Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO

SHEENA

Sheena dejó a Darcy y Regan con renovada determinación para completar el desafío que Gavin les había impuesto. No culpaba a sus hermanas por su decepción, pero no podía dejar que se desanimaran. Estaban demasiado cerca de ganar. Salvo por el percance de Meaghan, las cosas iban bastante bien.

Se apresuró hacia el restaurante de Gracie. Tony y Michael se habían ido antes, y esperaba alcanzarlos. Michael tenía que ayudar a despejar la zona trasera junto a la bahía, pero con su quemadura solar, él esperaba trabajar con Regan en su lugar.

El restaurante estaba abarrotado cuando Sheena entró. Saludó con la mano a Lynn y Maggie y se unió a Tony y Michael en una mesa pequeña.

—Michael trabajará con Regan hoy. Mañana Brian le pondrá a ayudar —dijo Tony.

Michael hizo una mueca.

—¿Cuánto tiempo tengo que trabajar para ella? Es trabajo de chicas.

—Quédate con ella hasta que diga que no te necesita. Ella y su equipo han estado trabajando muy duro pintando todos los muebles. Ahora algunos ya están empezando a pintar las paredes y preparar los suelos para la moqueta nueva. Llevará un par de semanas.

—Vaya vacaciones —se quejó Michael.

Maggie se acercó a la mesa.

—¿Qué te traigo, Sheena?

—Las tortitas estaban geniales —ofreció Michael.

Sheena sonrió y se volvió hacia Maggie.

—Creo que tomaré lo de siempre: dos huevos revueltos, tostada de trigo y miel.

—Enseguida lo traigo.

Maggie le sirvió una taza de café y se alejó.

—Brian va a recogerme en unos minutos —dijo Tony, poniéndose de pie. Se inclinó y le dio un beso—. Nos vemos luego.

Regan entró en el restaurante y se acercó a su mesa.

—¿Te importa si me siento?

—En absoluto. Acabo de pedir, y Michael está esperando para trabajar contigo.

Regan le sonrió.

—Hay muchas cosas que hacer. ¿Estás listo?

Michael se encogió de hombros.

—Supongo.

Cuando Maggie regresó con el pedido de Sheena, Regan rechazó pedir nada.

—Ya desayuné algo ligero antes.

Le hizo una seña a Michael para que se levantara.

—Nos vemos luego.

Viéndolos alejarse, Sheena notó cuánto sobresalía Michael por encima de su hermana. Aunque parecía un adulto, seguía siendo un chico con mucho que aprender.

Sus pensamientos volaron hacia el tío Gavin.

Había querido que este desafío fuera una lección de vida para ella y sus hermanas.

Tenía la sensación de que estaría complacido de que su familia estuviera participando.

En cuanto a lecciones de vida, estaba aprendiendo un montón.

La independencia le daba una libertad que nunca había conocido.

Y trabajar con sus hermanas les estaba dando a todas la oportunidad de resolver viejos resentimientos y superar sus inseguridades.

Meaghan se acercó para recoger la mesa.

Al verla, Sheena tragó saliva al pensar en lo que podría haber sido.

—¿Estás bien?

Meaghan asintió.

—Mi turno casi ha terminado. Luego voy a tumbarme a no hacer nada.

—De acuerdo. Nos vemos luego.

Sheena se levantó y entró en la cocina a buscar a Sam.

Gracie la saludó con la mano y se acercó directamente a ella.

—He oído que Sam es una especie de héroe.

—¡Sí! —dijo Sheena—. Salvó la vida de Meaghan.

—Sí, eso es lo que dijo Meaghan.

Gracie puso una mano en el hombro de Sheena y le dirigió una mirada firme.

—Sam es muy buena persona.

—¿Cuál es su historia? Salió corriendo cuando apareció un camarógrafo.

—No me corresponde a mí contarla —dijo Gracie—. Está arriba en su habitación. Puedes preguntarle tú misma.

Sheena salió de la cocina y subió las escaleras al segundo piso. Las ocho habitaciones de huéspedes se distribuían a lo largo del pasillo, cuatro a cada lado. Todas las puertas estaban cerradas excepto una. Sheena se acercó a la que estaba entreabierta y llamó suavemente.

—¿Sí?

—Sam, soy yo. Sheena. Quiero darte las gracias de nuevo por todo lo que hiciste por nosotros.

Él abrió la puerta.

Sheena se encontró frente al hombre al que una vez había comparado con Ichabod Crane y lo miró a sus amables ojos marrones.

—Tony y yo siempre te estaremos agradecidos por salvar a Meaghan. Después, noté tu reacción ante el camarógrafo. No sé por qué saliste corriendo, pero quiero que sepas que si hay algo que Tony y yo podamos hacer por ti, lo que sea, lo haremos.

—Pasa —dijo Sam. Abrió la puerta, cruzó la habitación y se sentó en el borde de la cama—. Siéntate.

Señaló el sillón tapizado en la esquina de la habitación. En una mesa cercana había una Biblia abierta.

