Enemigos en el paraíso
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PRÓLOGO
Esta es la última vez.
Te lo prometo, con absoluta certeza, que esta es la última vez que caigo en las trampas de Mila y acabo en una fiesta cutre con otro niñato de fraternidad.
¿De dónde saca a estos payasos?
Y lo que es más importante: ¿qué clase de tipo invita a una chica a la fiesta de cumpleaños de un completo desconocido en la primera cita?
Estamos en un bar cutre en pleno Harlem, rodeados de globos y un cartel gigante que dice: ¡Feliz 21 cumpleaños, Tony! ¿Quién demonios es Tony? ¿Y por qué narices estoy en su fiesta de cumpleaños con un montón de gente que no conozco?
Bueno, la respuesta a todas estas preguntas tendrá que esperar, porque sinceramente no tengo ni idea.
Lo único que puedo decir es que Tony es un tipo bajito, con el pelo oscuro y ondulado y unos grandes ojos marrones.
Rob, en cambio, le saca unos quince centímetros, tiene el pelo rojo cobrizo, rapado a los lados pero con grandes ondas sueltas en la parte de arriba, que contrasta con el verde intenso de sus ojos.
La verdad es que es bastante guapo y estudia Económicas, así que debe de ser al menos un poco inteligente.
Y no solo eso, sino que estudia en la Universidad de Columbia, lo que significa que el tipo tiene pasta y un futuro prometedor.
Pero todo el mundo lo llama Robbie, y a ningún hombre mayor de ocho años deberían llamarlo así.
Y ya ni hablemos de que no se molestó en llevar a mi amiga a una cita de verdad ni en pagar la cena, teniendo en cuenta que la cerveza aquí es gratis y la única comida disponible son cacahuetes que tienes que sacar de un barril viejo con un cucharón y echarlos en cuencos de plástico.
Como he venido directamente del campus y no he comido nada, eso es justo lo que estoy haciendo: llenar un cuenco de cacahuetes y beber cerveza tibia mientras Tony canta —¿cantando?
no, gritando— I'm Too Sexy en el karaoke, y sus amigos le jalean con cosas como: «¡Tony es el mejor! ¡Que se jodan los demás!»
Mientras tanto, Mila y Rob se están morreando como adolescentes contra la pared.
Si todo eso ya es difícil de asimilar, ni siquiera sé qué decir del tipo con sudadera negra y pelo despeinado que está sentado en la barra, con un iPad en una mano y un vaso vacío en la otra, completamente ajeno a todo lo que pasa a nuestro alrededor.
Golpea el vaso contra el mostrador como un cavernícola para indicarle al camarero que quiere otra copa.
¿Es que este idiota no sabe hablar?
¿Y qué narices está haciendo?
¿Estudiando? ¿En un bar? ¿En medio de una fiesta?
O eso, o el tipo está usando el wifi gratis para hackear algún sistema ultrasecreto y desactivar una bomba a punto de explotar en alguna estación de metro de Nueva York. O, a juzgar por su cara, quizá sea él quien va a provocar la explosión. La verdad, no tengo ni idea.
I'm Too Sexy termina y cuatro tipos suben al escenario mientras empiezan a sonar los primeros acordes de Livin' la Vida Loca . Uno de ellos se bebe la cerveza de un trago y eructa en el micrófono.
Sí, no hace falta ser un genio para ver que lo de Rob no va a durar mucho. Mila una vez dejó a un tío porque llevaba calcetines por debajo de la rodilla como un turista alemán. Estoy bastante segura de que el suelo pringoso del bar pegado a sus zapatos de Gucci le va a molestar mucho antes.
Puede decir lo que quiera sobre ser «como el resto de nosotros», pero cuando las cosas se ponen feas, Mila vuelve corriendo a su zona de confort, y todo lo demás no es más que una aventura loca de la que le gusta presumir en las fiestas.
Con la universidad pasó lo mismo. Cuando entró en Columbia, insistió en vivir en la residencia porque quería la experiencia universitaria completa , pero a día de hoy sigue llevando toda su ropa a una tintorería pija, y he perdido la cuenta de las veces que la he pillado llamando al chef privado de los Carnegie solo para pedirle que le prepare trufas y caviar y se lo mande directamente desde la casa familiar del Upper East Side.
Bueno, a diferencia de Mila, yo no tengo chef privado, ni zapatos de Gucci, y solo puedo estudiar en Columbia porque tuve la suerte de conseguir una beca y un trabajo a tiempo parcial en el campus que me ayuda a pagar mis gastos.
Así que créeme, una noche por ahí en la que no tengo que pagar la cena —aunque por cena me refiera a cerveza y cacahuetes— ya es todo un triunfo.
Tenga que aguantar a los amigos imbéciles de Robbie o no.
El camarero vuelve con una botella de Jack Daniels, lo que significa que esta no es la primera copa del Sr. Mudo que tengo al lado.
Le llena el vaso hasta la mitad antes de añadirle una rodaja de limón y dos cubitos de hielo.
El amigo de Rob saca la cartera y le planta una tarjeta en la cara al camarero sin siquiera levantar la vista.
