Capítulo 1
Diez años. Han pasado diez años desde aquella noche desastrosa en Harlem, que terminó con Tony arrestado por orinar en la calle, Mila vomitando todo el camino de vuelta a nuestra habitación en Carman Hall, y Robbie declarándole su amor eterno a pesar de todo.
Diez años desde que acabé en el hospital con una intoxicación alimentaria y aún no puedo oler cacahuetes sin que me entren ganas de vomitar. Diez años desde que Jasper Hassmann entró en mi vida y, desde entonces, nunca he odiado nada tanto como a él.
¿La hora punta en un metro abarrotado durante una tormenta? Podría ser peor. Podría ser Jasper Hassmann.
¿Un apagón total en la ciudad de Nueva York dos horas antes de tener que entregar mi artículo para el All-Star Chronicles ? Podría ser peor. Podría ser Jasper Hassmann.
¿Viajar en el tiempo hasta 1912 y hundirme con el Titanic? Sinceramente, todavía podría ser peor. Podría ser viajar a cualquier parte con Jasper Hassmann.
Pero, con mi suerte, probablemente puedas adivinar exactamente qué está pasando, ¿verdad?
Estoy subiendo a un avión con destino a Cancún, y esa maldita traidora que se hace llamar mi mejor amiga se olvidó de decirme que me tocaría sentarme justo al lado de Jasper Hassmann.
El billete fue un regalo suyo. Quería que volara en primera clase porque soy la dama de honor a la que tanto quiere y lo único que desea es hacerme feliz.
Sus palabras, no las mías.
Ella y Robbie volaron ayer con las dos familias para preparar la casa.
¿Puedo llamarla casa? Quizás el término correcto sea villa.
Así es como la gente rica llama a las mansiones de diez habitaciones con piscinas infinitas con vistas al mar Caribe, ¿no?
Como tengo un trabajo y lo necesito para pagar mis facturas, a diferencia de Mila, solo pude viajar después de mi turno del viernes.
Ya fue un milagro que el Sr. Kyle, mi editor en el All-Star Chronicles, aceptara darme una semana entera libre.
Era imposible que me dejara faltar otro día de trabajo (especialmente hoy, las finales del Campeonato Nacional de Bádminton) por una boda que ni siquiera era la mía.
Bueno, si el Sr. Kyle tuviera que esperar a mi boda para darme vacaciones, probablemente me moriría sin tomarme ninguna. Pero no entremos en eso ahora.
Quedarme soltera el resto de mi vida todavía no sería tan malo como Jasper Hassmann.
Iba a comprar mi propio billete. Un billete normal, para pasajeros normales con salarios normales. Primero, porque eso es lo que soy: la amiga normal de una heredera del Upper East Side que se casa con un bróker de Wall Street. Segundo, porque... bueno, porque es un vuelo de cuatro horas.
Apenas da tiempo a que la Biodramina haga efecto antes de aterrizar.
Así que no, no estaba buscando ningún trato especial. Pero Mila insistió. Dijo que me lo merecía por ayudar con todos los preparativos de la boda. Me dijo que no me preocupara porque un montón de invitados más irían en el mismo vuelo.
¿Un montón de invitados? ¡Ja! ¡Esa perra mentirosa!
Me la volvió a colar, ¿verdad?
Jasper parpadea lentamente cuando me ve en el pasillo, atónito y boquiabierto, mientras yo reviso el billete dos veces para asegurarme de que no lo he leído mal y de que, quizás, mi asiento esté en cualquier otro sitio.
Es un vuelo relativamente corto, y el avión bastante pequeño, así que solo hay cinco filas de asientos de primera clase, dos asientos más o menos cómodos a cada lado y un pasillo no muy ancho entre ellos.
De modo que, aunque por algún milagro hubiera conseguido un asiento lejos, «lejos» no existe en un avión de este tamaño.
Pero si hay algo que deberías saber sobre mí, es que Dios no me concede milagros. Ni hoy, ni nunca. Así que sí, obviamente, por supuesto, inevitablemente, mi asiento está justo al lado del suyo.
Empiezo a intentar meter el equipaje de mano en el compartimento superior y, como pesa mucho más de lo que parece y apenas mido metro y medio, todo el proceso es un infierno especial.
Sobre todo porque la mochila se me resbala del hombro una y otra vez, la almohada de viaje no para de golpear al pobre hombre sentado delante de mí, y la maleta amenaza con caerse porque mis bíceps están a punto de rendirse por completo.
Meto la maleta en el compartimento de un golpe con un estruendo colosal que hace que todos los de alrededor levanten la vista, justo a tiempo para que la mochila se me resbale y se estrelle contra el suelo.
Intento recolocarme y tropiezo con la correa, así que me agarro al asiento de delante para no caerme.
Jasper se presiona el puente de la nariz con dos dedos y respira hondo. Parece que está a punto de decir algo cuando una azafata aparece a mi lado en el pasillo con una copa de champán en una bandeja de plata.
—Su bebida, señor —dice, bajando la bandeja hacia él.
—En realidad, ¿podría traerme vodka? —pregunta él.
La azafata entreabre la boca, algo atónita, como si intentara averiguar si ha oído mal o si él simplemente ha cambiado de opinión.
Empieza a enderezarse, levantando la bandeja, todavía confundida, cuando Jasper coge la copa y añade:
—No, déjela. Y tráigame el vodka también.
