Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

SHEENA

Durante toda la cena, Sheena no dejó de tocar a su hija: un roce en el hombro, una palmadita en la espalda. Tras haber pensado que podría perderla, necesitaba asegurarse de que Meaghan estaba a salvo a su lado.

Tony se dio cuenta y le dirigió una mirada cómplice.

Había estado tan asustado como ella por lo del casi ahogamiento.

Incluso Michael fue amable al hablar con su hermana.

Aunque todos se habían llevado un susto de muerte, la idea de perder a Meaghan los había unido de una manera que antes parecía imposible.

La sensación persistió mucho después de dejar a Rosa y Paul en su hotel. Sheena estaba contenta de que sus hermanas se hubieran mudado temporalmente de la casa. Así su familia tenía más oportunidad de mantener esa cercanía.

Tony detuvo la furgoneta frente a la casa y aparcó.

—Muy bien, ya estamos en casa. Hora de relajarse. Mañana será un día ajetreado para todos.

—¿Qué hay en la tele? —preguntó Michael.

—Nada. No tenemos televisión —dijo Sheena—. Pero sí tenemos wifi. Darcy lo mandó instalar.

—Voy a subir a mi habitación —anunció Michael.

—Yo también —dijo Meaghan.

—De acuerdo, iremos a daros las buenas noches en un rato —dijo Sheena, consciente de que estaban tan agotados emocionalmente como ella.

—Sentémonos fuera un rato —dijo Tony—. Estoy disfrutando del buen tiempo.

En el porche, Sheena se dejó caer en una de las sillas y soltó un suspiro tembloroso.

—¡Vaya día!

—Lo sé —dijo Tony—. Estuvimos a punto de perder a Meaghan. Tendremos que asegurarnos de que los dos entiendan lo de las corrientes de resaca y los demás peligros de bañarse en el Golfo.

—Estoy de acuerdo —dijo Sheena—. Me alegro tanto de que Sam estuviera allí para ayudarla.

—¿Y eso de que saliera corriendo? —dijo Tony—. ¿Crees que hay alguna razón por la que no quiere que lo conozcan? Por cierto, ¿qué sabes de la gente de Gavin?

—No mucho —admitió Sheena—. Estoy intentando enterarme de cosas sin indagar demasiado. No creo que Gavin los tuviera en el hotel si fueran peligrosos.

Tony negó con la cabeza.

—Todo esto de que tú y tus hermanas hayáis heredado un hotel con semejantes complicaciones es una de las cosas más locas que he oído en mi vida. ¿Vas a seguir adelante?

—Sí —dijo Sheena en voz baja—. ¿Quieres contarme qué está pasando con el negocio de fontanería? Tu madre mencionó que Dave estaba haciendo algo de marketing para ti.

—Dijo que ayudaría con eso si lo formábamos. Perdió su trabajo de forma inesperada y le da miedo volver a las ventas. Con las ventas por internet dominando todos los sectores, ser comercial de calle se ha vuelto impredecible.

—¿Qué te parece que tu cuñado entre en el negocio? En el pasado habéis tenido algún que otro desacuerdo.

—Me gusta. Él y John se llevan bien y me quita mucha carga de encima.

Tony le dirigió una mirada de disculpa.

—¿Todos esos años en los que querías que dejara de trabajar algunos fines de semana? Tenías razón. Sienta bien.

Sheena le apretó la mano.

—Ahora, más que nunca, quiero que nuestra familia esté junta. En cuestión de semanas, los niños vendrán para el verano. ¿Intentarás pasar aquí todo el tiempo que puedas?

Tony asintió.

—Y quizá pueda echar una mano con el trabajo de aquí. Brian incluso me ha ofrecido un puesto, pero le dije que no podía abandonar mi negocio en Boston. No sería justo para ti ni para los niños dejarlo todo así. Lo entiende.

Aunque Sheena permaneció en silencio, su mente bullía de ideas.

Tony le apretó la mano.

—Es mi creación, como este hotel puede ser la tuya. No puedo ni quiero abandonarlo.