A lo mejor es mudo. A lo mejor el iPad es la única forma que tiene de comunicarse con el mundo. A lo mejor está loco de remate.
—¿Qué? —oigo, con una voz grave y ronca.
La verdad es que no me sorprende. La voz encaja perfectamente con su aspecto.
Pelo oscuro que le cae sobre unos ojos oscuros y almendrados, ahora entrecerrados bajo unas cejas pobladas y oscuras, juzgándome por completo.
Estoy tan perdida en mis pensamientos que tardo tres segundos enteros en darme cuenta de que me está hablando a mí. Pero bueno, al menos ahora usa las palabras en lugar de comportarse como un simio cabreado.
No tiene sentido fingir que no lo estaba mirando, así que pregunto sin más:
—¿Estás estudiando en un bar?
Abre un poco los ojos y arquea las cejas. Luego me mira de arriba abajo, con la mirada detenida en mi escote durante dos segundos enteros, antes de lamerse los labios y decir, con toda la calma del mundo:
—Estoy revisando mis jugadas.
—¿Tus jugadas? —Frunzo el ceño, confundida.
—Mis jugadas —confirma—. Soy el quarterback de los New York Jets.
Dios. Ya lo odio. Por un millón de razones.
—¿En serio? Porque yo pensaba que el quarterback de los Jets era Jason Carter.
—Soy el suplente —corrige de inmediato.
No alcanzo a leer lo que hay en la pantalla del iPad, pero estoy segura de que no son jugadas de fútbol americano.
Es solo un bloque enorme de texto diminuto.
¡Venga ya! Los atletas son personas enérgicas, inquietas.
Es imposible que pasen tanto tiempo mirando una pantalla estática llena de palabras sin volverse locos.
Pero, como es evidente que este tipo es un idiota que está intentando ligar, continúo mi misión de destruir su mentira y aplastarlo contra el suelo pegajoso, que es donde le corresponde estar a un imbécil como él.
—Y también pensaba que el quarterback suplente de los Jets era Fred Turner —respondo al instante.
La sonrisa engreída desaparece.
—¿Dije Jets? —pregunta, sorprendido—. Quería decir Giants.
—¿No sabes el nombre de tu propio equipo?
—A veces pasa después de una conmoción cerebral.
—Jacob Agassi es el quarterback de los Giants —contraataco—. Y también me sé los nombres de todos los demás jugadores, porque estudio periodismo deportivo. Así que si intentas impresionarme con alguna mentira, mejor elige un tema que no sea fútbol americano.
El imbécil cavernícola me mira sin una pizca de vergüenza ni emoción real alguna. En serio, el tipo simplemente le da un sorbo a la bebida que le preparó el camarero y dice, con un aburrimiento mortal:
—No intentaba impresionarte. Es que no tenía energía para explicarle lo que estudio de verdad a otra borracha medio desnuda de las que Robbie suele traer a las fiestas.
Me toca a mí mirarme el escote.
Vale, quizá me he tomado más cervezas de las que son socialmente aceptables para un martes por la noche en pleno curso. Y vale, quizá mi vestido podría ser un par de centímetros más largo, pero eso no es asunto suyo.
—¿Por qué? ¿Porque todas las mujeres somos tontas y tú eres el dios de la sabiduría? —espeto.
Una vez más, me mira con esa expresión de aburrimiento mortal; la única señal de molestia es que tiene que hablar conmigo en lugar de, yo qué sé, volver a enterrar la cara en las palabras diminutas de su iPad.
—¿Qué es una regla contra la perpetuidad? —me pone a prueba.
—¿Palabras que solo salen de la boca de un idiota de remate? —sugiero al instante.
—Exactamente lo que pensaba —dice, confirmando su teoría de que él lo sabe todo y yo no sé nada. Solo porque me bebí cinco cervezas, me gustan los vestidos ajustados y tengo vagina. Y añade—: Supongo que eres la compañera de piso de Camila.
—Julie —digo con firmeza.
Con la esperanza de que se dé cuenta de que, al fin y al cabo, soy un ser humano.
—Y tú eres uno de los amigos esnobs de Robbie que se creen mejores que todos —concluyo también.
—Estoy sentado en un bar de mierda que no ha visto una fregona en años, con los tímpanos a punto de reventar por un montón de borrachos que cantan karaoke, mientras intento estudiar para el examen más importante de mi vida porque Tony se echó a llorar cuando le dije que los adultos no celebran fiestas de cumpleaños.
Está claro que no soy mejor que nadie, Julia.
—Es Julie —corrijo.
No es que espere que sirva de algo. Quizá el diez por ciento de él me está prestando atención. El resto probablemente está concentrado en sí mismo.
Y entonces incluso ese diez por ciento se desplaza hacia el otro extremo de la barra cuando Mila estalla en carcajadas y Robbie la hace girar por la pista de baile.
Los mira y, como si me leyera el pensamiento, dice con profunda convicción mientras levanta el vaso para dar un sorbo largo, muy largo:
—Si te sirve de consuelo, esto no durará mucho.