—Más vale que lo sepas. Cumplí un par de años en prisión por un asesinato que no cometí.

Fue una experiencia horrible, de esas que todo el mundo se imagina.

Los policías me dieron por culpable sin siquiera seguir las pistas.

Gavin pagó a un abogado para que me ayudara a limpiar mi nombre.

Nuevas pruebas de ADN y nuevos testigos demostraron que no podía haber sido yo, pero ya había pagado un precio horrible al perder mi libertad.

Nunca me he recuperado del todo. No quiero saber nada de publicidad de ningún tipo.

Necesito vivir el resto de mi vida en paz.

¿Entiendes? Todavía hay gente que no cree en los resultados del nuevo juicio.

Sheena sintió un escalofrío recorrerle las venas.

—¡Eso es terrible! Lamento mucho que te haya pasado eso. Y, Sam, como te dije, si podemos ayudarte de alguna manera, lo haremos. Eres un héroe para mí. No solo por salvar la vida de Meaghan, sino por ser la clase de hombre que eres. Gavin lo sabía, y ahora yo también.

Las lágrimas amenazaron con brotar, pero Sheena las contuvo parpadeando. Sabía instintivamente que a Sam no le gustarían.

Se puso de pie, le dio un rápido abrazo a Sam y salió de la habitación sin mirar atrás. Vaya lección de vida, pensó. Sam había demostrado una fortaleza serena que ella nunca podría igualar.

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De vuelta en la casa, Sheena se sentó a la mesa de la cocina y empezó a trabajar en los presupuestos de la moqueta.

La semana siguiente, ella y Regan iban a ver muestras en uno de los proveedores hoteleros.

Los metros cuadrados para las veinte habitaciones y ocho suites parecían una cantidad enorme.

Pero siguió adelante y calculó el metraje adicional para las veinte habitaciones del segundo piso.

Esperaba que pudieran llegar a un acuerdo para reservar esa moqueta.

Números, números. Todo se acumulaba rápidamente.

Meaghan entró en la cocina y se dejó caer en la silla frente a Sheena.

—Hola, ¿qué pasa? —Sheena notó la expresión abatida de su hija.

—Acabo de recibir un mensaje de Lauren. Va a dejar de seguirme en todas las redes.

—Supongo que eso te molesta, ¿verdad? —dijo Sheena, señalando lo evidente con calma. Esperó a que Meaghan hablara.

Los ojos de Meaghan se llenaron de lágrimas.

—Es mala. Le está diciendo a todo el mundo que tú y papá os vais a divorciar y que él va a quebrar.

—¿En serio? Me pregunto de dónde habrá sacado esas ideas —dijo Sheena con calma, aunque por dentro la ira le hervía. La madre de Lauren era la reina del cotilleo. Sin duda, su hija estaba siguiendo sus pasos.

Meaghan se encogió de hombros.

—No lo sé. Puede que le dijera que me preocupaba que os fuerais a divorciar.

—Sabes que papá y yo no nos vamos a divorciar. ¿Verdad?

Meaghan asintió.

—¿Y qué hay del negocio de papá?

—Nunca he dicho ni una palabra sobre su negocio. Te lo juro.

Sheena se levantó y rodeó a Meaghan con el brazo.

—Sabes, cuando me mudé aquí, esperaba que todos aprendiéramos algo de esto, algo que nos fuera útil. ¿Qué has aprendido tú de esta experiencia?

Meaghan se mordió el labio.

—He aprendido que duele cuando la gente es mala. No quiero ser amiga de Lauren. Es mala. Y ahora sé que cuenta mentiras.

—Creo que has tomado una buena decisión. Hay mucha gente buena en el mundo. Y, Meaghan, hay otras chicas en tu clase que serían mejores amigas que Lauren. Siento mucho que te haya hecho daño. De verdad.

Meaghan la miró.

—¿El negocio de papá está fracasando?

Sheena respiró hondo, buscando las palabras adecuadas.

—Está pasando por un momento difícil, pero hemos pasado por cosas peores y hemos sobrevivido. No es algo de lo que tengas que preocuparte, cariño.

—Bien. Voy a decirle a Lauren que no me importa que me elimine porque ¡la odio!

—¡Espera! —dijo Sheena—. No te vuelvas mala tú también. Recuerda por qué viniste a Florida. Eres una persona mucho mejor gracias a ello, alguien a quien quiero y respeto.

—¿Mamá? —Meaghan la abrazó—. Te quiero.

—Y yo a ti, Meaghan Eileen Morelli —dijo Sheena, con la voz entrecortada por la emoción.

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A media mañana, Tony la llamó al móvil.

—¿Quieres que quedemos para comer? Brian va a reunirse con alguien sobre un presupuesto para un proyecto y estoy libre.

—¡Genial! ¿Nos vemos en Gracie's?

—No, quiero salir de la propiedad, ver otros sitios.

—Vale, nos vemos en la casa y nos vamos. Se lo haré saber a las demás. —Meaghan se había ido a buscar a Regan y a su hermano.