Recojo la bolsa del suelo y dejo el juego de manta y almohada sobre mi asiento para poder sentarme. La almohada se me escurre de las manos y cae en el hueco entre nuestros asientos.
Solo cuando la azafata vuelve con un vaso limpio y una botella en miniatura de Absolut me he acomodado lo suficiente como para preguntar:
—¿Por qué cada vez que te veo tienes una copa en la mano?
—¿Cada vez que me ves? —repite con falsa sorpresa.
Luego su voz adopta un tono de puro aburrimiento mientras añade, destilando sarcasmo:
—No me imagino por qué será.
Pongo los ojos en blanco.
Si está insinuando que necesita beber cada vez que me ve, no voy a discutírselo. Un Jasper borracho es mucho menos insufrible que un Jasper sobrio, así que bebe, querido. Bebe hasta que se te olvide cómo hablar. No me voy a quejar.
—Sé que crees que todas las mujeres del mundo se mueren por estar aquí hoy, pero esto no ha sido decisión mía, ¿vale? La culpa es de Mila —le aclaro antes de que su ego, ya de por sí gigantesco, se expanda tanto que necesite su propio asiento en el avión—. ¿A ti también te compró el billete?
—No, Julia , compré mi propio billete. Porque tengo un trabajo —dice lentamente, como si le explicara cada palabra a alguien que no entiende ni lo más básico.
Han pasado diez años desde aquel día, y el cabrón todavía no ha aprendido mi nombre. Ya ni me molesto en quejarme. Hace diez años que empecé a llamarlo Jasper Assman cada vez que tengo que mencionarlo. Lo cual, teniendo en cuenta que es el padrino de Robbie, pasa muy a menudo últimamente.
—Debería haber comprado también el asiento de al lado —murmura entre dientes—. Habría merecido la pena.
Doy gracias al cielo en silencio por que haya elegido precisamente esas palabras para provocarme, porque sé exactamente qué responder.
No es habitual que tenga la réplica perfecta en la punta de la lengua cuando se trata de Jasper.
—¿Y a nombre de quién reservarías ese billete? ¿Del Ego Gigante de Jasper Hassmann?
Jasper pone los ojos en blanco, abre la botella de vodka de un tirón y bebe directamente del gollete en lugar de usar el vaso.
¡Ja! ¡Victoria!
—O... podrías haber elegido otro asiento, simplemente —sugiero.
—Claro, porque yo iba a adivinar que Mila haría su obra de caridad del año y te compraría un asiento en primera clase junto al mío —responde de inmediato.
Luego da otro trago amargo y añade—: O sea, lo único que tengo es un título de la Ivy League y otro de Derecho en Stanford.
No tengo ninguno en adivinación y brujería. Esa es tu especialidad.
Ah, sí. Por eso estaba estudiando en la infame fiesta de cumpleaños de Tony. Necesitaba las mejores notas para entrar en Stanford Law. Y lo consiguió, por suerte para mí. Lo aceptaron, bordó todas las entrevistas y luego pasó cinco años viviendo en California gracias a eso.
Fueron cinco años de pura paz, te lo aseguro. Cinco años en los que solo tenía que verlo en vacaciones y en los descansos del curso. Aparte de eso, solo noticias sueltas cada vez que Robbie lo mencionaba.
¡Cinco años de paz! Y entonces volvió con cara de pocos amigos, barba poblada, traje caro y un cuerpo que no esperarías que un abogado se currase. Es rico e inteligente, no necesita además estar bueno.
Pero el imbécil de Jasper Hassmann lo quiere todo.
Se fue a California y volvió pareciendo uno de esos tipos de las telenovelas turcas. Como el fiscal poderoso, el sicario taciturno o el abogado despiadado que manipula la verdad para ganarse la vida y que, aun así, parece recién salido de un anuncio de colonia de Paco Rabanne.
Lo cual resume perfectamente a Jasper. Bueno, no lo del fiscal ni lo del sicario, pero ¿el abogado despiadado y devastadoramente atractivo que ama el dinero más que a nada? Eso le describe clavado.
Y huele a Paco Rabanne, por cierto. Sin duda.
Respiro hondo, intentando no pensar en todas las formas en que me ha insultado en los últimos diez años, y decido ser la sensata en este viaje. Por Mila y Robbie.
Por mi salud mental.
Así que pregunto:
—¿Podemos al menos fingir, solo una vez en la vida, que no nos odiamos?
—No pienso en ti lo suficiente como para odiarte, Julia . Apareces, bebo, me voy a casa y me olvido de que existes hasta la próxima vez que tengo que verte —entonces me pone la copa de champán en la mano—. Es un vuelo de cuatro horas. Te sugiero que hagas lo mismo.
Cojo la copa con una mueca, porque prácticamente me la está plantando en las narices y sé que no parará hasta que haga lo que quiere. Ni siquiera sé si quiero beber.
No hay suficiente champán en el mundo para hacerme tolerar a este hombre y toda su arrogancia, así que me limito a decir:
—Espero que el avión se estrelle.
Porque, sinceramente, la muerte sería menos dolorosa que cuatro horas a su lado.
Y aquí estamos, el avión cayendo en picado hacia el Golfo de México, y yo pensando: oye, podría ser peor, podría ser Jasper Hassmann.