La ilusión que se había apoderado de ella ante la idea de que Tony viviera y trabajara aquí se evaporó. ¿Cómo podía pedirle que renunciara a tener su propio negocio cuando sabía que ella misma no lo haría?

Tony siguió sosteniéndole la mano mientras contemplaban la noche, escuchando el croar de las ranas, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

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Cuando ella y Tony entraron, Sheena subió las escaleras de puntillas para ver cómo estaban los niños.

Abrió la puerta de la habitación de Meaghan y asomó la cabeza. Meaghan estaba acurrucada en posición fetal, profundamente dormida. A Sheena se le encogió el corazón. Había sido una tarde aterradora para todos, pero Meaghan de verdad había creído que iba a morir.

De puntillas, Sheena se acercó y contempló a su hija. El collar de oro que le había regalado colgaba del cuello de Meaghan. Una mano sujetaba la concha. Llena de gratitud, Sheena alzó la vista al techo y susurró:

—Gracias.

Ningún hijo debería morir antes que sus padres. Conocía a una mujer que había perdido a un hijo por cáncer. La había destrozado.

Sheena se inclinó y besó la mejilla de Meaghan.

—Te quiero —susurró, sintiendo el escozor de las lágrimas.

En silencio, salió de la habitación y abrió la puerta del dormitorio de Michael.

Estaba despatarrado en diagonal sobre la cama, ocupando aparentemente cada centímetro.

Al mirarlo, se dio cuenta de lo cerca que estaba de convertirse en un hombre.

Esperaba que quedarse y trabajar en Florida lo ayudara a ser la mejor versión de sí mismo.

Con cuidado de no despertarlo, Sheena le lanzó un beso y salió de la habitación.

Abajo, encontró a Tony sentado en el sofá. Mientras caminaba hacia él, Tony la miró con una sonrisa traviesa.

—¿Los niños ya están acostados?

Sonrió y asintió.

—Después del día que han tenido, los dos están profundamente dormidos.

—Bien.

Dio una palmadita en el cojín junto a él.

—Ven aquí.

El pulso de Sheena se aceleró de placer. Se dejó caer junto a Tony y se recostó contra su pecho robusto. Mientras los fuertes brazos de él la envolvían, inhaló el aroma especiado de su loción y exhaló un largo suspiro de profunda satisfacción.

—Te he echado de menos, Sheena —le susurró al oído.

Alzó la vista hacia él.

Los labios de él atraparon los suyos en un beso tentativo, explorador.

Su boca se abrió a la de él, y al sentir la lengua de Tony contra la suya, un escalofrío de anticipación la recorrió. Se entregó a las demandas de su cuerpo y dejó que Tony le demostrara exactamente cuánto la había echado de menos.

Más tarde, tumbada junto a él, contempló la sonrisa satisfecha en su rostro y soltó una risita. Se sentía como si tuviera dieciocho años otra vez. Habían hecho el amor con la misma entrega apasionada que al principio de su relación. ¡Y, Dios, qué bien se sentía!

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La alarma del móvil sacó a Sheena de un sueño lánguido. Gimió suavemente y se dio la vuelta, topándose con Tony. Los ojos de él se abrieron de golpe. Al verla, sonrió.

—¿Nos da tiempo a un rapidito?

Sheena se acercó a él y lo abrazó fuerte antes de apartarse.

—¡Espera! Meaghan me está llamando.

Tony gimió y se apartó para dejarla levantarse de la cama.

—Supongo que tendré que planear algún viaje aquí sin los niños, ¿no?

Ella se rio.

—Sería más fácil.

Meaghan apareció en la puerta del dormitorio.

—Me duele la quemadura del sol en la espalda. ¿Puedes ponerme un poco de crema?

—Claro, cariño. ¿Podrás ir a trabajar hoy?

Meaghan asintió.

—Sí, cuentan conmigo.

Sheena sonrió.

—Estoy muy orgullosa de todo el trabajo que estás haciendo, Meaghan. Significa mucho para todos nosotros.

Una sonrisa tímida, una que Sheena recordaba de hacía unos años, asomó lentamente en el rostro sonrosado de Meaghan. Por un momento, a Sheena se le cortó la respiración ante tanta belleza.