Sheena llamó a sus hermanas y luego subió corriendo las escaleras, feliz, para arreglarse. Después de hacer el amor, la idea de una cita de verdad con Tony le resultaba emocionante. Además, quería hablar con él sobre su negocio.

Tony llegó. Al darse cuenta de que estaban solos, sonrió.

—¿Quieres que nos saltemos la comida?

Ella se rio.

—Lo siento, nunca sé cuándo va a aparecer alguien. Además, me muero de hambre.

—Yo también —dijo él, riéndose con ella.

Se subieron a la furgoneta y se fueron, con Tony al volante.

—Quería echar un buen vistazo a la zona —dijo—. Brian me ha dicho que hay un bar estupendo por aquí que se llama Jimmy's. ¿Has oído hablar de él?

Sheena negó con la cabeza.

—Rara vez salgo de la propiedad. Por eso Blackie Gatto quería que viera el restaurante al que me llevó.

Tony la miró con una sonrisa avergonzada.

—Perdona que me descontrolara un poco con él. No has vuelto a salir con él, ¿verdad?

—No —bromeó Sheena, arqueando una ceja—. No me lo ha pedido.

—Pero...

—Pero si lo hiciera y fuera importante, puede que quedara con él... para tomar un café —dijo Sheena. No podía evitar sentirse halagada de que Tony estuviera celoso de que otro hombre se interesara por ella. En ese momento supo cuánto la quería, cuánto la había echado de menos.

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Jimmy's era más grande de lo que Sheena había imaginado y se parecía más a un restaurante que a un bar. Eso sí, parecía que tenían una buena selección de vinos y cervezas, además de los licores habituales.

Los llevaron a una mesa junto a una ventana.

Mientras examinaba el menú, Sheena comprobó si alguno de los platos podría servirles en Gracie's o en otro restaurante más adelante. También habían hablado de poner un bar de refrescos junto a la piscina en algún momento.

Después de considerar varias opciones, decidió pedir una ensalada de gambas porque le recordaba a sus rollitos de langosta favoritos de Maine.

Sheena miró por la ventana. Las hojas de una palmera se mecían con la brisa marina como un saludo amistoso, y las buganvillas alegraban el jardín con sus coloridas flores rojas y rosas. No podía ocultar su placer; había llegado a amar aquel ambiente tropical.

Tony le sonrió.

—Bonito, ¿eh?

—Sí. Y es bonito poder estar juntos así. —La sonrisa desapareció de su rostro—. Meaghan estaba disgustada esta mañana cuando recibió un mensaje de Lauren diciéndole que la iba a eliminar de sus amigos. Al parecer, Lauren le ha dicho a todo el mundo que nos vamos a divorciar y que tú vas a quebrar.

—¿Lauren? Esa mocosa —gruñó Tony—. ¿Qué le dijiste a Meaghan?

—Ella sabe que no nos vamos a divorciar y le dije que ya habíamos pasado por tiempos difíciles en el negocio y que volveríamos a hacerlo. Pero, Tony, ¿cómo de mal están las cosas con el negocio?

La camarera apareció con la comida, lo que impidió que Tony respondiera.

Dedicaron un momento a disfrutar de la comida. Los langostinos de Sheena venían aliñados con una mayonesa al limón, trocitos de apio y, sorprendentemente, alcaparras.

Tony había pedido el bocadillo de salchicha con cebolla y una cerveza de barril. Le dio un par de bocados al bocadillo y bebió un sorbo de cerveza. Luego se limpió la boca y la miró.

Ella vio su expresión preocupada y dejó el tenedor.

—¿Qué pasa, Tony?

—El negocio no va bien. Por eso traje a Dave. John quiere entrar como socio. Cree que entre los dos pueden sacarlo adelante. Pero no estoy seguro.

A Sheena se le desencajó la mandíbula.

—¿Y pensabas consultarme? Yo también soy tu socia. ¿Recuerdas?

Tony soltó un bufido burlón.

—Eras mi socia. Renunciaste a eso cuando decidiste que tenías tu propio negocio que dirigir. Sabe Dios que ninguno de nosotros tenía ni idea de cómo estaban las cosas aquí, pero es tuyo.

Para ganar tiempo, Sheena dio un trago de agua y contuvo las ganas de llorar.

—Tony, no puedes estar hablando en serio. ¿Tomarías una decisión así sin consultarme? Quizá nuestro matrimonio no sea tan sólido como yo creía.

—Mira, no discutamos por esto —dijo Tony, dejando la jarra de cerveza que acababa de levantar—. Todo está en el aire. No sé qué hacer. Necesito hablar con un asesor financiero.

—¿Quieres hablar con Blackie Gatto? Es muy bueno.

Tony apretó los labios.

—No, Sheena, no quiero. Es el tipo que casi te besó la última vez que nos vimos.

—¿Va todo bien? —preguntó la camarera—. ¿Más agua, señorita? ¿Más cerveza?

Tony la despidió con un gesto.

—Estamos bien, gracias.

Sheena lo miró fijamente. No estaba nada segura de que estuvieran bien.