28. Allie
CAPÍTULO VEINTIOCHO
ALLIE
E staba sentada en los escalones frente a la panadería con una taza de té humeante y el scon más delicioso que había probado en mi vida, viendo cómo la niebla se elevaba desde el valle cuando más vehículos comenzaron a llegar al pueblo.
Habíamos llenado el hotel y el resto de la gente había armado carpas.
Algunos optaron por quedarse en los altillos de heno de los hermanos de Hail, mientras que otros eligieron extender sacos de dormir en el suelo del salón de eventos.
Tressa estaba recostada sobre la pasarela de madera detrás de mí, con los ojos atentos.
—Ya están aquí. —Le rasqué detrás de las orejas, y ella se estiró, bostezando.
Margaret y su esposo bajaron de un auto, seguidos por otra pareja que recordaba de la clase de cerámica. La camioneta de Dungar llegó cargada con madera, herramientas y otros materiales de construcción.
Ayer habíamos hecho un inventario de lo que necesitaba hacerse y asignado las tareas correspondientes a quienes tenían más experiencia. Los que no sabían de construcción trabajarían como asistentes de quienes sí.
Unos cuantos vehículos más se estacionaron junto al de Margaret, y personas que aún no conocía bajaron de ellos.
—Allie —llamó Margaret, dedicándome una gran sonrisa—. Trajimos refuerzos.
—Vaya que sí. Muchas gracias. —Me puse de pie. Estas personas apenas nos conocían, y aun así querían ayudar. Pensé en lo mucho que eso significaba mientras caminaba hacia ellos, con la grava crujiendo bajo mis zapatillas y el viento agitando la hierba alta más allá del pueblo.
Margaret me abrazó.
—No tenían que hacer esto —dije.
—Claro que sí. Este lugar es especial. Lo que pasó estuvo mal, y vamos a arreglarlo.
Nos acercamos a los demás, ayudando a descargar la camioneta.
Dungar ya había bajado las herramientas con la ayuda de Ostor y Greel. Algunos de los otros hermanos estaban ocupados organizando actividades para turistas y no podían ayudar, pero teníamos un grupo tan grande que nos las arreglaríamos bien.
La abuela de Jessi avanzó por la pasarela de madera hacia nosotros, con su bastón golpeando las tablas.
Llevaba el cabello plateado recogido con cuidado en la nuca y había dejado de lado el vestido auténtico del Lejano Oeste en favor de unos jeans y una camisa de estilo western.
Se había puesto un enorme sombrero de vaquero que no dejaba de resbalar hacia adelante.
—Su supervisora ya llegó —gritó, con una voz que dominó todo el claro.
—Ahí va otra vez —dijo la tía Inla con sequedad desde cerca. Sostenía canastas de las que salía el aroma a pan recién hecho y rollos de canela. Comida para el equipo hambriento—. Se le da bastante bien decirle a la gente qué hacer.
La abuela, que acababa de unirse a nosotros, soltó una carcajada.
—Por fin alguien aprecia mis talentos. Me doy cuenta de que no mencionas que arreglé nuestra app de citas.
—¿Arreglaste? —Las cejas de la tía Inla se alzaron—. Mi cambio de nombre triplicó nuestra cantidad de usuarios. Eso es lo más importante.
—Detalles. —La abuela agitó el bastón, con los ojos brillantes—. Ahora casi no damos abasto con las coincidencias. Tuve que convencer a Gracie de que ayudara con la parte técnica.
—Porque insististe en aprobar cada perfil personalmente —dijo la tía Inla, aunque sonaba contenta—. Como si fueras la reina del romance.
Vi a Hail rodear el edificio. Los moretones en su mandíbula tenían un tono púrpura más oscuro, pero sus ojos estaban claros.
Lo había despertado cada hora la noche anterior, y aunque había refunfuñado, no había dejado de rodearme con los brazos, girarme y…
bueno, me había costado insistir en que necesitaba descansar, no esforzarse.
Tenía aserrín pegado al pantalón y polvo de arcilla en las manos.
—¿Cómo está el horno? —pregunté, acercándome para rodearlo con el brazo.
—Se puede recuperar. —Me besó la frente—. Necesitamos piezas nu...nuevas, pero ya las pedí esta mañana. Llegarán el jueves. Sé exactamente cómo a...arreglarlo.
La sensación sólida de él junto a mí hizo que se me cerrara la garganta.
Casi lo había perdido. No dejaba de recordar cuando corté las cuerdas, ver sus muñecas ensangrentadas.
La sangre en su rostro y su cabeza. Aparté esas imágenes, concentrándome en él ahora, ya pensando en lo siguiente, ya reconstruyendo.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Margaret, arremangándose. Su camisa parecía nueva, pero su expresión dejaba claro que estaba lista para ensuciarse.
—Clasificar. —Holly señaló la gran sala abierta del interior—. Tenemos que terminar de separar lo que se puede salvar de lo que hay que tirar. —Hizo un gesto hacia el contenedor que habíamos hecho traer esa mañana.
Nos mantuvimos ocupados durante las horas siguientes.
