige a nadie más que a mí.
—Solo nos estamos divirtiendo, mi princesa.
—¡No me llames princesa! —grito al instante.
El tío Henry es un hombre de sesenta años que, como ya ha quedado claro, lleva bebiendo a diario desde los veintiuno; con él puedo dejar pasar muchas cosas.
Con Jasper no tengo la misma paciencia.
Mi momento de furia me sale caro, porque el tío Henry aprovecha para escabullirse hacia la nevera.
—¿Hablas en serio? —le pregunto a Jasper, sabiendo ya que será mucho más difícil detener a un hombre de su tamaño cuando ni siquiera pude detener a un viejo bajito y rechoncho. Ni siquiera lo intento.
—¡Deja que el hombre cocine! —se queja—. Todo el mundo tiene hambre. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Pues lo peor que podía pasar pasó media hora después, cuando el tío Henry flambeó sus malditas gambas y las llamas le dieron de lleno en la cara a Connor porque tenía la cabeza metida en la olla.
No es que yo no haya soñado con prenderle fuego a la cara de Connor, pero una de sus cejas ahora está completamente carbonizada, y Mila va a entrar en pánico total cuando descubra que así es como va a salir en las fotos de la boda.
Pensarías que algo así al menos haría que esos payasos se calmaran, ¿verdad? Pues no.
Lo único que consiguió fue que empezaran a gritarse, flexionando bíceps y gruñendo como cavernícolas, antes de desnudarse y salir corriendo a tirarse a la piscina.
Bueno, Jasper no. Jasper se cree demasiado guay para eso.
Jasper es el mismísimo diablo: le mete alcohol a todo el mundo por el gaznate y se queda mirando cómo se desata la locura.
Ni siquiera parpadea cuando Robbie vuelve a entrar chorreando agua de la piscina sobre los muebles carísimos.
—¡Por el amor de Dios, deja el tequila! —a estas alturas me da igual mi orgullo, prácticamente estoy suplicando—. Alguien va a acabar muerto esta noche.
¿Y qué hace él? ¿Me escucha?
No. Se sirve otro chupito y se lo mete de un trago, con los ojos clavados en los míos. Ni siquiera parpadea mientras el alcohol puro le abrasa la garganta.
¿Cómo demonios sigue este hombre en pie?
¿Cómo puede seguir estando tan impecable?
Alargo la mano hacia la botella de la encimera —un intento desesperado, aunque sé que la casa está hasta arriba de alcohol para toda la semana y le costaría, ¿qué?, ¿quince segundos encontrar otra botella?—. Pero bueno, ¡al menos lo intento!
Pero el muy cabrón se me adelanta con una facilidad ridícula y pilla la botella antes de que pueda alcanzarla.
—Ni se te ocurra.
Otra llamarada sale de los fogones, y el calor en mi espalda es tan intenso que juro que, por un segundo, pensé que la muerta iba a ser yo.
—Tío Henry, por el amor de Dios, cuidado con esa sartén... —me giro hacia el otro lado un segundo, solo uno, obligada a repartir mi atención entre la cantidad absurda de desastres que están pasando a la vez.
—¿Sabéis qué? ¡Se me acaba de ocurrir un juego nuevo! —anuncia Jasper a voz en grito—. ¡Cada vez que Julia le corte el rollo a alguien, todos tienen que beberse un chupito!
Tony suelta una carcajada. El tío Henry aplaude, y la espátula que tiene en la mano cae al suelo y salpica salsa por todas partes.
—¡Yo me apunto! —interviene Robbie, borracho y valiente porque Mila no anda cerca.
Y su mejor amigo, el idiota, empieza a poner vasos de chupito en fila sobre la encimera.
—Eres un crío irresponsable —le digo mientras llena los chupitos hasta arriba. El olor a licor fuerte me golpea la nariz con tanta fuerza que me dan arcadas.
—¡Uno! —dice, y le pasa el primer chupito al tío Henry.
—¡El novio está en medio de una habitación llena de vómito y cristales rotos, y solo lleva unos bóxers!
—¡Dos! —celebra Jasper, y le pasa el siguiente chupito a Andrew—. ¿Estás intentando emborracharnos, princesa mía?
—¡No me llames princesa! —vuelvo a gritar. Y ni siquiera sé por qué sigo intentándolo.
—¡La cena está lista! —grita el tío Henry, y obviamente nadie me está haciendo ni caso.
O intento decir.
Los cavernícolas están gritando otra vez, dándose palmadas en las barrigas desnudas. Los gritos se convierten en aullidos y, a estas alturas, no sé si son bebés hambrientos o una manada de lobos.
—Genial, ahora están aullando —murmuro, chorreando sarcasmo.
Al otro lado de la habitación, el hermano de Robbie intenta beberse una cerveza tibia de un trago y ni siquiera acierta a metérsela en la boca.
Ahora hay cerveza por todo el suelo, pero en lugar de mencionar eso también, lo único que puedo hacer es suspirar, demasiado cansada para cualquier otra cosa.
Jasper suspira a mi lado, por lo visto aún más impaciente que yo.
—Por el amor de Dios, Julie —gruñe con voz ronca—. Búscate algo que hacer. Vete a sacrificar una cabra. Vete a invocar algún espíritu maligno en el bosque. Me da igual.
Respiro hondo, intentando que no me afecte (me afecta, y mucho) e intentando mantener la calma (no estoy nada calmada).
Estoy entre beberme yo misma el tequila y caer en coma etílico o quemar esta casa entera con el tío Henry dentro, pero le prometí a mi mejor amiga que le daría la mejor boda de su vida después de diez años soñando con ella, así que por desgracia, eso es lo que me toca hacer ahora.
—Estoy intentando ser una dama de honor responsable, ¿sabes? —siseo entre dientes, haciendo un esfuerzo colosal por no gritar—. Tú deberías hacer lo mismo si tuvieras una pizca de decencia.
—Por desgracia, todos mis centímetros son muy indecentes e irrespetuosos, princesa mía.
—¡No me llames princesa! —grito por millonésima vez en el día.
Y de repente, tengo un cuchillo en la mano.
De repente, esa mano sale disparada con una velocidad sorprendente hacia una cara bonita, irritante y problemática que me encantaría destrozar ahora mismo.