La gente iba y venía por el taller de cerámica cargando cajas con piezas rotas, barriendo, revisando si había más daños.
Martillos y sierras generaban un ruido constante de fondo mientras el equipo de Dungar reparaba el exterior de la estructura.
El aire olía a pintura, madera recién cortada y polvo de arcilla.
Esos olores familiares me resultaban reconfortantes.
Trabajé con personas que acababa de conocer, clasificando cerámica mientras hablaban de sus vidas.
Una maestra jubilada de Kansas envolvía tazas intactas en papel de periódico.
La joven pareja de California revisaba figuritas de animales, encantada con cada pequeño lobo y chumble que había sobrevivido.
Observé el cuidado que ponían y pensé en lo rápido que los desconocidos podían convertirse en amigos a través del trabajo compartido.
—Este es adorable —dijo la mujer, levantando un pequeño conejo de cerámica. El esmalte captaba la luz, mostrando todas las variaciones de color del trabajo de Hail—. El nivel de detalle es increíble. ¿Cómo logran tanta precisión en algo tan pequeño?
—Práctica —dije, recordando a Hail trabajando en esas piezas con herramientas que parecían palillos en sus grandes manos— Y paciencia. Mi compañero puede transformar un trozo de arcilla en algo asombroso.
Tressa se movía entre los trabajadores, olfateando a todos. Se había autoproclamado anfitriona y guardiana, moviendo la cola con los amigos y vigilando a los desconocidos hasta decidir que eran de confianza.
—Esa loba es cosa seria —comentó un hombre durante un descanso, secándose el sudor de la cara con un pañuelo—. Te juro que entiende cada palabra que decimos.
—Lo hace. —Observé cómo Tressa se detenía junto a la silla de la abuela para recibir una caricia. Los dedos curtidos de la anciana recorrieron suavemente su pelaje blanco—. Nos salvó la vida. —Aún no podía creer que hubiera traído a esos chumbles justo cuando más los necesitábamos.
Todos se quedaron en silencio, recordando el peligro.
Entonces la abuela habló desde su rincón a la sombra:
—Esta loba tiene buen juicio. No puedo decir lo mismo de todos los humanos de por aquí. —Miró con intención a Max, que se suponía que estaba ayudando pero ya empezaba a acercarse al ruedo de rodeo que Becken estaba construyendo.
—Max —llamó Holly con ese tono universal de madre—. Vuelve aquí y ayuda con el revestimiento.
Para el mediodía, el cambio era asombroso.
La sala principal estaba libre de escombros, las paredes dañadas reparadas y con imprimación.
Nuevos estantes esperaban ser instalados, oliendo a madera fresca.
La cerámica clasificada descansaba sobre mesas provisionales donde la luz del sol realzaba los esmaltes.
El polvo de arcilla flotaba en el aire, pero ahora estaba mezclado con esperanza.
—Hora del almuerzo —anunció la tía Inla, sacando sándwiches y té helado de las canastas y colocándolos sobre mesas que habíamos armado a la sombra—. Es momento de comer.
Cansados pero satisfechos con el progreso, tomamos comida y nos sentamos donde encontramos lugar, Hail y yo en el césped recortado detrás del callejón.
La hierba fresca se sentía bien bajo mis piernas mientras me acurrucaba contra su costado.
Margaret se acomodó cerca, con la ropa sucia y el cabello escapando de su cola, pero con el rostro iluminado de satisfacción.
—Esto es maravilloso —dijo, dando un mordisco a su sándwich—. El trabajo abre el apetito, ¿no? —Miró hacia el taller—. Siento que estamos marcando la diferencia.
—Lo hacen—dijo Hail. Tressa yacía a su otro lado, con la cabeza apoyada en su pierna extendida. Él le acariciaba el lomo—. Este lugar lo es todo para nosotros.
Miré a mi alrededor, observando a todos: los locales que habían venido, los turistas, los hermanos orcos y sus compañeras, todos trabajando juntos para reconstruir algo hermoso.
Sentí que se me cerraba la garganta. Durante años había estado sola, huyendo, sin confiar en nadie.
Ahora tenía gente que dejaba todo para ayudar a reconstruir no solo un edificio, sino nuestra vida.
—La tanda de la tarde debería centrarse en pintar —dijo Dungar, revisando sus notas en el teléfono—. La imprimación ya está lo bastante seca, y necesitamos dar la primera capa antes del anochecer.
—Yo organizaré a los voluntarios. —La abuela, sentada junto a la tía Inla, golpeó el suelo con el bastón para enfatizar—. Ustedes los jóvenes no saben delegar correctamente. —Sonreí ante su seguridad, preguntándome si yo sería así de firme a su edad.
El trabajo de la tarde avanzó aún más rápido.
Los pinceles se movían sobre las paredes mientras la gente conversaba y reía.
El olor a pintura se mezclaba con el de la madera, mientras la imprimación blanca se transformaba en un cálido tono crema.
La rueda de alfarero de Hail zumbaba en un rincón donde había montado un espacio de trabajo temporal.
Lo observé dar forma a la arcilla; el movimiento familiar me calmaba después de todo lo ocurrido.